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sábado, octubre 20, 2007

Gran Marrano (7 novias para 7 marranos. Y sanseacabó)

Conforme se sucedían las fases eliminatorias el grupo de aspirantes al puesto se iba reduciendo drásticamente, pero, para mi sorpresa, yo seguía permaneciendo en él. Veía salir a los descartados enfurruñados o llorando, o con esa actitud chulesca de “pues ellos se lo pierden, porque yo he nacido para esto” y cosas así de idiotas. Yo conservaba en todo momento inmutable mi cara estándar de decepción vital, de no dar crédito a mis sentidos, y la gente, al parecer, lo confundían con el disgusto de los rehusados (a lo mejor me decían al verme salir hastiado: “Hostias, qué putada!” y yo respondía dejándolos perplejos:“No, no. Si no me han eliminado todavía”).

Y llegó la hora de la prueba más chunga (cosa que no sabes hasta que no pasas a la habitación, donde no te puedes ni imaginar lo que te vas a encontrar allí dentro). Pero a esa hora yo ya estaba arrasado física y espiritualmente. Así que, mientras esperábamos un grupo de unas 8 personas en el pasillo, me rendí al cansancio y no se me ocurrió nada mejor que acostarme en el suelo. Y por lo visto, no me bastaba con sentarme y respaldarme en la pared, sino que me tumbé en la moqueta ante la puerta de la habitación, como un perro tirado en un felpudo. Claro, mis acompañantes no podían dar crédito a sus ojos, y uno de ellos llegó a decir en sarasa: “Uy, a éste lo cogen seguro” (volviendo a malinterpretar mis auténticos gestos de desesperación por impostura de cantamañanas). En eso llega una de las titiriteras para abrir el cuarto y al descubrir el bulto sospechoso a sus pies, suelta: “Mira éste que bien se lo monta. ¿Estás cómodo o te saco una manta?”. Capté el mensaje, pero me fue imposible reaccionar y allí me quedé tirado como un muerto hasta que llegara mi turno.

Pero por la pirámide de mis prioridades trepó rápidamente una, que acabó desplazando del primer puesto a la extenuación física: la imperiosa necesidad de mear. Y como no podía aguantar más, estuve tentado de interrumpir lo que fuera que estuvieran haciendo allí dentro y pedir permiso para usar el servicio (cosa que supongo me hubiera costado la descalificación instantánea, pero miraba en mi pirámide de prioridades y no veía la de “concursar en un reality” por ningún lado). Y ya estaba a punto de hacerlo, cuando se abre otra puerta del pasillo y sale una pareja de jubilados guiris cargados de maletas, por lo que deduzco que ya abandonan definitivamente su habitación. Así que me apresuro y les grito que no cierren que ya me encargo yo. Flipan un poco pero acaban dejándome entrar; y no llevaba ni cinco segundos aliviando la vejiga, cuando uno de los aspirantes me avisa apresuradamente de que me están llamando a mí para la prueba. Le digo que tendrán que esperar porque aquello no había ya quien lo parara. Así que, ya más descansado y sin apretones me dispuse a afrontar la siguiente ronda.

Llego a la puerta y la chica de la productora me dice: “Estábamos a punto de descalificarte” y pienso “Uuuuy, qué miedo”, pero pido disculpas. Entro y lo primero que veo es una enorme cámara de televisión (no de ésas pequeñas con trípode, sino de ésas gordotas sobre columna que usan en los platós) con un operador detrás con cascos y todo. Y al lado una mesa con otra psicóloga (aclaración: yo las llamo psicólogas, pero nadie nos confirmó ese dato. Lo digo por la forma en que te analizaban cada mínimo gesto y por las preguntas que hacían, en plan encargada de recursos humanos en una entrevista de trabajo. Pero lo mismo eran sociólogas, antropólogas o cirujanas; o sólo tenían un título de “Francés y mecanografía”).

Esta “psicóloga” tenía en su mano mi texto con la foto grapada, y lo primero que me dijo fue: “¿Todo lo que pones aquí es cierto?”. “Sí. Estuve tentado de mentir un poco pero me di cuenta de que no era necesario”. La verdad es que mosquea mucho un interlocutor que a cada cosa que haces o dices, apunta algo en su ficha. Que si cruzas los brazos o te rascas los huevos, toma buena nota de ello.

La cuestión fue que me dijo que me haría unas preguntas y que debía responder mirando a la cámara, y en ésta se encendió el pilotito rojo. Uno se siente ridículo revelándole intimidades a un aparato eléctrico (al operador ni se le veía detrás del armatoste) y terminaba respondiendo mirando a la chica, que me insistía: “a la cámara”. Y ciertamente en este punto las intimidades eran ya bastante delicadas, haciendo mucho hincapié en tu vida sentimental presente, pasada y –ojo al dato- futura. Pero también había preguntas extrañas como: “¿Con qué concursante de la primera edición te identificas más?”. “Lo siento pero no he visto nunca el programa”. “Entonces, ¿qué haces aquí?”. “Por culpa de Tom Tilét” - estuve tentado de repetir, pero preferí:- “Me han apuntado unos amigos a traición”. Cara de póker y muchas más notas fueron toda su respuesta.

