jueves, diciembre 17, 2009

Mi caaaasa, teléeeeefono

Desde siempre he sufrido una paralizante sensación de diferencia respecto a mis semejantes. Yo no sufro alienación, lo mío es una alien-nación, como la película aquella (¿o era una serie?). Tengo la sensación de haber caído en el planeta equivocado, o al menos de haberme teletransportado a la especie errónea.

Esta putada con forma de sentimiento se agrava con el solsticio hiemal. ¿Qué les pasa a mis congéneres? ¿Para qué se afanan tanto? De los cristianos doy por sentado que se habrán leído alguna vez ese libro que rige sus vidas (y las del resto, por muy aconfesional que se precie una sociedad; sólo hay que ver el calendario laboral). En el Eclesiastés ya lo explica todo el Rey Salomón (o su negro) . Que bien se puede resumir en ese eslogan tan fardón para un espot de sombrillas: Nihil sub sole novum = nada nuevo bajo el sol.

Ver, leer o escuchar un noticiario, con tanta majadería entre horror y horror; aguantar apenas unos segundos de esas series que pirran a millones de compatriotas, o esos concursos inefables; observar estupefacto los anuncios de politonos, perfumes, telefonías, bebidas isotónicas, derbis futboleros, y básicamente todos los bienes y servicios publicitados (al parecer no soy target de ninguna campaña, pues, lejos de incitarme al consumo, me producen una tristeza insondable); la inevitable toma de contacto en lugares públicos con otros seres pluricelulares y soportar estoicamente sus comportamientos aberrantes; las modas para vertebrados superiores; la nueva gastronomía para mamíferos; el arte para bípedos desagradecidos; la ignominia.

Por algún pálpito ignoto, últimamente me he estado interesando por algo a lo que nunca había prestado mucha atención: la astronomía. Y eso que mi abuelo, que era marino, dedicó infructuosamente varias noches campestres a intentar mostrarme las distintas constelaciones.

Pero, no hace mucho, mi querido amigo Óscar me hizo llegar un link a una web de astronomía para principiantes que resulta muy útil. La estoy estudiando atentamente para saber hacia dónde debo ir dirigiendo mis señales de solicitud de rescate, que envío al espacio exterior mediante un emisor casero que me he montado con unos canutos vacíos de Pringles y una palangana agujereada.

Hace un par de noches me desperté alertado por el jaleo de la jauría, y al escuchar un extraño ulular sobre mi ventana, creí esperanzado que ya estaban aquí, que por fin habían escuchado mi S.O.S. Y ya me dirigía ilusionado a por mi petate de emergencia cuando descubrí que se trataba de una simple lechuza.

Aquí tierra a Micropénida, aquí tierra a Micropénida, ¿me reciben?...

jueves, diciembre 10, 2009

7 metros

Nuestro queridísimo amigo Óscar (a.k.a. El Ángel Ario, nuestro enviado especial al sentido común), anda ahora mismo aportando su humilde granito de arena a www.sevenmeters.net

Esta web es obra de un colectivo artístico danés que, como ya hicieran en los pasados juegos olímpicos de Pekín contra la falta de libertades en China, realiza distintas actividades (todas ellas pacíficas y artísticas) para atraer la atención de la opinión pública sobre los problemas que nos acucian. En esta ocasión, aprovecharán la cumbre climática de Copenague, para alertar de las inminentes consecuencias del cambio climático. De hecho, el nombre de esta acción (7 metros) hace referencia a la altura que ganará el nivel del mar, una vez que hayamos terminado de derretir en el microondas Groenlandia.

Los no angloparlantes pueden buscar en alguna pestaña las excelentes traduciones de los textos al castellano que ha realizado nuestro amigo.

miércoles, diciembre 02, 2009

Cancerbero

Ya he comentado aquí que vivo perdido en el monte, más o menos por donde Cristo dio las tres voces. El otro día escuché desde el interior de la casa disparos demasiado cercanos. Mi pareja llamó a la nemetérica y le informaron que disparar aquí es perfectamente legal porque nuestra casa, como algunas otras, está construida en medio de un coto público de caza (?!).

