miércoles, noviembre 17, 2010

Telépata mala pata

Hace algún tiempo escuché en algún medio la siguiente historia: un friki ruso había resuelto un dificilísimo problema matemático, pero había renunciado a la enorme recompensa que le correspondía por la hazaña. Recuerdo que me encantó la noticia, pero no pude seguirle la pista al personaje porque no me quedé con el nombre, y me quedé con las ganas de saber más. Como no ejerzo de informable (vamos, que no suelo seguir ningún medio de comunicación y no me entero de lo que se cuece por ahí), no supe que el tipo volvió a ser noticia alguna que otra vez por sus excentricidades y su rechazo de otros premios y medallitas. Lo consignado arriba es todo lo que llegué a conocer del personaje que hoy me ocupa.

Pasado bastante tiempo, ayer leo en una revista de divulgación cient… chico, el Muy Interesante, en un número viejo (febrero 2009) que tenía mi hermano por ahí traspapelado, una breve mención al individuo, acompañada de una foto nada favorecedora (después descubriría que hay poco que favorecer), y, lo más importante, su nombre y apellido. ¡Bingo! Ya lo puedo guglear: a ver ¿cómo se escribe?, sí, Grigori Perelman, es facilito para ser ruso.

Y gugleando, gugleando, descubro una historia preciosa que resumida a mi manera queda así:

Grisha (que es así, por el hipocorístico ruso de Grigori, como se hace llamar en su casa el genio), es un superdotado matemático peterburgués que resolvió en 2002 la conjetura de la geometrización de Thurston, de la cual la conjetura de Poincaré es un caso especial, que también quedaba resuelto, cerrando así casi un siglo (desde 1904) de quebraderos de cabeza y de llenar las pizarras con galimatías que sólo entienden cuatro chalados.

El tipo es un poco excéntrico, que es el adjetivo que la sociedad le cuelga a todo aquel que no pasa por el aro de las verdaderas excentricidades que componen el día a día de las personas normales, y en vez de publicar sus resultados comme il faut, en alguna prestigiosa revista del gremio, los va colgando en tres entregas en una web del ramo y avisa a unos cuantos colegas para que le echen un vistazo.

Pero él ya había advertido a un amigo que la comunidad matemática tardaría entre un año y medio y dos años en llegar a comprender su demostración. Y lo clavó, porque empezaron los calculines que si tal que si Pascual, que no lo veo claro, que yo sí, y al final, pasado el tiempo que pronosticara el sabio, le reconocen la patria potestad del mérito. No sin antes habérsela intentado levantar unos chinos espabilados aprovechando que el bicho raro, de tan raro, parecía tonto. Pero los chinos malos al final reculan ante las presiones de la comunidad internacional y se postran ante el genio.

Ay, pero ya la han cagado, entre los chinos malandrines y los sabios pero no tanto como para entender al requetegenio a su debido tiempo (rechazó uno de los premios alegando que el jurado no estaba capacitado para entender su demostración, y mucho menos para ratificarla), decepcionan a Grisha, que decide mandar a todo el mundo a tomar por culo y se recluye en su humilde casucha de San Petersburgo (que los rusos, para acortar, llaman Peter, como aquí decimos Barna o Castefa…). Allí malvive miserablemente junto a su madre y su hermana, de la pensión materna y de los pocos rublos que cobra a malos estudiantes del barrio por darles clases particulares de matemáticas. Por favor, detengámonos en este detalle: ¿podemos llegar a concebir ponernos en el pellejo de ese pobre crío que le ha quedado mates para septiembre porque se le han atragantado las ecuaciones de segundo grado, y tus padres no tienen idea mejor que apuntarte a dar clases con el mayor genio matemático vivo, como es reconocido unánimemente, que resulta que vive en el mismo bloque? Porque paciencia, que es la madre de la ciencia, y talante moderado no parecen adornar al genio. Dicen que en la universidad de Peter (en aquel tiempo, todavía Leningrado, así que supongo que, abreviado, Lenin), donde entró sin necesidad de hacer examen de ingreso, los profesores le temían porque solía ridiculizarlos con abrumadores despliegues de intelección.

Pero resulta que, como si de un indomable Will Hunting báltico se tratara, tiene a toda la comunidad internacional detrás de él, tratando de entregarle sus medallitas y trofeos, y el tío pasa de sus putas caras como de comer mierda, y los tiene ya desesperaditos. Hasta un millón de dólares que le correspondía por haber resuelto uno de los 7 problemas del milenio, ha rechazado. Y eso que, como ya se ha dicho, pervive con estrecheces de la pensión de su madre y de sus escarceos como profesor particular, en un cochambroso piso en los arrabales de Peter.

