viernes, julio 17, 2009

A mí que me registren

Querido Harry: al mozalbete lo intitulé Pudridero, y eso ya da una idea de por dónde van los tiros. Qué le vamos a hacer si uno es así de rancio…

Querido J.: no puedo contar mucha cosa sobre el particular, para no traicionar la exigencia de que el texto sea inédito (hoy acabo de recibir carta de la editorial acusando recibo del engendro), pero sí diré que como no escarmiento y siempre me empeño en querer mear demasiado alto para una pilila tan corta, pues me enredé con cuatro historias que pueden estar relacionadas o no entre sí (ni yo mismo lo tengo aún muy claro), contadas cada una de ellas en distintos planos temporales y geográficos, y cada una con una voz narrativa diferente. Para rizar el rizo, subyacen dos infratramas que lo complican todo aún más, habida cuenta de esos finales abiertos 24 horas.

La idea era original, pero la ejecución ha resultado un tótum revolútum incognoscible, y un zapping literario bastante mareante. Un Dragon-Khan de celulosa, del que me excuso etiquetándola de novela punk, sin que se me caiga la cara de vergüenza.

A todas/os: gracias por el interés mostrado.

Y lo que voy a contar ahora viene a cuento de la novela. Ya he dicho, por activa y por pasiva, que es una puta mierda, pero es mi puta mierda. Por lo tanto decidí registrarla intelectualmente. Para ello ya me temía el enfrentamiento con la temible horda de los funcionarios y sus dédalos burocráticos; y más cuando divisé, desde mi puesto en la cola, la catadura de los que se parapetaban tras aquel mostrador post-soviético.

Pero me falló la intucición, y la señora, a pesar de su apariencia corporativa, fue impecablemente maja con un servidor (probablemente porque estuviera a puntito de iniciar sus vacaciones en la -entonces inminente- segunda quincena juliana). Incluso se permitió carcajear con una ocurrencia mía: resulta que alguien me había dicho que se pagaba a razón del número de palabras que contuviera la obra registrada. Y la buena señora se descojonó con ganas en mi careto, diciendo: “Mira, al final me he reído y todo” (como si acabara de romper alguna promesa de no hacerlo), y añadió que era la primera vez en sus años de servicio allí, que escuchaba algo parecido. Le respondí que menos mal que había utilizado el contador de palabras del programa informático porque si las llego a contar a dedo, me como a mi confidente. Quien, por cierto, asegura, y no me cabe la menor duda de que así fue, que esa información -aparentemente tan descabellada y risible- se la dio allí mismo, la misma persona que le proporcionó los formularios que hube de rellenar y presentar.

Pero el momento clave llegó un poco después, cuando, tras pagar las tasas, me atiende otra vieja gloria del funcionariado. Este provecto señor me informa que ya me notificarán pasados unos meses (muchos) y yo le pido que por favor me aclare una duda que me corroe la curiosidad: ¿de verdad alguien se leerá este tocho y lo cotejará de algún modo con TODO lo registrado previamente para comprobar que no se den una serie de coincidencias sospechosas, suficientes como para rechazar mi obra como no original? Y su respuesta fue: “No tengo ni idea. Yo me limito a enviarlo a Valencia y no sé más”.

Y ante esa intolerable respuesta, tan sintomática de una absoluta falta de iniciativa y de una inercia procedimental comatosa y anquilosante, yo me pregunto angustiado: ¿de verdad alguien que lleva tantos años desempeñando maquinalmente ese mismo trabajo día tras día, nunca, jamás, aun contra su voluntad, sin él pretenderlo ni esperarlo, durante algún almuerzo con compañeros, o en alguna comida navideña, ha surgido en la conversación, aunque fuera tangencialmente, el tema de qué se hace en Valencia con todos esos cientos de miles de obras que han pasado por sus perezosas manos? ¿De verdad nunca le ha picado la más mínima curiosidad de averiguar qué pasa detrás de la puerta donde termina su responsabilidad? ¿Nunca le ha llovido algún marrón o irregularidad desde la capital del Turia, que lo haya puesto en conocimiento, aunque sea forozoso, de lo que acontece al norte de su desidia?

¿O es que esa respuesta lo que esconde realmente es una estrategia de perro viejo del sector, con demasiadas tablas en la lidia de homínidos, escarmentado en mil batallas, que sabe que si se extralimita un pelo en sus funciones puede salir mal parado? Que quizás, pasado un tiempo, yo pudiera presentarme allí tras un veredicto desfavorable para montar un pollo del tipo: “Pues este señor me dijo claramente que mi obra se la leerían en Valencia, y bla, bla, bla…”.

Es que este tipo de sucedidos me descolocan bastante el orden de las neuronas.

Como aquella otra ocasión que se me encargó comprar cierto periódico en el quisco que hay cerca de casa de mis padres. Uno de ésos quioscos de toda la vida. A mi pregunta de qué día de la semana acompañaba al diario su suplemento cultural, la única respuesta que fue capaz de elaborar esa misma cabeza que día tras días asoma por entre tanto papel cuché desde hace lustros, fue: “No lo sé”. Y yo le reproché, estupefacto, que si de verdad, después de tanto tiempo ejerciendo el mismo oficio, después de tantas horas encerrado en esa jaula de información impresa, nunca, jamás, había tenido noticia del suplemento; o si, simplemente, no había notado que los días X de cada semana esos fardos pesaban más de la cuenta. "No", fue de nuevo su respuesta estólida. Lo miré atónito, como si asistiera a algún fenómeno paranormal, y me marché de allí cariacontecido, asimilando que, definitivamente, la tenia de la curiosidad no parasita a todo la población con la misma voracidad.

[Escribiendo esto me ha venido a la cabeza, vaya usted a saber por qué, que Homero en su Odisea llamaba cabezas sin brío a los muertos que vagan por el Hades].

2 comentarios:

J. dijo...

Yo tengo mi propia teoría sobre esos maravillosos y a la vez extraños seres que habitan detrás de los mostradores estatales.
Seres extraños, que en el amanecer de los tiempos, ya estaban allí, y que, poco a poco, tal vez presos de algún antiguo sortilegio, vieron como su curiosidad fue convirtiendose en desidia, y esta, en su última evolución, pasó a ser ignorancia.

xavalin dijo...

La verdad es que mi experiencia con la primera señora (después de registrar dos discos y varias canciones sueltas) es idéntica, muy amable y tal, luego no era por las vacaciones.

Del resto, creo que nadie se hace las mismas preguntas que tú, lo que da idea de tu superior categoría intelectual.

Lo importante no es tener las respuestas, sino hacer las preguntas oportunas.

Un abrazo.