Intranquiliza bastante saber que silban perdigones cortando el mismo aire que respiras. Y más teniendo animales despendolados por la parcela.

Así que, como quiera que hace unas semanas leí en la panadería (única actividad comercial del pueblo) un edicto informando de la obligatoriedad de inscribir a los animales de compañía en un censo municipal, decidimos cumplirlo por si sufríamos algún accidente cinegético poder tenerlo todo en regla para poder demandar a quien corresponda.

En un principio parecía todo muy fácil: rellenar una solicitud por cada animal, acompañada de fotocopia de la cartilla sanitaria en regla, con su microchip, vacunas y toda la mandanga. Y así se hizo, pero mira tú por donde, nuestro último rescate, Katy, resulta que por el tamaño de su raza (Mastín español, considerado perro gigante; de hecho tiene apenas 5 meses y ya es una mostrenca) se considera por su corpulencia y potencia de mandíbula como raza potencialmente peligrosa.

Y bien, entonces ¿qué? Pues nada, que estos son los requisitos para inscribir a tu perra como potencialmente peligrosa:

- Presentar un certificado de antecedentes penales.

- Hacer una declaración jurada ante el secretario del ayuntamiento de que no se ha tenido anteriormente problemas con tus animales de compañía, ni tienes causas pendientes al respecto.

- Hacerte un test psicotécnico que acredite que estás capacitado para tener esta clase de animales.

- Contratar un seguro de responsabilidad civil para el animal por una cobertura mínima de 120.000 euros.

- Presentar un croquis detallando las características de la finca donde estará confinado el animal, e informando si tiene posibilidad de acceder o escapar para entrar en contacto con fincas colindantes o la vía pública.

Y tres o cuatro exigencias más, que no resultan tan llamativas como las anteriores pero que te hacen pensar si realmente estás inscribiendo en un censo a una perrita cariñosa o es que vas a hospedar en tu parcela al mismísimo Hannibal Lecter.

Mira que uno se ha reformado y trata de hacer las cosas bien, por lo legal y tal, pero es que al final te quitan las ganas con tanta tontería.

Cuánto daño han hecho los noticiarios de verano con sus campañas de perros asesinos. Porque yo puedo entender que hay mucho flipado con razas peleonas que, intencionadamente adiestradas para el mal, pueden resultar muy peligrosas; pero es que las leyes simplifican los casos y excepciones recurriendo siempre al mínimo común denominador, arrasando por lo bajo y haciendo que paguen de antemano justos por pecadores.

Pues esta vez va a ser que no...

lunes, noviembre 30, 2009

Correos y telégrafos

El viernes fui a la oficina de Correos y, en apenas unos minutos, presencié dos tensos enfrentamientos interpersonales. Vale que yo me lo busco un poco, porque me ha dado por ir a una oficina en la que confluye un vecindario bastante conflictivo, simplemente porque se puede aparcar relativamente cerca.

Creo que no hace falta desplegar un gran dominio de la ingeniería social para incorporarse a una cola: uno llega y, si la gente está colocada físicamente en fila india, pues se coloca mansamente el último, y punto. Si las características arquitectónicas de la sala de espera no facilitan la fila y la gente está dispersa, pues preguntas quién es el/la último/a y le pides la vez. Sencillo, ¿no? Pues no, allí no. Allí se montan unas turbamultas impacientes desde primera hora (esa es otra de las desventajas, que, vayas cuando vayas, siempre hay mucha gente, y muy hostil; por lo que no me explico muy bien mi preferencia por esa oficina).

El primer combate se celebró cuando un señor mayor, en madrugador estado de borrachez, llegó y, sin hacer cola, se dirigió directamente hacia la ventanilla ignorando a la concurrencia. Le afearon la conducta haciéndole ver que tenía que hacer cola como todos, y su argumento ad hóminem fue: “Me suda los cojones”. Así las cosas, un muchacho abandonó la fila para encararlo, lo zarandeó, lo abroncó en horrísonos neologismos y mucha germanía, le arrebató de la mano el D.N.I. y se lo arrojó a la calle, y después lo lanzó a él como un pelele. Me impactó la metáfora: primero arrojar la identidad y después su encarnación. Y tras el tifón, el silencio; nadie comentó nada, cada cual se volvió a reconcentrar en su cascarón para poder recapitular mentalmente sus intendencias y miserias, y aquí paz y después gloria. Bueno, más bien guerra y después ruina, pero en fin.