Y lo último que me pidió fue que convenciera a la cámara de que yo era la persona indicada para ganar el concurso. Y le dije a la cámara que no tenía que convencer a nadie de nada, y que ni siquiera sabía lo que había que hacer para ganar el maldito concurso. Y parece que mi argumento sí que convenció a la cámara porque la “psicóloga” indiscreta me dio un nuevo pasaporte a la siguiente fase, la última.

De la criba de la prueba de cámara sólo nos salvamos 4 personas, y nos llevaron otra vez al “aula” de los tests. Nuevos exámenes de conciencia y personalidad. Algunos tests, por ejemplo, estaban destinados claramente a hurgar básicamente estos 3 aspectos de tu carácter, aunque reformuladas las preguntas de maneras distintas y reiteradamente a lo largo y ancho del papel: (1) si aceptas y te adaptas bien a la disciplina y las normas impuestas por otros, o te rebelas ante toda autoridad; (2) si en caso de conflicto te achantas y cedes ante las acometidas, o tienes que acabar imponiendo tus criterios a los demás, aunque sea por medio de la agresividad; (y 3) si pierdes los papeles con facilidad y montas escándalos bochornosos a la mínima de cambio, y puedes llegar a ser violento, o por el contrario eres flemático, conciliador y pacífico.

Vamos, que tanta preguntita era para averiguar si eres manso o gallo de pelea, que es principalmente lo que cotiza aquí.

Finalmente nos hicieron rellenar un extenso formulario con cantidad de información privada; por ejemplo, una lista de 6 familiares con sus números de teléfono, a los que poder llamar para preguntarles cosas sobre ti, otra de amigos y otra de compañeros de trabajo. De esta última creí que me libraba al no tener trabajo en ese momento, pero me hicieron poner al menos 2 teléfonos de excompañeros a los que poder consultar. Por supuesto, después tuve que avisarles a todos de que si recibían una llamada extraña de un programa de televisión haciendo preguntas sobre mi persona, que no se asustaran.

Nos explicaron que seguramente incluirían algún representante levantino, por lo que uno de los cuatro tenía muchas papeletas de terminar alojado en la casa. Y nos dijeron que en caso de ser elegidos nos llamarían antes del 15 de Agosto. Si no te llamaban, podías olvidarte de momento, que no habías sido elegido, y nos pidieron que no anduviéramos dando por culo (se ve que ha habido no pocos precedentes), llamando a la productora con excusas tipo: “No, era por si habías intentado localizarme. Como he estado fuera por vacaciones…”; porque si se decidían por alguno ya se encargarían ellos de localizarlo por todos los medio.

Así que nos despedimos y, cuando ya salíamos los cuatro, me dice un tío de la productora: “Micropene, quédate un segundo, por favor; que quiero decirte una cosa”. Y me quedé un poco sorprendido. Y mis 3 contrincantes más; supongo que pensando: “Ya está. Se jodió el invento. Al final cogen al chalao”.

Y cuando nos quedamos solos me dice muy serio, mirándome inquisitorialmente: “Creo que te has dejado tu mochila en una de las suites”. Y le respondo: “Yo no traía ninguna mochila. Será de otro”. Y él insiste: “Sí, hombre. Tú llevabas una mochila negra y la han encontrado en una de las habitaciones”. Y ahí ya empecé a ponerme paranoico, y después de sufrir todo un día en el que se puso a prueba hasta el rincón más oculto de mi personalidad, pensé que se trataba de algún tipo de prueba final; que ya se habían decidido por mí y ésta era la pregunta que culminaba todo el proceso, y que, dependiendo de mi respuesta, podían enviarme definitivamente a la casa de los horrores de la sierra. Y me asaltó la idea de que quizás la primera “psicóloga” había solicitado esta trampa extra porque: “Si ve cowboys, quizás podamos hacerle creer que traía una mochila”. Yo ya tenía tal cacao mental que creí que me echaba humo la sesera, pero si algo tenía muy claro era que yo no había ido a Valencia con ninguna mochila, macuto ni mariconera. Y así se lo dije. “Ah... perdona, me sonaba que llevabas una mochila... ¿Estás seguro?”. Pero, ¿qué coño pasa aquí? –pensaba yo, con la cabeza a 8000 r.p.m.-¿Qué quieren de mí? ¿Qué emboscada es ésta? ¿Dependerá de mi última palabra, de quizás una respuesta ingeniosa, que me envíen a Guantánamo o no? “Estoy segurísimo, pero si os estorba me la llevo” –fue todo lo que acerté a decir.

