miércoles, mayo 26, 2010

Sarna espiritual

Esta mañana, soltando lastre de cara a una inminente nueva mudanza (¡ay, esta vida nómada!), me he encontrado algo que me ha obligado a parar máquinas y prestar un poco de atención.

Se trata de una fotografía que no había sido detectada en cribas anteriores por hallarse oculta, insertada dentro de un viejo pasaporte. La foto también es vieja, y su calidad es pésima, pero se disculpa por tratarse de un robado de los tiempos en que no había teleobjetivos (no sé si ya se habría inventado, pero en mi mundo te aseguro que no los había).

La contemplación de esta imagen me ha sumido en un bucle melancólico que ya se había iniciado en aquellos tiempos de Maricastaña, como queda patente en la instantánea. Y eso que, por otra parte, y según testigos presenciales, también fui un niño hiperactivo y dionisíaco.

Han pasado ya 30 años desde que un objetivo impregnara en película aquel instante, tiempo más que suficiente subido a la vida para, ahora sí, comprender enteramente aquellas nostalgias anticipatorias, aquella tempranera sarna espiritual, aquella depresión posparto que debió escurrirse de la parturienta al parido.

Aunque, ahora que lo pienso, lo mismo no estaba más que haciéndome el longui, como si oteara la tundra para escaquearme de alguna tarea agropecuaria del gulag.


sábado, mayo 01, 2010

Genio y figura hasta la sepultura

De que el ser humano es capaz de engendrar lo más sublime y de perpetrar lo más atroz es un buen ejemplo la siguiente comparativa (como las de las revistas de coches).

En los extremos opuestos de las potencialidades humanas encontraríamos a Mozart, uno de los artistas más creativos de la historia, y a Carl Panzram, uno de los criminales más destructivos de los que se tengan noticia.

Ambos murieron relativamente jóvenes: 35 años el compositor, 39 el criminal; y ambos cuando estaban en la cumbre de sus respectivas carreras.

El músico le fue arrebatado a sus contemporáneos por la enfermedad; y al otro fueron sus contemporáneos los que le dieron muerte para deshacerse de él.

Mozart no necesita presentación: es unánimemente reconocido como el arquetipo de genio creador; razón por la cual da nombre al llamado Argumento Mozart, que una rama de la psicología esgrime para negar la teoría de que el trabajo duro intensivo puede crear nuevos mozarts, y para apuntar que el talento es innato.

Carl Panzram sí necesita presentación, pues es un casi completo desconocido que no goza de la fama de Jack el Destripador o del Carnicero de Milwaukee, y sin embargo en el ramo criminológico es unánimemente considerado como el peor criminal que haya existido. Para no extendernos aquí, es mejor que si alguien siente curiosidad por este elemento, que “guguelée” y, aunque no encontrará mucho en la red, lo que hay bastará para asombrar al más morboso.

Resumiendo mucho, Panzram fue un asesino estadounidense de principios de siglo, violador, pirómano, ladrón, estafador, y todas las variantes de crimen que se nos vengan a las mientes (pues todas las practicó y con saña). Por lo visto la furia contra sus congéneres que desde niño le inflamaba el corazón le impedía abstenerse de toda ocasión que se le presentara de violentar a su prójimo.

Como curiosidad, apuntar que todas sus víctimas fueron hombres (algunos aún niños). Las mujeres sencillamente no le interesaban. Antes de matarlas violaba a sus víctimas, sin ser homosexual, porque no les hacía el amor sino el odio. Toda vejación era poca para sus víctimas.

Su ira descontrolada contra todo y contra todos lo llevó a pasar buena parte de su vida en prisión, pero como por aquellos años el FBI aún no era esa agencia interestatal que coordina los distintos corpúsculos policiales locales, sheriffs, marshalls, rangers y demás zarandajas; pues Panzram se pasó la vida abordando como polizón trenes que lo alejaran de las escenas de sus crímenes y así, si era detenido, no acumular antecedentes penales. Si lo pillaban, cumplía su condena (por supuesto, causando todos los desmanes que le eran propios), y una vez libre, se iba a otro condado, o incluso estado, donde volvía a asesinar y empezaba otra vez su ciclo vital.

