martes, diciembre 21, 2010

Leal

Aún conservo un curioso recuerdo infantil respecto a esa festividad que se nos viene encima. Por aquel entonces yo todavía era un crío, y uno de los matones del colegio (y no uno cualquiera, sino el auténtico capo di capi de la marrullería de aquel centro) me dejó intrigado cuando me confesó que no le gustaba nada la Navidad porque le ponía muy triste.

No sé a santo de qué, Leal (pues ese era su temible apellido) me confesaba esas intimidades, habida cuenta de que se trata de la misma persona que casi me dejó tuerto apenas unas semanas antes. La agresión se debió a que su dieta básica durante los recreos consistía en quitarle el bocadillo, con malos modos y amenazas, a cualquier pardillo que se le pusiera a tiro. Por lo general yo no entraba en sus objetivos, pues tampoco es que fuera ningún angelito precisamente, y ese prestigio me aupaba un poco en la cadena trófica. Pero un buen día algo debió torcerse en el organigrama porque decidió depredarme. Lo envié a tomar por culo y él envió mi bocadillo contra mi cara, con toda la furia que se podía esperar de alguien tan resentido y atrabiliario. La peor parte se la llevó mi ojo derecho; órgano que aún no me explico cómo no he perdido ya del todo, pues tiempo después me clavaron ahí mismo una espada de plástico durante un desembarco festivo, y posteriormente una gota de ácido decapante vino a sumarse a la corrosión ocular mientras faenaba en una obra. La cuestión es que ya con ese primer impacto de pan con mortadela de olivas casi lo perdí, pues lo que creían era una miga alojada en el globo, que don Vicente se afanaba infructuosamente en tratar de retirar con la punta de su pañuelo, resultó ser una herida bastante chunga que me tuvo parcheado una buena temporadita, y haciendo visitas asiduas al oculista.

Recuerdo que para una de aquellas visitas al oftalmólogo me tuve que ausentar de la clase antes de tiempo. Tocaba geografía y don José hacía un control sobre los ríos de España, preguntando a unos y otros, que se defendían como podían removiendo en su memoria, pues los libros estaban cerrados y debajo del pupitre. Ya he comentado por aquí con anterioridad que, aunque probablemente tenía madera para haber sido un estudiante óptimo, preferí consumir mis años colegiales como indomable zoquete hiperactivo, así que don José me dijo, mientras me contemplaba recoger dispuesto a marcharme: “Micropene, antes de que te vayas, ni me molesto en preguntarte a ti, ¿verdad? Te pongo directamente el negativo como de costumbre y punto”. “Inténtelo”, le respondí. Y lo intentó, y recuerdo, y mira que han pasado muchísimos años de aquello, que le recité de carrerilla y sin titubear todos los ríos y sus afluentes de no recuerdo ahora qué cuenca hidrográfica. Don José no daba crédito a lo que podríamos llamar el milagro del ceporro ilustrado, y la verdad es que hasta yo mismo me sorprendí de la desafiante fluidez de mi recital, así que, una vez finiquitado éste, descolgué mi anorak de la percha y salí, mientras resonaban a mi espalda los aplausos de mis compañeros, entusiasmados con la machada del tuerto.

Pero la nostalgia ha secuestrado el rumbo del recuerdo que dedicaba a Leal. Decía que aquel vándalo execrable me confesó un día, visiblemente consternado, que las fiestas navideñas le entristecían mucho. Le pregunté por qué, y su respuesta nunca la olvidaré: “Porque te pintan un mundo que no es, y que yo sé que no va a ser nunca”. Y yo no quise creerle porque aún éramos muy niños y el futuro podía depararnos tantas sorpresas…

Quién me iba a decir a mí que, tres décadas después, no me queda otra que darle la razón a aquel profeta quinqui.

domingo, diciembre 05, 2010

El Tocomocho

Voy a contar una historia real, que no es reciente, en absoluto, pero es de esas historias que se empeña en pergeñar la realidad en su afán constante por superar a la ficción. A mí me gustan mucho este tipo de sucesos, y por eso debí conservar el recorte que he encontrado hoy por casualidad y del que extraigo los datos que detallo a continuación.

Howard Walsmsley, es un británico que contaba 43 años veranos cuando se empeñó en saltar a la palestra. Pintor en paro que no atravesaba un buen momento en su relación matrimonial, no tuvo mejor idea para tratar de reconquistar a su mujer que llevarla al concesionario Jaguar de su ciudad, Doncaster, y decirle que eligiera el modelo que quisiera, porque a él le habían tocado 8,4 millones de libras esterlinas en la lotería nacional (de su nación). Ese día firmó cheques por valor de 123.000 libras como pago de tres Jaguars de la más alta gama: el de su señora, uno para él y, ya puestos, otro para su hermano. Ninguno llegó a serles entregado porque los cheques fueron devueltos, pero no por la razón que alegaba él de que estaba teniendo problemillas para transferir dinero desde sus cuentas en el extranjero, sino porque sencillamente no le había tocado la lotería. Era una trola, inventada así, de sopetón, en un calentón de impotencia por tener los bolsillos vacíos demasiado tiempo, pero que fue capaz de sostener durante nada menos que dos años y que, sorprendentemente, le permitió vivir como un millonario, basándose única y exclusivamente en su palabra. Lo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que este señor ya había sido encarcelado anteriormente dos veces por delitos de estafa. La tercera, ésta que estoy contando, le costó una sentencia de tres añitos más de sombra.

Dos años mantuvo Howard engañados a bancos y comercios con el trampantojo de sus 8,4 millones de libras fantasmas (libras ¿esterilinas? jijiji), y sirviéndose exclusivamente de su eficiente capacidad para fabular y engatusar a los demás, porque, como es lógico, nunca llegó a presentar el supuesto boleto premiado que presuntamente respaldaba su sueño de grandeza. Y mira que el pobre desgraciado, en su desesperación, se cavó la tumba un poquito más honda gastando todas las semanas cientos de libras en jugar a la lotería para ver si sonaba la flauta de verdad y se salvaba por la campana. Pero no sonaron ni la flauta ni la campana y su nariz de Pincocho siguió creciendo y creciendo, y el enredo se iba embolicando cada día más, deuda tras deuda, porque, liando a unos y a otros, se pegaba la vida que hubiera llevado de tener de verdad esos millones.

Y él tampoco se puede decir que hiciera mucho por evitarlo, o al menos por aminorar las futuras e inevitables consecuencias; más bien al contrario. Parece ser que, como a todo buen embustero, le perdía la boca, así que no contento con comprar una granja del siglo XVII en Derbyshire valorada en 300.000 libras, obligó a los propietarios a trasladarse a vivir provisionalmente a una caravana en su propio jardín para acelerar la venta y así poder empezar él con sus reformas. Que, digo yo, también son ganas de encabronar a tus futuros demandantes, aunque también se puede entender que la urgencia y las prisas fueran parte imprescindible de su modus estafandi, porque el tiempo corría claramente en contra de sus chanchullos. Pero, ojo, que cuando Howard se metía en reformas no estamos hablando de pintar un poco y cambiar los asientos de los inodoros, no, él contrató un arquitecto para que le hiciera el proyecto de ampliación para añadir una nueva ala que albergara un gimnasio, una piscina, una sala de billar y cuatro garajes. Y, ya de paso, hacer la bola de mierda más grande.

Quizás cuando uno es un mentiroso compulsivo y lleva dos años viviendo una farsa permanente, acaba creyéndose un poco su propio artificio, porque si no no se entiende que en el momento de formalizar la compraventa, con un par de cojones de plomo, le presente al notario un cheque por valor de 293.000 libras, que él sabía que -por fuerza- iba a ser devuelto, pero que, como confesó en el juicio, de alguna manera esperaba que la cosa acabara saliendo bien (?!). Bendita necedad…
[Y aquí hago un inciso para reconocer que alguien como yo, aquejado de una razón insoslayable que me atormenta como una almorrana de la fantasía, insobornable aduana a la imaginación, he de reconocer que siento una secreta admiración por indiviudos como éste, capaces de convivir asiduamente con tan extremas cotas de inverosimilitud].

Con tantas deudas acumuladas y cada vez menos excusas que interponer, y con un auténtico récord de cheques devueltos y otros desaguisados bancarios propios de todo castillo en el aire, nuestro protagonista fue finalmente arrestado en 1.999, y condenado a tres años por doce delitos de estafa reiterada y por uno de falsificación de documentos en la apertura de una de sus cuentas bancarias. Pero, ojo, que cuando lo detuvieron aún tenía los huevos de mantener su fantasiosa versión ante la policía, aunque finalmente terminó por rendirse a la evidencia y reconocer el embuste.

¿Su alegato en el juicio? Que lo hizo por amor, para salvar su matrimonio, que es que parece que ya no quede hoy ni una pizca de romanticismo en este mundo. La respuesta de la jueza es digna de ser reproducida: “Usted cameló a sus víctimas pero no camelará a esta corte”. Y eso del amor a su santa esposa tuvo la desfachatez de declararlo a pesar de que en el banco de la acusación había sentadas dos amantes despechadas y estafadas, a las que les había sacado, además de algunas dosis de energía sexual, unos cuantos miles de libras, e incluso a una de ellas el coche de lujo, que es el que le entregó a su mujer a falta del Jaguar que nunca llegó. (Según la prensa, cuando salió a la luz todo el berenjenal que tenía montado el perla, la mujer fue a devolver el coche a su legítima propietaria y le entregó las llaves pronunciando una frase que, de ser cierta, parece sacada de alguna película de Najwa Nimri: “Creo que he estado conduciendo algo que le pertenecía a usted, y usted se ha estado follando algo que me pertenecía a mí”).

Pero lo mejor de todo es que si todo el lío empezó porque quería impresionar a su mujer para volver a despertar interés en ella (aunque, conocido el cuento, ya se ve qué tipo de interés es el que gusta la señora), al parecer lo consiguió porque, a pesar de todo el marrón subsiguiente, de las amantes paganinis, de las miríadas de embustes que le pudo llegar a decir en esos dos años, Mrs. Walsmsley quedó encantada con su Robin Hood y lo apoyó en todo momento durante el proceso. Llegó incluso a declarar que no merecía ir a prisión porque lo había hecho todo por amor. Bueno, se puede llegar a entender que le esté agradecida, porque le permitió vivir como una millonaria durante dos años gracias únicamente al poder de convicción de sus entelequias y quimeras.


miércoles, noviembre 17, 2010

Telépata mala pata

Hace algún tiempo escuché en algún medio la siguiente historia: un friki ruso había resuelto un dificilísimo problema matemático, pero había renunciado a la enorme recompensa que le correspondía por la hazaña. Recuerdo que me encantó la noticia, pero no pude seguirle la pista al personaje porque no me quedé con el nombre, y me quedé con las ganas de saber más. Como no ejerzo de informable (vamos, que no suelo seguir ningún medio de comunicación y no me entero de lo que se cuece por ahí), no supe que el tipo volvió a ser noticia alguna que otra vez por sus excentricidades y su rechazo de otros premios y medallitas. Lo consignado arriba es todo lo que llegué a conocer del personaje que hoy me ocupa.

Pasado bastante tiempo, ayer leo en una revista de divulgación cient… chico, el Muy Interesante, en un número viejo (febrero 2009) que tenía mi hermano por ahí traspapelado, una breve mención al individuo, acompañada de una foto nada favorecedora (después descubriría que hay poco que favorecer), y, lo más importante, su nombre y apellido. ¡Bingo! Ya lo puedo guglear: a ver ¿cómo se escribe?, sí, Grigori Perelman, es facilito para ser ruso.