Y me fui de allí y pasó el 15 de Agosto y no llamó ni Dios. Y me tragué el primer programa para comprobar si alguno de mis contendientes había sido elegido para la “gloria”, pero no. Y suspiré aliviado de contemplar de lo que me acababa de librar, porque al parecer los concursantes ya entraban resabiados, como espectadores de ediciones anteriores, sabiendo lo que el público espera de ellos, y se comportaban como seres de otra dimensión; tratando de dejar huella desde el minuto uno con esos “carismas” tan peculiares de los que hacen gala todos los que pasan por allí. Y contemplé cosas escalofriantes (y era sólo el primer programa), y tuve muy claro que, de haber entrado, a los cinco minutos habría echado en falta mi machete o una estaca, o mejor un lanzallamas.

Así pues, los que seguís el programa, cuando veáis a esos seres inefables desplegar tal gama de comportamientos extraviados delante de las cámaras, tened muy en cuenta que no están ahí de chiripa, que nadie se les ha colado en un despiste ni han sido elegidos al tuntún; sino que tienen allí expuesta la alineación exacta que buscaban los titiriteros.

jueves, octubre 18, 2007

Gran Marrano (666)

Llegó la hora de entrar, pero primero tuve que armarme de valor para poder enfrentarme a exactamente aquello que me estaba temiendo. Imaginaos un inmenso hall hotelero repleto de dos centenares de eso que se ha dado en llamar “grandes hermanos”. Horripilante, ¿verdad?

Al poco, llegaron los titiriteros dando instrucciones de lo que teníamos que hacer y dónde nos teníamos que poner. Y dejan flotando en el aire una velada amenaza en forma de consejo: “Y no intiméis demasiado entre vosotros, que ya sabéis que nunca cogemos a dos que se conozcan”. ¡Qué les has dicho! Te los veías alejándose unos de los otros como si tuvieran la peste bubónica, y entraban a la sala donde nos dirigían sin mirarse a las caras.

Yo, que llevaba varios días de fiesta en las espaldas y esa noche no había dormido, pues francamente no estaba para tonterías y me pasaba sus instrucciones por el forro de los cojones: hablaba con unos y con otros y llegaba el último a todo. Quizás algún idiota llegó a pensar que todo aquello formaba parte del personaje que trataba de representar, que iba de guay para llamar de algún modo la atención de los titiriteros; pues nadie podía imaginar que lo que realmente me pasaba es que, una vez pasados los efectos hipnóticos y euforizantes del cóctel que llevaba en la mollera y una vez esfumado el Tom Tilét y todas esas zarandajas, pues me vi allí a punto de hacer el ganso y con ganas únicamente de irme a dormir y perderlos a todos de vista.

Pero en fin, ya que estaba allí, seguiría adelante, aunque sólo fuera para ver cómo se realizaba el escrutinio de las criaturas.

Así pues, nos pasan a todos a una sala y nos dan un contrato con el membrete de la productora, que leyeron entero en voz alta (como hacen los notarios) y que nos hicieron firmar. En él se ponían muchas condiciones, como que la productora se reservaba el derecho de usar como creyera conveniente el contenido de todas las pruebas que nos disponíamos a hacer (incluidas las tomas de cámara, si llegabas hasta ese punto de la criba) y por supuesto se hacía mucho hincapié en que nos comprometíamos a no hacer públicos los pormenores de los procesos de selección. Que es precisamente lo que me dispongo a hacer a continuación.

Tras recoger los contratos firmados nos entregan unos tests de personalidad. Nos apremiaron a responder todas las preguntas en el limitadísimo tiempo concedido, recurso empleado para que no trates de engañar al contestar, pensando qué es lo que ellos esperan recibir como respuesta. Eran de esas pruebas en las que vas marcando casillas con una cruz, y al tener tan poco tiempo para completar los tests (iban cantando cada cierto tiempo cómo corría el cronómetro, para que te agobiaras y dejaras de mentir), y al estar las mismas preguntas repetidas machaconamente a lo largo de la prueba, pero formuladas de maneras distintas para que, si mientes, incurras en contradicciones; pues no había forma de engañarles: nos iban a calar a todos; por mucho que intentásemos representar algún papel, las crucecitas delatoras nos desenmascararían pronto sobre el papel.

Las preguntas iban enfocadas temáticamente (por decirlo así) según los tests, y tened en cuenta que me hinché de hacer pruebas de éstas, porque me pasé todo el día allí metido. Me había decidido a quedarme y probar porque pensaba que sólo iba a ser un ratito, pero entré a las 8 de la mañana y salí del hotel de noche (y era Junio) porque, paradójicamente, cuanto más agotado estaba y menos empeño ponía, más fases de la eliminatoria iba superando. Y esto último debería hacernos reflexionar sobre la clase de perfil que busca esta gente. Pero no nos adelantemos, que la cosa tiene miga.


Tras unas cuantas baterías de tests nos dividen en grupos de unas 8 ó 10 personas y nos llevan ante la puerta de una de las muchas habitaciones del hotel que se acondicionaron debidamente para el casting. Íbamos pasando de uno en uno y dentro nos esperaba una psicóloga.

