viernes, enero 29, 2010

Burrocracia necrológica

Realizando uno de los muchos trámites de la burocracia necrológica, ayer me las vi con una funcionaria que, no dudando en absoluto de su competencia (además la muchacha fue muy simpática), no debía tener una buena mañana.

Si no llego a estar al quite grapa nuestro documento de liquidación a una escritura ajena. Le digo que no es la nuestra, y me ignora en primera instancia. Le insisto que lo que ha grapado no corresponde, lo recupera del montón sin mucho convencimiento, y cuando descubre el error me suelta: “Pues menos mal que te has dado cuenta, si no, hubiéramos liado una muy gorda”. ¿Hubiéramos? Supuse que hablaba en plural mayestático.

Vi que imprimía y rompía, hasta en tres ocasiones, el documento porque –me explicó- le salía como fecha de plazo máximo el 29 de octubre por error, y me dijo: “¡Ay, ¿qué le pasa a esto que no me coge el 29 de febrero?”. A lo que respondí: “Probablemente el ordenador sepa que no estamos en año bisiesto y no admite ese dato”. “¡Ostras!, claro, con razón. A ver si ahora…”. Y cambió la fecha a 19 de febrero, y sí se lo aceptó y pudo imprimir los documentos bien; pero acortándonos, de paso, el plazo de pago en 10 días (todo son ventajas para el contribuyente).

Después de unas cuantas confusiones más (me hizo firmar no menos de seis papeles que luego acabarían en la papelera), por fin llegamos a puerto. Me despido dándole las gracias, y me responde: “No, gracias a vosotros” (?!). Así que no me pude callar y le dije: “A ver, vale que he engordado, pero no tanto como para confundirme con más de una persona, ¿no?”. Y, riendo, me pidió disculpas por estar, según propia definición, “muy espesa esta mañana”.

Y esto no ha hecho más que empezar...

jueves, enero 28, 2010

El anti-procrastinador

Hace muchos años, acompañé a mi novia de entonces a una biblioteca de esta ciudad. Ella necesitaba encontrar unos libros para documentar un trabajo de su carrera universitaria, y yo, que como buen paria no me sentía demasiado cómodo en los templos del saber, preferí esperarla en la entrada. Como empezaba a tardar un poco, decidí matar el rato echándole un vistazo a los ficheros que había allí para consulta de las referencias del fondo biblioteconómico (toma palabro. Es que es hablar de bibliotecas y se me pega la pedantería). Así que me dije, voy a ver si hay algún escritor que se apellide como yo. Y para mi sorpresa, resulta que encontré uno que no sólo se apellidaba como yo, sino que el segundo apellido y el nombre coincidían con los de mi padre. ¡Coño, como que era mi padre! Había dos libros de mi padre en aquella biblioteca, y yo ni siquiera sabía que los había escrito y publicado.

Cuando volví a casa, se lo comenté entusiasmado al escritor secretista, y éste me respondió con notable desinterés: “Ah, ¿sí?”.

¿Cómo que “ah, ¿sí?”? ¿Desde cuándo alguien escribe dos libros y no sólo no se vanagloria de ello, sino que ni siquiera se lo comenta orgulloso a sus hijos? Me aclaró que eran dos tratados de su ciencia (efectivamente, no recuerdo muy bien los títulos, pero uno era sobre el cultivo de la vid en no sé qué comarca hobbit, y el otro ni me acuerdo, pero tenían toda la pinta de tochitos infumables, la verdad... al menos para el joven profano).

Pero esa no es razón para permitirse al menos la pequeña y perdonable vanidad de llegar un día a casa y decir: “Todo bien por el trabajo, he almorzado con Fulanito, he leído el periódico, he comprado tabaco… ah, y también he publicado un libro”. O que se le escapara un día, aunque fuera sin pretenderlo: “Deja eso ahí ahora mismo o te tiro a la cabeza uno de mis libros”, o algo por el estilo. Joder, ni que fuera un superhéroe ocultándonos sus prodigios. Porque si no llego a hacer el ganso aquel día, no me hubiera enterado nunca de eso (huelga decir que no había por casa copia alguna de sus creaciones, al menos no visibles en los estantes).