Y gugleando, gugleando, descubro una historia preciosa que resumida a mi manera queda así:

Grisha (que es así, por el hipocorístico ruso de Grigori, como se hace llamar en su casa el genio), es un superdotado matemático peterburgués que resolvió en 2002 la conjetura de la geometrización de Thurston, de la cual la conjetura de Poincaré es un caso especial, que también quedaba resuelto, cerrando así casi un siglo (desde 1904) de quebraderos de cabeza y de llenar las pizarras con galimatías que sólo entienden cuatro chalados.

El tipo es un poco excéntrico, que es el adjetivo que la sociedad le cuelga a todo aquel que no pasa por el aro de las verdaderas excentricidades que componen el día a día de las personas normales, y en vez de publicar sus resultados comme il faut, en alguna prestigiosa revista del gremio, los va colgando en tres entregas en una web del ramo y avisa a unos cuantos colegas para que le echen un vistazo.

Pero él ya había advertido a un amigo que la comunidad matemática tardaría entre un año y medio y dos años en llegar a comprender su demostración. Y lo clavó, porque empezaron los calculines que si tal que si Pascual, que no lo veo claro, que yo sí, y al final, pasado el tiempo que pronosticara el sabio, le reconocen la patria potestad del mérito. No sin antes habérsela intentado levantar unos chinos espabilados aprovechando que el bicho raro, de tan raro, parecía tonto. Pero los chinos malos al final reculan ante las presiones de la comunidad internacional y se postran ante el genio.

Ay, pero ya la han cagado, entre los chinos malandrines y los sabios pero no tanto como para entender al requetegenio a su debido tiempo (rechazó uno de los premios alegando que el jurado no estaba capacitado para entender su demostración, y mucho menos para ratificarla), decepcionan a Grisha, que decide mandar a todo el mundo a tomar por culo y se recluye en su humilde casucha de San Petersburgo (que los rusos, para acortar, llaman Peter, como aquí decimos Barna o Castefa…). Allí malvive miserablemente junto a su madre y su hermana, de la pensión materna y de los pocos rublos que cobra a malos estudiantes del barrio por darles clases particulares de matemáticas. Por favor, detengámonos en este detalle: ¿podemos llegar a concebir ponernos en el pellejo de ese pobre crío que le ha quedado mates para septiembre porque se le han atragantado las ecuaciones de segundo grado, y tus padres no tienen idea mejor que apuntarte a dar clases con el mayor genio matemático vivo, como es reconocido unánimemente, que resulta que vive en el mismo bloque? Porque paciencia, que es la madre de la ciencia, y talante moderado no parecen adornar al genio. Dicen que en la universidad de Peter (en aquel tiempo, todavía Leningrado, así que supongo que, abreviado, Lenin), donde entró sin necesidad de hacer examen de ingreso, los profesores le temían porque solía ridiculizarlos con abrumadores despliegues de intelección.

Pero resulta que, como si de un indomable Will Hunting báltico se tratara, tiene a toda la comunidad internacional detrás de él, tratando de entregarle sus medallitas y trofeos, y el tío pasa de sus putas caras como de comer mierda, y los tiene ya desesperaditos. Hasta un millón de dólares que le correspondía por haber resuelto uno de los 7 problemas del milenio, ha rechazado. Y eso que, como ya se ha dicho, pervive con estrecheces de la pensión de su madre y de sus escarceos como profesor particular, en un cochambroso piso en los arrabales de Peter.

Los que le conocen asegura que en su habitación no hay más que una cama, una silla y un teléfono. Ah, y muchos iconos, porque resulta que es una persona de una profunda religiosidad. De hecho, desde que en 2005, agobiado por la perspectiva de convertirse en el mono de feria de la comunidad matemática, le dio la espalda al mundo y abandonó todo trato con las matemáticas, dice su mejor amigo (David, dice Google que se llama el muchacho) y al parecer sin pizca de sarcasmo, que nuestro Grisha está ahora mismo enfrascado en demostrar la existencia de Dios. Ay, las cabecitas…

Lo que más me ha sorprendido de esta historia es la moraleja descorazonadora que encierra. Resulta que, según testigos presenciales, desde bien pequeño Grisha era una personita muy introvertida y huraña. Los que le conocen bien aseguran que es porque el mundo le parecía imperfecto, de ahí que se volcara con todas sus energías en las matemáticas, donde todo al final encaja, y las cosas son o no son; los números no admiten interpretaciones. Pero resulta que cuando llegó el momento de ver recompensado su empeño, la mezquindad humana, por muy matemáticos que sean, con sus rencillas y cheques con muchos ceros, le decepcionaron tanto que le obligaron a desertar también del mundo de los algoritmos.

Cómo será la cosa que sus allegados (supongo que David, que es el que más larga de su amigote a esa prensa que tanto rehúye el interesado), aseguran que habla en un idioma extraño que se ha creado él mismo y que, faltaría más, sólo entiende él.

El tipo asegura ser feliz parasitando a su pobre madre, y dice que lo tiene todo y no necesita dinero, ni bienes materiales, ni gloria, por lo que no sólo ha rechazado el millón de dólares que le correspondían por desentrañar el problema, sino que también les ha dicho a los de la medalla Fields (equivalente al Nobel pero en el ámbito matemático) que se la metan por el culo. Imagino que les habrá dicho: "Como sois matemáticos, sabréis contar. Pues, hala, no contéis conmigo...".

Los del Instituto Clay, que fueron los que decidieron en el año 2000 instaurar una recompensa por resolver alguno de los 7 irresolubles (¡un millón!, cómo se nota que se tiraron el moco pensando que la cosa tardaría todavía algún tiempo en aclararse) se han quedado un poco descolocados al decirle Grisha que no quiere su cochino dinero y sus chanchullos (aseguran que dijo -¿David, tú otra vez?- que ser considerado la persona más inteligente del planeta por una institución privada estadounidense no suponía ningún honor para él), ya que es el primero de los siete enigmas que se resuelve y, por supuesto, no esperaban que el agraciado les saliera tan esquivo, y no saben qué hacer con el cheque regalo, si esperar a que el genio recapacite y se le pase el calentón y acepte lo que le pertenece (a él y a su madre, que no le vendrían mal unos mitones nuevos de cara a este invierno, a la pobre), o en dejarlo como bote acumulado como en el Pasapalabra (en este caso, Pasanúmero, jijiji).

Pero, según nos informa David, nuestro enviado especial al cerebro de Perelman, uno de los verdaderos motivos de su renuncia al tinglado de los numeritos tiene más difícil solución, al menos hasta que aparezca otro espécimen con una dotación intelectual semejante o superior, y es que no soporta que otra persona pueda juzgar su trabajo, ya que se sabe el mejor del mundo en lo suyo. Dijo Sheldon, que diga Grisha.

Bueno, pues todo este rollo que he soltado es para dejar aquí constancia de mi consternación al haber descubierto tarde este caso, porque resulta que en mi novelucha aparece un personaje que tiene no pocas similitudes con este caso (superdotado madurito y de comportamiento extravagante que vive con su madre en un ruinoso bloque de suburbio [“pura arquitectura soviética”, tiene cojones la cosa…], que renuncia a las mieles del éxito que su talento tiene asignado en el mundo exterior; en un momento determinado Grigori Perelman rompe las comunicaciones con sus colegas norteamericanos y deja de responder a sus e-mails, y se desplaza más de una delegación a buscarlo para convencerlo y llevarlo consigo a la gloria, pero llegan tarde… ¿de qué me suena a mí todo esto?). Y doy absoluta fe de que no conocía los detalles del caso hasta hoy mismo, que he flipado en colores gugleando.

En fin, que este tipo de situaciones estrambóticas, inexplicables y desbordantes, que me pasan continuamente, aparte de tenerme en permanente estado de estupor, me hacen pensar cosas raras. Y no del todo buenas.

viernes, noviembre 12, 2010

Black metal

Aprovechando la visita de su Santidad el Papa (cargo que nunca podrá ostentar una mujer porque quedaría un poco raro eso de "su Santidad la Mama"…), desempolvé mis discos de black-metal, de pagan-metal, y, en resumidas cuentas, de rock satánico.

Tras la escucha de apenas tres o cuatro cortes, me pregunto de dónde se habrán sacado estos pintamonas que las fuerzas del Mal elegirían unas voces guturales tan incomprensibles y unas tipografías tan enrevesadas e ilegibles, para difundir sus mensajes.

Que son potencias malignas pero no tontas.

viernes, noviembre 05, 2010

Gemebundo

A excepción de hoy, que ha amanecido un cielo entoldado de nubes, esta semana estuvo haciendo unos días prácticamente primaverales por estos pastos. Y teclear pastos, en mi caso, no es ninguna exageración, porque actualmente vivo lindando con el campo, y más de una tarde interrumpen nuestra siesta los balidos de un enorme rebaño mixto de cabras y ovejas que pace justo debajo de nuestra ventana. La primera vez la cosa tiene su gracia, y te quedas extasiado en la ventana largo rato, contemplando la bucólica estampa (que no puede serlo más, ya que ese adjetivo se refiere precisamente a la evocación idealizada del campo y los pastores). Pero a la tercera sesión pecuaria, ya estás hasta los cojones de chivos, moruecos y cabrones, y sus intrigas rebañegas a la hora de la siesta.

Y este comienzo casa muy bien con lo que pretendía exponer hoy aquí, porque ni siquiera ese sol intempestivo que ha brillado estos días con tanto ardor era capaz de derretir la capa de escarcha con que se empeña mi alma en amanecer últimamente.

Alguien me preguntó no hace mucho por qué estaba tan mustio, y le puse un ejemplo que creo que sigue siendo válido. Le vine a decir que cuando veo a esas adolescentes que pasan semanas acampadas en los alrededores de un polideportivo capitalino, haciendo cola para poder ver desde las primeras filas a sus adorados Tokyo Hotel (por poner un ejemplo), no puedo dejar de compadecerme de que unas muchachas en la flor de la vida pierdan tanto tiempo y tantas energías de su mejor reserva, para obtener a cambio unas buenas vistas de cuatro mequetrefes haciendo el indio durante un par de horas escasas. Pues, para mí, la vida en general viene a ser una vulgar extrapolación de ese campamento de fans histéricas. Si calculas la cantidad de tiempo y penurias que tienes que pasar para echar un ratito bueno, muy de uvas a peras, la verdad es que no cuadran las cuentas en el ábaco vitalicio.

Pero de eso te das cuenta después, ya de viejo, cuando la vitalidad ya no propulsa tus causas perdidas.

lunes, noviembre 01, 2010

Achtung!: paja mental

Anoche, mientras leía un libro sobre cómo funciona nuestro cerebro (bueno, un cerebro promedio humano), me sentí extraño. Empecé a pensar que para entender las descripciones que hace el texto de los procesos que usa el cerebro para entender textos, estaba empleando esos mismos procesos descritos en el texto, y dándome cuenta de ello me adentraba en un desafiante bucle cognoscitivo. Estuve friendo sinapsis entre axones y dendritas para entender las sinapsis, los axones y las dendritas, e hice un esfuerzo activo por desentrañar si los elementos implicados eran capaces de darse por aludidos. Que al elaborar un pensamiento sobre cómo se elaboran los pensamientos se reconocieran en el pensamiento; como si dijeran: “Eh, mirad, estamos saliendo en la tele”. Sólo que en este caso se asemejaría más al guardia jurado que se ve a sí mismo en los monitores que controla.