Cuando llegó mi turno, me hacen pasar y una señorita me escanea con la mirada de arriba a abajo, cada mínimo movimiento desde que entro en la habitación y me siento, mientras anota cosas en mi ficha sin parar. Yo no tenía ni idea de lo que esperaban de nosotros ahí dentro, porque la gente salía con cara de póker y se marchaba a esperar sin soltar prenda. De repente, me suelta muy seria: “Micropene, sorpréndeme”, y se me queda mirando muy atentamente. Y, tras unos segundos de bloqueo tratando de discernir qué podía entender aquella tipa por “sorpresa”, le suelto que para eso podría hacer una cosa que había visto en la tele, en un anuncio de un coche (no sé si os acordáis de ese spot, que se emitía en aquellos momentos y en el que el eslogan era, precisamente, “Sorprendente”; y no recuerdo muy bien la trama pero al final la chica le confiesa algo al chico y éste, en respuesta, se arranca su cara humana, que resulta ser una máscara, y con la cabeza de extraterrestre le confiesa que no se llama noséqué sino que viene del planeta nosécuántos. Vamos una puta mierda, pero es lo único que me vino a la mente), pero que casi mejor, si quería sorprenderse, le contaría qué, o mejor quién, me había llevado hasta allí. Y se lo conté. Y vaya si se sorprendió, que a renglón seguido me dijo que pasaba a la siguiente fase y me dio mi ficha, en la que había garabateado unos signos extrañísimos (luego comparé los jeroglíficos de mi ficha con los de otros elegidos para la gloria (saltándome la norma sagrada de no andar cuchicheando, claro), y no se parecían en nada unos con otros. Eran unas figuras geométricas muy raras a las que le iban añadiendo trazos según avanzaban las pruebas hasta conformar una especie de retorcida radiografía de tu alma). Pero, después de lo que le había contado, no había que ser ningún experto en criptografía para entender que los gurruños de mi ficha decían claramente: "Éste interesa, que está grillao".

(Qué larguito se está haciendo esto. En el próximo lo finiquito, fijo).

miércoles, octubre 17, 2007

Gran Marrano (5 y seguimos para Bingo)

La cuestión fue que en plena borrachera tuve una experiencia cuasi mística, que fue la que provocó que acabara acudiendo a mi cita en Valencia con los buscadores de monstruos.

Llevábamos todo el día (literalmente, porque estas farras empezaban a media mañana y se alargaban sine die) bromeando con una chorrada absurda; entre otras muchas paridas, pero ésta en concreto es la que nos interesa ahora. Todo a cuento de que almorzando ese día le había contado a la pandilla una anécdota insustancial pero que resultó hacer mucha gracia al personal:

cuando mi padre era pequeño, en plena guerra civil (española, claro), para llevarles algo de alegría a unos muchachos que se estaban criando entre fusilamientos y bombardeos, montaban de vez en cuando en su pueblo (La Vila Joiosa) un proyector de cine y les ponían algunas películas de cine mudo protagonizadas por un antiquísimo héroe del western cinematográfico llamado Tom Tyler. No hay que ser Shakespeare para suponer que eso se pronuncia “Tom Táiler” o, si uno es de Tejas, “Chom Cháiler”; pero, vete tú a saber por qué, todo el pueblo lo llamaba “Tom Tilét” (con el acento en la “e” y acabado en “t”); pronunciación más asequible para los vileros valenciano parlantes, pero que francamente volvía un tanto cómico el nombre para un pretendido héroe pistolero de la pantalla.


Pues bien, el día de autos locos, venga Tom Tilét por aquí, Tom Tilét por allá, resulta que llegada una altísima hora de la madrugada en que ya daba absolutamente por perdida cualquier opción de asistir a la prueba valenciana; y probablemente favorecida por la confusión mental de tanta traca acumulada en el cuerpo, tuve una especie de revelación mística y se me pareció Tom Tilét en persona (en la persona que yo quise y con las pintas con que me lo imaginaba, claro: cowboy repeinado, en blanco y negro y con cartucheras) y me dijo (y eso que era un personaje de cine mudo): “Micropene, tu destino es acudir a esa prueba”. “Pero, Mr. Tilét, ya es imposible –respondí yo-. Mire Vd. la hora que es, y el estado en el que me hallo, que estoy hablando con el fantasma de un vaquero mudo”. “Para un héroe no hay nada imposible”, me dijo él en un tono tan convincente que, de golpe y porrazo, se me pasó todo el colocón y me puse como un loco a organizar toda la operativa necesaria para lograr estar en apenas 3 horas en un hotel de Valencia.