Tiempo después, se publicó un libro sobre su pueblo en el que se negó a figurar como coautor (él le daba al memorión y otro lo plasmaba todo en el papel), accediendo únicamente a firmar el prólogo, tras el ultimátum interpuesto por su compinche literario.

Todo este rollo viene a que estos días andamos los hermanos liados con la posibilidad de sacar adelante dos proyectos que dejó inacabados por razones insoslayables (enfermedad y muerte, ¿te parece poco?). Y, por supuesto, el descubrimiento de estos libros volvió a ser poco menos que de chiripa.

Hace unos años el ordenador de mi padre petó. Él pareció no darle demasiada importancia al hecho, y se disponía a tirarlo a la basura como el que tira un mendrugo de pan duro; pero yo me olía la tostada y me empeñé en hacer algo al respecto, pues algo debía haber contenido en aquel disco duro en el que mi padre pasó tantas horas, tardes enteras, vertiendo información desde su prodigioso cerebro (no es sólo amor de hijo; cualquiera que lo conoció reconocerá que era una enciclopedia ambulante).

Gracias a las hechicerías informáticas de mi querido Gilito, se recuperó del naufragio numerosos archivos. Entre ellos, para mi sorpresa, dos proyectos de libros, que ahora sus hijos nos proponemos sacar adelante, como sea, aunque fuera en una tirada simbólica, familiar, nostálgica.

Echando un vistazo a esos archivos (menuda panzada de llorar, por cierto) no deja de impresionarme la meticulosidad y el mimo con que elaboraba cada una de sus creaciones, documentando y cotejando escrupulosamente cada episodio.

Ojalá yo hubiera heredado esa prolijidad, esa metodología machacona e insobornable. Pero como soy un procrast… ¡hostias!, ¿cómo tengo esos libros sin ordenar por colores? Os dejo.

miércoles, enero 27, 2010

Procrastinando II

Yo tambien iba a escribir sobre el tema pero he visto que tengo una pielecita en el dedo pulgar y al buscar las tijeras del bote d elos bolis he echado en falta el rotu de los CDs ,me he levantado a mangar otro del armario del material de oficina he visto que la fotocopiadora estaba en modo ahorro de energía y me he dicho "necesito ingerir algo energético" y me he dirigido al cuartito donde nos preparamos los bocatas en busca de alguna zurraspa de pan o trocito de tocino deshilachado del jamon del almuerzo pero no he encontrado nada, asi que me voy al bar de enfrente a ver si como algo.

Mientras puedes ver este video.

Procrastinador

Hoy quería hablar aquí sobre la procrastinación, pero ya si acaso lo dejamos para mañana...

miércoles, enero 20, 2010

Diario de los cuescos

Vale, puedo entender que la realidad cada vez pone el listón más alto a los que se ganan la vida con la ficción. Sólo hay que dejarse horrorizar por las noticias (especialmente estos días) para alcanzar que el demiurgo puede llegar a ser un guionista de lo más retorcido.

La realidad siempre superará a la ficción, más que nada por ésta no es más que un destilado de aquélla. Nuestras fantasías, por muy imaginativas que las creamos, no son más que la recombinación y superlación de elementos previamente informados a nuestro cerebro. No se puede imaginar nada que no sea una suma, más o menos ingeniosa, de información ya percibida. Somos como ordenadores, procesamos y barajamos datos (inputs), exacerbando tal o cual aspecto del cuadro, lo que resulta en creaciones de mucha fantasía y colorido, pero que nunca dejarán de ser pastiches compuestos con los elementos que previamente hemos introducido en nuestra mente a través de nuestros sentidos.