Ya en la última prisión que pisó (en la que moriría ajusticiado) un carcelero le dio algo de dinero para que comprara cigarrillos y Panzram le dijo desconcertado que era la primera vez que alguien hacía algo bueno por él (la verdad es que su [auto]biografía es un auténtico culebrón gore), así que el guardia se ganó desde ese instante su confianza. Aprovechando este débil hilo de comunicación con el diablo personificado, el carcelero le proporcionó papel y lápiz y lo convenció para que escribiera su biografía. Así lo hizo y en ella detalló todos sus crímenes (bueno 22, aunque se calcula que fueron más de 100 porque reconoció haber perdido la cuenta; pero no hay que perder de vista que cada vez que aparece un súper asesino de esta envergadura, muchos cuerpos policiales aprovechan para colgarle sus casos sin resolver, aunque sea encajando con calzador las pruebas de que se disponen). Se verificaron los detalles narrados por el autor con algunos casos irresueltos en distintos territorios de la unión y empezaron a llover las reclamaciones de extradición para llevarse a este pájaro y hacer justicia con él. Pero el pájaro no llegaría a salir de la prisión, porque ya se había buscado la ruina nada más entrar allí. Mientras escribía su libro ya había sido sentenciado a la horca por un incidente muy de su estilo: resulta que al llegar a la prisión advirtió con esa simpatía suya que le caracterizaba, que mataría al primero que le molestara lo más mínimo. Dicho y hecho. Lo destinan a la lavandería y, al poco, con una barra de acero le revienta la cabeza al guardia que supervisaba su servicio. Lo mata y deja heridos a otros muchos presos que trataban de escapar del baño de sangre en la lavandería.

Pero adonde yo pretendía llegar con mi comparativa es al momento de abandonar este mundo. Conmueve comprobar qué diferente es la forma de afrontar la muerte entre un espíritu que aún tenía mucho que decir y otro que ya estaba ahíto de destrucción.

Según testimonio de su viuda, durante su enfermedad mortal Mozart se lamentaba frecuentemente de tenerse que marchar en su mejor momento creativo. Dice que dijo: “¡Justo ahora! Tengo que morir ahora que podría vivir tranquilamente. ¡Ahora es cuando tengo que dejar mi arte, justo cuando iba a liberarme de la esclavitud de las modas, de las cadenas de los especuladores, cuando podría dar rienda suelta a mi creatividad, componer de forma libre e independiente lo que me dictase el corazón!”. El mismo día de su muerte se hizo llevar a la cama la partitura de su Réquiem (que no pudo completar) y lo repasó con los ojos llenos de lágrimas. Así abandonó este mundo el mayor genio que lo ha pisado.

¿Y cómo abandona el mundo el representante del otro extremo? Pues a su manera, claro. No aceptando un abogado que lo defendiera en el juicio en que se jugaba la vida. Carcajeándose cuando le leyeron la sentencia a muerte. Amenazando con estrangular a todo aquel que desde el exterior hiciera lo más mínimo para evitar su ejecución, pues ya empezaban a movilizarse contra la pena de muerte algunos grupos pro derechos humanos. Pasarse la noche previa a su ejecución cantando en modo loop una tonadilla obscena de su propia invención (mira, algo compuso, aunque fuera una mierda y al final de su vida) en la que se cagaba en su puta madre y en toda la raza humana. Subir con saltitos juguetones los escalones que lo llevaban hasta la horca. Escupir en la cara a los dos verdugos que le ajustaban la soga y desafiarlos metiéndoles prisa diciendo que eran unos ineptos porque en ese tiempo él ya hubiera matado a diez personas. ¿Genio y figura, que diría aquel?

"Mis aliados son el engaño, la traición, la brutalidad, la degeneración, la hipocresía y todo lo que es malo".