lunes, febrero 22, 2010

Arte Marrano


http://artemarrano.blogspot.com/


Arte Marrano es un blog que recopila una colección de fotografías de basuras encontradas en la naturaleza y que generan paralelamente un discurso plástico. Exponiéndolas, pretenden concienciar sobre nuestra responsabilidad en el problema y estimular la obtención de conclusiones sobre la dinámica de los residuos y su interacción con el medio (de la observación atenta de cada imagen se puede aprender una lección científico-natural).

El blog lo promueve TAMAL (Taller de Medio Ambiente Aire Libre), una asociación juvenil con sede en Ubrique (Cádiz) constituida en 1993. El proyecto lo dirigen Pepe Arroyo y Dani Román.

Desde nuestro rincón felicitamos la iniciativa y la añado a la lista de blogs chulos.

viernes, febrero 05, 2010

Un lustro de lastre

Como cantaría El Dúo Dinámico:

“Cinco [¡cinco!] años [¡años!] tiene este bloOog,

le gusta [¡gusta!] tanto [¡tanto!] bailar el roOock…”

Sí, queridos amigos, hace ya un lustro que nuestro querido Gilito pusiera en marcha este engendro, a instancias de nuestro añorado camarada cansino Xaturriau. Al poco se incorporó la gran Cripema, y el último en llegar, como siempre, fui yo. Bueno no, nuestra queridísima Aprilia también anduvo por aquí una temporada, pero luego montó su propio chiringuito hasta que se aburrió.

Cinco años dando la tabarra online, porque ya me diréis si no resulta una tabarra las 226.648 palabras que, según un contador de palabras, un servidor ha despotricado por aquí (y eso no incluye las entradas de mis compañeros, ni mis comentarios; y sin contar tampoco las entradas que me han sido censuradas por el Máster del Universo, pero siempre con muy buen criterio [gracias, camarada, ya sabes que soy un inconsciente], ni las que yo me he autocensurado, ni las que sí colgué pero luego eliminé por motivos más prosaicos, ni las docenas que no llegué a publicar por mi precaria conexión a la red y acabaron en el tintero del hastío, ni las del otro blog sobre el vino, que no sé si todavía existirá o me lo habrán dado ya de baja por desuso).

Así, a ojo de buen bloguero, he debido teclear unas 300.000 raciones de murga. Buf, creo que ya es suficiente. Y total para no sumar más que sinsentidos y dislates. Estoy seguro que podría comerme ahora mismo una sopa de letras y cagar en una cartulina algo con mucho más sentido y más bonito que todo esto.

Ahora resulta que nos han retirado los anuncios porque, según Google, nos han detectado prácticas rufianescas. Coño, ¿qué quieren? Si esto lo leen los cuatro colegas, pues normal que se pinchen los anuncios siempre desde las mismas tres o cuatro IPs mal contadas. Total, nos daban cuatro chavos una vez a las mil, pero al menos nos servía para hacernos un picoteo a la salud de Google en el Consejo de Refacción. [Os ahorro el viaje al DRAE: refacción. Alimento moderado que se toma para reparar las fuerzas].

No sé a qué santo me ha venido ahora mismo a la memoria un recuerdo de hace muchos años, de una época turbia (digamos que de mucho Mamar en tiempos revueltos), no sé por qué, ni dónde, veía un programa que presentaba el difunto Jesús Puente, que consistía en que desde un castillo, o un parador, o alguna edificación fortificada así de rancia (no recuerdo bien por los estados alterados de memoria), la pareja concursante, armada únicamente de unas páginas amarillas (sponsor del espacio) y un teléfono, debía convencer en un número restringido de llamadas, y sin confesar que se trataba de una gincana televisiva, a los aldeanos que ya dormitaban a sus faldas, para que se llegaran hasta ellos portando algún artículo absurdo que exigiera la prueba.

Aquel programa era una mierda sin ambages, pero yo me lo tragaba entero únicamente para no perderme el momento para mí cumbre: al finalizar, un monigote animado que hacía las veces de mascota de las páginas amarillas se despedía del Sr. Puente, y éste remataba la faena con un inquietante: “¡Hasta siempre, amigos míos!”.

Ésa era la frase que me tenía enganchado a aquel bodrio. La forma en que el venerable actor reconvertido en bufón, declamaba aquella despedida me producía un efecto desolador. Aquella fórmula, que era la misma grabación siempre, estaba cargada de unos matices tan penosos, al menos para mí, que algunas semanas, supongo que según me hubiera ido la jornada, la sola inflexión en la í de "míos" lograba arrancarme sollozos de desesperación. Y, sin embargo, por algún ignoto mecanismo de masoquismo catódico, la semana siguiente volvía a soportar aquel espantajo sólo por recibir al final mi ración de oscuro eco desde el otro lado del espejo.