Pensad en la cosa más imaginativa o fantasiosa que se os ocurra y, a nada que lo analicéis un poquito, encontraréis enseguida la traza de sus materias primas. Sin ir más lejos, últimamente no dejan de asediar mis oídos alabanzas sobre la desbordante imaginación desplegada en la película Avatar. Ejem, ejem… No hay nada en todo el diseño de esa película, desde las inefables criaturas (de vergüenza ajena) hasta su lengua (de vergüenza propia), que no apeste a refrito de refrito de congelado. Quizás su máxima originalidad sea el tener como protagonista a un héroe discapacitado (y me juego lo que sea a que, si escarbo un poco en la red, cosa que no voy a hacer porque no me apetece, encontraría precedentes a porrillo. Así, a bote pronto, no recuerdo ninguno, pero eso no garantiza nada, porque mi cultura cinéfila es tan cortita como la otra, la general).

Pero no estoy aquí para despotricar de panteras azules que chamullan raro, sino de otra película que tuve la mala ocurrencia de visionar ayer. Se trata de la última vuelta de tuerca al tema zombi, dada por su creador original. Me quedé tan patidifuso cuando llegaron los créditos finales que no tengo más remedio que enviarle la siguiente carta abierta al responsable de semejante dislate:

Muy apreciado Sr. Romero,

si bien es cierto que tal vez nunca ponderaremos suficientemente su impagable aportación al cine de terror con la creación de la criatura zombi tal cual la conocemos a día de hoy (lo que nos devuelve a lo que comentaba arriba sobre la originalidad: ya existía un film titulado Yo caminé con un zombi; basada a su vez en la leyenda de los zombis… pero mejor dejémoslo estar, porque hablar en estos momentos de muertos vivientes y su origen en el folclore de cierta isla caribeña asolada en estos momentos por la desgracia más dolorosa, sería de muy mal gusto). Vd. nos legó el arquetipo zombi, y lo mantuvo durante la mítica trilogía que lo aupó al santoral de todo buen aficionado al género.

Pero debo reprocharle que, no hace mucho tiempo, ya tuve la desgracia de picar en una revisitación suya al tema de los vivibundos (en aquella ocasión era El día de los cuescos), y ya me pareció una puta tomadura de pelo; pero se la perdoné porque a los grandes siempre se les perdona un desliz, aunque sea de tan insultantes proporciones.

Pero, ay, George, lo que vi ayer no te lo perdonaría ni el dios de la serie Z hasta las patas de X. ¿Qué te ha pasado, hijo mío? ¿Qué ocurre detrás de esas gafotas? ¿A qué viene tanto disparate? Por favor, aclárame una cosa: tengo entendido que el cine estadounidense, a diferencia del europeo y del resto del mundo, donde se le supone un arte y se deja por tanto en manos de artesanos, allí lo consideráis una industria y por esa razón queda en manos de industriales y mercachifles. Según cuentan las crónicas allí todo está muy profesionalizado. Hay sindicatos hasta para los del catering, y cada bien o servicio que se presta a la cinematografía está debidamente tasado (todo tiene un precio). Nada escapa al férreo control de Don Dinero y sus profesionales.

Los extras llegan al plató, o a los exteriores, y hacen lo que se les ordena, probablemente no ordene el propio director del film, sino que seguro existe una figura que sea el director de extras, al igual que hay un director de segunda unidad que dirige las escenas de acción y efectos especiales. Según este desarrollo de mi argumento, en teoría nada queda abandonado a la improvisación; al menos en las grandes superproducciones con tantos millones de petroeuros en juego.

Por aquí se piensa igual sobre el asunto de los guiones, a los que cuentan las leyendas (por ejemplo las que cuentan jóvenes realizadores españoles que vuelven de allí deslumbrados por el oropel, tras rodar su primera producción yanqui) que se les da una y mil vueltas, en agotadores brainstormings en talleres de guionistas o reuniones en los despachos de los estudios, donde se recortan, reescriben, mutilan y simplifican para adaptarlos al gusto (alcance) del espectador medio de los territorios de la unión (el mínimo común divisor). Perdón, he escrito espectador, y aquí quizás convendría más hablar de clientes. Se busca que desembolses tus eurodólares en la taquilla; el regusto que te lleves a casa después ya es otra cosa. ¿Servicio postventa lo llaman?