Ya he dicho que estábamos en medio de una ciudad sitiada por la fiesta, y que yo por aquellos tiempos no tenía coche (cosa no exacta del todo, porque tenía un cacharro indigno del Scalextric Mad Max, tan reventado que en él no hubiera llegado ni a la Font de la Figuera), así que tuve que molestar a esas horas a uno de mis hermanos para que me dejara un Seat León precioso, que acababa de estrenar. Sobra decir que a él no le hizo ni puta gracia tener que dejar su coche nuevo en mis manos en aquel estado, pero es que yo no le podía explicar (porque me hubiera tomado por un loco) que podía estar tranquilo, que Tom Tilét cuidaría de mí y de mi montura, y que era por una buena causa: para prostituir mi intimidad y la de toda la familia en un programa inmundo de televisión.

A lomos de mi León me planté en casa de mis padres para poder escribir e imprimir en el ordenador de mi padre el texto que debía llevar. Pero imaginaos, con la desbordante verborrea que me caracteriza para contar cualquier parida (y éste sería un interminable buen ejemplo), tener que resumir mi vida y milagros en un solo folio. En fin, la cuestión fue que los estados alterados de consciencia debieron ayudarme en el lance, y vete a saber qué coño pondría, pero al parecer mi escrito gustó mucho allí (pero no adelantemos acontecimientos).


Resumiéndolo mucho, que nos van a dar las uvas con esto: imprimí el maldito texto, localicé la puta foto, me bebí un litro de café y me dí una ducha helada para espabilarme, y me fui para Valencia. No me preguntéis cómo coño lo hice, pero juro que logré llegar al punto indicado con tiempo de sobra para aparcar, entrar en un colmado a comprarme una empanadilla y una Cocacola, y esperar tranquilamente a que fuera la hora de entrar en el hotel. Todo eso mientras trataba de poner algo de orden en mi cabeza para no patinar más de la cuenta allí dentro; me refiero a no andar por el hall hablándole a gritos a mi cowboy invisible… aunque visto ahora, quizás ése hubiera sido mi pasaporte seguro para entrar en la casa de locos de la sierra.

(Mañana menos y peor).

martes, octubre 16, 2007

Gran Marrano (y van 4)

Gilito, de lo del 9 d’Octubre poco más que añadir a lo que muestra la foto. Por cierto, he flipado porque te había entendido mal y creía que se trataba de una panorámica circular, y ha resultado ser una panorámica esférica y puedes rotar hacia el cielo, el suelo, y cualquier punto del campo visual. Impresionante, de veras. Ese día, como todos los años, es festivo en ésta nuestra comunidad, y sin haberlo previsto ni haber quedado en nada, empezamos a congregarnos en Melrose Place la Mancomunidad del Caos casi al completo (hubo ausencias notables, como Juanxo, Próspero y Sra., etc…) para tomar unas cervezas y reírnos un rato. La cosa se lío y acabaron yéndose a comer y a seguir tomándola por ahí (yo no porque tenía organizada una excursión a Orxeta con la familia y Elöy).

Chiringui, lo de la benemérita al final se quedó en un susto. Resulta que como nuestra justicia también se asienta sobre una burocracia lenta, torpe y kafkiana; había por ahí algún asuntillo pendiente desde nada menos que el año 2000. Y resulta que desde hace unos años todos los establecimientos hoteleros tienen la obligación de pasarle a las autoridades al final de cada día una “relación de viajeros”; y claro, a las tantas de la noche les salta la liebre a los picoletos de que el Sr. y la Sra. Micropene están hospedados en tal hotel de tal población (Mojácar) y ordenan a su cuartelillo más cercano (Garrucha) que se persone allí de inmediato (3 a.m.) y nos cite al día siguiente para notificarnos unas chorradas del año el coño. Y lo gracioso es que esta historia (insisto: una gilipollez, pero no puedo entrar en más detalles) se le debió quedar a la benemérita suspendida en algún limbo burocrático, porque para la administración de justicia ese asunto ya estaba zanjado y olvidado, y el expediente bien guardadito en el archivo definitivo del Juzgado de lo Penal de Alicante desde el año 2002. O sea, que el susto nos lo llevamos seguramente por lo mal informatizada que está la T.I.A., que no te enteras tía.

En fin, sigamos con el rollo del programita, que ya empieza a oler. Llega la noche antes del día D, en la que cada hora fue H, porque yo no tenía nada claro que me fuera a presentar a la prueba de Valencia, y a cada ronda que vaciábamos se alejaba aún más esa posibilidad. Y es que nos estábamos pegando un buen juergón (recordad que estábamos en plenas Fogueres de Sant Joan) que prometía ser de ésos que no se olvidan fácilmente; y, la verdad sea dicha, mis amigos no colaboraban mucho (“Que le den por culo al Gran Hermano y ponte otra copa, ¡coño!”).