Aquel saludo me resultaba más escalofriante que el From hell de Jack el destripador, porque aunque lo pronunciaba un ser humano entrañable, que se suponía nos acababa de citar para recibir más emociones la siguiente semana, en esas cuatro palabras y su forma de verbalizar se traslucía toda la insoportable levedad del ser, del estar y del quedarse.

¿Veis lo que decía arriba de que no escribo más que chorradas?

Pues eso, que: “¡Hasta siempre, amigos míos!”.

martes, febrero 02, 2010

Nanotecnología

Contemplando lo pequeñito que es el cacharrito este del MP3, me hago y os lanzo la siguiente pregunta: ¿si Japón no hubiera sido una isla minúscula y superpoblada, se habría llegado a desarrollar la nanotecnología?

Quiero decir que quizás si los japoneses habitaran una extensión territorial cómoda, sin apreturas, un buen cacho de mapa como Canadá o Rusia, y no hubieran sentido esas necesidades espaciales, esas claustrofobias volumétricas, tal vez los ordenadores personales seguirían siendo armatostes como armarios, los discos no serían compactos, y los utilitarios serían rancheras.

lunes, febrero 01, 2010

Deshaciendo memoria

Hay que ver qué jugarretas me gasta la memoria. De sopetón alguien abre la puerta de uno de los muchos desvanes que esa ama de llaves llamada Olvido (como Alaska) mantenía cerrados, y se derraman por mi alma los recuerdos que había arrinconado en ese almacén; al menos aquellos que no hayan sufrido el apolillamiento de la desmemoria.

Pero en otras ocasiones, alguien me enfrenta con cosas que se supone yo debería recordar y, sin embargo, no hay manera; por mucho que remueva los cajones de los sesos, no encuentro el más mínimo eco al que acogerme.

Y eso es lo que me ha pasado no hace mucho, con un caso francamente preocupante.

Resulta que mi querido amigo, el artista Delrieu, ha sufrido unas humedades en su estudio, que lo obligan a repintar sus paredes. Para acometer tal reforma, ha tenido que desalojar buena parte del material que atesora allí dentro (el sueño de cualquier chamarilero). Así que me pidió que recuperara algunas cosas mías, que en un pasado remoto le debí pedir me guardara allí dentro.

Acudí a la cita intrigado por saber qué cosas me iba a encontrar. Me entregó dos grandes bolsas cargadas con cosas raras que asegura me pertenecen. De esas pertenencias, lo único que recuerdo haber poseído y haberle dejado en prenda, era unos fascículos de La enciclopedia del crimen (morboso que fue uno); pero luego hay cosas como cómics del Capitán América en griego (?!), inquietantes recortes de prensa, publicaciones que no es que no recuerde haber comprado ni leído, es que ni siquiera sabía que existían, y una extraña daga (?!!).

Pero lo que más me ha despeinado las neuronas es una extensa colección de la revista sobre cine de terror Fangoria (mira, otra vez Alaska). Esta publicación sí sé que existe, o existió al menos, no sé ahora; pero lo más curioso es que mis ejemplares son de la edición original estadounidense. Lo que quiere decir que: a) debí suscribirme a ella en algún momento (cosa que dudo, porque nunca me he suscrito a ninguna publicación, ya que no me gusta que me echen el lazo; si me gusta una revista ya me la compraré yo en el quiosco, o no); o b) [y más probable], que encargara en algún quiosco que me la trajeran ex profeso; pero eso significaría que mes tras mes, durante muchos meses, a juzgar por lo abultado de la colección, fui religiosamente a retirar mi ración de espantos.

Entonces, ¿cómo es posible que haya olvidado por completo algo así? Un ritual ejecutado puntualmente cada mes durante al menos un par de años. Y lo más grave, ¿cómo puede parecerme tan extraña a mi persona, vista ahora, semejante conducta? ¿Tan enrevesado he sido siempre como para comprar –pagando con creces- la edición americana, habiendo una española? (Si es que la había entonces, porque si no recuerdo haber hecho el canelo durante tantos meses para leer sobre monstruitos, no puedo esperar recordar lo otro).

Uf, me preocupan bastante este género de alaskas. Más que lagunas mentales, son albuferas de desmemoria.