También, tras el rodaje todo el metraje (supongo que ahora con las cámaras digitales habrá que buscarle un sustituto a lo de metraje, porque al no haber rollos de película que revelar…) sufre sus buenas sesiones de montaje y postproducción.

E incluso, antes de distribuirse la cinta (a los cines sí que van unos rollos, ¿no? Uf, qué follón, tanto rodar en digital para después tener que enlatarlo de todas maneras) se hacen pases previos a un muestreo de público, que al final valorará lo que acaba de ver, para que los que se juegan los cuartos tomen buena nota de sus opiniones.

Bien, llegados a este punto, convendremos entonces que los fotogramas no se caen por descuido dentro de la marmita, mucho menos secuencias enteras, o ya puestos todo un largometraje como el tuyo. Dime pues, querido George, ¿cómo cojones explicas tú esos diálogos que sonrojarían a mi sobrino de tres años? ¿Cómo justificas que ni una sola de las acciones, reacciones o iniciativas de todos y cada uno de los personajes que pululan por la película, se sostengan en el mundo real de las personas humanas? ¿Cómo se come que personajes hechos de la misma pasta que los que en vuestros telefilmes se cogen unos traumas de espanto ante cualquier contratiempo de la vida, en tu película se enfrenten a una zombificación planetaria sin despeinarse? ¿Qué desayunabas cuando escribías esas cosas tan risibles?

Te propongo un ejercicio de empatía muy sencillo: ponte en la piel de uno de esos personajes que descubre que los muertos, sin más aclaración, vuelven a la vida con muy mala leche y se dedican a devorar a todo el que se cruzan, incluyendo a tu familia y amigos; que tú mismo has tenido que sacrificar con un disparo en la frente al amor de tu vida, a quien colmabas de besitos y carantoñas apenas unos fotogramas antes de que lo zombificaran en uno de vuestros constantes e imperdonables descuidos (¿de verdad darías la espalda a un muerto cuando sabes que se levantan y muerden?!! ¿Verdad que no? ¿Entonces por qué cojones lo haces constantemente en tu infumable peliculita?), decía antes del paréntesis que ya sabes que el mundo, urbi et orbi, está condenado a la ruina cataclísmica y el indescriptible caos reptante (gracias a esos insertos que has metido tan sutilmente con un calzador), ¿te haces ya la composición de lugar? Sí, claro, porque la has compuesto tú solito. Pues entonces, ahora dime, querido, ¿de verdad crees que tú, en semejante situación, harías o dirías algo -cualquier cosa- de lo que les haces hacer y decir a tus pobres marionetas durante más de una hora? ¿Sinceramente crees que te sentirías con ánimos de soltar esas vergonzantes parrafadas de filosofía aprendida en los sobres de los azucarillos?

En serio, lo digo por tu bien y el de tu carrera cinematográfica, ¿no hay nadie que te quiera bien en todo el equipo, que te lleve a un lado en algún descanso y te sugiera educadamente que todo eso que filmáis no hay por donde cogerlo? ¿No hay por ahí nunca algún meritorio, o maquillador, o gruero lo suficientemente valiente y sincero para decirle al genio intocable que nada de lo que se está desarrollando ante esas cámaras tiene el más mínimo sentido, que todo es una bazofia infecta?

¿Y los del estudio? ¿Y los del pase previo? ¿Qué pasó ahí?

Y que no me venga ahora el típico crítico cinematográfico, de esos raritos a posta con fijación por desentonar, tratando de defender lo indefendible con enrevesados argumentos y reivindicando filiaciones.

Por si no se ha notado, lo que más me ha dolió de todo lo relativo a esta película, es que pagué por alquilarla (y mira que hacía...). ¡Tú, George, tú!, ¡me has devuelto al mal camino...!

viernes, enero 15, 2010

Amorfológico

Dado que llevo toda la semana creyéndome ingenioso y haciéndome el gracioso con la ortografía y la sintaxis, voy a rematar el ciclo con un paso más en mi tontería: voy a atreverme con la mismísima morfología.