El siguiente combate fue a tres bandas, entre uno de los funcionarios, un jubilado y un muchacho magrebí. Me atrevo a suponer que no habrán podido evitar el prejuicio de asignar a cada personaje su papel en la trama, pero ya les adelanto que se equivocan. La cuestión es que también se enzarzaron, esta vez sin llegar a las manos, en agrias descalificaciones y lugares comunes arrojadizos.

Y yo me preguntaba: ¿qué nos está pasando que ya no somos capaces de compartir media hora de cola sin acabar enzarzados?

El contrapunto fue que la funcionaria que me atendió me proporcionó una de las asistencias burocráticas más satisfactorias que recuerdo. Iba con algunas dudas sobre mis envíos (es que no puedo hacer nada normal, como Diablo manda) y quedaron más que resueltas. Y eso que acabé dejándole un euro a deber.

Ah, y descubrí sorprendido que aún hay gente que envía telegramas…

viernes, noviembre 27, 2009

Desinfórmame

Me comentaba hace tiempo mi muy querido primo Jesús (una de las personas más inteligentes que conozco, con quien resulta un adictivo placer conversar) que vivimos inmersos en la sociedad de la sobreinformación: al público se le satura de datos y no se le da (o él no se permite) tregua para reflexionar sobre lo que acaba de escuchar, ver o leer. Después de las atrocidades del noticiario, se le pasan los deportes, luego la actualidad rosa, o una telenovela, luego la película, el concurso, el late-show y así hasta la desconexión.

Mi problema es justo el contrario: puedo estar dándole vueltas durante horas a cualquier gilipollez vista u oída en algún desinformativo. Por eso prefiero no frecuentarlos, porque luego le pongo la cabeza como un moái a mi pareja: “¿Has oído eso? Pero, ¿cómo es posible, bla, bla, bla…?”, y así le puedo dar cincuenta vueltas al asunto hasta que lo dejo por imposible.

Anoche, mientras trataba de no prestar demasiada atención al busto parlanchín que contaba la versión de la actualidad interesada para su lobby de ventrílocuos, no pude evitar que me alcanzara las entendederas el siguiente sinsentido: por lo visto tras la celebración de la cena de acción de gracias, a la mañana siguiente (o sea hoy) empiezan en todos los Estados Unidos de América unas rebajas muy esperadas; pero este año las autoridades tratarán de evitar estampidas como la que le costó la vida a una persona el pasado año.

Muerte por rebajas. Bonito leitmotiv para llevarse a la cama, tras atascarse la velada en el sentido común.

martes, noviembre 24, 2009

Paseo estático

Este fin de semana me he visto en la obligación de crear una nueva modalidad deportiva: el paseo estático.

A semejanza del spinning, que se ejecuta sobre bicicletas estáticas, el innovador paseo estático, se parece bastante a su predecesor, el paseo clásico o ambulante, sólo que aquél se practica sentado, sin el engorro de tener que desplazar alternativamente las piernas, a poder ser en una terraza al aire libre (porque yo siempre he preferido los deportes outdoor), con una cerveza helada entre las manos, y la proximidad de algún avituallamiento hipercalórico (preferiblemente olivas y patatatíviris).

Como quiera que este invento tuvo lugar como casi todos los descubrimientos científicos, es decir, en defensa propia, mi pareja en un principio se mostró reticente a la práctica de la nueva modalidad, pero pude convencerla pronto de sus bondades y mejoras técnicas. Aunque, aturdida, no tardó en descubrir que el estatismo favorece la proliferación de esas majaderías que, esporádicamente y entre resuellos, le soltaba durante nuestras caducas paseatas itinerantes.

miércoles, noviembre 18, 2009

Camps se pelea con un ciudadano: "No, no, ven y cuéntamelo"

Bulimia intelectual

Escribo esto mientras hago tiempo esperando a mi profesor de alemán. Es un señor mayor, suizo, vecino de la zona, que por un muy módico precio (no es profesional de la enseñanza) se desplaza a domicilios de estas urbanizaciones a enseñar particularmente español a los extranjeros, o cualquiera de las otras seis lenguas que domina a la perfección a los aborígenes.

