miércoles, junio 09, 2010

Linotipia

Ahora mismo me hallo inmerso en la redacción de mi segunda novela. Llevo garrapateadas unas 140 páginas, y me restan, como mínimo, otras tantas. Y, presa de la pereza del escribidor, me he planteado la siguiente cuestión:

Dado que garrapatear es una forma de hablar, porque hoy por hoy dudo mucho que quede nadie que escriba con pluma (salvo algún nostálgico cerril), y dado que completar una novela es una tarea que resta algún tiempo y energía; y no hablo únicamente de la gimnasia intelectual de "parir centauros" [Nietzsche dixit], sino del hecho físico de teclear unas cuantas decenas de millares de palabros (palabras en el mejor de los casos), cosa que no conlleva ningún esfuerzo (o, para ser estrictos, requiere un desgaste físico despreciable), pero que sí roba tiempo, y no poco. O, mejor expresado, no lo roba, pero sí lo desvía hacia una actividad solitaria y reconcentrada como es la escritura, que te mantiene abstraído en tus mierdas mientras el mundo exterior sigue con sus rutinas de matar vaquillas a puntapiés o de asistir multitudinariamente a ver la versión 6.9 de Hannah Montana contorsionándose en el Rock in Manzanares (Rock in Rio Madrid = Rock in Manzanares, ¿no? Jijiji…).

Dicho lo cual, y como cualquier excusa me vale para procrastinar mi tarea, he llegado a la siguiente revelación místico-literaria patrocinada por la molicie: si hoy, con todos los avances informáticos en el tratamiento de textos, que te permiten desplazar párrafos enteros, suprimirlos, duplicarlos, ocultarlos, reemplazarlos; buscar palabras y sustituirlas por otras más adecuadas que no concurrieron a las yemas de tus dedos durante la primera redacción; cambiar el tipo, tamaño y color de letra, o convertirla en negrita o cursiva, o darle textura de titular; hacer tantas copias como se desee del documento y hacerlo llegar instantáneamente a las antípodas; imprimir tus propias galeradas para que una mirada amiga pero imparcial detecte esas incongruencias que los ojos obcecados del autor sobrevuelan una y otra vez sin detectar; y un sinfín más de posibilidades técnicas que se haría muy pesado inventariar aquí, y que resulta innecesario porque todos conocéis. Y todo esto sin incluir en mi argumentación ese software como de brujería que ya comenté aquí que me permite convertir mi voz dictada en formatos de texto, con lo que habría que restar de la ecuación el tecleado de los caracteres.

Pues bien, resulta que llegué a la conclusión de que en la historia de la literatura universal previa a la invención de estos adelantos arriba comentados, cuántas cosas no habrían cambiado de haber sido tan sencillo como resulta ahora. Me explico. Imaginemos a ese autor con leotardos que una mañana se levanta y piensa: “¿Hamlet? Hummm… no me convence del todo el nombrecito. ¿Cómo era ése que se me ha ocurrido durante el sueño? David Bisbal, sí, justo. Me resulta mucho más sonoro para un príncipe danés, dónde va a parar… pero, mira, con tal de no repasarme ahora todo el manuscrito y tener que ir tachando y emborronando en cada punto donde lo he nombrado, casi mejor que lo dejo estar, que tampoco está tan mal. Y total no creo que nadie vaya a notar la chapuza…”.

O ese otro barbudo que se dice: “Hostias, ahora que me lo acabo de releer, veo que casi quedaría mejor este párrafo después de la aparición en escena de la policía, para dejar en ascuas un poco más al lector… pero quita, quita, que tengo al editor esperando y no me voy a empantanar ahora reescribiendo todo este capítulo, con lo limpito que me ha quedado el manuscrito. Mejor lo dejo así como está, que tampoco queda tan mal, y me marcho a jugar a la ruleta que hoy estoy en racha”.

Creo que no exagero en mis desvaríos y, si lo pensáis un poco, me entenderéis cuando afirmo que antes no era tan sencillo como ir con un puntero marcando frases para destruirlas o trasladarlas de lugar, o reemplazarlas por otras más ajustadas a la intención del autor y cuya inspiración se ha manifestado extemporáneamente, cuando ya no queda tinta en el tintero o ímpetu en el espíritu para corregirlas. Porque quizás cambiar una sola frase requería la reescritura de toda una página (aunque fuera a máquina) o, como mínimo, su emborronado con anotaciones e indicaciones, que luego podían ser mal interpretadas por el tipógrafo.

Por ello, estoy convencido de que las –no tan antiguas- limitaciones técnicas debieron disuadir a más de un autor inmortal de ¿mejorar? esas obras maestras que el imaginario colectivo no cree perfectibles.

He dicho. [No, no, mejor quita ese final tan pomposo. Uf, paso de ir ahora hasta ahí con el puntero…].

martes, junio 01, 2010

Guerrero

Guerrero medieval norteamericano (los caballeros llegarían más tarde, cuando los conquistadores españoles introdujeran el caballo en el continente)