Comentario de texto: “Ayer juguemos y ganemos”.

Todos se habrán echado las manos a la cabeza, clamando al cielo de los gramáticos: “¡Acémila!, ¡analfabeto!”. Todos, menos yo. De hecho, voy a elevar una propuesta (no de ley) a la Real Academia Española [del paladar] para que recapaciten sobre el particular. Que aprendan del inglés, una lengua maleable que se adapta al uso de los tiempos que le va tocando narrar, y no sólo acepta constantemente en sus diccionarios horrísonos neologismos (que luego exporta a todos los idiomas aquejados de papanatismo), sino que se arremanga la gramática cuando los tiempos lo exigen. Y mira que estos son tiempos de mucho exigir (cada cual a su bola y ya cambiará el mundo circundante para adaptarse a las necesidades del minuto de cada individuo-emperador).

Ay, si viviera mi tocayo Lázaro Carreter; le haría esta propuesta a él en persona. Me lo llevaría a algún bar castizo a tomar unas cañas (bueno, probablemente él pediría algo menos vulgar; quizás una damajuana de tisana, o un búcaro con infusión de hierbaluisa o ajonjolí), y le comentaría mis disparates lingüísticos.

Porque, vamos a ver, si decimos: “Nos conocemos [ahora] y nos enamoramos [¿ya?]”, ¿por qué cojones tenemos que decir, forzando confusiones en el continuo espacio-tiempo: “Nos conocimos [ayer] y nos enamoramos [ayer]”?

Sí, ya sé que, morfológicamente, la primera persona del plural del pretérito perfecto simple de los verbos de la primera conjugación, los acabados en –ar, se forma así (ojo que todo esto lo estoy diciendo a matacaballo, si estoy metiendo la pata –como casi siempre- agradecería sus correcciones y/o matizaciones).

Pero, ¿no sería mucho menos confuso decir: “Ayer juguemos y ganemos”?, porque si no especifico con algún adverbio de tiempo (ayer, hoy,…) la expresión “Jugamos y ganamos”, puede estar referida a un futuro inmediato o deseable [(hoy/mañana) jugamos y ganamos], o hace quince años [jugamos y ganamos]. Aunque, bien pensado, también nos seguiría siendo imprescindible el adverbio temporal, porque si no especifico: "Ayer juguemos y ganemos", y digo únicamente "Juguemos y ganemos" fuera de un contexto clarificador, se podría confundir la acción pretérita con un imperativo arengador disfrazado con la piel del presente de subjuntivo.

De todas maneras, estas formas anatematizadas se construyen con cierta [morfo]lógica: Si yo ayer jug, pues nosotros juguemos. Si yo ayer amé, pues nosotros nos amemos mucho.

De momento, esta propuesta sólo está siendo secundada por algunos gramáticos vanguardistas en breves intervenciones en El diario de Patricia, Callejeros y otras tribunas académicas igualmente acreditadas.

miércoles, enero 13, 2010

Pase sin llamar


En lo que queda del degradado/especulado barrio de El Partidor de Alcoi, fotografié esta coña reivindicativa:

¿Caja tonta?

Decía unos pocos centímetros de horrible prosa más abajo, que no tengo mucho fondo ante la caja tonta, pero tal como escribo esto pienso:

si ahora con las teles planas de plasma ya no parece una caja, y dado que con tal variedad de canales monotemáticos y todas esas utilidades interactivas tampoco se puede decir que sea tonta... propongo, para ser actualizadamente descriptivos, llamarla desde ya la tabla loca. (Jijiji...)

lunes, enero 11, 2010

Chupópteros

Mi pareja anda últimamente enganchada a una serie televisiva sobre vampiros, desde que su hermana le pasó la primera temporada de True blood. No tiene mala pinta la cosa pero es que yo tengo muy poco aguante practicando el tiro con mando.