A mí me ayuda con la lengua de Goethe y Rammstein. Viene un par de veces al mes y me obliga a repasar lo poco que aprendí en su día y me da conversación.

Todo empezó por una más de esas carambolas que conforman mi devenir. Resulta que muy poca gente sabe que probablemente en su nómina le retengan todos los meses un pequeño porcentaje en concepto de “Formación”. Una formación que la empresa se supone que ofrece al trabajador, para reciclar sus conocimientos o incrementarlos, pero no suele ser así.

De algún modo, Cripema y yo descubrimos esto y se lo exigimos a nuestra empresa; y ésta, aunque a regañadientes, no tuvo más remedio que brindarnos un listado de cursos de formación. No me convencía mucho ninguno, pero, con tal de hacer el gasto, encontré uno que podía estar bien: alemán para principiantes.

La verdad es que siempre me ha atraído ese idioma y sigo convencido de que su enrevesamiento propicia unas estructuras de pensamiento insólitas; lo que explicaría el porqué la inmensa mayoría de grandes músicos, filósofos y científicos provengan de esa zona idiomática tan concreta. Ahora, que para hacer chistes parece que no funciona la cosa, porque no se me ocurre así, de pronto, ningún humorista germano insigne.

La cuestión es que me apunté al cursillo y me encantó. Y debido a mi incorregible bulimia intelectual hice lo de siempre cuando me da con ganas por algo: pegarme un atracón desaforado de conocimientos lingüísticos que, así, tan a lo bruto y con un estómago tan pequeño, acabaron sentándome fatal, cortándome la digestión mental, y terminaron todos en el retrete del olvido.

Así pues, tras vivir todo lo largo y ancho del curso, medio obsesionado y bulímico de alemán, llegó la pausa veraniega, y con ella la indigestión del atracón y las arcadas vomipurgantes.

Resultado: que cuando reemprendí las clases con este caballero (fue una enorme suerte encontrarlo, porque al no seguir en mi puesto de trabajo ya no me podía permitir seguir con el curso original pagándolo de mi bolsillo) descubrí que lo había vomitado casi todo durante el estío; salvo, curiosamente, una frase que quizás mi cerebro consideró que convenía conservar por si resultaba útil en un futuro: “Ok, aber morgen zahle ich” (Vale, pero mañana pago yo).

Auf wiedersehen!

lunes, noviembre 16, 2009

Metaresaca

o Jet lag hepático, como prefieras llamarlo. Así me he levantado todavía hoy lunes. La juerga: el sábado. El motivo: celebrar cumpleaños de nuestra queridísima Aprilia. El arma: destilados etílicos varios (bueno tres: cerveza, pacharán y gin-tonic). La causa: maquinaria incompleta.

Y es que se me olvida muy fácilmente que ya no tengo vesícula (ni 20 años) y que en cuanto tonteo un poco me descompongo. Y eso que estuve muy comedido para mis estándares, pero ni por ésas.

Ya se me olvidó aquella conversación con el cirujano tras colecistectomizarme:

- Cirujano: Moderación con la comida y el alcohol ni olerlo. A lo sumo un par de cañas o una copa de vino.

- Micropene: Y si un día...

- C.: No puedes.

- M.: Bueno, digamos que se me olvida que no puedo...

- C.: Pues te dará un cólico.

Y me ha dado. Un cólico alcohólico.

Me vuelvo al baño.

jueves, noviembre 12, 2009

Va a ser eso

Leyendo un libro sobre cómo funciona el cerebro humano, descubro horrorizado que nuestro órgano acorazado dedica una inmensa parte de su funcionamiento a la intendencia interna, en entendérselas con el resto del cuerpo: tú, respira; tú, circula; tú, metaboliza.