El metalenguaje es el lenguaje que se emplea para hablar del lenguaje, luego si se quiere, y yo quiero, se podría calificar de metaintelección la capacidad de mi cerebro de comprender cómo comprende la descripción de la comprensión.

lunes, octubre 25, 2010

Por los aires

Si quieres chequear el estado de tus relaciones sociales y familiares, escribe un libro, o saca un disco, o haz cualquier cosa para cuya distribución se requiera el apoyo de las personas que te aprecian, y sólo entones sabrás cuánto.

Yo no me puedo quejar. De hecho, estoy un poco abrumado por la atención que está recibiendo mi Pudridero. Independientemente del grado de satisfacción o decepción que sus lecturas produzcan, el hecho de cómo se está moviendo todo mi entorno para hacerlo llegar a los destinatarios más insospechados, me resulta emocionante. No hago especial mención de nadie en concreto para evitar injustos olvidos, y porque, en mayor o menor medida, todos están haciendo su pequeño o gran esfuerzo, y eso ya es de agradecer. Miríadas de gracias a todas y todos. Os quiero.

Cómo será la cosa que ya se está gestando una tercera tirada, que causará la tremenda injusticia poética de que estoy a punto de superar los 70 ejemplares que Nietzsche vendió de la primera edición de su Zaratustra. Parecen pocos 70 ejemplares, pero cuando uno echa cuentas, y teniendo en consideración que no hay más distribución ni publicidad que la que tú te guisas y te comes, y descontados esos familiares y amigos acérrimos que te compran un libro como te hubieran comprado una pulsera si te hubiera dado por trenzar esparto, o se hubieran quedado con cuatro papeletas de tu viaje de fin de curso; restados estos infalibles, digo, resulta un número de personas menos conocidas y otro de absolutos desconocidos que han depositado su curiosidad (y algo de su dinero) en tu obra. Cosa que no deja de asombrarme.

Pero no sólo se cuantifica en ejemplares vendidos el cariño de tus camaradas, sino que también te promocionan para cosas como la entrevista que uno de mis colegas moteros me ha conseguido en un programa cultural de una emisora de radio de ámbito comarcal. Esta tarde la graban y no sé cuándo la emitirán, pero voy a ver si me dan una copia y su permiso para que Gilito (yo sigo siendo un inepto) la cuelgue aquí. Siempre, claro está, esto último condicionado a que no haga un ridículo de esos marca de la casa, y prefiera correrme en un tupido velo para olvidar el asunto…

miércoles, octubre 20, 2010

Buscadores de oro

Cuando tengo que hacer una búsqueda en Internet me pregunto a qué esperan las corporaciones para dejar que los usuarios nos instalemos los buscadores que usan los protagonistas de las películas de terror estadounidenses. Déjate de Google Chrome, ni Mozilla, ni pollas en vinagre, los que usan esos tíos para aclarar sus horrores sí que molan. Son mucho más intuitivos, y sólo tienes que teclear uno o dos parámetros de búsqueda, como premonición, catástrofes, posesión diabólica o combustión espontánea, y en un solo clic tienes justamente la información que buscabas para resolver ese misterio que te trae frito.

Ahí no te salen por defecto en primeras posiciones las definiciones de la Wikipedia o diccionarios raros, ni tienes que descartar no pocos enlaces que no tienen ninguna relación con lo que buscas, aparte de una tergiversación binaria del concepto; no, qué va, esta gente con un solo vistazo encuentra inmediatamente un escaneo de la noticia del pequeño periódico local donde se informaba del suceso que te atañe muy a tu pesar (digo escaneo porque las perturbaciones parapsicológicas suelen haber acontecido mucho antes de que se inventaran las ediciones digitales de los diarios), ilustrada con útiles fotografías del incidente y algún retrato del/la causante del disgusto bastante rejuvenecido/a, pero fácilmente reconocible.

Mucho más rápido y efectivo, dónde va a parar.

lunes, octubre 18, 2010

Un año de orfandad

Hace un momento, desparramado sobre la cama leyendo Frankenstein, me encuentro de casualidad con esta preciosa descripción que Mary Shelley pone en boca del protagonista homónimo, rememorando a su difunto amigo Henry Clerval. Y como justo hoy cumplo mi primer año como supérstite (para que no os quejéis de mi léxico pedantorro, os ahorro el viaje al diccionario: supérstite es como se conoce en Derecho a los que sobreviven a un difunto, especialmente referido al cónyuge, pero también aplicable a los hijos), pues me apetece copiar aquí esos dos párrafos de la genial escritora, como humilde homenaje a alguien a quien echo mucho de menos:

“¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser amable y delicado? ¿Ha perecido esta mente, tan repleta de ideas, imaginaciones fantasiosas y magníficas, que formaba un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Acaso existe sólo en mi recuerdo? No, no es así; tu forma, de traza tan divina y rebosante de belleza, se ha desintegrado, pero tu espíritu sigue visitando y consolando a tu desventurado amigo.

Perdone este arrebato de pena; estas palabras baldías no son más que un parco tributo para la valía sin igual de Henry, pero a mí me calman el corazón, rebosante de la angustia que me produce su recuerdo. Seguiré con mi relato”.

Pues nada, yo también seguiré con mi relato; porque si yo fuera Víctor Frankenstein, iba a estar aquí lamentándome… estaría ahora mismo en mi laboratorio trabajando como un cabrón.

viernes, octubre 08, 2010

Pensar con la polla

Francamente, me gustaría tener una concepción metafísica del mundo, pero mi visión es más bien metastásica. Toda esta aflicción agarrada a la mirada como una conjuntivitis, no propicia más que pensamientos aberrantes.

Sin ir más lejos, hoy, en uno de esos aquelarres de futilidad televisados, he escuchado a toda una sibila acusar airadamente a un picaflor de que los “tíos pensa[mos] con la polla”.

Déjeseme aclararle una cosa a esta señorita (y a quien pueda interesar): de ser eso cierto, es decir, que tuviéramos un pequeño seso en el sexo, alojado en el glande, desde donde se nos ordenaran todos esos comportamientos infrahumanos en pos de la coyunda, y que nos reducen en momentos puntuales a poco más que animales semovientes en celo, la cuestión sería mucho más sencilla. Por lo siguiente:

Al igual que el otro, emparedado a oscuras en su cráneo, ese imaginario cerebro fálico estaría confinado a ciegas dentro del bálano; sólo que, en este caso, no podría contar con unos ojos que le informasen del exterior a través de los nervios ópticos. Es decir, estaríamos gobernados por una polla ciega.

Y por lo que respecta al miembro viril, lo que cuenta es el mete-saca, a efectos de tracción, fricción, humedad y temperatura, en una vagina sana y dúctil, independientemente del resto del conjunto.

Por lo tanto, si no median malformaciones ni averías, a efectos prácticos al pene le daría lo mismo refregarse en el coño de Megan Fox que en el de Susan Boyle (con todos mis respetos hacia las dos, pero necesitaba encarnar el ejemplo).

Por lo tanto matizo: tal vez lo que usted, señorita, quiso decir en aquel contexto, fue: “Ojalá pensarais los tíos con la polla”.

He dicho.

lunes, octubre 04, 2010

El primer niño Emo


(Es que ayer vi Valquiria, que la regalaron con el Público, y se me quedó esta cara a mí también)

viernes, septiembre 24, 2010

Fist fucking

Destruyendo documentación que no ha pasado la criba y no recibirá el salvoconducto para viajar conmigo a nuestra nueva vivienda, he encontrado cosas sorprendentes y algunas inquietantes.

Me chocó un papel en especial: no se trataba de un recorte de revista, sino de la impresión en láser blanco y negro de una fotografía a toda página en la que una muchacha perpetraba un fist fucking a una señora madura (por la pinta, yo calculo que ya le había dado sus buenas 60 vueltas al sol a bordo de esta bola de barro).

Para los que no lo sepan, el fist fucking (literalmente follar con el puño) consiste en eso mismo, en introducir por la vagina o el recto un puño, supongo que a falta de algo mejor que meter.

Dado que la muchacha tenía alojado, además del puño y la muñeca, una porción considerable de su antebrazo, yo consideraría esa práctica más bien un fist gutting (la palabra inglesa gut en su función de verbo significa limpiar un pescado o un conejo vaciándolo de sus tripas, o, también, destruir el interior de algo; por lo que me parece mucho más apropiada para el caso que nos ocupa).

Pero el impacto no me lo causó el chabacano acto en sí, que también, sino mi primera impresión al enfrentar la foto, que fue pensar (vista la expresión compungida en el rostro de la depositante) que ésta, harta ya de los pesares y angustias del mundo, lo que trataba desesperadamente era volverse por donde había venido a él.

viernes, septiembre 17, 2010

Estimada Malaputa

Dado que mi querida Malaputa es lo más parecido que tengo a una amiga virtual (mi no menos querido Guile sería el equivalente con polla; no digo cojones porque Malaputa también los tiene, y muy bien puestos. Aunque ahora parece que, según su propia definición, alguien se los tenga bien cogidos. Y yo que me alegro. [Para entender, pinchar en Malaputa de la columna de la derecha]). El resto de nicks que se pasan por aquí son amigos también en el trato de la carne y el hueso. Por cierto de qué va eso, que no me he enterado muy bien, de la carne por puntos... ¿Si no te portas bien con la sociedad, te van quitando puntos, y cuando te quedas sin ninguno, te amputan un brazo?

Y dado que mi amiga virtual parece interesada (aunque me cueste creerlo) en mis mierdas exo-cansinas, me parecería una descortesía no dar cumplida respuesta a su solicitud. (Gracias, de todas formas, Gilito, pero extenderé un poco la explicación):

Desde hace algunos meses colaboro con mis memeces en un portal multimedia alcoyano, llamado Ara Multimedia. Como bien apuntó Gilito, la dirección es www.aramultimedia.com y mis perogrulladas las exponen en una sección llamada Mirades d’Ara dentro del submenú Opinió.

Como se comprobará por los nombres, la web está en su mayoría redactada en la llengua de Ausiàs March, lo que supondría un escollo para mis amigos virtuales (que, si nos los he ubicado mal, son del área de Madrid); pero mis textos y los de algún colaborador más están escritos en la de Cervantes (bueno, en castellano antiguo no; si acaso en la del Yoyas); lo que, en mi caso, tampoco garantiza, en absoluto y por desgracia, su inteligibilidad (cada vez me vuelvo más barroco y menos claro, como si tratara de enturbiar el agua de mi charco para que no se pueda distinguir lo poco profundo que es en realidad. Y todos estos paréntesis son buena prueba de ello).

Allí se firman los artículos con nombre y apellidos (impensables una Malaputa o un Micropene…), y como ya quedó desvelado en el post sobre mi novela, yo soy Fernando Llorca (la ballena asesina).

En la página principal, en la parte superior derecha (del lector que enfrenta la pantalla) hay una lista con las actualizaciones de la sección Opinió, donde se informa de los nuevos textos subidos por los distintos colaboradores.

La única restricción es que, al tratarse de una web por suscripción, la versión en abierto está limitada a las entradas más recientes. El acceso a todo el fondo editorial es una (entre otras) de las ventajas que se ofrecen a los suscriptores.