Pero por otra parte, aún pesaban más los siguientes inconvenientes:

1.- Empezó a preocuparme seriamente la posibilidad de que, por una de esas carambolas nada raras en mi biografía, acabaran eligiéndome para entrar en la casa. Por un lado me tentaban la pasta y las posibilidades de promoción (léase vivir del cuento), pero por otro me espantaba la simple posibilidad de acabar convertido en eso que entendemos por “un famoso”; ya no digamos en un “famosillo” de garrafón o uno de esos exconcursantes grimosos y fronterizos que salían aireando sus trapos sucios (y los de sus familias y amigos) en todos los circos de atrocidades televisados. El que me salieran exnovias y archienemigos (reales o ficticios) de debajo de las piedras, contando en Crónicas Marcianas o en horario infantil que si la tengo pequeña o que me huele el culo. Recuerdo que a todas horas aparecían en pantalla vecinos, antiguos compañeros de trabajo y exparejas iracundas, destapando intimidades y triturando el honor de los protagonistas del espectáculo y de las madres que los parieron. Así que, la simple amenaza de llegar a ver algún día a un familiar lejano o conocido mío haciendo el ridículo por cuatro duros o por un poco de notoriedad, me asqueaba seriamente.

2.- Dejando aparte el circo mediático que rodeaba a estos seres desde que ponían su pie en la casa, estaba el hecho de la fama en sí misma. El que te reconozcan por la calle y te paren en el Carrefour, debe ser un verdadero coñazo, y un poco triste si la fama te la has ganado de esa manera tan poco meritoria: hacer el ganso en público durante unas semanas. Y no lo digo por decir, porque en cuanto se corrió la voz de que yo estaba simplemente en proceso de selección para la próxima edición de tan exitoso programa, tuve mis pequeñas dosis de “infra-fama”, que me resultaron bastante penosas.

3.- Pero el obstáculo más real para que no fuera a esa prueba era de carácter tangible: que debía personarme a las 8 de la mañana en un hotel de Valencia y eran las tantas de la madrugada y estaba en Alicante (toda ella patas arribas por las fiestas), que llevaba una buena cogorza y no tenía intención de interrumpir la marcha, que no había escrito el texto que se me pedía, que no me había molestado ni en mirar en un mapa dónde estaba aquel hotel o cómo llegar, y que ni siquiera sabía dónde había dejado la foto que me proporcionaron Aprilia y Delrieu; y sobre todo el detalle quizás más importante: que en aquel tiempo yo no tenía coche, y aquella noche ninguno de mis amigos estaba en condiciones de llevarme a Valencia (ni siquiera yo mismo).

Pues a pesar de todo lo dicho, acabé presentándome a la prueba, con dos cojones. (Pero ya seguiré mañana).

lunes, octubre 08, 2007

Gran Marrano (3)

Mis disculpas por el retraso en continuar el relato, pero acabo de reincorporarme al vil redil de las galeras tras una semana de intensas vacaciones por tierras almerienses, en las que no ha faltado la visita al poblado del oeste que sirvió de escenario en tantos westerns inolvidables (visita que bien se merecería un post, o tres), ni la personación en el hotel a las 3 de la madrugada de una pareja mixta de la benmérita, citándonos al día siguiente, sin falta, en el cuartelillo de Garrucha (bonito pueblo limítrofe a Mojácar). Pero sobre esto último mejor corramos un estúpido velo, que uno ya está mayor para tantos sustos y disgustos.


The Micropene way of life: del cuartelillo "Todo por la Patria" de Garrucha al penal del sheriff del Texas-Hollywood de Tabernas, y tiro porque me toca.

Dejé mi historia en que, ofuscado por el olor del dinero, acabé entrando en la página web, metí las claves que me dictó mi amigo, y tras rellenar unos formularios con muchos datos personales, finalmente respondí unos cuestionarios muy extraños, en los que al parecer se ponía a prueba la potencial ¿creatividad? de los aspirantes.

Algún tiempo después me llaman a casa de parte de la productora y me dan unas nuevas claves con las que accedí a otro nivel del proceso, donde la cosa empezaba a ponerse seria y los cuestionarios eran más densos y complicados de responder, puesto que las preguntas apuntaban ya hacia ámbitos mucho más personales y comprometidos.

Pasa algún tiempo más y recibo nueva llamada proporcionando más claves para nuevos cuestionarios de internet, con preguntas ya directamente dirigidas a averiguar de qué pie cojeas, si estás sonado y cómo te las gastas en caso de confrontación.

Después de eso, pasó bastante tiempo y ya me había olvidado del asunto, cuando recibo otra llamada que me comunica que he sido seleccionado junto con otros 199 personajes de toda la Comunidad Valenciana para hacer una última criba. Me hacen por teléfono algunas inquietantes preguntas más y me dicen que si sigo interesado en seguir adelante con la prueba, contesto que sí y me dan los detalles de dónde y cuándo tendrá lugar. El lugar: un hotel de la ciudad de Valencia. El problema fue la fecha: no recuerdo qué día exacto fue pero, como bien comentaba Cripema, caía en plenas fiestas mayores de la ciudad de Alicante (o sea, que tuvo que ser entre el 20 y el 24 de Junio). Y en aquellos tiempos (no tan remotos, por cierto) esas fiestas eran sagradas para la Mötley Crüe, que no perdonábamos ni un solo día de festival y habíamos llegado a alquilar para esas fechas una mesa en una de la Barracas (sería muy largo de explicar ahora este concepto), como punto de encuentro y plataforma logística para el avituallamiento de la tropa festereta durante la semana de desparrame.