Pero en el rato que aguanté se me ocurrió que por qué en los idiomas que contamos con la diéresis entre nuestros recursos ortográficos, no escribimos vämpiro, para que parezca que se acaba de chupar su propia sangre, jijiji…

Y ya que me he levantado con tanto ingenio grafo-ilógico, jiji, propongo que nuestros vecinos transpirenaicos, que cuentan en su jerigonza con el acento circunflejo, escriban mâison, para empezar la casa por el tejadillo, jiji jiji jijiji…

O no, mejor aún, aquí podíamos escribir Zâpâtero, jijiji, por lo de las cejas, jijiji… A ver si así, con esta coña, logramos cabrearlo y nos envía a la ministra esa que parece Galadriel a cerrarnos el chiringuito.

Aunque con esa coña tan ñoña (rima, jijiji…), no conseguiremos provocarlo. Hay que buscar algo más duro, algún insulto cruel; pero uno que aún no se les haya ocurrido a los de Intereconomía ni Libertad Digital, cosa harto difícil. A ver, a ver… ya sé: ZapateroRISTA, jijiji… ¡hala!, lo que le ha dicho… jijiji… Venga, chulito, ahora qué, ¿eh? Atrévete con nostros. Jijiji… Así pega mi abuela, jijiji...

Y que conste que a lo largo de todo el post he hecho honor a su título: los vämpiros no necesitan aclaración; ZP por lo suyo; y la mâison por lo del francés, jijiji… jiji… vale, vale, ya me voy.

sábado, enero 09, 2010

ZP, Ziérranos la Página

He leído campanas de una nueva ley que permitirá cerrar páginas web de una manera relativamente fácil (al menos esa era la opinión del diario donde se nos informaba de esto). Al parecer los blogueros están en pie de guerra, han desenterrado el disco duro de batalla, y no sé qué acciones pretenden emprender contra El Poder.

Por llevar la contraria, como siempre, yo (sin previa consulta a los camaradas cansinos, y erigiéndome en portavoz de mis propias payasadas) considero que sería todo un honor que este humilde blog se convirtiera en la primera víctima de la cruzada censora.

Precisamente dentro de unas semanas (principios de febrero) se cumplirán 5 añitos ya desde que el gran Gilito instaurara, espoleado por el no menos grande Xaturriau, este humilde blog.

Por eso mismo, y en uno de mis exasperantes arrebatos de megalomanía wagneriana, considero que sería un perfecto colofón para esta andadura (que de andadura tiene poco, porque se ha hecho todo bien apoltronados en nuestros respectivos cubiles de pajeros despotricones), decía que sería un broche de oro ideal que nos cerraran el chiringuito injustamente, de la noche a la mañana, convirtiéndonos así en unos mártires cibernéticos.

Y para eso ahora os pregunto, hermanos, ¿qué hay que hacer para que le cierren a uno el blog? ¿Insultar a ZP? ¿Cagarse en Ramoncín? ¿Transcribir unos cuantos capítulos de las chicas que sueñan con cerillas? ¿Compartir mi screener de Zombieland?

Espero vuestras propuestas, mientras desespero por inmolarme en la pira martirial. Que San Google nos bendiga.

jueves, enero 07, 2010

Dictador

Esto que estás leyendo ahora mismo no lo estoy escribiendo con las yemas de mis dedos pulsando en el teclado. Se lo estoy dictando, a través de un micrófono, a un programa que convierte mi voz en texto; gracias a uno de los pocos, pero muy apreciados, regalos que he recibido estas Navidades. Mi querido concuñado Bienve me sorprendió muchísimo al regalarme (e instalarme, porque aunque me actualicen desde mi entorno, sigo siendo un inútil) este software que me sigue pareciendo cosa de magia. Yo sabía (también por Bienve) que existían programas que recitan textos, y, dándole la vuelta al procedimiento, suponía que podía existir alguno que convirtiera la voz en texto (en un documento del procesador de textos de tu preferencia).