Si tengo en cuenta que de la energía sobrante que pone a mi disposición, una vez aclarada la logística endógena, otra inmensa mayoría se me pierde en intendencia externa: vestirme, poner el lavavajillas, ir al cajero automático, lavarme los dientes… ¿qué me queda para trances analíticos y pajas mentales? Pues , un chorrillo exiguo de sinapsis residuales, que apenas dan para rellenar esta cuartilla.

No quiero irme sin enviar sendos mensajes a dos artistas a quienes, por lo visto y oído, sus cerebros sí les permiten disfrutar de suficiente caudal de creatividad, tras el dispendio mental en el mayordomear fisiológico:

Jesús Lara: quien este pasado sábado presentó a lo grande su tercer disco, Serie media. Una delicia de álbum que no me canso de escuchar. Ahora Gilito, apiadándose de mi negligencia operativa (a mí no me culpes, es por el embargo neuronal) se debería enrollar y poner aquí un enlace a la página donde se puede adquirir el disco y conocer más detalles sobre este enorme artista alcoyano. Gracias, compadre. Y muchas gracias, Jesús, por el inmerecido agradecimiento en los créditos (me quedé alucinado al leerme, junto a mis camaradas Cripema y Gilito, en cuyos casos sí está justificada su presencia).

Ángel: aunque con retraso, por fin hoy me ha llegado el enlace a tu página de fotografía. Es ésta: www.fotografiadecallejon.com Me ha encantado tu obra, y ahora ya te puedo seguir la pista. A ver si Gilito se tira el rollo, él que también va sobrado de caudal cognitivo, y te enlaza por aquí de algún modo; que para mí todo eso son hechicerías.

viernes, noviembre 06, 2009

Això ho pague jo !!! PoT de PLoM TV


Fuente: PoT de PLoM Tv

Murphy & Company

Mi querido amigo Pobre Diablo me regaló hace tiempo un calendario tematizado de la Ley de Murphy. Fue un regalo muy acertado para un penas como yo y, aunque hace ya tiempo que el almanaque quedó caduco, lo mantengo por encima del escritorio para usar como taco de notas. Así que cada vez que voy a apuntar un teléfono o una receta me encuentro con alguna de esas divertidas leyes catastrofistas (hay una coronando cada día del año).

Antes de apuntar aquí algunas de las que me parecen más graciosas (o veraces), recordemos la Ley del ínclito Murphy: Si algo puede ir mal, irá mal.

Y este es el Comentario de Nagler sobre la Ley de Murphy: La ley de Murphy no fue postulada por Murphy, sino por alguien del mismo nombre.

Teorema de Ginsberg: 1.- No se puede ganar. 2.- No se puede empatar. 3.- Ni siquiera se puede dejar el juego.

Observación de Etorre: La otra cola es más rápida.

Ley de Osborn: Las variables no varían, pero las constantes, sí.

Ley de Sandiland: El tiempo libre imprevisto se malgastara inevitablemente.

Ley de O’Brien: Nunca se hace nada por los motivos adecuados.

Ley de Young: Todos los grandes descubrimientos se hacen por error.
Y su Corolario: Cuanto mayor es la subvención, más tiempo se tarda en cometer el error.

Ley de Fett del laboratorio: No repitas nunca un experimento que haya salido bien.

Ley de la fiabilidad: Errar es humano, pero para confundirlo todo se necesita un ordenador.

Ley de vida: En cuanto te pongas a hacer lo que siempre has querido, te apetecerá hacer otra cosa.

Sermón de Hampton: El problema de hacer algo bien a la primera es que nadie se dará cuenta de lo difícil que era.

Axioma de Ameringer: La política es el arte sutil de obtener votos de los pobres y recaudar fondos de los ricos para la campaña electoral, con la promesa de proteger a cada uno de ellos de las presiones de los otros.

Ley de Evan: Una vez que renuncias a la integridad, el resto es fácil.

Apéndice de Einstein a la ley de Parkinson: Un proyecto de trabajo se expande hasta llenar todo el espacio disponible.

