lunes, octubre 18, 2010

Un año de orfandad

Hace un momento, desparramado sobre la cama leyendo Frankenstein, me encuentro de casualidad con esta preciosa descripción que Mary Shelley pone en boca del protagonista homónimo, rememorando a su difunto amigo Henry Clerval. Y como justo hoy cumplo mi primer año como supérstite (para que no os quejéis de mi léxico pedantorro, os ahorro el viaje al diccionario: supérstite es como se conoce en Derecho a los que sobreviven a un difunto, especialmente referido al cónyuge, pero también aplicable a los hijos), pues me apetece copiar aquí esos dos párrafos de la genial escritora, como humilde homenaje a alguien a quien echo mucho de menos:

“¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser amable y delicado? ¿Ha perecido esta mente, tan repleta de ideas, imaginaciones fantasiosas y magníficas, que formaba un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Acaso existe sólo en mi recuerdo? No, no es así; tu forma, de traza tan divina y rebosante de belleza, se ha desintegrado, pero tu espíritu sigue visitando y consolando a tu desventurado amigo.

Perdone este arrebato de pena; estas palabras baldías no son más que un parco tributo para la valía sin igual de Henry, pero a mí me calman el corazón, rebosante de la angustia que me produce su recuerdo. Seguiré con mi relato”.

Pues nada, yo también seguiré con mi relato; porque si yo fuera Víctor Frankenstein, iba a estar aquí lamentándome… estaría ahora mismo en mi laboratorio trabajando como un cabrón.

2 comentarios:

Guile dijo...

Casualidades de la vida, acabo de llegar del entierro de un ser querido, si es que alguno no lo es.

vainilla dijo...

el sentimiento de orfandad no puede ser igual para todos, como tampoco lo es el paterno filial, pero en nosotros creo que es bastante similar.