martes, julio 20, 2010

Sueños mojados

Hablé aquí debajo de no conocer el triunfo. Lo que en una sociedad en perenne competencia equivaldría a ser un perdedor.

Pero cuando uno es miserable, su miseria no tiene por qué circunscribirse exclusivamente al mundo consciente. También en el inconsciente, donde no rigen las feroces leyes del mundo real, se puede ser un pusilánime. Resulta que en el anárquico reino de la fantasía uno puede enfrentarse a sus sueños “húmedos” (después se entenderá el entrecomillado) con actitud (iba a escribir mentalidad, pero no creo que ésa tenga mucho peso en los desenlaces oníricos) estrecha y cicatera.

Mi pareja se descojona de mí cuando le cuento mis sueños “eróticos”. Y esa es una de sus peculiaridades: que se pueden contar tranquilamente sin peligro de ofender a quien tiene la exclusiva de tus querencias, por la original manera que tengo de consumar mis fantasías presuntamente sexuales.

Suelen estar protagonizados por señoritas que no encarnan precisamente mi ideal sicalíptico. Nunca he tenido mitos sexuales cuando tocaba, menos ahora, en pleno climaterio. Cuando era joven y mis amigos se ponían burros con mujeres lúbricas como Kim Basinger y Sabrina Boys-boys-boys, mi atención la reclamaban mujeres más bien maduras, con un puntito de complicación en la mirada que transluciera corazones difíciles: Sigourney Weaver, Geena Davis y Mimi Rogers eran santas de mi devoción, pero de éstas no salían pósters para pajearse. Ni falta que hacía.

La cuestión es que en el plazo de unos meses se han infiltrado en mis sueños personajes que veo en televisión, y me plantean unas tramas subidas de tono, de cuya resolución me sorprendo hasta yo mismo.

Pongamos estos tres ejemplos: que Patricia Conde me acosa insistentemente con claras intenciones lascivas, y yo, como creo que harían todos los hombres en mi misma situación onírica, me escabullo indignado y me oculto en una fábrica abandonada, como si fuera un Robocop mojigato.

Otra noche me proyecto dirigiendo una película de zombis en Vermont (sí, sí, no me preguntéis por qué, pero la película se rodaba en Vermont, como queda dicho reiteradas veces a lo largo del sueño, vaya usted a saber por qué), y entre el reparto está Belén Rueda, que en mala hora se planta en mi roulotte con la excusa de tratar no sé qué asunto del rodaje, pero que en un visto y no visto se me despelota allí mismo y empieza a atosigarme con la consabida coreografía de insinuaciones del cortejo intersexual. Y, ¿qué hace el buen señor? Pues lo que haría cualquiera de vosotros (con o final) en esa situación: reprenderla por las marcas del bikini resaltando blancuzcas contra su precioso tono bronceado de piel. Ella arrimándose libidinosamente y yo allí, rehuyéndola indignado, y despotricando porque con ese moreno chapucero me iba a arruinar la escena del precipicio, para la que ya tenía alquilado el helicóptero de los guardacostas (?!). Y eso que me he informado a posteriori y en Vermont no hay costas que guardar... ¿Qué diría Freud de todo esto?

Y por último, el ejemplo que más me descoloca: Paris Hilton (ésta ya si que no entiendo cómo se ha podido colar en el santuario de mis ensoñaciones, porque no la trago aquí, en el mundo exterior), me enreda y me lleva a un tabuco claustrofóbico, donde me engatusa para que le chupe los pies, práctica que asegura volverla loca. Allí estoy yo, llevándome la punta de sus pies a la boca, con costuras de las medias incluidas (se ve que como no veo las cosas del todo claras, no llego ni a desnudarla), y ella pareciendo disfrutar como una posesa, a juzgar por las alharacas con que acoge cada mordisquito y los alaridos tras cada lametón; cuando, de repente, llego al siguiente dictamen sobre la situación que compartimos: pienso para mis adentros “a esta niñata no le pone cachonda el juego sexual, sino la humillación clasista de tener a un plebeyo lamiendo la parte más baja de su anatomía”. Así que, indignado (una vez más; por lo visto no puedo relajarme ni en sueños) arrojo bruscamente sus pinreles lejos de mí y empiezo a cantarle las cuarenta a la pobre niña rica, ante su absoluta perplejidad y sus continuos intentos de reemprender la acción y que me deje de tonterías. Pero no se sale con la suya y así, queridos amigos, es como se convierte un sueño erótico con el símbolo sexual de millares (¿millones?) de individuos en un triste pasquín de la CNT.

Aunque, mirado con otra perspectiva, resultan bastante curiosos estos desenlaces inesperados, y ahora estoy intrigado por cuándo y, sobre todo, cómo será mi próxima incursión en mi peculiar interpretación del sueño húmedo, donde la saliva sólo se emplea para soltar soflamas y reivindicaciones.

3 comentarios:

Guile dijo...

Muy bueno, pensé que era el único impotente en los brazos de Morfeo, porque mi problema es que jamás finalizo satisfactoriamente estos sueños. Creo que se debe a las parafilias...

vainilla dijo...

que memoria! casi nunca recuerdo lo que sueño, pero el sueño "erotico" mas raro que he tenido en mi vida trataba sobre un hermafrodita con cara de conejo y picha de 50 cm que me sacaba la lengua lascivamente mientras se frotaba su enorme miembro. Que asco, verdad?

ines dijo...

Estás dejando la paroxetina?