martes, diciembre 21, 2010

Leal

Aún conservo un curioso recuerdo infantil respecto a esa festividad que se nos viene encima. Por aquel entonces yo todavía era un crío, y uno de los matones del colegio (y no uno cualquiera, sino el auténtico capo di capi de la marrullería de aquel centro) me dejó intrigado cuando me confesó que no le gustaba nada la Navidad porque le ponía muy triste.

No sé a santo de qué, Leal (pues ese era su temible apellido) me confesaba esas intimidades, habida cuenta de que se trata de la misma persona que casi me dejó tuerto apenas unas semanas antes. La agresión se debió a que su dieta básica durante los recreos consistía en quitarle el bocadillo, con malos modos y amenazas, a cualquier pardillo que se le pusiera a tiro. Por lo general yo no entraba en sus objetivos, pues tampoco es que fuera ningún angelito precisamente, y ese prestigio me aupaba un poco en la cadena trófica. Pero un buen día algo debió torcerse en el organigrama porque decidió depredarme. Lo envié a tomar por culo y él envió mi bocadillo contra mi cara, con toda la furia que se podía esperar de alguien tan resentido y atrabiliario. La peor parte se la llevó mi ojo derecho; órgano que aún no me explico cómo no he perdido ya del todo, pues tiempo después me clavaron ahí mismo una espada de plástico durante un desembarco festivo, y posteriormente una gota de ácido decapante vino a sumarse a la corrosión ocular mientras faenaba en una obra. La cuestión es que ya con ese primer impacto de pan con mortadela de olivas casi lo perdí, pues lo que creían era una miga alojada en el globo, que don Vicente se afanaba infructuosamente en tratar de retirar con la punta de su pañuelo, resultó ser una herida bastante chunga que me tuvo parcheado una buena temporadita, y haciendo visitas asiduas al oculista.

Recuerdo que para una de aquellas visitas al oftalmólogo me tuve que ausentar de la clase antes de tiempo. Tocaba geografía y don José hacía un control sobre los ríos de España, preguntando a unos y otros, que se defendían como podían removiendo en su memoria, pues los libros estaban cerrados y debajo del pupitre. Ya he comentado por aquí con anterioridad que, aunque probablemente tenía madera para haber sido un estudiante óptimo, preferí consumir mis años colegiales como indomable zoquete hiperactivo, así que don José me dijo, mientras me contemplaba recoger dispuesto a marcharme: “Micropene, antes de que te vayas, ni me molesto en preguntarte a ti, ¿verdad? Te pongo directamente el negativo como de costumbre y punto”. “Inténtelo”, le respondí. Y lo intentó, y recuerdo, y mira que han pasado muchísimos años de aquello, que le recité de carrerilla y sin titubear todos los ríos y sus afluentes de no recuerdo ahora qué cuenca hidrográfica. Don José no daba crédito a lo que podríamos llamar el milagro del ceporro ilustrado, y la verdad es que hasta yo mismo me sorprendí de la desafiante fluidez de mi recital, así que, una vez finiquitado éste, descolgué mi anorak de la percha y salí, mientras resonaban a mi espalda los aplausos de mis compañeros, entusiasmados con la machada del tuerto.

Pero la nostalgia ha secuestrado el rumbo del recuerdo que dedicaba a Leal. Decía que aquel vándalo execrable me confesó un día, visiblemente consternado, que las fiestas navideñas le entristecían mucho. Le pregunté por qué, y su respuesta nunca la olvidaré: “Porque te pintan un mundo que no es, y que yo sé que no va a ser nunca”. Y yo no quise creerle porque aún éramos muy niños y el futuro podía depararnos tantas sorpresas…

Quién me iba a decir a mí que, tres décadas después, no me queda otra que darle la razón a aquel profeta quinqui.

domingo, diciembre 05, 2010

El Tocomocho

Voy a contar una historia real, que no es reciente, en absoluto, pero es de esas historias que se empeña en pergeñar la realidad en su afán constante por superar a la ficción. A mí me gustan mucho este tipo de sucesos, y por eso debí conservar el recorte que he encontrado hoy por casualidad y del que extraigo los datos que detallo a continuación.

Howard Walsmsley, es un británico que contaba 43 años veranos cuando se empeñó en saltar a la palestra. Pintor en paro que no atravesaba un buen momento en su relación matrimonial, no tuvo mejor idea para tratar de reconquistar a su mujer que llevarla al concesionario Jaguar de su ciudad, Doncaster, y decirle que eligiera el modelo que quisiera, porque a él le habían tocado 8,4 millones de libras esterlinas en la lotería nacional (de su nación). Ese día firmó cheques por valor de 123.000 libras como pago de tres Jaguars de la más alta gama: el de su señora, uno para él y, ya puestos, otro para su hermano. Ninguno llegó a serles entregado porque los cheques fueron devueltos, pero no por la razón que alegaba él de que estaba teniendo problemillas para transferir dinero desde sus cuentas en el extranjero, sino porque sencillamente no le había tocado la lotería. Era una trola, inventada así, de sopetón, en un calentón de impotencia por tener los bolsillos vacíos demasiado tiempo, pero que fue capaz de sostener durante nada menos que dos años y que, sorprendentemente, le permitió vivir como un millonario, basándose única y exclusivamente en su palabra. Lo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que este señor ya había sido encarcelado anteriormente dos veces por delitos de estafa. La tercera, ésta que estoy contando, le costó una sentencia de tres añitos más de sombra.

