sábado, junio 27, 2009

Phileas Garrafogg

Siendo muy pequeño recuerdo que me impactó enormemente leer las manías con que Julio Verne dotó a su personaje Phileas Fogg, el primo literario del leonino Willy televisivo, protagonistas ambos de aquella vuelta al mundo tan fugaz para los medios de transporte de la época. Actualmente perder 80 minutos en el AVE o en el extinto Concorde nos parece un derroche de tiempo inconcebible.

Y no es que siendo un criajo me leyera la novela de Verne (a pesar de que estaban por casa las obras completas del genial gabacho); yo lo que me leí fue esta maravilla





que a los de mi quinta les debe haber traído grandes recuerdos. Son esas versiones en cómic que publicaba Bruguera y que tantos ratos impagables nos hicieron pasar. Y no sólo las versiones de Verne, aunque creo que éste era mi favorito por su inagotable imaginación.

Recuerdo haber quedado impresionado por las inquebrantables rutinas del caballero londinense. Puntualmente se levantaba, tomaba un baño a una temperatura exacta, desayunaba siempre lo mismo y a la misma hora, compraba el periódico al mismo muchacho de la esquina, y –si no recuerdo mal- justo cuando sonaban las campanadas del Big Ben, a no sé qué hora, él atravesaba el umbral del club social al que pertenecía y donde acabaría haciendo la ridícula apuesta de rodear el globo en menos de 3 meses.

Me llamó mucho la atención esa sistematización de costumbres, y de hecho ensayé una desastrosa recreación a escala de aquella flemática puntualidad inglesa. Pero mis chiquilladas de aspirante a maniático atildado chocaban inmediata y permanentemente con la terca realidad hispana. Esa pegajosa pereza, esa inexactitud e impericia para todo lo que no sea festejar capeas y caminar sobre brasas, aplastaban mis pobres intentos de imponer cierto rigor a mis jornadas infantiles. Cada vez que este Phileas Fogg de garrafón, este Phileas Garrafogg, intentaba recrear la perfección de su pulquérrimo ídolo de papel al adquirir su lectura diaria (que en este caso era semanal y en lugar de un periódico, un tebeo), y se pasaba esperanzado por su quiosco puntualmente todos los miércoles de cada la semana, día en que se suponía se ponía a la venta al público cierto tebeo de tirada semanal de cuyo nombre prefiero no acordarme; y se encontraba con que prácticamente ninguna semana llegaba puntual; que hubo desfases de hasta tres días, y semanas que directamente no apareció sin más explicaciones; pues empezó a sospechar que eso que había leído, esa efectividad en las tareas del día a día, debían ser cosas de Verne, cuentos de viejas, tan de ciencia ficción como los viajes submarinos o al centro de la tierra.

No sólo las esperas del intempestivo tebeo mortificaban a Lord Garrafogg, pues cada vez que quedaba con algún amiguito, la puntualidad y el compromiso parecían significarse para los demás como entes abstractos referenciales, que no había porqué cumplir necesariamente, ni a rajatabla. Podían sonarle las campanadas del Big Ben, allí de plantón, y darle la media, desquiciado, y los tres cuartos, y entonces lo que sonaba en su cabeza era el Big Bang.

Ya con el tiempo, y a base de “donde fueres haz lo que vieres” y “en Roma como los romanos”, a Phileas Garrafogg se le fueron quitando las tonterías y se volvió tan informal y astroso como sus conciudadanos.

Estos recuerdos me han asaltado esta mañana tras descubrir entristecido que el barecito que había descubierto recientemente en el pueblo donde vivo, en el que me gustaba almorzar prácticamente todos los sábados, porque ofrecía el marco perfecto para las extravagancias del resucitado Phileas Garrafogg, a la manera de un Reform Club levantino, pues resulta que ha cerrado sus puertas de la noche a la mañana (de la noche del sábado pasado a la mañana de éste de hoy, por lo que a mí concierne) y sin más explicaciones. Bueno sí, el jardinero municipal que laboraba por allí me ha comentado que se les había cumplido la contrata.

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