Los que le conocen asegura que en su habitación no hay más que una cama, una silla y un teléfono. Ah, y muchos iconos, porque resulta que es una persona de una profunda religiosidad. De hecho, desde que en 2005, agobiado por la perspectiva de convertirse en el mono de feria de la comunidad matemática, le dio la espalda al mundo y abandonó todo trato con las matemáticas, dice su mejor amigo (David, dice Google que se llama el muchacho) y al parecer sin pizca de sarcasmo, que nuestro Grisha está ahora mismo enfrascado en demostrar la existencia de Dios. Ay, las cabecitas…

Lo que más me ha sorprendido de esta historia es la moraleja descorazonadora que encierra. Resulta que, según testigos presenciales, desde bien pequeño Grisha era una personita muy introvertida y huraña. Los que le conocen bien aseguran que es porque el mundo le parecía imperfecto, de ahí que se volcara con todas sus energías en las matemáticas, donde todo al final encaja, y las cosas son o no son; los números no admiten interpretaciones. Pero resulta que cuando llegó el momento de ver recompensado su empeño, la mezquindad humana, por muy matemáticos que sean, con sus rencillas y cheques con muchos ceros, le decepcionaron tanto que le obligaron a desertar también del mundo de los algoritmos.

Cómo será la cosa que sus allegados (supongo que David, que es el que más larga de su amigote a esa prensa que tanto rehúye el interesado), aseguran que habla en un idioma extraño que se ha creado él mismo y que, faltaría más, sólo entiende él.

El tipo asegura ser feliz parasitando a su pobre madre, y dice que lo tiene todo y no necesita dinero, ni bienes materiales, ni gloria, por lo que no sólo ha rechazado el millón de dólares que le correspondían por desentrañar el problema, sino que también les ha dicho a los de la medalla Fields (equivalente al Nobel pero en el ámbito matemático) que se la metan por el culo. Imagino que les habrá dicho: "Como sois matemáticos, sabréis contar. Pues, hala, no contéis conmigo...".

Los del Instituto Clay, que fueron los que decidieron en el año 2000 instaurar una recompensa por resolver alguno de los 7 irresolubles (¡un millón!, cómo se nota que se tiraron el moco pensando que la cosa tardaría todavía algún tiempo en aclararse) se han quedado un poco descolocados al decirle Grisha que no quiere su cochino dinero y sus chanchullos (aseguran que dijo -¿David, tú otra vez?- que ser considerado la persona más inteligente del planeta por una institución privada estadounidense no suponía ningún honor para él), ya que es el primero de los siete enigmas que se resuelve y, por supuesto, no esperaban que el agraciado les saliera tan esquivo, y no saben qué hacer con el cheque regalo, si esperar a que el genio recapacite y se le pase el calentón y acepte lo que le pertenece (a él y a su madre, que no le vendrían mal unos mitones nuevos de cara a este invierno, a la pobre), o en dejarlo como bote acumulado como en el Pasapalabra (en este caso, Pasanúmero, jijiji).

Pero, según nos informa David, nuestro enviado especial al cerebro de Perelman, uno de los verdaderos motivos de su renuncia al tinglado de los numeritos tiene más difícil solución, al menos hasta que aparezca otro espécimen con una dotación intelectual semejante o superior, y es que no soporta que otra persona pueda juzgar su trabajo, ya que se sabe el mejor del mundo en lo suyo. Dijo Sheldon, que diga Grisha.

Bueno, pues todo este rollo que he soltado es para dejar aquí constancia de mi consternación al haber descubierto tarde este caso, porque resulta que en mi novelucha aparece un personaje que tiene no pocas similitudes con este caso (superdotado madurito y de comportamiento extravagante que vive con su madre en un ruinoso bloque de suburbio [“pura arquitectura soviética”, tiene cojones la cosa…], que renuncia a las mieles del éxito que su talento tiene asignado en el mundo exterior; en un momento determinado Grigori Perelman rompe las comunicaciones con sus colegas norteamericanos y deja de responder a sus e-mails, y se desplaza más de una delegación a buscarlo para convencerlo y llevarlo consigo a la gloria, pero llegan tarde… ¿de qué me suena a mí todo esto?). Y doy absoluta fe de que no conocía los detalles del caso hasta hoy mismo, que he flipado en colores gugleando.

En fin, que este tipo de situaciones estrambóticas, inexplicables y desbordantes, que me pasan continuamente, aparte de tenerme en permanente estado de estupor, me hacen pensar cosas raras. Y no del todo buenas.

1 comentario:

Guile dijo...

Jodeeeee machoooo.

Es decir, joven superdotado viviendo en rusia, rechaza premio multimillonario y fama mundial, corolario está tan pirao como para ser un gran matemático o... ¿tal vez no?