jueves, enero 07, 2010

Dictador

Esto que estás leyendo ahora mismo no lo estoy escribiendo con las yemas de mis dedos pulsando en el teclado. Se lo estoy dictando, a través de un micrófono, a un programa que convierte mi voz en texto; gracias a uno de los pocos, pero muy apreciados, regalos que he recibido estas Navidades. Mi querido concuñado Bienve me sorprendió muchísimo al regalarme (e instalarme, porque aunque me actualicen desde mi entorno, sigo siendo un inútil) este software que me sigue pareciendo cosa de magia. Yo sabía (también por Bienve) que existían programas que recitan textos, y, dándole la vuelta al procedimiento, suponía que podía existir alguno que convirtiera la voz en texto (en un documento del procesador de textos de tu preferencia).

Y es que, entre que me he vuelto un vago, que nunca pude instruirme en las artes de la mecanografía y mis pulsaciones son muy escasas (con las teclas, porque de las otras voy todo el día atacao), y que tecleo con dos dedos y pico, pues resulta que mi escritura se volvía un proceso bastante lento y farragoso. Así que este regalo, como caído del cielo, o de la red, promete muchas posibilidades. Una nueva forma de escribir que me resulta mucho más cómoda e inspiradora. Cerrar los ojos y dejar volar la imaginación o la memoria, dictándole a un micro, sin necesidad de desviar buena parte de mi concentración hacia el torpe claqué de mis garras sobre el teclado.

Y eso voy a hacer ahora que acaban de cerrar la Navidad, dejar volar la memoria a dos recuerdos navideños al tuntún, que dan una idea aproximada de mi sentimiento respecto a esa festividad.

Me recuerdo a mí mismo una noche, probablemente la buena, hace muchos años, en tiempos oscuros, aparcado en doble fila en un coche color mierda destartalado, esperando algo o a alguien, armado solamente de muy malas intenciones. Aunque yo no había reparado en ello, debía haber algún sistema de megafonía aullando villancicos en la calle, porque repentinamente algo, un giro en la melodía de una de las piezas a las que no prestaba atención, o uno de sus versos, pero fue un instante concreto, hizo de detonante de una auténtica explosión de desconsuelo. De golpe y porrazo fui consciente de lo que me rodeaba: gente ajetreada y trajeada comprando regalos para sus seres queridos, lucecitas de colores, buen rollo (real o fingido; no era momento de entrar a valorarlo), pero felices o no, era gente viva que hacía cosas, que actuaba. De repente, como si hasta ese preciso momento hubieran estado ocultos por un telón que acabara de caer, me vi rodeado de una amenazante actividad navideña, con toda su parafernalia. Me desconcertó mucho comprobar cómo me había alejado lustros luz de aquello que fuera que se estuviera representando ante mis ojos. Era tan ajeno a aquel guiñol callejero, que la sensación me resultó insoportable y tuve que arrancar y alejarme de allí sin cumplir mi propósito.

Otro recuerdo de parecidas connotaciones es aquella excursión a Valencia, hace muchas natividades, con dos colegas a intentar una jugada que al final no salió. No pudo ser. Fracaso. Volvíamos los tres en mi coche, muy callados, serios. La broma nos había costado tiempo y dinero, y muchas energías, y total nada. Salió rana la cosa. Alguien propuso parar a avituallarnos en uno de esos restaurantes de comida rápida que ahora abundan en las carreteras y centros comerciales, y hasta polígonos industriales, pero que antes no se encontraban. Vamos, yo era la primera vez que pisaba uno así. Entramos y aquello estaba nuevecito (ya digo que era la época en que empezaban a florecer), impecable, calentito, decorado para la ocasión. Varias familias cenaban, fingiendo muy bien su felicidad. Se podía haber rodado allí mismo, en aquel instante, un anuncio para la campaña publicitaria de la cadena de hamburguesas. Era todo tan guay

Para no interferir nuestras mutuas harmonías, los intocables nos llevamos la comida al coche y allí nos la zampamos. Mirando a través del cristal el espectáculo de luz y color que nos ofrecían los grandes ventanales. Esta vez, en vez de teatro callejero, un autocine. Y entonces sucedió. De nuevo, algo se salía del cuadro y me abofeteaba el alma. Y me puse filosófico; que es de lo peorcito que le puede pasar a mis acompañantes. Así que les di la cena a mis compinches. Empecé a perorar sobre cómo habíamos llegado a abismarnos tanto de todo aquello. En qué nos habíamos convertido nosotros, o en qué se habían convertido los otros cinco mil millones. Que si patatín, que si patatán. Y debí estar inspirado para hurgar en la llaga, porque Mr. T., que no se caracterizaba precisamente por su ternura, se arrancó a llorar. Y el otro no volvió a abrir la mui en todo el viaje. Viaje que, por cierto, tuvo un final absolutamente surreal, que no encaja aquí por no ser nada navideño.

Feliz ano nuevo. [Vaya, parece que el micro no registra muy bien las eñes].

3 comentarios:

Cripema dijo...

Y como se borra cuando quieres quitar la ultima frase dictada porque no te apaña? (a mi no me engañas... ;)

Ivana dijo...

Llevo unos días leyendo tu blog, y he de felicitarte por tan grandiosa obra de arte llena de comentarios que al más triste sacarían una carcajada.
Lo encontré por casualidad, buscando opiniones sobre experiencias en clubs de intercambio, y me rei muchisimo, sobretodo en el momento hipopotamo, realmente sublime.
Un placer.

Micropene dijo...

Ivana, muchas gracias por tu comentario.

Saludos