Así que, a pesar de haber llegado hasta ese punto del proceso de selección, todo hacía presagiar que no acudiría a aquella cita. Además me pedían que llevara una fotografía reciente que yo considerara que retrataba bien mi personalidad y un texto en el que en apenas un folio me describiera a mí mismo: mi carácter, mis preferencias y fobias, y mi vida sentimental (pasada, presente y futura), y donde también debía escribir brevemente sobre mis relaciones con la familia, los amigos, en el trabajo, etc…

Pues bien, lo que en principio no debía suponer ningún problema para una persona normal, es decir: buscar una foto chula y escribir diez o doce líneas sobre su vida y milagros, para mí sí lo suponía. Porque resulta que en estos tiempos hipertecnificados en que cualquier mono amaestrado hace fotos de alta definición con el móvil y tiene en su disco duro 20 gigas de fotos de sus viajes y parrandas, pues este mono nunca ha estado bien amaestrado y las fotos que conservaba de toda su vida se podían contar con sus dedos prensiles de las manos y los pies, por su puta manía de no viajar nunca con cámara (quizás debido al pequeño inconveniente de que no tuvo, ni tiene, ni a este paso tendrá una), y porque ni siquiera se preocupaba en hacerse con una copia de los que sí se tomaron la molestia de portar algún utensilio para inmortalizar los momentos vividos. Así que finalmente tuvieron que ser sus amigos Aprilia y Delrieu quienes rescataran de su archivo personal una foto de un servidor, en lamentable estado de conservación durante una de sus asistencias al temible festival de Benicassim; imagen que ellos consideraron como muy representativa de mi persona por aquellos tiempos, y no les faltaba razón.

Con lo cual, ya tenía solucionado uno de los requisitos. El otro, lo de hacer una redacción escolar sobre mi persona, ni me molesté en cumplirlo porque no las tenía todas conmigo de que me fuera a presentar a la prueba. Pero estaba muy equivocado.

(Y ya seguiré otro día, que esto es conferencia y nos va a costar un riñón).

jueves, septiembre 27, 2007

Gran Marrano (II)

Me ha alegrado leer el comentario de Oskar (que acaba de inaugurar su blog; por favor Gilito, haz los links, enlaces o cómo coño se llame eso. Gracias), confesando que al menos hay una persona (bueno dos, contando a Mila la motera) en la Vía Láctea que se molestan en leer mis soporíferas batallitas de Abuelo Cebolleta; y que al final no era del todo exacta mi reciente sensación de estar hablando solo, como la loca de San Blas.

Y no es por ningunear a Vainilla, Xavalín, Próspero, etc… pero son personas con las que tengo trato carnal con mayor o menor frecuencia, a las que puedo contarles en persona (si no lo he hecho ya) mis neuras y ahorrarme el andar aquí en el curro, escribiendo intermitentemente y a traición, eludiendo las tareas que me dan de comer y escabulléndome del jefe (¡cuidado! que viene……………….………. ya está, ya se ha ido. Sigamos). Ni que decir tiene de Cripema, Gilito o Aprilia. Lo de mis queridos Espantos es caso aparte y ya son como de la familia, pero se agradece mucho saber que siguen por aquí. Por todo lo cual, me dejaré de chorradas y pasaré al meollo de la cuestión, pero no sin antes agradeceros a todos los comentarios.


Bueno, ya confesé el otro día (¡coño! que fue ayer. Qué lento pasa el tiempo y qué larga se me está haciendo esta semanita previa a mi segunda toma de vacaciones), que tanto despotricar de la basura catódica y dármelas de esnob, como que leo libros raros, de los que no entiendo ni papa; y todo para que a la mínima que me surge la remota posibilidad de hacer el ganso en pantalla, en directo para millones de telespectadores, acabe pasando por el aro de un peculiar proceso de selección, que a lo tonto, a lo tonto, casi termina con mis huesos en la casa de los horrores.

Por supuesto, en mi caso, y más por aquellos tiempos, mi único interés era monetario ya que me encontraba desempleado y sin blanca (bueno, esto último no suele estar necesariamente condicionado por lo anterior; ya que se puede dar el caso, pongamos ahora mismo, que por mi particular modus vivendi, sí tenga trabajo pero tampoco tenga un duro).


La cuestión es que, como ya dije, en el año 2.000 (guarismo de resonancias muy futuristas) llegó a este país la 1ª edición cañí del formato Big Brother. Para los que me conocen, no es ninguna novedad que apenas veo la tele (básicamente porque no paro quieto por casa), y ésta no iba a ser una excepción; pero visto el revuelo que armó el programa no me quedó más remedio que echarle un vistazo, si no quería quedar marginado en cualquier tertulia o reunión de amigos, ya que no se hablaba de otra cosa.

