viernes, mayo 06, 2011

El menstruo de Schopenhauer

Con este título no trato de piropear [mal] al gran filósofo; me refiero al menstruo, la menstruación de su madre, Johanna Schopenhauer. El hijo no creo que necesite presentación, y ni yo soy quien, ni éste es el donde, para resumir su influyente figura. Simplemente me intrigaba la posibilidad de que su madre formara parte de ese desafortunado grupo de hembras que sufren con el período. Y no necesariamente uno de esos reglotes demoledores durante los cuales, según las afectadas, parece que una mano invisible les estuviera estrujando el endometrio; no, simplemente ese ánimo peculiar y hormonalmente alterado de que hacen gala algunas féminas durante esos días en que, no es que estén especialmente susceptibles, pero desde luego lo que no están es para chorradas.

Y no es que yo me levante un día y así, de buenas a primeras, me asalte la pregunta: ¿cómo serían las reglas de la madre de Schopenhauer? No, afortunadamente. Soy rarito pero no tanto. La duda me vino tras leer el Epistolario de Weimar, la recopilación que publicó la editorial Valdemar de la correspondencia mantenida entre madre e hijo (y otros secundarios de lujo) durante un cierto período de sus vidas. Como me aburre soberanamente la televisión, este es el tipo de culebrones con los que me entretengo. Y, oye, que te acabas enganchando igual, porque te encuentras parecidos ingredientes a los que componen las telenovelas, pero con el emocionante añadido de saber que todo esto ocurrió de verdad, que no lo ha fabulado apresuradamente ningún guionista, y que los protagonistas resultan mucho más interesantes.

Muy resumido: Johanna Schopenhauer [Trosiener, de soltera] a los 39 años quedó viuda al suicidarse el padre de Arthur, quien, antes de arrojarse desde lo alto de un granero, lo había dejado todo bien atado para que su inmensa fortuna bastara a su familia para vivir holgadamente el resto de sus vidas (cosa que ni los desastres de las guerras napoleónicas pudieron evitar). Así que Johanna se ve un buen día libre y forrada, y como era una mujer muy inteligente y con inquietudes culturales, decide trasladarse a Weimar, ciudad que aglutinaba en aquel tiempo la movida artística e intelectual de Alemania. Allí se instala y, al poco, se gana la amistad de nada menos que Goethe, por lo que las veladas artístico-culturales que organiza Johanna terminan por ser lo más de lo más, dándose cita en sus salones lo más florido del mundillo.

¿Y dónde estaba mientras tanto Arturito? Pues por ahí, estudiando sus cosas de filosofía y afilando ese cerebro prodigioso que pronto habría de dar tan decisivos frutos. De ahí la necesidad de escribirse cartas para mantener la comunicación maternofilial.

Bien, entonces tenemos por un lado a esa madre muy disfrutona y siempre de buen rollito, que está encantada con su nueva vida y nuevas –e insignes- compañías; y por otro al hijo joven, cuya visión del mundo ya apuntaba maneras de lo que, andando el tiempo, desembocaría en su sistema filosófico, que, para entendernos, y aunque las reducciones siempre son injustas, es eminentemente pesimista.

Voy a extractar algunas perlas muy representativas del epistolario para que se entienda lo que quise decir cuando me planteaba cómo debieron ser esos días tan especiales para toda mujer, agravados en este caso concreto por la presencia del monstruito de las ideas, merodeando lúgubre por la casa y despotricando de lo divino y de lo humano:

De Johanna a Arthur: “Podría contarte cosas que te pondrían los pelos de punta [se refiere a los estragos causados por las tropas de Napoleón durante la toma de Weimar], pero no quiero, pues sé demasiado bien lo mucho que te gusta cavilar acerca de la miseria humana”.

De J. a A. (la inmensa mayoría de las cartas incluidas en el libro son de madre a hijo pues no se han conservado muchas de las respuestas del atrabiliario hijo, que imagino acabarían en el fuego): “Que ni en el mundo ni en tu piel te sientas a gusto es algo que llegaría a preocuparme si no supiera que, a tu edad, eso es precisamente lo que le ocurre a todo aquel a quien la Naturaleza no destina a ser un tarugo. […] Esto cambiará, tu malestar desaparecerá y vivirás alegre y con gusto”. Jijiji…

De J. a A. (el tono se va encabronando, como suele ocurrir después de cada visita del hijo al hogar materno): “[…] eres pesado e insoportable, y considero harto penoso convivir contigo. Todas tus buenas cualidades quedan ensombrecidas por tu “super-inteligencia” y no sirven de utilidad ninguna para el mundo […]. Con esto exasperas a las personas que te rodean, ya que nadie quiere dejarse ilustrar y mejorar de manera tan violenta, y menos por un individuo tan insignificante como tú eres todavía. […] En general, los seres humanos no son malo si no se los acosa”. El muy cabrón, tan joven ya meaba muy alto y llegó a vacilarle siendo un mindundi al mismísimo Goethe, que le hizo la cruz de por vida.

De J. a A. (tras avisarle él que quería instalarse a vivir con ella en Weimar, Johanna le lee la cartilla y le impone un estricto plan para coincidir ambos lo menos posible por la casa): “[…] podrás quedarte luego a cenar conmigo siempre que dejes aparte ese enojoso gusto tuyo por la disputa, que tanto me crispa, lo mismo que todas esas lamentaciones sobre el necio mundo y la miseria humana que siempre me hacen pasar mal la noche y tener sueños desagradables”. Lejos estaba Johanna de imaginar que precisamente “esas lamentaciones sobre el necio mundo y la miseria humana” de su hijo harían inscribir su apellido en letras mayúsculas en la historia de la filosofía.

Tras una grave bronca doméstica en abril de 1814, madre e hijo no volverán a verse nunca más en sus vidas. Johanna muere 24 años después de aquella discusión, tras haberse convertido en exitosa autora de libros de viaje y novelas románticas, y sin haberle vuelto a dirigir la palabra a su esquinado hijo, quien poco después devendría uno de los más grandes pensadores de la historia de la humanidad. En el pequeño altarcillo de sus pertenencias más queridas, siempre conservó entre el busto de su admirado Kant y la estatua de su no menos admirado Buda, un retrato de Johanna.

1 comentario:

Minerva dijo...

Umm....no sabía que tenías tan buen gusto eligiendo libros. Este no me lo he leído pero oye, me lo apunto. Cualquier otra sugerencia será bien recibida.

Y lo de la menstruación...bueno, está infravalorada. Duele, fastidia, mosquea...pero no nos convertimos en seres demoniacos. Desangrarse y conservar el buen humor, no siempre es fácil.
Un saludo

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