viernes, septiembre 24, 2010

Fist fucking

Destruyendo documentación que no ha pasado la criba y no recibirá el salvoconducto para viajar conmigo a nuestra nueva vivienda, he encontrado cosas sorprendentes y algunas inquietantes.

Me chocó un papel en especial: no se trataba de un recorte de revista, sino de la impresión en láser blanco y negro de una fotografía a toda página en la que una muchacha perpetraba un fist fucking a una señora madura (por la pinta, yo calculo que ya le había dado sus buenas 60 vueltas al sol a bordo de esta bola de barro).

Para los que no lo sepan, el fist fucking (literalmente follar con el puño) consiste en eso mismo, en introducir por la vagina o el recto un puño, supongo que a falta de algo mejor que meter.

Dado que la muchacha tenía alojado, además del puño y la muñeca, una porción considerable de su antebrazo, yo consideraría esa práctica más bien un fist gutting (la palabra inglesa gut en su función de verbo significa limpiar un pescado o un conejo vaciándolo de sus tripas, o, también, destruir el interior de algo; por lo que me parece mucho más apropiada para el caso que nos ocupa).

Pero el impacto no me lo causó el chabacano acto en sí, que también, sino mi primera impresión al enfrentar la foto, que fue pensar (vista la expresión compungida en el rostro de la depositante) que ésta, harta ya de los pesares y angustias del mundo, lo que trataba desesperadamente era volverse por donde había venido a él.

viernes, septiembre 17, 2010

Estimada Malaputa

Dado que mi querida Malaputa es lo más parecido que tengo a una amiga virtual (mi no menos querido Guile sería el equivalente con polla; no digo cojones porque Malaputa también los tiene, y muy bien puestos. Aunque ahora parece que, según su propia definición, alguien se los tenga bien cogidos. Y yo que me alegro. [Para entender, pinchar en Malaputa de la columna de la derecha]). El resto de nicks que se pasan por aquí son amigos también en el trato de la carne y el hueso. Por cierto de qué va eso, que no me he enterado muy bien, de la carne por puntos... ¿Si no te portas bien con la sociedad, te van quitando puntos, y cuando te quedas sin ninguno, te amputan un brazo?

Y dado que mi amiga virtual parece interesada (aunque me cueste creerlo) en mis mierdas exo-cansinas, me parecería una descortesía no dar cumplida respuesta a su solicitud. (Gracias, de todas formas, Gilito, pero extenderé un poco la explicación):

Desde hace algunos meses colaboro con mis memeces en un portal multimedia alcoyano, llamado Ara Multimedia. Como bien apuntó Gilito, la dirección es www.aramultimedia.com y mis perogrulladas las exponen en una sección llamada Mirades d’Ara dentro del submenú Opinió.

Como se comprobará por los nombres, la web está en su mayoría redactada en la llengua de Ausiàs March, lo que supondría un escollo para mis amigos virtuales (que, si nos los he ubicado mal, son del área de Madrid); pero mis textos y los de algún colaborador más están escritos en la de Cervantes (bueno, en castellano antiguo no; si acaso en la del Yoyas); lo que, en mi caso, tampoco garantiza, en absoluto y por desgracia, su inteligibilidad (cada vez me vuelvo más barroco y menos claro, como si tratara de enturbiar el agua de mi charco para que no se pueda distinguir lo poco profundo que es en realidad. Y todos estos paréntesis son buena prueba de ello).

Allí se firman los artículos con nombre y apellidos (impensables una Malaputa o un Micropene…), y como ya quedó desvelado en el post sobre mi novela, yo soy Fernando Llorca (la ballena asesina).

En la página principal, en la parte superior derecha (del lector que enfrenta la pantalla) hay una lista con las actualizaciones de la sección Opinió, donde se informa de los nuevos textos subidos por los distintos colaboradores.

La única restricción es que, al tratarse de una web por suscripción, la versión en abierto está limitada a las entradas más recientes. El acceso a todo el fondo editorial es una (entre otras) de las ventajas que se ofrecen a los suscriptores.

Como no podía ser otra manera, mis aportaciones... cómo decirlo... digamos que no levantan mucho revuelo, o ninguno... y mientras las denuncias y agudas observaciones de los otros redactores despiertan encendidos debates en el apartado de comentarios, mis incoherentes marcianadas pasan sin pena ni gloria; y si se deja sentir algún comentario (similar a lo que ocurre aquí) invariablemente provendrá de mi hermano mayor, o de Gilito, o del amigo Xavalín. Reconozco que es comprensible, porque mientras los otros colaboradores ponen el dedo certero sobre la llaga de acuciantes problemas que afectan a las personas en su día a día, o en sus perspectivas de futuro, yo sigo a lo mío, con mis cosas… qué os voy a contar que no sepáis ya a estas alturas…

Montones de ceros y algún que otro uno (que es como compongo yo los abrazos virtuales) para mis amigos cibernéticos.

miércoles, septiembre 15, 2010

Libretas

Me enfrento en estos momentos a una nueva mudanza. Como tengo comprobado que la vida se resiste a concederme mi ansiado sedentarismo kantiano, y me condena a un nomadismo incivilizado, en cada nuevo empaquetado de mis pertenencias hago acto de contrición por la acumulación de efectos personales, y me deshago de un buen número de ellos. En esta ocasión parece que esté tirando la casa por la ventana, casi literalmente (sólo habría que sustituir ventana por contenedores de reciclaje). Me estoy desprendiendo de colecciones enteras de revistas, pilas de documentos, fajos de cartas, y un sinfín de artículos cuya única utilidad sería reactivar los resortes de la memoria de muy largo plazo, en interminables veladas de nostalgia y retroactividad. Que ya no serán.