Como no podía ser otra manera, mis aportaciones... cómo decirlo... digamos que no levantan mucho revuelo, o ninguno... y mientras las denuncias y agudas observaciones de los otros redactores despiertan encendidos debates en el apartado de comentarios, mis incoherentes marcianadas pasan sin pena ni gloria; y si se deja sentir algún comentario (similar a lo que ocurre aquí) invariablemente provendrá de mi hermano mayor, o de Gilito, o del amigo Xavalín. Reconozco que es comprensible, porque mientras los otros colaboradores ponen el dedo certero sobre la llaga de acuciantes problemas que afectan a las personas en su día a día, o en sus perspectivas de futuro, yo sigo a lo mío, con mis cosas… qué os voy a contar que no sepáis ya a estas alturas…

Montones de ceros y algún que otro uno (que es como compongo yo los abrazos virtuales) para mis amigos cibernéticos.

miércoles, septiembre 15, 2010

Libretas

Me enfrento en estos momentos a una nueva mudanza. Como tengo comprobado que la vida se resiste a concederme mi ansiado sedentarismo kantiano, y me condena a un nomadismo incivilizado, en cada nuevo empaquetado de mis pertenencias hago acto de contrición por la acumulación de efectos personales, y me deshago de un buen número de ellos. En esta ocasión parece que esté tirando la casa por la ventana, casi literalmente (sólo habría que sustituir ventana por contenedores de reciclaje). Me estoy desprendiendo de colecciones enteras de revistas, pilas de documentos, fajos de cartas, y un sinfín de artículos cuya única utilidad sería reactivar los resortes de la memoria de muy largo plazo, en interminables veladas de nostalgia y retroactividad. Que ya no serán.

En anteriores ocasiones movía los fardos de un inmueble a otro, casi sin comprobarlos, ignorando lo que transportaba, y desechando únicamente lo obvio. Pero en este caso, en el que me he asegurado que contaría con mis buenas tres semanas para proceder, estoy inspeccionando maníacamente todas y cada una de mis pertenencias, y sometiéndolas a un somero examen que se resume en la disyuntiva: ¿basura o no? Y de momento gana la basura por goleada. Es tan sencillo como cambiar el chip, ponerse en modo Aligerar equipaje, y, hala, a desintegrar tu bagaje.

Entre otras muchas sorpresas, me he encontrado en una caja un montón de libretitas con una cantidad extraordinaria de idioteces escritas en ellas. Me explico: siempre suelo llevar encima, a todas partes, una libretita y un boli, para apuntar las estupideces que se me vayan ocurriendo. Cierto día, alguien me regaló un par de Moleskines molonas y debí arrinconar las de espiral de toda la vida en aquella caja. Llevo libreta siguiendo esa máxima apócrifa de Einstein, que decía que por qué tratar de retener en el cerebro lo que cabe en un bolsillo (y digo apócrifa, porque después leí en una fuente mucho más fidedigna que, durante un encuentro, el poeta Paul Valéry le preguntó al genio que cómo era que no llevaba encima ninguna libreta para apuntar sus ideas, y Einstein le respondió: “¿Para qué, si se me ocurren tan pocas?”. Aunque olvidó mencionar que esas pocas que tenía cambiaban el curso de la historia).

La cuestión es que me resultó decepcionante comprobar que uno se molesta en apuntar sus paparruchas en una libreta, creyendo que algún día pueden serle útiles para algo, y resulta que amontona libretas y libretas en una caja y las olvida hasta nueva orden de mudanza. De hecho, ni siquiera consulto las anotaciones recientes de la Moleskine que me acompaña ahora mismo. Por cierto, qué puta mierda de Moleskine que se me ha despegado toda, y eso que le doy su buen tute, pero la trato con mucho cariño, y duerme siempre en garaje.

Pero lo más decepcionante del caso ha sido cuando efectivamente he echado un vistazo al contenido de algunas de las libretas. No se me escapa que esas anotaciones fueron hechas a vuelapluma, probablemente en un banco del parque o en un asiento del tranvía, tras alguna observación incitadora; y que lo que se pretende con ellas es capturar el concepto y esbozarlo con unos pocos términos, supuestamente representativos, para que pueda ser desarrollado más adelante con calma indoor. Pero, claro, si ese más adelante, se convierte en un montón de años de olvido en una caja, ¿cómo puedes pretender desentrañar ahora unas notas tan crípticas, caóticas y embrutecedoras?

¿Qué cojones pude querer decir, por ejemplo, con la anotación: “Yuxtaposición de unidades de miseria. (Puercos)”? Porque, claro, aquí hay de todo como en botica. Hay desarrollos de páginas y media; hay párrafos de caligrafía sosegada, donde se permiten acotaciones de situación y tiempo, incluso de ánimo; pero la inmensa mayoría son aforismos y epigramas, cuando no simples combinaciones, pretendidamente ingeniosas, de conceptos. Y aquí la caligrafía, más que de cuaderno Rubio (los de mi quinta entenderán) es de cuaderno Moreno (con perdón).

En contra de lo expuesto, y de la falsa primera impresión, el ejemplo de arriba sí he acabado ubicándolo, gracias a la pista de que no sólo tomo notas propias sino que también anoto frases que me parecen interesantes de los libros que leo. El paréntesis indica, resumidamente, la obra de la que procede la frase. En este caso se trata de un libro que me causó honda impresión cuando lo leí hace años: Vivir y pensar como puercos, del matemático y filósofo francés Gilles Châtelet. Por qué anoté esa frase en concreto de todas las de un libro tan jugoso, y qué pretendía hacer con ella en un futuro, sigue siendo una incógnita.

Si la mudanza me lo permite, y en vista de que esto está muy parado últimamente por falta de ideas*, tal vez recurra a algunas de las muchas gilipolleces que contienen esos cuadernillos.

[* En honor a la verdad, he de puntualizar que si, de un tiempo a esta parte, me prodigo menos por aquí es porque desde hace unos meses colaboro en una web semiprofesional (lo de semi- es porque los profesionales no cobran). Si Gilito tiene ganas de poner un enlace o de explicarlo mejor, que se manifieste].

viernes, septiembre 03, 2010

PaRADIOja

Qué crispantes resultan esas emisoras de radio que no paran de interrumpir su programación musical con el único propósito de recordarte una vez más, que ellos te ofrecen música sin interrupciones.

viernes, agosto 27, 2010

Big BOng

Últimamente me he enganchado a la teleserie The Big Bang Theory (creo que en la versión española lo han dejado en Big Bang a secas). Un buen día pillé un capítulo de refilón por esos canales de Dios, y me picó el gusanillo, por lo que me he agenciado la primera temporada (mil gracias, Raquel), y me pego unos atracones de episodios que no finalizan hasta que quedo exhausto de reír.

Cosa sorprendente, porque mira que no me gustan demasiado las sit-coms (para mí más bien shit-coms); ésas de vecindarios mezquinos o familias disfuncionales.

Pero esto es otra cosa. En este caso decir humor inteligente se queda corto. ¿Tal vez humor superdotado? Recordemos que, como escribió cierto crítico literario a propósito de algunos novelistas de ciencia ficción, el problema de las historias sobre extraterrestres superinteligentes, es que en ningún caso pueden ser más inteligentes que el autor.

Los guionistas de esta serie sí parecen dar la talla escribiendo ingeniosos diálogos entre superdotados. Uno de los personajes protagonistas (Sheldon, sin duda mi favorito por varias razones) no duda en alardear de sus 187 intelipondios; detalle que intuyo un sutil homenaje al ajedrecista Bobby Fisher, capacitado con la misma superdotación en la escala C.I., e igual de grillado y tiquismiquis que el geniecillo ficticio.

Descubrir que en EE.UU. la sigue una media de 14 millones de espectadores, me resarce un poco del soponcio sufrido por el visionado (bucanero, por supuesto) de los escasos cuatro minutos que soporté a los Niños grandes. Estremecido, llegué a pensar que ése era todo el humor que se podía esperar ya de la capital del Imperio.

lunes, agosto 09, 2010

PUDRIDERO. Si te gustó la película, cómprate el libro...


Por fin sale editado el libro PUDRIDERO de nuestro compañero y sin embargo amigo Micropene. Nos hemos embarcado en una aventura común de autoeditar el libro a traves de la plataforma Bubok, con su ISBN, su código de barras, camisita y canesú.

Lo podeis comprar aquí http://www.bubok.com/libros/187300/Pudridero

De todas formas y para que salga más barato hemos comprado un puñadito y os lo podemos vender directamente con muchos menos costes de envío y zarandajas. Si lo compráis en versión electrónica también seria un detalle.

Micropene (AKA Fernando) no quiere hablar de su libro porque ya sabéis que es muy tímido, raro y tocapelotas, pero si os fiáis de mi criterio Pudridero es una novela que se lee fácil, destila talento, está rellena de referencias, autoreferencias, bilis, humor... los que leéis a Micropene sabéis de qué hablo.

martes, julio 20, 2010

Sueños mojados

Hablé aquí debajo de no conocer el triunfo. Lo que en una sociedad en perenne competencia equivaldría a ser un perdedor.

Pero cuando uno es miserable, su miseria no tiene por qué circunscribirse exclusivamente al mundo consciente. También en el inconsciente, donde no rigen las feroces leyes del mundo real, se puede ser un pusilánime. Resulta que en el anárquico reino de la fantasía uno puede enfrentarse a sus sueños “húmedos” (después se entenderá el entrecomillado) con actitud (iba a escribir mentalidad, pero no creo que ésa tenga mucho peso en los desenlaces oníricos) estrecha y cicatera.

Mi pareja se descojona de mí cuando le cuento mis sueños “eróticos”. Y esa es una de sus peculiaridades: que se pueden contar tranquilamente sin peligro de ofender a quien tiene la exclusiva de tus querencias, por la original manera que tengo de consumar mis fantasías presuntamente sexuales.

Suelen estar protagonizados por señoritas que no encarnan precisamente mi ideal sicalíptico. Nunca he tenido mitos sexuales cuando tocaba, menos ahora, en pleno climaterio. Cuando era joven y mis amigos se ponían burros con mujeres lúbricas como Kim Basinger y Sabrina Boys-boys-boys, mi atención la reclamaban mujeres más bien maduras, con un puntito de complicación en la mirada que transluciera corazones difíciles: Sigourney Weaver, Geena Davis y Mimi Rogers eran santas de mi devoción, pero de éstas no salían pósters para pajearse. Ni falta que hacía.

La cuestión es que en el plazo de unos meses se han infiltrado en mis sueños personajes que veo en televisión, y me plantean unas tramas subidas de tono, de cuya resolución me sorprendo hasta yo mismo.

Pongamos estos tres ejemplos: que Patricia Conde me acosa insistentemente con claras intenciones lascivas, y yo, como creo que harían todos los hombres en mi misma situación onírica, me escabullo indignado y me oculto en una fábrica abandonada, como si fuera un Robocop mojigato.

Otra noche me proyecto dirigiendo una película de zombis en Vermont (sí, sí, no me preguntéis por qué, pero la película se rodaba en Vermont, como queda dicho reiteradas veces a lo largo del sueño, vaya usted a saber por qué), y entre el reparto está Belén Rueda, que en mala hora se planta en mi roulotte con la excusa de tratar no sé qué asunto del rodaje, pero que en un visto y no visto se me despelota allí mismo y empieza a atosigarme con la consabida coreografía de insinuaciones del cortejo intersexual. Y, ¿qué hace el buen señor? Pues lo que haría cualquiera de vosotros (con o final) en esa situación: reprenderla por las marcas del bikini resaltando blancuzcas contra su precioso tono bronceado de piel. Ella arrimándose libidinosamente y yo allí, rehuyéndola indignado, y despotricando porque con ese moreno chapucero me iba a arruinar la escena del precipicio, para la que ya tenía alquilado el helicóptero de los guardacostas (?!). Y eso que me he informado a posteriori y en Vermont no hay costas que guardar... ¿Qué diría Freud de todo esto?

