jueves, julio 30, 2009

¿A cómo está el servicio?

No hace mucho, tuve una revelación que me dejó bastante confuso, pues embiste y tira por tierra algunas de mis creencias más arraigadas. Por vez primera entendí por qué lo primero que hacen los ricos en cuanto hacen fortuna es adquirir sirvientes. Y encima esto ocurrió mientras veía trabajar a nuestro jardinero. (Creo que esto último está pidiendo a gritos una aclaración).

Ya comenté que dedicaba largas jornadas dominicales, y fiestas de guardar, a la jardinería extrema; a tratar de hacer fluir la clorofila en los 600 m2. de parcela que el catastro nos acota en pleno secarral de monte bajo. Pura agronomía desertícola. Una batalla perdida contra la sabana, que se vio precipitada por un nuevo diagnóstico médico a este saco de huesos que me tocó en el reparto de encarnaciones. "Estenosis de canal", me dijo el traumatólogo. En cristiano: inflamación del canal medular, que presiona los nervios que debía canalizar holgadamente, resultando en dolor lumbar.

Esta nueva maldición con nombre griego, se suma a las anatemas de rodilla (osteocondritis) y hombro (ni me acuerdo del latinajo), lo que se traduce en la orden hipocrática de un reposo total que me está atocinando a Mach-2 (decir velocidad Mach es una redundancia, igual que meditación zen, pues zen significa meditación y el número Mach es una medida de velocidad relativa. Fdo.: Don Enteradín; que es el apuntador repelente que hay dentro de mi cabezota, quien, mientras escribo estas chorradas, me interrumpe constantemente, ñiñiñiñí, y secuestra mis dedos y los desvía sobre el teclado, obligándolos a dejar constancia de todas estas gilipolleces, con el convencimiento de que así se las da de listo, y, ya de paso, dejándoos a vosotros como si fuerais unos cretinos desinformados. Ruego sepáis disculparlo).

Al grano: que no puedo hacer grandes esfuerzos porque me deslomo. Así pues, se acabó mi romance con la azada y el rastrillo. Con el resultado desolador de que el jardín de los Monster había alcanzado unas cotas de dejadez que creo que hasta nos llamaron del programa ese de los desafíos extremos pidiendo permiso para rodar aquí un especial en el que el rubio de tendencias suicidas le echaría huevos de llegarse hasta el granado, en plena Zona Cerdo, territorio del cártel de las escolopendras.

Solución: llamar a un profesional, que por un módico precio y con la ayuda del utillaje adecuado, en una sola tarde ha dejado el camposanto en campo a secas (y qué secas). Pero al menos ya podemos acercarnos hasta la barbacoa sin sherpas... sin serpas-to de las llamas, me refiero.

Pero había un problema no menudo. Y por esas estrafalarias asociaciones de ideas que me hago ante situaciones incómodas, a modo de evasión de la terca realidad, recordé lo que Warhol escribió sobre su grave problema con la gente a su servicio. Decía Andy en su excelente libro Mi filosofía de A a B y de B a A que nunca en toda su vida llegó a hacerse la idea de que un ser humano tuviera que servir a otro (él descendía de humildes inmigrantes checos), y nunca se acostumbró a ser atendido por camareros y mucamas. Le violentaban muchísimo esas situaciones, en las que no sabía comportarse. No acertaba cómo mirarlos ni cómo dirigirse a ellos, por lo que esas cuestiones mundanas procuraba delegarlas siempre en sus adláteres. Y él era consciente, y se lamentaba, de que con esa actitud causaba permanentemente la impresión justo contraria de la buscada, quedando como un gilipollas estirado que no se dignaba a dirigir la palabra al servicio, cuando lo que trataba era de evitarse un mal trago, meter la pata o decir alguna inconveniencia por lo nervioso que le ponían esos trances. Paradójicamente, por miedo a no estar a la altura de las circunstancias. Parece una estupidez de divo, pero si te paras a pensar, a nada que tengas un poquito de sensibilidad (de la que Andy debía ir sobrado), ¿cómo debes mirar y tratar a quien te está haciendo el trabajo sucio, únicamente por no haber podido aspirar a la pole position cuando se hizo el casting de papeles para el organigrama?

Recuerdo que cuando leí aquello me chocó porque a mí de siempre me ha pasado algo parecido, que no me acostumbro a ser servido por otras personas. Y aunque uno acaba aceptando que en la organización jerarquizada de todas las sociedades humanas eso resulta inevitable (al final todo se reduce a cazadores, recolectores, guerreros, brujos y, por supuesto, un jefe), no puede evitar tratar de minorizar el impacto del contrato social. Cuando pago en los bares, me dirijo yo a la barra y procuro llevar conmigo el vaso y/o plato, con la consiguiente respuesta “Chico, no haberte molestado”. No domino el baremo de propinas, con lo que suele acabar pagando mi pareja. Y en los restaurantes, en el transcurso de una comida estándar, puedo repetir las gracias una docena de veces. No consiento que me lleven las maletas, que me lustren los zapatos, ni que conduzcan por mí. No soporto los uniformes de botones o chófer, ni las cofias de criada, y mi conciencia social ha pasado sus peores momentos en las escasa casonas que he pisado atendidas por mayordomo.

Así que imaginad la tarde que pasé con el jardinero allí en casa. Con la flama que caía esa tarde y yo sufriendo por el hombre. Y como no me podía estar quieto bajo el chorro del aire acondicionado, mientras otro ser humano pringaba al sol, que más que un sol era una tómbola de melanomas, para hacerme la vida más cómoda, o más bella, pues salía constantemente a ofrecerle agua y comprobar que no le había dado una lipotimia (y de paso también controlar sus evoluciones sobre los rastrojos, pues cobra por horas).

Pero, ay, amigos, cómo me duele reconocer que ese desasosiego clasista me duró bien poco. Apenas la primera hora de servicio, que a lo bueno se acostumbra uno pronto. Y mi Pepito Grillo sufre trastornos de déficit de atención, y al ratito se le trabucan las desigualdades e injusticias, aunque las tenga sudando al otro lado de la pared.

También traté de autoconvencerme con el argumento de la profesionalidad. Cuando comprobé que este operario con sus conocimientos y experiencia, y ayudándose de la maquinaria apropiada, en apenas 4 horas y casi sin despeinarse (sí, claro), había solventado lo que a mí me había costado una invalidez transitoria, acepté las ventajas de ser atendido por profesionales. Además, prefiero consolarme pensando que cuando uno ha nacido con dos trituradoras en lugar de manos, con aspas en vez de dedos, el método do it yourself le está absolutamente desaconsejado. Si quiere algo, más vale que ahorre y pague a otros miembros hábiles de su manada para que se lo fabriquen. También aplicable para haraganes.

2 comentarios:

Gilito dijo...

Si, si , pero el sabado le decias al camarero que nos preparaba unos gintonics de premio de colteleria: "Pero todavia estas asi?"

me rio sólo recordandolo!!!

Creo q cuando cortaba el delicado brazo de gitano , también JAJAJA

Harry dijo...

Hay que pagar a otros y que obtengan beneficios para que el sistema funcione. De otro modo se va todo al carajo y la crisis no levanta cabeza.
Olvidate de trabajar y paga a otros para que lo hagan mejor de lo que lo harías tú.
Al fin y al cabo se han profesionalizado en sus tareas!