En anteriores ocasiones movía los fardos de un inmueble a otro, casi sin comprobarlos, ignorando lo que transportaba, y desechando únicamente lo obvio. Pero en este caso, en el que me he asegurado que contaría con mis buenas tres semanas para proceder, estoy inspeccionando maníacamente todas y cada una de mis pertenencias, y sometiéndolas a un somero examen que se resume en la disyuntiva: ¿basura o no? Y de momento gana la basura por goleada. Es tan sencillo como cambiar el chip, ponerse en modo Aligerar equipaje, y, hala, a desintegrar tu bagaje.

Entre otras muchas sorpresas, me he encontrado en una caja un montón de libretitas con una cantidad extraordinaria de idioteces escritas en ellas. Me explico: siempre suelo llevar encima, a todas partes, una libretita y un boli, para apuntar las estupideces que se me vayan ocurriendo. Cierto día, alguien me regaló un par de Moleskines molonas y debí arrinconar las de espiral de toda la vida en aquella caja. Llevo libreta siguiendo esa máxima apócrifa de Einstein, que decía que por qué tratar de retener en el cerebro lo que cabe en un bolsillo (y digo apócrifa, porque después leí en una fuente mucho más fidedigna que, durante un encuentro, el poeta Paul Valéry le preguntó al genio que cómo era que no llevaba encima ninguna libreta para apuntar sus ideas, y Einstein le respondió: “¿Para qué, si se me ocurren tan pocas?”. Aunque olvidó mencionar que esas pocas que tenía cambiaban el curso de la historia).

La cuestión es que me resultó decepcionante comprobar que uno se molesta en apuntar sus paparruchas en una libreta, creyendo que algún día pueden serle útiles para algo, y resulta que amontona libretas y libretas en una caja y las olvida hasta nueva orden de mudanza. De hecho, ni siquiera consulto las anotaciones recientes de la Moleskine que me acompaña ahora mismo. Por cierto, qué puta mierda de Moleskine que se me ha despegado toda, y eso que le doy su buen tute, pero la trato con mucho cariño, y duerme siempre en garaje.

Pero lo más decepcionante del caso ha sido cuando efectivamente he echado un vistazo al contenido de algunas de las libretas. No se me escapa que esas anotaciones fueron hechas a vuelapluma, probablemente en un banco del parque o en un asiento del tranvía, tras alguna observación incitadora; y que lo que se pretende con ellas es capturar el concepto y esbozarlo con unos pocos términos, supuestamente representativos, para que pueda ser desarrollado más adelante con calma indoor. Pero, claro, si ese más adelante, se convierte en un montón de años de olvido en una caja, ¿cómo puedes pretender desentrañar ahora unas notas tan crípticas, caóticas y embrutecedoras?

¿Qué cojones pude querer decir, por ejemplo, con la anotación: “Yuxtaposición de unidades de miseria. (Puercos)”? Porque, claro, aquí hay de todo como en botica. Hay desarrollos de páginas y media; hay párrafos de caligrafía sosegada, donde se permiten acotaciones de situación y tiempo, incluso de ánimo; pero la inmensa mayoría son aforismos y epigramas, cuando no simples combinaciones, pretendidamente ingeniosas, de conceptos. Y aquí la caligrafía, más que de cuaderno Rubio (los de mi quinta entenderán) es de cuaderno Moreno (con perdón).

En contra de lo expuesto, y de la falsa primera impresión, el ejemplo de arriba sí he acabado ubicándolo, gracias a la pista de que no sólo tomo notas propias sino que también anoto frases que me parecen interesantes de los libros que leo. El paréntesis indica, resumidamente, la obra de la que procede la frase. En este caso se trata de un libro que me causó honda impresión cuando lo leí hace años: Vivir y pensar como puercos, del matemático y filósofo francés Gilles Châtelet. Por qué anoté esa frase en concreto de todas las de un libro tan jugoso, y qué pretendía hacer con ella en un futuro, sigue siendo una incógnita.

Si la mudanza me lo permite, y en vista de que esto está muy parado últimamente por falta de ideas*, tal vez recurra a algunas de las muchas gilipolleces que contienen esos cuadernillos.

[* En honor a la verdad, he de puntualizar que si, de un tiempo a esta parte, me prodigo menos por aquí es porque desde hace unos meses colaboro en una web semiprofesional (lo de semi- es porque los profesionales no cobran). Si Gilito tiene ganas de poner un enlace o de explicarlo mejor, que se manifieste].

viernes, septiembre 03, 2010

PaRADIOja

Qué crispantes resultan esas emisoras de radio que no paran de interrumpir su programación musical con el único propósito de recordarte una vez más, que ellos te ofrecen música sin interrupciones.