jueves, enero 28, 2010

El anti-procrastinador

Hace muchos años, acompañé a mi novia de entonces a una biblioteca de esta ciudad. Ella necesitaba encontrar unos libros para documentar un trabajo de su carrera universitaria, y yo, que como buen paria no me sentía demasiado cómodo en los templos del saber, preferí esperarla en la entrada. Como empezaba a tardar un poco, decidí matar el rato echándole un vistazo a los ficheros que había allí para consulta de las referencias del fondo biblioteconómico (toma palabro. Es que es hablar de bibliotecas y se me pega la pedantería). Así que me dije, voy a ver si hay algún escritor que se apellide como yo. Y para mi sorpresa, resulta que encontré uno que no sólo se apellidaba como yo, sino que el segundo apellido y el nombre coincidían con los de mi padre. ¡Coño, como que era mi padre! Había dos libros de mi padre en aquella biblioteca, y yo ni siquiera sabía que los había escrito y publicado.

Cuando volví a casa, se lo comenté entusiasmado al escritor secretista, y éste me respondió con notable desinterés: “Ah, ¿sí?”.

¿Cómo que “ah, ¿sí?”? ¿Desde cuándo alguien escribe dos libros y no sólo no se vanagloria de ello, sino que ni siquiera se lo comenta orgulloso a sus hijos? Me aclaró que eran dos tratados de su ciencia (efectivamente, no recuerdo muy bien los títulos, pero uno era sobre el cultivo de la vid en no sé qué comarca hobbit, y el otro ni me acuerdo, pero tenían toda la pinta de tochitos infumables, la verdad... al menos para el joven profano).

Pero esa no es razón para permitirse al menos la pequeña y perdonable vanidad de llegar un día a casa y decir: “Todo bien por el trabajo, he almorzado con Fulanito, he leído el periódico, he comprado tabaco… ah, y también he publicado un libro”. O que se le escapara un día, aunque fuera sin pretenderlo: “Deja eso ahí ahora mismo o te tiro a la cabeza uno de mis libros”, o algo por el estilo. Joder, ni que fuera un superhéroe ocultándonos sus prodigios. Porque si no llego a hacer el ganso aquel día, no me hubiera enterado nunca de eso (huelga decir que no había por casa copia alguna de sus creaciones, al menos no visibles en los estantes).

Tiempo después, se publicó un libro sobre su pueblo en el que se negó a figurar como coautor (él le daba al memorión y otro lo plasmaba todo en el papel), accediendo únicamente a firmar el prólogo, tras el ultimátum interpuesto por su compinche literario.

Todo este rollo viene a que estos días andamos los hermanos liados con la posibilidad de sacar adelante dos proyectos que dejó inacabados por razones insoslayables (enfermedad y muerte, ¿te parece poco?). Y, por supuesto, el descubrimiento de estos libros volvió a ser poco menos que de chiripa.

Hace unos años el ordenador de mi padre petó. Él pareció no darle demasiada importancia al hecho, y se disponía a tirarlo a la basura como el que tira un mendrugo de pan duro; pero yo me olía la tostada y me empeñé en hacer algo al respecto, pues algo debía haber contenido en aquel disco duro en el que mi padre pasó tantas horas, tardes enteras, vertiendo información desde su prodigioso cerebro (no es sólo amor de hijo; cualquiera que lo conoció reconocerá que era una enciclopedia ambulante).

Gracias a las hechicerías informáticas de mi querido Gilito, se recuperó del naufragio numerosos archivos. Entre ellos, para mi sorpresa, dos proyectos de libros, que ahora sus hijos nos proponemos sacar adelante, como sea, aunque fuera en una tirada simbólica, familiar, nostálgica.

Echando un vistazo a esos archivos (menuda panzada de llorar, por cierto) no deja de impresionarme la meticulosidad y el mimo con que elaboraba cada una de sus creaciones, documentando y cotejando escrupulosamente cada episodio.

Ojalá yo hubiera heredado esa prolijidad, esa metodología machacona e insobornable. Pero como soy un procrast… ¡hostias!, ¿cómo tengo esos libros sin ordenar por colores? Os dejo.

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