Y por último, el ejemplo que más me descoloca: Paris Hilton (ésta ya si que no entiendo cómo se ha podido colar en el santuario de mis ensoñaciones, porque no la trago aquí, en el mundo exterior), me enreda y me lleva a un tabuco claustrofóbico, donde me engatusa para que le chupe los pies, práctica que asegura volverla loca. Allí estoy yo, llevándome la punta de sus pies a la boca, con costuras de las medias incluidas (se ve que como no veo las cosas del todo claras, no llego ni a desnudarla), y ella pareciendo disfrutar como una posesa, a juzgar por las alharacas con que acoge cada mordisquito y los alaridos tras cada lametón; cuando, de repente, llego al siguiente dictamen sobre la situación que compartimos: pienso para mis adentros “a esta niñata no le pone cachonda el juego sexual, sino la humillación clasista de tener a un plebeyo lamiendo la parte más baja de su anatomía”. Así que, indignado (una vez más; por lo visto no puedo relajarme ni en sueños) arrojo bruscamente sus pinreles lejos de mí y empiezo a cantarle las cuarenta a la pobre niña rica, ante su absoluta perplejidad y sus continuos intentos de reemprender la acción y que me deje de tonterías. Pero no se sale con la suya y así, queridos amigos, es como se convierte un sueño erótico con el símbolo sexual de millares (¿millones?) de individuos en un triste pasquín de la CNT.

Aunque, mirado con otra perspectiva, resultan bastante curiosos estos desenlaces inesperados, y ahora estoy intrigado por cuándo y, sobre todo, cómo será mi próxima incursión en mi peculiar interpretación del sueño húmedo, donde la saliva sólo se emplea para soltar soflamas y reivindicaciones.

jueves, julio 15, 2010

El triunfito

Cuando veo a los integrantes de la selección española de fútbol triunfantes tras su gesta sudafricana, no puedo evitar preguntarme qué se debe sentir cuando uno se sabe incontestablemente el mejor en algo. Cuando veo a Gasol, Nadal, Alonso… y no sólo pienso en actividades deportivas, me vale cualquier actividad humana, pienso envidioso que me gustaría probarlo antes de morirme: ganar algo, lo que sea. Porque, quizás cueste creerlo, pero este que escribe no ha ganado absolutamente nada en su vida. Más bien al contrario.

He sido tan mediocre en todo lo que he emprendido que nunca, insisto, nunca, he conocido las mieles del éxito. Nunca he ganado una medalla de nada, ni un concurso de lo que fuera, ni me ha tocado un triste peluche en una rifa (ya no digamos la lotería…).

El otro día lo comentaba en casa y a mi pareja e hijo les costaba creerlo. Pero es verdad. Triste, pero cierto.

Para ser riguroso, debería consignar los dos únicos conatos de victoria que he rozado en mi deplorable existencia. Y ambos acabaron siendo fiascos; uno por cuenta propia y el otro, ajena.

El primero data de mis tiempos de colegial, cuando durante un breve periodo pertenecí al equipo de ping pong. Al parecer, yo, como mecanismo adaptativo de supervivencia anímica en un mundo tan competitivo, embellecí hasta deformarlos los recuerdos que guardaba de un torneo entre varios colegios, en el que participó mi equipo. Creía y contaba que el mismo día de mi comunión tuve que participar en la final del campeonato y que mi victoria agónica en la última partida, nos había dado la copa. Pero en mi fabulación había aspectos de la puesta en escena, la figuración y el atrezzo que no terminaban de cuadrarme, así pues concluí que no debía tratarse del día de mi comunión, sino la de mi hermano. Pero de lo que no cabía ninguna duda era sobre mi hazaña in extremis (porque mientras yo triunfaba avasalladoramente, mi padre esperaba con el motor en marcha para no cabrear al cura), y mi aclamación como héroe por todo el equipo y parte del profesorado. Pero esa versión de los hechos tampoco aguantaba el análisis más somero, y la falta de una medalla conmemorativa me hizo, pasados los años (muchos) aceptar que tal vez las cosas no fueron como yo las recordaba. Posteriores averiguaciones concluyeron que sí jugué la final, que sí se celebró el mismo día que una comunión (la de mi hermano), pero que el resultado no fue el que yo había archivado en mis neuronas, sino justo el contrario. Ya me extrañaba a mí que después de aquel clamoroso éxito no volviera a pertenecer al equipo, ni se volviera a hablar nunca más de aquella legendaria velada… Prodigios de la memoria selectiva (aunque en este caso habría que hablar más bien de vil manipulación de los hechos para el recuerdo).

El segundo ocurrió en mis tiempos de bachiller. Por motivos ignotos, mi profesora de literatura se empeñó en que me presentara a un concurso literario. Por complacerla escribí una chorrada que pretendía ser de terror, rollo Stephen King, muy pero que muy mala; pero que, contra todo pronóstico, resultó agraciada con el segundo premio. Me dieron 8.000 pesetas (de las de entonces) y una palmadita en la espalda, y con la pasta me compré unos pantalones y una cazadora. Y fin de la historia, y sí que podría anotarme ese éxito en mi palmarés (jajaja) aunque fuera un segundo premio (ya se sabe lo que dicen en sociedades tan competitivas como la estadounidense: que el segundo es el primero de los perdedores; cómo será que allí decir number two es sinónimo de mentar la mierda). Pero también en este lance había gato encerrado, porque resultó que la profesora se empeñó en que concursara y me concedió ese premio de consolación (el jurado estaba compuesto por ella y otra profesora de la materia), porque estaba enamorada de mí. Sí, sí, así de absurdo como suena. Y no es que me lo invente yo con mi ingenioso procedimiento de manipulación de los recuerdos dañinos, no, sino que ella misma se lo confesó a uno de mis hermanos (4 años menor que yo) cuando en su primer día de clase en su asignatura, ella reconoció los apellidos familiares y se lo llevó aparte para comentarle que –y cito textualmente- había estado loquita por mí (?!). Lo que explicaría el inmerecido galardón.

Así que mis únicos acercamientos a la gloria han estado condicionados por sendos estados alterados de conciencia (propio y ajeno), con lo que a estas alturas de la película sigo sin saber de verdad, sin posibles interpretaciones ni tergiversaciones, qué se debe sentir cuando uno se sabe el mejor/el más rápido/el más listo/el que mejor toca el piano/ o lo que sea en cualquier campo.

¿Qué habéis ganado vosotros? Agradecería que me alumbrarais con vuestros triunfos.

sábado, julio 10, 2010

Chupinacitos

Entre la lista de cosas que más odio, debería situar en el top ten a los putos chupitos. Obviamente no puedo detestar un chupito per se; ellos hacen su vida y yo hago la mía. Pero, por muy insociable que seas, tarde o temprano vuestras vidas acabarán encontrándose en alguna barra o sobremesa.

Siendo riguroso, lo que me hastía es el mal uso que hacen de ellos algunas personas. Mi caso es simple: desde que tengo memoria etílica, beber chupitos (también conocidos como taponazos por estas latitudes) me ha sentado siempre igual de bien que un punterazo en los huevos. Cada brindis hecho con esos ridículos vasitos resultaba sinónimo de acabar esa noche abrazado a la taza del váter. Cien por ciento de eficacia vomipurgativa.

Y claro, por muy cerril que uno sea, acaba por proscribirlos de su dieta líquida.

Pero, por lo visto y oído a lo largo de todos estos años, hay [mucha] gente que parece hacer de este acto una cuestión personal, pasional. No soportan que ningún comensal se libre del bautismo aguardentoso, y si detectan entre sus filas algún objetor, se abalanzarán sobre su silla e insistirán con grandes aspavientos hasta salirse con la suya. Les traerá sin cuidado que su víctima se excuse con argumentos de peso. Dará lo mismo que les confieses: “Si bebo eso, moriré”. Su réplica invariablemente será: “No puedes hacerme un feo”. Tú si que eres feo y no digo nada. Lo único que quiero es que me dejen en paz, aquí en mi rinconcito, donde inconscientemente he construido con la vajilla una trinchera antichupitos, anticipándome a las hostilidades. ¿Acaso no cuentan los incontables decilitros de cerveza y vino ingeridos durante la comida, o este copazo de pacharán que tengo entre las manos; para que ahora, por resistirme a un ridículo dedal licoroso, se mancille mi expediente alcohólico?

Cómo será la cosa que en el pasado estuve tentado de pedirle a mi médico de cabecera un justificante eximiéndome de su consumo, alegando sus devastadores efectos en mi organismo. Ni en mis –no tan remotos- tiempos de excesos más destructivos (no exclusivamente auto-destructivos) he tolerado la digestión de esas perdigonadas etílicas. Esa forma de consumo, arrojando una palada de espiritosas al coleto, de golpe y porrazo, sin saborearlas, me produce trastornos digestivos incompatibles con el bienestar y la jarana.

Por estas tierras está muy extendida su práctica y raro es el acto social que no culmine con el aterrizaje en la mesa de alguna ronda de esas indeseables vasijas. Y no pasaría nada si no fuera por lo que trato de comentar: si yo pudiera abstenerme y punto. Si no existieran esos agotadores tira-y-aflojas, esas improductivas negociaciones con interlocutores ya achispados que no se avienen a razones, por mucho que trates de explicarte con la mayor elocuencia. Da igual que insistas vehementemente en que no quieres ser aguafiestas, pero que eres incapaz de trasegar en esa modalidad; y que si esa misma bebida te la sirven en vaso alto y con un par de hielos, prometes liquidarla en no más de tres tragos. ¿Contentos así? No. Dará igual, recibirás por toda respuesta caras desilusionadas y comentarios de desaprobación, y no podrás evitar sentir, abriéndose paso a través de tu indignación, el peso de la culpa por ser un pusilánime y un estómago desagradecido, un delicadito que arruinas la fiesta a todo el mundo con tus pejigueras. Por no tragar, y aceptar de una vez su ponzoñoso ofrecimiento.

Venga esa ronda, que no se diga. Sin miserias. Sin mariconadas. Boargfff.

domingo, julio 04, 2010

Crepúsculo de un genio e ingenio crepuscular

Ayer terminamos de ver la película Saraband de Ingmar Bergman, que hace un par de viernes obsequió el diario Público a sus lectores. Tres intentonas nos ha llevado la empresa, porque digan lo que digan los críticos sesudos (“excepcional despedida [fue su último film] de un genio, bla, bla, bla…” ), es un tostón plúmbeo. Coge cualquier telefilm estadounidense de esos que ponen (¿ponían?) al mediodía y cambia las boleras y hamburgueserías por casitas en lo profundo de un bosque escandinavo y una coqueta capillita, y deja que los protagonistas comenten parecidos traumas pero puntuando sus intervenciones con música de Bach, libros de Kierkegaard y menciones a Freud. Y ya tienes una película culta que por metonimia acabará siendo de culto.

Me refiero a esta película en concreto, ya que desconozco la filmografía previa de su director. Hace años, en Melrose, alguien puso en el DVD El manantial de la doncella, del mismo autor, y me quedé dormido a los seis minutos de metraje (aunque en aquella época muy probablemente me habría quedado dormido viendo una película snuff). Pero si, según aseguran los entendidos, Saraband es un inmejorable colofón a toda una carrera, casi que paso de profundizar.

Sin embargo un fenómeno que me repelía por definición, el de los vampiros crepusculares, me dio la sorpresa el otro día, cuando emitieron en la antena tercera la primera adaptación cinematográfica de la saga literaria, y pude ver un trozo. También me quedé dormido, y la pillé bien entrada la trama, pero he de reconocer que no me pareció aborrecible, como había barruntado, sino que llegó a gustarme por momentos. Desde luego, me pareció mucho mejor cine que la de Bergman, con una fotografía crepuscular muy lograda, y con momentos concretos de un perdurable impacto visual.