Ley de Gannon de la relatividad: Los nietos crecen más rápido que los hijos.

Ley de Capp: Lo máximo que puedes hacer para recuperar la juventud es repetir las locuras.

Ley de Strano: Cuando falle todo lo demás, prueba con la sugerencia del jefe.

Axioma de Wingfield: La precisión es la suma total de tus errores compensatorios.

Regla de Brown: Una de las claves de la felicidad es la mala memoria.

Cometario de Bette Davis acerca de la edad: La tercera edad no es para maricas.

Ley de Connor: Sólo hay una primera vez.

Principio de Porter: Si un trabajo no sale mal, entonces: 1.- habrá que deshacerlo; 2.- habrá que rehacerlo; ó 3.- no era el trabajo que había que hacer.

Ley de Gluck: Mires hacia donde mires al entrar en un ascensor, los botones siempre estarán a tu espalda.

Segunda Ley de Connor: Si algo es confidencial, alguien se lo dejará en la fotocopiadora.

Ley de Kranske: Guárdate del día en que no tengas nada que lamentar.

Observación de Hayden: El trabajo duro compensa a largo plazo; la pereza compensa ahora.

Manual de arte de Schmidt: La escultura es aquello con que tropiezas cuando te vuelves para mirar un cuadro. [Ésta me hace especial gracia porque me pasó exactamente eso esta misma semana en una exposición].

Ley de Cameron: Si no haces nada, no te puedes equivocar.

Ley de la herencia de Erma Bombeck: La locura es hereditaria; se hereda de los hijos.

Ley de Sloan: Los cambios de los nuevos modelos deben ser suficientemente atractivos como para producir descontento con los modelos pasados.

Regla de Robbins: Una de las razones por las que los ordenadores realizan más tareas que los humanos es que no paran para contestar al teléfono.

Regla de Burke: La edad es algo que no importa, salvo si eres un queso.

Y lo dejo aquí, que ya vale, aunque quedan cientos más. Si acaso más adelante ya pongo alguna otra. Y, por cierto, ya que he fusilado todo esto por la cara, qué menos que citar la fuente: Granica. Su web es www.granica.es aunque ya digo que esto tiene un lustro de antigüedad, así que lo mismo ni existen ya, porque desconozco la incidencia de la crisis económica en el sector editorial de los calendarios tematizados.

sábado, octubre 31, 2009

Sistema métrico alcoyano

En el mercado, en las recetas y en muchos otros aspectos de la vida cotidiana hay una serie de micromedidas características en esta aldea gala que es Alcoy que me hacen mucha gracia:

Miqueta: menos que una "mica"; un poquito, algo así como una cucharilla de postre.

Miquiua: un poquito menos; por ejemplo una cucharilla de café. Creo que existe el concepto "miquirritiua" pero ya es para cálculo infinitesimal.

Raiet: un chorrito, una rayita. Ej: un raiet d'oli.

Grapat: un puñado. Ej: un grapat de fabes

Pesic: un pellizco. Ej: un pesic de sal.

Punteta: un trozo, pero siempre de pan. Ej: una punteta de pa

Sabeis más?

jueves, octubre 29, 2009

Mamá, quiero ser artista

Dado que hoy me he levantado con la autoestima en unos niveles desacostumbradamente aceptables, he desayunado ego frito y ahora no me duelen prendas (bueno sí, la goma de los calcetines me aprieta un poco) en soñar que algún día acabaré convirtiéndome en un escritor superventas. El nuevo Larsson (por cierto, si algún lector de best sellers es tan amable de aclararme el siguiente misterio: ¿cómo es posible que se haya colado en la lista de más vendidos un título de otra escritora apellidada Larsson, que no tiene nada que ver -aparte del apellido- con el que firma la saga Millenium? ¿Acaso el saber que éste murió prematuramente sin dejar más obra conclusa ha empujado a sus desesperados fans a consumir los libros de su “prima”, o es que la gente compra este tipo de libros al tuntún, y no se dan ni cuenta que se han equivocado de Larsson? “Oye, que el libro de Larsson muy bien y tal, pero no sale ninguna chica que sueña con gasolina”).

