viernes, noviembre 05, 2010

Gemebundo

A excepción de hoy, que ha amanecido un cielo entoldado de nubes, esta semana estuvo haciendo unos días prácticamente primaverales por estos pastos. Y teclear pastos, en mi caso, no es ninguna exageración, porque actualmente vivo lindando con el campo, y más de una tarde interrumpen nuestra siesta los balidos de un enorme rebaño mixto de cabras y ovejas que pace justo debajo de nuestra ventana. La primera vez la cosa tiene su gracia, y te quedas extasiado en la ventana largo rato, contemplando la bucólica estampa (que no puede serlo más, ya que ese adjetivo se refiere precisamente a la evocación idealizada del campo y los pastores). Pero a la tercera sesión pecuaria, ya estás hasta los cojones de chivos, moruecos y cabrones, y sus intrigas rebañegas a la hora de la siesta.

Y este comienzo casa muy bien con lo que pretendía exponer hoy aquí, porque ni siquiera ese sol intempestivo que ha brillado estos días con tanto ardor era capaz de derretir la capa de escarcha con que se empeña mi alma en amanecer últimamente.

Alguien me preguntó no hace mucho por qué estaba tan mustio, y le puse un ejemplo que creo que sigue siendo válido. Le vine a decir que cuando veo a esas adolescentes que pasan semanas acampadas en los alrededores de un polideportivo capitalino, haciendo cola para poder ver desde las primeras filas a sus adorados Tokyo Hotel (por poner un ejemplo), no puedo dejar de compadecerme de que unas muchachas en la flor de la vida pierdan tanto tiempo y tantas energías de su mejor reserva, para obtener a cambio unas buenas vistas de cuatro mequetrefes haciendo el indio durante un par de horas escasas. Pues, para mí, la vida en general viene a ser una vulgar extrapolación de ese campamento de fans histéricas. Si calculas la cantidad de tiempo y penurias que tienes que pasar para echar un ratito bueno, muy de uvas a peras, la verdad es que no cuadran las cuentas en el ábaco vitalicio.

Pero de eso te das cuenta después, ya de viejo, cuando la vitalidad ya no propulsa tus causas perdidas.

1 comentario:

Guile dijo...

Igual me ando yo, que a los 30 entré con una crísis debida al accidente y desde entonces nada es lo mismo, pero supongo que "la felicidad" como he dicho siempre se parece mucho al concepto de límite matemático. No obstante creo que hay un punto en el que en la vida empiezas a ser consciente de que son las cosas buenas las que esperas mientras te pasan las malas. Pero no te deprimas, mira a a las ovejas y alégrate de poder contemplarlas desde tu ventana. Eso es lo bueno.