Confirmando mis peores pronósticos, el programa me pareció una hediondez y sus protagonistas: infrahumanos; y allí terminó todo mi interés por el invento. Lo poco más que supe del engendro me lo iba enterando en las conversaciones, en las que –insisto- pareció durante un tiempo que no se pudiera hablar de otra cosa.


Debió ser con la 2ª edición, que mi querido amigo Karras y su señora parecieron contagiarse de esta fiebre, y en alguna cena en su casa (yo, como siempre, gorroneando a todo Dios) me obligaron a televisionar el espantajo. No podía dar crédito a mis ojos ni a mis orejas, y empecé a preocuparme seriamente por el futuro de la humanidad, tras la contemplación estupefacta de unos comportamientos aterradores en sí mismos, y francamente preocupantes si se cuenta que aquellos individuos sabían perfectamente que media España (casi literalmente) contemplaba en directo todas sus astracanadas.

Pero lo peor de aquella velada fue que, a través de la niebla alcohólica, me pareció escuchar que mi pareja de anfitriones llegaron a comentar con otros invitados que les encantaría verme a mí allí dentro, que yo estaba zumbado y que seguro (según ellos) daría mucho juego en el programa, con mis chascarrillos y cruces de cables (insisto, siempre según ellos). Por supuesto yo despotriqué lo mío y la cosa quedó ahí. Bueno, eso creía yo.

Hasta que, pasado un buen tiempo, me llama el Karras y me dice que su señora me ha inscrito a traición en el proceso de selección de la 3ª edición del famoso show de realidad, y que por favor me tome nota de unas claves con las que tengo que entrar en la página web del programa y responder unos cuestionarios.

Ya estaba a punto de mandarlo a tomar por culo, pero él muy hábilmente me lanzó la carnaza perfecta cuando pasó a comentarme el dineral que ganaba cada concursante abisal por gandulear unos meses, paseando su zozobra ante las cámaras en un chalet de la sierra. En ese mismo momento se me pusieron las pupilas en forma del signo del eurodólar (como en los dibujos animados de Tex Avery) y ya empezó a interesarme el asunto con una ávida intensidad.

(Mañana sigo, que al final me van a tirar a la puta calle).

miércoles, septiembre 26, 2007

Gran Marrano (¿ I ?)

En mi anterior post comentaba que el sistema de valores moderno ha favorecido que estemos haciendo cumplir muchas de las distopías (utopías pero en chungo) que vaticinaron los sabios de todas las épocas y lugares.

Una de ellas, se anunciaba en la excelente novela 1984 (altamente recomendable), en la que George Orwell imaginó un futuro (a estas alturas del siglo XXI, ya pasado) en el que El Gran Hermano omnipresente controlaba a los ciudadanos con cámaras y micrófonos twentyfour-seven, como dicen los modernos (o sea, las 24 horas del día, los 7 días de la semana), para evitar disensiones e insurgencias entre sus súbditos. Y cuando alguien patinaba y ya no era del agrado del Gran Hermano, desaparecía sin dejar rastro.

Tan solo 16 años después de lo previsto por Orwell, y 52 después de haberlo previsto, es decir en el año 2.000, el concepto Gran Hermano no sólo se convirtió en distópica realidad, sino que lo hizo en forma de espectáculo televisivo; convirtiendo en algo deseable para el pueblo el participar en un encierro durante el cual serás grabado 24/7 mientras acatas la autoridad caprichosa del Gran Hermano (un ente ubicuo y despersonalizado que controla hasta el más mínimo detalle de lo que acontece allí dentro) y cuando no gustes a los que mandan (supuestamente la audiencia) te quitan de en medio por la puerta falsa y la vida sigue sin ti.

Bueno, pues dicho lo cual y tras toda esta perorata, resulta que el que suscribe debe confesar que, entre las muchas gilipolleces que ha hecho en su vida, estuvo a un tris de entrar en la dichosa casita de la 3ª edición del concurso de marras (la magnitud de ese “tris” deberá juzgarla cada cual después de conocer los hechos).

Pero antes de enredarme en un relato larguísimo y plomizo de los míos, pero necesario para explicar medianamente bien toda la historia (e incumpliendo el contrato que me vi obligado a firmar con la productora, que prohibía en una cláusula de confidencialidad desvelar los pormenores del proceso de selección), me gustaría saber (para ahorrarme el esfuerzo en balde) si realmente a alguien le interesan mínimamente todas estas chorradas mías.

Es más, si alguien nos lee, porque creo que hay un contador de visitas en alguna parte, pero según Gilito la inmensa mayoría son despistados que llegan buscando fotos de gente comiendo zurullos y se encuentran con un relato chusco de coprofilia (palabra clave de búsqueda) amateur y desganada. Vamos, que si ¿hay alguien ahí?


Espero sus comentarios antes de escribir una sola letra más.