Dos años mantuvo Howard engañados a bancos y comercios con el trampantojo de sus 8,4 millones de libras fantasmas (libras ¿esterilinas? jijiji), y sirviéndose exclusivamente de su eficiente capacidad para fabular y engatusar a los demás, porque, como es lógico, nunca llegó a presentar el supuesto boleto premiado que presuntamente respaldaba su sueño de grandeza. Y mira que el pobre desgraciado, en su desesperación, se cavó la tumba un poquito más honda gastando todas las semanas cientos de libras en jugar a la lotería para ver si sonaba la flauta de verdad y se salvaba por la campana. Pero no sonaron ni la flauta ni la campana y su nariz de Pincocho siguió creciendo y creciendo, y el enredo se iba embolicando cada día más, deuda tras deuda, porque, liando a unos y a otros, se pegaba la vida que hubiera llevado de tener de verdad esos millones.

Y él tampoco se puede decir que hiciera mucho por evitarlo, o al menos por aminorar las futuras e inevitables consecuencias; más bien al contrario. Parece ser que, como a todo buen embustero, le perdía la boca, así que no contento con comprar una granja del siglo XVII en Derbyshire valorada en 300.000 libras, obligó a los propietarios a trasladarse a vivir provisionalmente a una caravana en su propio jardín para acelerar la venta y así poder empezar él con sus reformas. Que, digo yo, también son ganas de encabronar a tus futuros demandantes, aunque también se puede entender que la urgencia y las prisas fueran parte imprescindible de su modus estafandi, porque el tiempo corría claramente en contra de sus chanchullos. Pero, ojo, que cuando Howard se metía en reformas no estamos hablando de pintar un poco y cambiar los asientos de los inodoros, no, él contrató un arquitecto para que le hiciera el proyecto de ampliación para añadir una nueva ala que albergara un gimnasio, una piscina, una sala de billar y cuatro garajes. Y, ya de paso, hacer la bola de mierda más grande.

Quizás cuando uno es un mentiroso compulsivo y lleva dos años viviendo una farsa permanente, acaba creyéndose un poco su propio artificio, porque si no no se entiende que en el momento de formalizar la compraventa, con un par de cojones de plomo, le presente al notario un cheque por valor de 293.000 libras, que él sabía que -por fuerza- iba a ser devuelto, pero que, como confesó en el juicio, de alguna manera esperaba que la cosa acabara saliendo bien (?!). Bendita necedad…
[Y aquí hago un inciso para reconocer que alguien como yo, aquejado de una razón insoslayable que me atormenta como una almorrana de la fantasía, insobornable aduana a la imaginación, he de reconocer que siento una secreta admiración por indiviudos como éste, capaces de convivir asiduamente con tan extremas cotas de inverosimilitud].

Con tantas deudas acumuladas y cada vez menos excusas que interponer, y con un auténtico récord de cheques devueltos y otros desaguisados bancarios propios de todo castillo en el aire, nuestro protagonista fue finalmente arrestado en 1.999, y condenado a tres años por doce delitos de estafa reiterada y por uno de falsificación de documentos en la apertura de una de sus cuentas bancarias. Pero, ojo, que cuando lo detuvieron aún tenía los huevos de mantener su fantasiosa versión ante la policía, aunque finalmente terminó por rendirse a la evidencia y reconocer el embuste.

¿Su alegato en el juicio? Que lo hizo por amor, para salvar su matrimonio, que es que parece que ya no quede hoy ni una pizca de romanticismo en este mundo. La respuesta de la jueza es digna de ser reproducida: “Usted cameló a sus víctimas pero no camelará a esta corte”. Y eso del amor a su santa esposa tuvo la desfachatez de declararlo a pesar de que en el banco de la acusación había sentadas dos amantes despechadas y estafadas, a las que les había sacado, además de algunas dosis de energía sexual, unos cuantos miles de libras, e incluso a una de ellas el coche de lujo, que es el que le entregó a su mujer a falta del Jaguar que nunca llegó. (Según la prensa, cuando salió a la luz todo el berenjenal que tenía montado el perla, la mujer fue a devolver el coche a su legítima propietaria y le entregó las llaves pronunciando una frase que, de ser cierta, parece sacada de alguna película de Najwa Nimri: “Creo que he estado conduciendo algo que le pertenecía a usted, y usted se ha estado follando algo que me pertenecía a mí”).

Pero lo mejor de todo es que si todo el lío empezó porque quería impresionar a su mujer para volver a despertar interés en ella (aunque, conocido el cuento, ya se ve qué tipo de interés es el que gusta la señora), al parecer lo consiguió porque, a pesar de todo el marrón subsiguiente, de las amantes paganinis, de las miríadas de embustes que le pudo llegar a decir en esos dos años, Mrs. Walsmsley quedó encantada con su Robin Hood y lo apoyó en todo momento durante el proceso. Llegó incluso a declarar que no merecía ir a prisión porque lo había hecho todo por amor. Bueno, se puede llegar a entender que le esté agradecida, porque le permitió vivir como una millonaria durante dos años gracias únicamente al poder de convicción de sus entelequias y quimeras.