Y es que, entre que me he vuelto un vago, que nunca pude instruirme en las artes de la mecanografía y mis pulsaciones son muy escasas (con las teclas, porque de las otras voy todo el día atacao), y que tecleo con dos dedos y pico, pues resulta que mi escritura se volvía un proceso bastante lento y farragoso. Así que este regalo, como caído del cielo, o de la red, promete muchas posibilidades. Una nueva forma de escribir que me resulta mucho más cómoda e inspiradora. Cerrar los ojos y dejar volar la imaginación o la memoria, dictándole a un micro, sin necesidad de desviar buena parte de mi concentración hacia el torpe claqué de mis garras sobre el teclado.

Y eso voy a hacer ahora que acaban de cerrar la Navidad, dejar volar la memoria a dos recuerdos navideños al tuntún, que dan una idea aproximada de mi sentimiento respecto a esa festividad.

Me recuerdo a mí mismo una noche, probablemente la buena, hace muchos años, en tiempos oscuros, aparcado en doble fila en un coche color mierda destartalado, esperando algo o a alguien, armado solamente de muy malas intenciones. Aunque yo no había reparado en ello, debía haber algún sistema de megafonía aullando villancicos en la calle, porque repentinamente algo, un giro en la melodía de una de las piezas a las que no prestaba atención, o uno de sus versos, pero fue un instante concreto, hizo de detonante de una auténtica explosión de desconsuelo. De golpe y porrazo fui consciente de lo que me rodeaba: gente ajetreada y trajeada comprando regalos para sus seres queridos, lucecitas de colores, buen rollo (real o fingido; no era momento de entrar a valorarlo), pero felices o no, era gente viva que hacía cosas, que actuaba. De repente, como si hasta ese preciso momento hubieran estado ocultos por un telón que acabara de caer, me vi rodeado de una amenazante actividad navideña, con toda su parafernalia. Me desconcertó mucho comprobar cómo me había alejado lustros luz de aquello que fuera que se estuviera representando ante mis ojos. Era tan ajeno a aquel guiñol callejero, que la sensación me resultó insoportable y tuve que arrancar y alejarme de allí sin cumplir mi propósito.

Otro recuerdo de parecidas connotaciones es aquella excursión a Valencia, hace muchas natividades, con dos colegas a intentar una jugada que al final no salió. No pudo ser. Fracaso. Volvíamos los tres en mi coche, muy callados, serios. La broma nos había costado tiempo y dinero, y muchas energías, y total nada. Salió rana la cosa. Alguien propuso parar a avituallarnos en uno de esos restaurantes de comida rápida que ahora abundan en las carreteras y centros comerciales, y hasta polígonos industriales, pero que antes no se encontraban. Vamos, yo era la primera vez que pisaba uno así. Entramos y aquello estaba nuevecito (ya digo que era la época en que empezaban a florecer), impecable, calentito, decorado para la ocasión. Varias familias cenaban, fingiendo muy bien su felicidad. Se podía haber rodado allí mismo, en aquel instante, un anuncio para la campaña publicitaria de la cadena de hamburguesas. Era todo tan guay

Para no interferir nuestras mutuas harmonías, los intocables nos llevamos la comida al coche y allí nos la zampamos. Mirando a través del cristal el espectáculo de luz y color que nos ofrecían los grandes ventanales. Esta vez, en vez de teatro callejero, un autocine. Y entonces sucedió. De nuevo, algo se salía del cuadro y me abofeteaba el alma. Y me puse filosófico; que es de lo peorcito que le puede pasar a mis acompañantes. Así que les di la cena a mis compinches. Empecé a perorar sobre cómo habíamos llegado a abismarnos tanto de todo aquello. En qué nos habíamos convertido nosotros, o en qué se habían convertido los otros cinco mil millones. Que si patatín, que si patatán. Y debí estar inspirado para hurgar en la llaga, porque Mr. T., que no se caracterizaba precisamente por su ternura, se arrancó a llorar. Y el otro no volvió a abrir la mui en todo el viaje. Viaje que, por cierto, tuvo un final absolutamente surreal, que no encaja aquí por no ser nada navideño.

Feliz ano nuevo. [Vaya, parece que el micro no registra muy bien las eñes].