Este arranque de autosuficiencia wagneriana me viene propulsado porque hace poco terminé mi segundo libro, y ahora estoy inmerso ya en la redacción del tercero. Me gustaría poder decir que me hallo en una etapa fructífera, pero más bien se trata de que los cago como churros.

Dicho lo cual, el experimento de hoy es el siguiente: dado que la gente gusta mucho de decir: “¿Estopa? Si a esos los vi yo actuar cuando eran unos pipiolos que no los conocía ni Dios…”; o: “¿Amenábar? A ese le dejé yo el tomavistas para que rodara sus primeras chorradas, que no tenía ni puta idea de cine ni nada, y yo le tenía que explicar lo que era un contrapicado…”. Pues para que vosotros, los pocos elegidos que aún os dignáis a leer este bodrio, podáis decir orgullosos de este inminente nuevo Dan Brown: “¿Micropene? Pero si a ese desgraciado ya lo leía yo cuando no lo conocía ni su puta madre, que no escribía más que gilipolleces en el blog…” (valeee, tampoco os cebéis); voy a legaros a continuación un microrrelato (jijiji, microrrelato de Micropene en un microchip), para que os lo imprimáis y si algún día me hago famoso, podéis vendérselo a cualquier publicación seria (el Pronto, Burda, La Farola,…) como un inédito, como una obrita corta inencontrable y de incalculable valor literario. Inencontrable porque tan pronto me saquen en la portada del Babelia lo daremos de baja aquí en la red, y pasará a convertirse en pura memorabilia; y de incalculable valor porque lo digo yo.

Aquí va, se titula HOSTIA y cualquier parecido con eventos recientes reales es pura coincidencia:

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Durante las exequias, el sacerdote no pudo evitar fijarse que la familia del difunto no secundaba la liturgia del rito cristiano. No coreaban los himnos, siquiera murmullando entre dientes compungidos, y ninguno se acercó a comulgar. Sin embargo allí estaban, en templo ajeno celebrando respetuosamente las honras fúnebres por su difunto marido y padre.

Una vez finalizada la misa, ya colgado el hábito y vestido de paisano, decidió colocarse al final de la cola de villanos que desfilaba ante la familia repitiendo la letanía del pésame. Llegado su turno, fingió acompañar en el sentimiento a toda la familia y se detuvo ante uno de los hijos, aquel que durante la ceremonia le pareció desde el altar que se mostraba más incómodo, y quien incluso le había dirigido miradas de patente hostilidad en algunos pasajes concretos.

Lo recibió con un nuevo pugilato de miradas, pero el sacerdote no se arredró y decidió seguir adelante con su intención de dirigirle unas palabras. No en vano había aprendido a superar dificultades en aquel pueblo, Villapenosa. En una aldea tan cerril había logrado hacerse respetar por los beatos, a pesar de su raza. Acabó haciéndoles entender que no era la oveja negra, sino su pastor.

Tras el frío apretón de manos y la consabida fórmula compasiva, le dijo con un cerrado acento de regustos coloniales:

- He observado que la familia no seguía las oraciones.

- Estamos aquí únicamente por no contravenir las creencias ultramundanas del difunto.

- Sé que resulta duro entenderlo, pero…

- Escúchame bien, curita. Hemos tenido mucho, pero que muchísimo tiempo para entenderlo todo perfectamente. Y si de verdad crees que, tras seis largos años viendo a nuestro padre, tan creyente él, padecer los insufribles designios de tu dios compasivo, vas poder engatusarnos con unos minutos de cháchara huera, es que sobreestimas demasiado el poder de la palabra de tu dios, o tus artes para difundirla.

Por Micropene Larsson (a ver si así suena la flauta)

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Hala, dadle al print, y así en la próxima feria del libro, cuando vengáis a mi caseta a que os firme mis superventas, los que presenten este texto impreso estarán invitados a una comilona y posterior tertulia en el café Pombo, o cualquier otro bar de artistas.