Pero ahora yo me pregunto: si vas a provecharte mercantilmente de la tradición de una criatura mítica a la que otros, antes, han dotado de una serie de ingeniosas peculiaridades que conforman la idiosincrasia del vampiro, y te las vas a pasar por el forro para permitirte más cancha a la hora de urdir tus tramas (en exteriores soleados, por ejemplo); ya puestos, ¿por qué no te estrujas un poquito las meninges y te inventas tú un nuevo personaje, llamémoslo Morlik, al cual los rayos de sol no convierten en ceniza, como a los vampiros, sino que le doran la piel con unos reflejos diamantinos? Ya hay por ahí una individua que, como los vampiros y licántropos se le quedaban ya algo cortitos de originalidad, se ha sacado de la manga los ángeles caídos. Nefilim, o algo así, creo que los llama. Al menos ésta última se lo ha currado un poquito y, como no le cuadraban los portentos, pues ha tirado de otras tradiciones no tan explotadas. De momento.

miércoles, junio 09, 2010

Linotipia

Ahora mismo me hallo inmerso en la redacción de mi segunda novela. Llevo garrapateadas unas 140 páginas, y me restan, como mínimo, otras tantas. Y, presa de la pereza del escribidor, me he planteado la siguiente cuestión:

Dado que garrapatear es una forma de hablar, porque hoy por hoy dudo mucho que quede nadie que escriba con pluma (salvo algún nostálgico cerril), y dado que completar una novela es una tarea que resta algún tiempo y energía; y no hablo únicamente de la gimnasia intelectual de "parir centauros" [Nietzsche dixit], sino del hecho físico de teclear unas cuantas decenas de millares de palabros (palabras en el mejor de los casos), cosa que no conlleva ningún esfuerzo (o, para ser estrictos, requiere un desgaste físico despreciable), pero que sí roba tiempo, y no poco. O, mejor expresado, no lo roba, pero sí lo desvía hacia una actividad solitaria y reconcentrada como es la escritura, que te mantiene abstraído en tus mierdas mientras el mundo exterior sigue con sus rutinas de matar vaquillas a puntapiés o de asistir multitudinariamente a ver la versión 6.9 de Hannah Montana contorsionándose en el Rock in Manzanares (Rock in Rio Madrid = Rock in Manzanares, ¿no? Jijiji…).

Dicho lo cual, y como cualquier excusa me vale para procrastinar mi tarea, he llegado a la siguiente revelación místico-literaria patrocinada por la molicie: si hoy, con todos los avances informáticos en el tratamiento de textos, que te permiten desplazar párrafos enteros, suprimirlos, duplicarlos, ocultarlos, reemplazarlos; buscar palabras y sustituirlas por otras más adecuadas que no concurrieron a las yemas de tus dedos durante la primera redacción; cambiar el tipo, tamaño y color de letra, o convertirla en negrita o cursiva, o darle textura de titular; hacer tantas copias como se desee del documento y hacerlo llegar instantáneamente a las antípodas; imprimir tus propias galeradas para que una mirada amiga pero imparcial detecte esas incongruencias que los ojos obcecados del autor sobrevuelan una y otra vez sin detectar; y un sinfín más de posibilidades técnicas que se haría muy pesado inventariar aquí, y que resulta innecesario porque todos conocéis. Y todo esto sin incluir en mi argumentación ese software como de brujería que ya comenté aquí que me permite convertir mi voz dictada en formatos de texto, con lo que habría que restar de la ecuación el tecleado de los caracteres.

Pues bien, resulta que llegué a la conclusión de que en la historia de la literatura universal previa a la invención de estos adelantos arriba comentados, cuántas cosas no habrían cambiado de haber sido tan sencillo como resulta ahora. Me explico. Imaginemos a ese autor con leotardos que una mañana se levanta y piensa: “¿Hamlet? Hummm… no me convence del todo el nombrecito. ¿Cómo era ése que se me ha ocurrido durante el sueño? David Bisbal, sí, justo. Me resulta mucho más sonoro para un príncipe danés, dónde va a parar… pero, mira, con tal de no repasarme ahora todo el manuscrito y tener que ir tachando y emborronando en cada punto donde lo he nombrado, casi mejor que lo dejo estar, que tampoco está tan mal. Y total no creo que nadie vaya a notar la chapuza…”.

O ese otro barbudo que se dice: “Hostias, ahora que me lo acabo de releer, veo que casi quedaría mejor este párrafo después de la aparición en escena de la policía, para dejar en ascuas un poco más al lector… pero quita, quita, que tengo al editor esperando y no me voy a empantanar ahora reescribiendo todo este capítulo, con lo limpito que me ha quedado el manuscrito. Mejor lo dejo así como está, que tampoco queda tan mal, y me marcho a jugar a la ruleta que hoy estoy en racha”.

Creo que no exagero en mis desvaríos y, si lo pensáis un poco, me entenderéis cuando afirmo que antes no era tan sencillo como ir con un puntero marcando frases para destruirlas o trasladarlas de lugar, o reemplazarlas por otras más ajustadas a la intención del autor y cuya inspiración se ha manifestado extemporáneamente, cuando ya no queda tinta en el tintero o ímpetu en el espíritu para corregirlas. Porque quizás cambiar una sola frase requería la reescritura de toda una página (aunque fuera a máquina) o, como mínimo, su emborronado con anotaciones e indicaciones, que luego podían ser mal interpretadas por el tipógrafo.

Por ello, estoy convencido de que las –no tan antiguas- limitaciones técnicas debieron disuadir a más de un autor inmortal de ¿mejorar? esas obras maestras que el imaginario colectivo no cree perfectibles.

He dicho. [No, no, mejor quita ese final tan pomposo. Uf, paso de ir ahora hasta ahí con el puntero…].

martes, junio 01, 2010

Guerrero

Guerrero medieval norteamericano (los caballeros llegarían más tarde, cuando los conquistadores españoles introdujeran el caballo en el continente)




miércoles, mayo 26, 2010

Sarna espiritual

Esta mañana, soltando lastre de cara a una inminente nueva mudanza (¡ay, esta vida nómada!), me he encontrado algo que me ha obligado a parar máquinas y prestar un poco de atención.

Se trata de una fotografía que no había sido detectada en cribas anteriores por hallarse oculta, insertada dentro de un viejo pasaporte. La foto también es vieja, y su calidad es pésima, pero se disculpa por tratarse de un robado de los tiempos en que no había teleobjetivos (no sé si ya se habría inventado, pero en mi mundo te aseguro que no los había).

La contemplación de esta imagen me ha sumido en un bucle melancólico que ya se había iniciado en aquellos tiempos de Maricastaña, como queda patente en la instantánea. Y eso que, por otra parte, y según testigos presenciales, también fui un niño hiperactivo y dionisíaco.

Han pasado ya 30 años desde que un objetivo impregnara en película aquel instante, tiempo más que suficiente subido a la vida para, ahora sí, comprender enteramente aquellas nostalgias anticipatorias, aquella tempranera sarna espiritual, aquella depresión posparto que debió escurrirse de la parturienta al parido.

Aunque, ahora que lo pienso, lo mismo no estaba más que haciéndome el longui, como si oteara la tundra para escaquearme de alguna tarea agropecuaria del gulag.


sábado, mayo 01, 2010

Genio y figura hasta la sepultura

De que el ser humano es capaz de engendrar lo más sublime y de perpetrar lo más atroz es un buen ejemplo la siguiente comparativa (como las de las revistas de coches).

En los extremos opuestos de las potencialidades humanas encontraríamos a Mozart, uno de los artistas más creativos de la historia, y a Carl Panzram, uno de los criminales más destructivos de los que se tengan noticia.

Ambos murieron relativamente jóvenes: 35 años el compositor, 39 el criminal; y ambos cuando estaban en la cumbre de sus respectivas carreras.

El músico le fue arrebatado a sus contemporáneos por la enfermedad; y al otro fueron sus contemporáneos los que le dieron muerte para deshacerse de él.

Mozart no necesita presentación: es unánimemente reconocido como el arquetipo de genio creador; razón por la cual da nombre al llamado Argumento Mozart, que una rama de la psicología esgrime para negar la teoría de que el trabajo duro intensivo puede crear nuevos mozarts, y para apuntar que el talento es innato.

Carl Panzram sí necesita presentación, pues es un casi completo desconocido que no goza de la fama de Jack el Destripador o del Carnicero de Milwaukee, y sin embargo en el ramo criminológico es unánimemente considerado como el peor criminal que haya existido. Para no extendernos aquí, es mejor que si alguien siente curiosidad por este elemento, que “guguelée” y, aunque no encontrará mucho en la red, lo que hay bastará para asombrar al más morboso.

Resumiendo mucho, Panzram fue un asesino estadounidense de principios de siglo, violador, pirómano, ladrón, estafador, y todas las variantes de crimen que se nos vengan a las mientes (pues todas las practicó y con saña). Por lo visto la furia contra sus congéneres que desde niño le inflamaba el corazón le impedía abstenerse de toda ocasión que se le presentara de violentar a su prójimo.

Como curiosidad, apuntar que todas sus víctimas fueron hombres (algunos aún niños). Las mujeres sencillamente no le interesaban. Antes de matarlas violaba a sus víctimas, sin ser homosexual, porque no les hacía el amor sino el odio. Toda vejación era poca para sus víctimas.

Su ira descontrolada contra todo y contra todos lo llevó a pasar buena parte de su vida en prisión, pero como por aquellos años el FBI aún no era esa agencia interestatal que coordina los distintos corpúsculos policiales locales, sheriffs, marshalls, rangers y demás zarandajas; pues Panzram se pasó la vida abordando como polizón trenes que lo alejaran de las escenas de sus crímenes y así, si era detenido, no acumular antecedentes penales. Si lo pillaban, cumplía su condena (por supuesto, causando todos los desmanes que le eran propios), y una vez libre, se iba a otro condado, o incluso estado, donde volvía a asesinar y empezaba otra vez su ciclo vital.

Ya en la última prisión que pisó (en la que moriría ajusticiado) un carcelero le dio algo de dinero para que comprara cigarrillos y Panzram le dijo desconcertado que era la primera vez que alguien hacía algo bueno por él (la verdad es que su [auto]biografía es un auténtico culebrón gore), así que el guardia se ganó desde ese instante su confianza. Aprovechando este débil hilo de comunicación con el diablo personificado, el carcelero le proporcionó papel y lápiz y lo convenció para que escribiera su biografía. Así lo hizo y en ella detalló todos sus crímenes (bueno 22, aunque se calcula que fueron más de 100 porque reconoció haber perdido la cuenta; pero no hay que perder de vista que cada vez que aparece un súper asesino de esta envergadura, muchos cuerpos policiales aprovechan para colgarle sus casos sin resolver, aunque sea encajando con calzador las pruebas de que se disponen). Se verificaron los detalles narrados por el autor con algunos casos irresueltos en distintos territorios de la unión y empezaron a llover las reclamaciones de extradición para llevarse a este pájaro y hacer justicia con él. Pero el pájaro no llegaría a salir de la prisión, porque ya se había buscado la ruina nada más entrar allí. Mientras escribía su libro ya había sido sentenciado a la horca por un incidente muy de su estilo: resulta que al llegar a la prisión advirtió con esa simpatía suya que le caracterizaba, que mataría al primero que le molestara lo más mínimo. Dicho y hecho. Lo destinan a la lavandería y, al poco, con una barra de acero le revienta la cabeza al guardia que supervisaba su servicio. Lo mata y deja heridos a otros muchos presos que trataban de escapar del baño de sangre en la lavandería.

Pero adonde yo pretendía llegar con mi comparativa es al momento de abandonar este mundo. Conmueve comprobar qué diferente es la forma de afrontar la muerte entre un espíritu que aún tenía mucho que decir y otro que ya estaba ahíto de destrucción.

