miércoles, septiembre 15, 2010

Libretas

Me enfrento en estos momentos a una nueva mudanza. Como tengo comprobado que la vida se resiste a concederme mi ansiado sedentarismo kantiano, y me condena a un nomadismo incivilizado, en cada nuevo empaquetado de mis pertenencias hago acto de contrición por la acumulación de efectos personales, y me deshago de un buen número de ellos. En esta ocasión parece que esté tirando la casa por la ventana, casi literalmente (sólo habría que sustituir ventana por contenedores de reciclaje). Me estoy desprendiendo de colecciones enteras de revistas, pilas de documentos, fajos de cartas, y un sinfín de artículos cuya única utilidad sería reactivar los resortes de la memoria de muy largo plazo, en interminables veladas de nostalgia y retroactividad. Que ya no serán.

En anteriores ocasiones movía los fardos de un inmueble a otro, casi sin comprobarlos, ignorando lo que transportaba, y desechando únicamente lo obvio. Pero en este caso, en el que me he asegurado que contaría con mis buenas tres semanas para proceder, estoy inspeccionando maníacamente todas y cada una de mis pertenencias, y sometiéndolas a un somero examen que se resume en la disyuntiva: ¿basura o no? Y de momento gana la basura por goleada. Es tan sencillo como cambiar el chip, ponerse en modo Aligerar equipaje, y, hala, a desintegrar tu bagaje.

Entre otras muchas sorpresas, me he encontrado en una caja un montón de libretitas con una cantidad extraordinaria de idioteces escritas en ellas. Me explico: siempre suelo llevar encima, a todas partes, una libretita y un boli, para apuntar las estupideces que se me vayan ocurriendo. Cierto día, alguien me regaló un par de Moleskines molonas y debí arrinconar las de espiral de toda la vida en aquella caja. Llevo libreta siguiendo esa máxima apócrifa de Einstein, que decía que por qué tratar de retener en el cerebro lo que cabe en un bolsillo (y digo apócrifa, porque después leí en una fuente mucho más fidedigna que, durante un encuentro, el poeta Paul Valéry le preguntó al genio que cómo era que no llevaba encima ninguna libreta para apuntar sus ideas, y Einstein le respondió: “¿Para qué, si se me ocurren tan pocas?”. Aunque olvidó mencionar que esas pocas que tenía cambiaban el curso de la historia).

La cuestión es que me resultó decepcionante comprobar que uno se molesta en apuntar sus paparruchas en una libreta, creyendo que algún día pueden serle útiles para algo, y resulta que amontona libretas y libretas en una caja y las olvida hasta nueva orden de mudanza. De hecho, ni siquiera consulto las anotaciones recientes de la Moleskine que me acompaña ahora mismo. Por cierto, qué puta mierda de Moleskine que se me ha despegado toda, y eso que le doy su buen tute, pero la trato con mucho cariño, y duerme siempre en garaje.

Pero lo más decepcionante del caso ha sido cuando efectivamente he echado un vistazo al contenido de algunas de las libretas. No se me escapa que esas anotaciones fueron hechas a vuelapluma, probablemente en un banco del parque o en un asiento del tranvía, tras alguna observación incitadora; y que lo que se pretende con ellas es capturar el concepto y esbozarlo con unos pocos términos, supuestamente representativos, para que pueda ser desarrollado más adelante con calma indoor. Pero, claro, si ese más adelante, se convierte en un montón de años de olvido en una caja, ¿cómo puedes pretender desentrañar ahora unas notas tan crípticas, caóticas y embrutecedoras?

¿Qué cojones pude querer decir, por ejemplo, con la anotación: “Yuxtaposición de unidades de miseria. (Puercos)”? Porque, claro, aquí hay de todo como en botica. Hay desarrollos de páginas y media; hay párrafos de caligrafía sosegada, donde se permiten acotaciones de situación y tiempo, incluso de ánimo; pero la inmensa mayoría son aforismos y epigramas, cuando no simples combinaciones, pretendidamente ingeniosas, de conceptos. Y aquí la caligrafía, más que de cuaderno Rubio (los de mi quinta entenderán) es de cuaderno Moreno (con perdón).

En contra de lo expuesto, y de la falsa primera impresión, el ejemplo de arriba sí he acabado ubicándolo, gracias a la pista de que no sólo tomo notas propias sino que también anoto frases que me parecen interesantes de los libros que leo. El paréntesis indica, resumidamente, la obra de la que procede la frase. En este caso se trata de un libro que me causó honda impresión cuando lo leí hace años: Vivir y pensar como puercos, del matemático y filósofo francés Gilles Châtelet. Por qué anoté esa frase en concreto de todas las de un libro tan jugoso, y qué pretendía hacer con ella en un futuro, sigue siendo una incógnita.

Si la mudanza me lo permite, y en vista de que esto está muy parado últimamente por falta de ideas*, tal vez recurra a algunas de las muchas gilipolleces que contienen esos cuadernillos.

[* En honor a la verdad, he de puntualizar que si, de un tiempo a esta parte, me prodigo menos por aquí es porque desde hace unos meses colaboro en una web semiprofesional (lo de semi- es porque los profesionales no cobran). Si Gilito tiene ganas de poner un enlace o de explicarlo mejor, que se manifieste].

4 comentarios:

malaputa dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
malaputa dijo...

Pues sí, molaría que se manifestara, así si no te leemos en un sitio, lo hacemos en otro, pero te leemos.
Ánimo y suerte con la mudanza que sólo de pensarlo me entrarían sudores fríos.

malaputa dijo...

Sorry, publiqué dos veces el mismo comentario, por eso borré el primero ;)

Gilito dijo...

Pues si, Micropene ha sido reclutado por el diario online http://www.aramultimedia.com para que publique su cosas en la seccion de OPINION / MIRADES D'ARA.