Según testimonio de su viuda, durante su enfermedad mortal Mozart se lamentaba frecuentemente de tenerse que marchar en su mejor momento creativo. Dice que dijo: “¡Justo ahora! Tengo que morir ahora que podría vivir tranquilamente. ¡Ahora es cuando tengo que dejar mi arte, justo cuando iba a liberarme de la esclavitud de las modas, de las cadenas de los especuladores, cuando podría dar rienda suelta a mi creatividad, componer de forma libre e independiente lo que me dictase el corazón!”. El mismo día de su muerte se hizo llevar a la cama la partitura de su Réquiem (que no pudo completar) y lo repasó con los ojos llenos de lágrimas. Así abandonó este mundo el mayor genio que lo ha pisado.

¿Y cómo abandona el mundo el representante del otro extremo? Pues a su manera, claro. No aceptando un abogado que lo defendiera en el juicio en que se jugaba la vida. Carcajeándose cuando le leyeron la sentencia a muerte. Amenazando con estrangular a todo aquel que desde el exterior hiciera lo más mínimo para evitar su ejecución, pues ya empezaban a movilizarse contra la pena de muerte algunos grupos pro derechos humanos. Pasarse la noche previa a su ejecución cantando en modo loop una tonadilla obscena de su propia invención (mira, algo compuso, aunque fuera una mierda y al final de su vida) en la que se cagaba en su puta madre y en toda la raza humana. Subir con saltitos juguetones los escalones que lo llevaban hasta la horca. Escupir en la cara a los dos verdugos que le ajustaban la soga y desafiarlos metiéndoles prisa diciendo que eran unos ineptos porque en ese tiempo él ya hubiera matado a diez personas. ¿Genio y figura, que diría aquel?

"Mis aliados son el engaño, la traición, la brutalidad, la degeneración, la hipocresía y todo lo que es malo".

jueves, abril 08, 2010

Concursante


Hoy voy a saltarme mis propias reglas y quiero recomendar una película. La cinta no es que vaya a desviar el curso de la historia del cine, pero me gustó mucho porque en ella se explican muy claramente las claves de lo que nos ha llevado a la actual crisis de valores (de cambio); y eso que fue producida en el 2007, un año antes de que petara la burbuja yanqui y nos pringara a todos.

Se trata de Concursante (sin artículo determinativo), escrita y dirigida por Rodrigo Cortés, y protagonizada por Leonardo Sbaraglia.

Búsquenla donde suelan, que su visionado merece la pena.

martes, marzo 30, 2010

6EQUJ5

¿Esto es todo lo que tienen que decirnos los extraterrestres? Luego dicen que por la tele no se escucha más que insensateces. Pues anda que por el espacio sideral…

Resulta que ahora, en abril, se cumplirán 50 años del proyecto SETI (siglas inglesas de Búsqueda (Search) de Inteligencia ExtraTerrestre; ¿para cuándo un STI?), que resumiendo mucho consiste en hacer de cotillas intergalácticos y poner la oreja para ver si logramos escuchar despotricar a la Belén Esteban de Alfa Centauri.

Llevan gastados la tira de millones de petrodólares en una especie de yogures vacíos gigantes para ver si captamos alguna señal extraterrestre. Y todo lo que hemos captado en medio siglo es esto de aquí abajo


y ya ha llovido lo suyo...

El 15 de agosto de 1977 la Gran Oreja (no es una coña mía, es el nombre –Big Ear- con que bautizaron a un radiotelescopio de la universidad de Ohio) captó esta señal anormal, y el friki, que diga el profesor universitario que dedicaba buena parte de su tiempo libre a espiar a los E.T.s, cuando recogió de la cesta el rollo de papel contínuo y descubrió ese registro extraordinario anotó con su Bic rojo un Wow! (forma anglosajona de exclamar ¡Córcholis!). Y según los expertos no es para menos, porque el orejón estaba programado de modo que, para ahorrar papel (la conciencia ecológica aún no había cuajado, por lo que deduzco que era una cuestión puramente presupuestaria), registrase intervalos sucesivos de 12 segundos de cada uno de los canales (las columnas de números verticales), y únicamente en valores absolutos (sin decimales) comprendidos entre el 1 y el 9. Para descartar el ruido se ajustó el aparato para captar exclusivamente intensidades de señal inequívocas, por lo que los espacios en blanco representan murmullos inferiores al umbral mínimo asignado al 1. Pero es que las letras representan valores superiores a 9 (10 = A; 11 = B; 12 = C; etc…), por lo que la U representaba una escandalera espacial del copón.

Pero, nunca más se supo de aquellos alborotadores siderales, ni de nada semejante, con lo que la NASA se impacientó y en 1993 le retiró a los Setinos su subvención. A pesar de que, todavía 50 años después, la señal Wow! (nombrecito que se le dejó puesto por no calentarse más las molleras) siga siendo un enigma científico, puesto que la procedencia terrestre de la señal quedó descartada y los 72 segundos de cachondeo sónico en la constelación de Sagitario desafían toda casualidad. Pues no sólo los Nasinos se mostraron tan poco impresionados, sino que encima resulta que la Gran Oreja fue amputada hace poco más de una década para poder ampliar un vecino campo de golf (¿el promotor se llamaría Van Gogh?). Y es que, queridos amigos, ya no se respeta nada en este mundo; ya no queda romanticismo, y somos capaces de enviar al desguace nuestra única vía de contacto con sonidos extraterrestres para que los capullos terrícolas puedan seguir metiendo sus estúpidas pelotitas en toperas de hierba.

Carl Sagan escribió un libro sobre este asunto, Contact, que luego fue llevado al cine, con Jodie Foster como protagonista. Si es verdad eso que afirman de que Jodie está superdotada con un C.I. de 135 intelipondios, le sugeriría a la Srta. Foster que se dejara de buscar inteligencia extraterrestre y se pusiera a buscar la terrestre, que buena falta nos hace.

De todos modos, quiero desde aquí enviar una respuesta a mis amigos de Kaus Astralis: 8B9M7P6P. Que traducido así a las bravas, viene a decir: "Seguid escondidos, que estos os trasquilan: Y al bocazas del 77 le dais una colleja de mi parte".

miércoles, marzo 24, 2010

Solidaridad con el Tigre

Tiger Woods (el tigre de los bosques, en traducción chusca) atraviesa una mala racha. Y yo me solidarizo con él, porque sé por lo que está pasando.

Sí, confieso que yo también sufrí la terrible adicción al sexo, y sé lo que es no poder parar de follarse modelos, bailarinas, strippers y señoritas de otros ramos igual de sugerentes. Te das cuenta de que tienes un problemón, pero no puedes dejar de acostarte con todas esas hembras de llamativos físicos, con esos tórax tuneados; y sufres, sufres mucho. Lo pasas fatal, follando y follando todo el día con mujeres con las que el común macho de los mortales se tiene que conformar fantaseando la coyunda.

Pobre muchacho, me compadezco de él y espero que se cure lo antes posible, porque como no logre convencer a todos sus patrocinadores de que se ha curado de ese horrible mal (que no se lo deseo a mi peor enemigo), y que puede volver a encarnar la imagen del buen chico, del yerno que toda suegra de la unión sueña para sus hijas, empezará a perder caché, y esto irremediablemente afectará a su par (¿se dice así?), vamos, a su juego, y dejará de ser el triunfador que era.

Y ya es bien conocido, por ejemplos públicos y notorios, lo implacable que se muestra aquella sociedad tan competitiva con los ganadores caídos en desgracia, los juguetes rotos. Mira, a lo mejor hasta le curan su adicción, así sin más, sin tener que someterse él a ningún tipo de terapia de abstinencia; vamos, que lo mismo ya no se come un torrao.

Porque yo miro su foto en los diarios y me pregunto, como en tantos otros casos parecidos al suyo: si este individuo, en vez de ser el número uno en su deporte, empujara una carretilla para proveer de hielo picado a los puestos de pescado del mercado de abastos de su pueblo, ¿se habría curado ya de su adicción?

Se me ocurre que quizás habría sido tan afortunado de no haber llegado siquiera a desarrollarla.

Propongo que se establezca para el 69º día de cada año una jornada sin sexo, de abstinencia sexual voluntaria en solidaridad con las víctimas de esta horrible lacra. Mostremos nuestro apoyo incondicional a los adictos al sexo; uf, qué nombrecito más largo para una enfermedad, y eso que la gente hace tiempo que a las pacientes femeninas de este síndrome las etiquetó con el apócope "putas"...

viernes, marzo 12, 2010

¿Chiste de rubias?

Escaneado del editorial del nº 13 de la revista Más que salud.

lunes, febrero 22, 2010

Arte Marrano


http://artemarrano.blogspot.com/


Arte Marrano es un blog que recopila una colección de fotografías de basuras encontradas en la naturaleza y que generan paralelamente un discurso plástico. Exponiéndolas, pretenden concienciar sobre nuestra responsabilidad en el problema y estimular la obtención de conclusiones sobre la dinámica de los residuos y su interacción con el medio (de la observación atenta de cada imagen se puede aprender una lección científico-natural).

El blog lo promueve TAMAL (Taller de Medio Ambiente Aire Libre), una asociación juvenil con sede en Ubrique (Cádiz) constituida en 1993. El proyecto lo dirigen Pepe Arroyo y Dani Román.

Desde nuestro rincón felicitamos la iniciativa y la añado a la lista de blogs chulos.

viernes, febrero 05, 2010

Un lustro de lastre

Como cantaría El Dúo Dinámico:

“Cinco [¡cinco!] años [¡años!] tiene este bloOog,

le gusta [¡gusta!] tanto [¡tanto!] bailar el roOock…”

Sí, queridos amigos, hace ya un lustro que nuestro querido Gilito pusiera en marcha este engendro, a instancias de nuestro añorado camarada cansino Xaturriau. Al poco se incorporó la gran Cripema, y el último en llegar, como siempre, fui yo. Bueno no, nuestra queridísima Aprilia también anduvo por aquí una temporada, pero luego montó su propio chiringuito hasta que se aburrió.

Cinco años dando la tabarra online, porque ya me diréis si no resulta una tabarra las 226.648 palabras que, según un contador de palabras, un servidor ha despotricado por aquí (y eso no incluye las entradas de mis compañeros, ni mis comentarios; y sin contar tampoco las entradas que me han sido censuradas por el Máster del Universo, pero siempre con muy buen criterio [gracias, camarada, ya sabes que soy un inconsciente], ni las que yo me he autocensurado, ni las que sí colgué pero luego eliminé por motivos más prosaicos, ni las docenas que no llegué a publicar por mi precaria conexión a la red y acabaron en el tintero del hastío, ni las del otro blog sobre el vino, que no sé si todavía existirá o me lo habrán dado ya de baja por desuso).

Así, a ojo de buen bloguero, he debido teclear unas 300.000 raciones de murga. Buf, creo que ya es suficiente. Y total para no sumar más que sinsentidos y dislates. Estoy seguro que podría comerme ahora mismo una sopa de letras y cagar en una cartulina algo con mucho más sentido y más bonito que todo esto.

Ahora resulta que nos han retirado los anuncios porque, según Google, nos han detectado prácticas rufianescas. Coño, ¿qué quieren? Si esto lo leen los cuatro colegas, pues normal que se pinchen los anuncios siempre desde las mismas tres o cuatro IPs mal contadas. Total, nos daban cuatro chavos una vez a las mil, pero al menos nos servía para hacernos un picoteo a la salud de Google en el Consejo de Refacción. [Os ahorro el viaje al DRAE: refacción. Alimento moderado que se toma para reparar las fuerzas].

No sé a qué santo me ha venido ahora mismo a la memoria un recuerdo de hace muchos años, de una época turbia (digamos que de mucho Mamar en tiempos revueltos), no sé por qué, ni dónde, veía un programa que presentaba el difunto Jesús Puente, que consistía en que desde un castillo, o un parador, o alguna edificación fortificada así de rancia (no recuerdo bien por los estados alterados de memoria), la pareja concursante, armada únicamente de unas páginas amarillas (sponsor del espacio) y un teléfono, debía convencer en un número restringido de llamadas, y sin confesar que se trataba de una gincana televisiva, a los aldeanos que ya dormitaban a sus faldas, para que se llegaran hasta ellos portando algún artículo absurdo que exigiera la prueba.

Aquel programa era una mierda sin ambages, pero yo me lo tragaba entero únicamente para no perderme el momento para mí cumbre: al finalizar, un monigote animado que hacía las veces de mascota de las páginas amarillas se despedía del Sr. Puente, y éste remataba la faena con un inquietante: “¡Hasta siempre, amigos míos!”.

Ésa era la frase que me tenía enganchado a aquel bodrio. La forma en que el venerable actor reconvertido en bufón, declamaba aquella despedida me producía un efecto desolador. Aquella fórmula, que era la misma grabación siempre, estaba cargada de unos matices tan penosos, al menos para mí, que algunas semanas, supongo que según me hubiera ido la jornada, la sola inflexión en la í de "míos" lograba arrancarme sollozos de desesperación. Y, sin embargo, por algún ignoto mecanismo de masoquismo catódico, la semana siguiente volvía a soportar aquel espantajo sólo por recibir al final mi ración de oscuro eco desde el otro lado del espejo.

Aquel saludo me resultaba más escalofriante que el From hell de Jack el destripador, porque aunque lo pronunciaba un ser humano entrañable, que se suponía nos acababa de citar para recibir más emociones la siguiente semana, en esas cuatro palabras y su forma de verbalizar se traslucía toda la insoportable levedad del ser, del estar y del quedarse.

¿Veis lo que decía arriba de que no escribo más que chorradas?

Pues eso, que: “¡Hasta siempre, amigos míos!”.

martes, febrero 02, 2010

Nanotecnología

Contemplando lo pequeñito que es el cacharrito este del MP3, me hago y os lanzo la siguiente pregunta: ¿si Japón no hubiera sido una isla minúscula y superpoblada, se habría llegado a desarrollar la nanotecnología?

Quiero decir que quizás si los japoneses habitaran una extensión territorial cómoda, sin apreturas, un buen cacho de mapa como Canadá o Rusia, y no hubieran sentido esas necesidades espaciales, esas claustrofobias volumétricas, tal vez los ordenadores personales seguirían siendo armatostes como armarios, los discos no serían compactos, y los utilitarios serían rancheras.

lunes, febrero 01, 2010

Deshaciendo memoria

Hay que ver qué jugarretas me gasta la memoria. De sopetón alguien abre la puerta de uno de los muchos desvanes que esa ama de llaves llamada Olvido (como Alaska) mantenía cerrados, y se derraman por mi alma los recuerdos que había arrinconado en ese almacén; al menos aquellos que no hayan sufrido el apolillamiento de la desmemoria.

Pero en otras ocasiones, alguien me enfrenta con cosas que se supone yo debería recordar y, sin embargo, no hay manera; por mucho que remueva los cajones de los sesos, no encuentro el más mínimo eco al que acogerme.

Y eso es lo que me ha pasado no hace mucho, con un caso francamente preocupante.

Resulta que mi querido amigo, el artista Delrieu, ha sufrido unas humedades en su estudio, que lo obligan a repintar sus paredes. Para acometer tal reforma, ha tenido que desalojar buena parte del material que atesora allí dentro (el sueño de cualquier chamarilero). Así que me pidió que recuperara algunas cosas mías, que en un pasado remoto le debí pedir me guardara allí dentro.

Acudí a la cita intrigado por saber qué cosas me iba a encontrar. Me entregó dos grandes bolsas cargadas con cosas raras que asegura me pertenecen. De esas pertenencias, lo único que recuerdo haber poseído y haberle dejado en prenda, era unos fascículos de La enciclopedia del crimen (morboso que fue uno); pero luego hay cosas como cómics del Capitán América en griego (?!), inquietantes recortes de prensa, publicaciones que no es que no recuerde haber comprado ni leído, es que ni siquiera sabía que existían, y una extraña daga (?!!).

Pero lo que más me ha despeinado las neuronas es una extensa colección de la revista sobre cine de terror Fangoria (mira, otra vez Alaska). Esta publicación sí sé que existe, o existió al menos, no sé ahora; pero lo más curioso es que mis ejemplares son de la edición original estadounidense. Lo que quiere decir que: a) debí suscribirme a ella en algún momento (cosa que dudo, porque nunca me he suscrito a ninguna publicación, ya que no me gusta que me echen el lazo; si me gusta una revista ya me la compraré yo en el quiosco, o no); o b) [y más probable], que encargara en algún quiosco que me la trajeran ex profeso; pero eso significaría que mes tras mes, durante muchos meses, a juzgar por lo abultado de la colección, fui religiosamente a retirar mi ración de espantos.

Entonces, ¿cómo es posible que haya olvidado por completo algo así? Un ritual ejecutado puntualmente cada mes durante al menos un par de años. Y lo más grave, ¿cómo puede parecerme tan extraña a mi persona, vista ahora, semejante conducta? ¿Tan enrevesado he sido siempre como para comprar –pagando con creces- la edición americana, habiendo una española? (Si es que la había entonces, porque si no recuerdo haber hecho el canelo durante tantos meses para leer sobre monstruitos, no puedo esperar recordar lo otro).

Uf, me preocupan bastante este género de alaskas. Más que lagunas mentales, son albuferas de desmemoria.

viernes, enero 29, 2010

Burrocracia necrológica

Realizando uno de los muchos trámites de la burocracia necrológica, ayer me las vi con una funcionaria que, no dudando en absoluto de su competencia (además la muchacha fue muy simpática), no debía tener una buena mañana.

Si no llego a estar al quite grapa nuestro documento de liquidación a una escritura ajena. Le digo que no es la nuestra, y me ignora en primera instancia. Le insisto que lo que ha grapado no corresponde, lo recupera del montón sin mucho convencimiento, y cuando descubre el error me suelta: “Pues menos mal que te has dado cuenta, si no, hubiéramos liado una muy gorda”. ¿Hubiéramos? Supuse que hablaba en plural mayestático.

Vi que imprimía y rompía, hasta en tres ocasiones, el documento porque –me explicó- le salía como fecha de plazo máximo el 29 de octubre por error, y me dijo: “¡Ay, ¿qué le pasa a esto que no me coge el 29 de febrero?”. A lo que respondí: “Probablemente el ordenador sepa que no estamos en año bisiesto y no admite ese dato”. “¡Ostras!, claro, con razón. A ver si ahora…”. Y cambió la fecha a 19 de febrero, y sí se lo aceptó y pudo imprimir los documentos bien; pero acortándonos, de paso, el plazo de pago en 10 días (todo son ventajas para el contribuyente).

Después de unas cuantas confusiones más (me hizo firmar no menos de seis papeles que luego acabarían en la papelera), por fin llegamos a puerto. Me despido dándole las gracias, y me responde: “No, gracias a vosotros” (?!). Así que no me pude callar y le dije: “A ver, vale que he engordado, pero no tanto como para confundirme con más de una persona, ¿no?”. Y, riendo, me pidió disculpas por estar, según propia definición, “muy espesa esta mañana”.

Y esto no ha hecho más que empezar...

jueves, enero 28, 2010

El anti-procrastinador

Hace muchos años, acompañé a mi novia de entonces a una biblioteca de esta ciudad. Ella necesitaba encontrar unos libros para documentar un trabajo de su carrera universitaria, y yo, que como buen paria no me sentía demasiado cómodo en los templos del saber, preferí esperarla en la entrada. Como empezaba a tardar un poco, decidí matar el rato echándole un vistazo a los ficheros que había allí para consulta de las referencias del fondo biblioteconómico (toma palabro. Es que es hablar de bibliotecas y se me pega la pedantería). Así que me dije, voy a ver si hay algún escritor que se apellide como yo. Y para mi sorpresa, resulta que encontré uno que no sólo se apellidaba como yo, sino que el segundo apellido y el nombre coincidían con los de mi padre. ¡Coño, como que era mi padre! Había dos libros de mi padre en aquella biblioteca, y yo ni siquiera sabía que los había escrito y publicado.

Cuando volví a casa, se lo comenté entusiasmado al escritor secretista, y éste me respondió con notable desinterés: “Ah, ¿sí?”.

¿Cómo que “ah, ¿sí?”? ¿Desde cuándo alguien escribe dos libros y no sólo no se vanagloria de ello, sino que ni siquiera se lo comenta orgulloso a sus hijos? Me aclaró que eran dos tratados de su ciencia (efectivamente, no recuerdo muy bien los títulos, pero uno era sobre el cultivo de la vid en no sé qué comarca hobbit, y el otro ni me acuerdo, pero tenían toda la pinta de tochitos infumables, la verdad... al menos para el joven profano).

Pero esa no es razón para permitirse al menos la pequeña y perdonable vanidad de llegar un día a casa y decir: “Todo bien por el trabajo, he almorzado con Fulanito, he leído el periódico, he comprado tabaco… ah, y también he publicado un libro”. O que se le escapara un día, aunque fuera sin pretenderlo: “Deja eso ahí ahora mismo o te tiro a la cabeza uno de mis libros”, o algo por el estilo. Joder, ni que fuera un superhéroe ocultándonos sus prodigios. Porque si no llego a hacer el ganso aquel día, no me hubiera enterado nunca de eso (huelga decir que no había por casa copia alguna de sus creaciones, al menos no visibles en los estantes).

Tiempo después, se publicó un libro sobre su pueblo en el que se negó a figurar como coautor (él le daba al memorión y otro lo plasmaba todo en el papel), accediendo únicamente a firmar el prólogo, tras el ultimátum interpuesto por su compinche literario.

Todo este rollo viene a que estos días andamos los hermanos liados con la posibilidad de sacar adelante dos proyectos que dejó inacabados por razones insoslayables (enfermedad y muerte, ¿te parece poco?). Y, por supuesto, el descubrimiento de estos libros volvió a ser poco menos que de chiripa.

Hace unos años el ordenador de mi padre petó. Él pareció no darle demasiada importancia al hecho, y se disponía a tirarlo a la basura como el que tira un mendrugo de pan duro; pero yo me olía la tostada y me empeñé en hacer algo al respecto, pues algo debía haber contenido en aquel disco duro en el que mi padre pasó tantas horas, tardes enteras, vertiendo información desde su prodigioso cerebro (no es sólo amor de hijo; cualquiera que lo conoció reconocerá que era una enciclopedia ambulante).

Gracias a las hechicerías informáticas de mi querido Gilito, se recuperó del naufragio numerosos archivos. Entre ellos, para mi sorpresa, dos proyectos de libros, que ahora sus hijos nos proponemos sacar adelante, como sea, aunque fuera en una tirada simbólica, familiar, nostálgica.

Echando un vistazo a esos archivos (menuda panzada de llorar, por cierto) no deja de impresionarme la meticulosidad y el mimo con que elaboraba cada una de sus creaciones, documentando y cotejando escrupulosamente cada episodio.

Ojalá yo hubiera heredado esa prolijidad, esa metodología machacona e insobornable. Pero como soy un procrast… ¡hostias!, ¿cómo tengo esos libros sin ordenar por colores? Os dejo.