Y mejor lo dejo aquí, que ya noto cómo se me va desinflando el globo del autoengaño, y como me dé por leer lo que he ido pulsando por ahí arriba...

miércoles, octubre 28, 2009

El señor de las moscas

A ver si viene el señor de las moscas y le decimos que esta semana no nos deje más, que aún no nos hemos acabado las de la semana pasada.

Dios mío, cómo puedo odiar tanto a una criatura tan insignificante.

Según el Trivial las moscas domésticas sólo viven 24 horas, por lo que aún debería estarles agradecido por haber decidido pasarlas a mi lado. Porque mira que aprecian mi compañía. Quizás sea por la mierdina, una hormona exclusiva que segrega mi alma a través de mi piel.

Qué mal lo pasé de niño con la película aquella que nos puso Chicho [Don Narciso Ibáñez Serrador para los menos puretas] del tipo aquel que entrecruzaba su ADN con el de una mosca que se le coló en el experimento. Madre mía, Brundle-Mosca, lo que nos faltaba, un moscón de proporciones humanas dando la murga por casa. Con ése no valdrían los matamoscas del chino (por cierto, la mejor inversión en cuanto a relación calidad-precio que he hecho en muchos años. Por 60 centauros tienes una paleta de plástico con la que exterminar toda clase de insectos. Y funciona).

Me voy a comer cuscús. (?!).

martes, octubre 27, 2009

Natural Porn killer

Ahora vivo sumido en naturaleza abrupta. Y me encanta. Miro ese paisaje de montañas, y ese cielo que es más que nunca el PhotoShop de Dios (el Tío no ha repetido composición desde que le espío desde más cerca), y me sobrecojo.

Pero con la Naturaleza me pasa un poco como con el porno. Me gusta mirar y tal, y disfruto mucho con lo que veo, incluso puede uno pasarse horas extasiado en la contemplación sicalíptica de eso que Schopenhauer calificaría como imitación mediada por conceptos; pero siempre queda ese regusto de mirón que ve los cuernos desde la barrera. Esa satisfacción incompleta de saber que por más que las mires, nunca podrás abrazar esas montañas, ni hacer tuyos esos valles y gargantas.

Quizás se me haya impermeabilizado el alma con los años, pero por más que intento empaparme de la magnificencia del paisaje, reconociendo la buena mano del escaparatista, no deja de interponerse en el disfrute esa sensación de visión inasequible por inaprensible.

Buf, menudo tostón. Mejor me vuelvo a la cama a incubar mis penas.

miércoles, octubre 21, 2009

Te acompaño en el Mentimiento

Micropene Senior ya descansa.

Por no contravenir sus creencias atávicas, las exequias se realizaron conforme al rito cristiano; aunque por momentos recordara una ceremonia vudú, dado el pintoresco sacerdote que ofició las honras fúnebres.

Para hacerlo más grotesco, todo esto tenía lugar en una iglesia de un pueblo, el suyo (y mío), digámoslo así: chapado a la antigua.

Y llegó el momento de que la familia reciba el pésame (o "me pesa", expresión que únicamente estaría justificada para los cuatro hermanos que portamos sobre nuestros hombros el ataúd hasta el sepulcro). Allí todos en fila y medio pueblo pasando por delante, repitiendo monocordemente: "Te acompaño en el sentimiento". Y tú: "Gracias, gracias".

Hasta ahí bien, si no fuera porque se produjeron dos momentos especialmente emotivos en los que dos personas que no habían llegado a tiempo al tanatorio (tema aparte que daría para tres posts más) se fundieron en un sentido abrazo con mi madre, y fueron reprendidos desde atrás por formar un ligero atasco en la cola de plañideras. "Venga, venga", les dijeron, porque supongo había prisa por volver al trabajo, o a sus cosas de vivos.

Es decir, dos personas que realmente acompañaron a mi madre en el sentimiento, que se derritieron literalmente en un abrazo difícil de olvidar para cualquiera con sensibilidad, demostrando que al menos en ese preciso instante sí sentían su mismo, o parecido, dolor; fueron reprendidas por retrasar unos segundos la fila que debía continuar con su letanía de autómatas compasivos.

"Te acompaño en el Mentimiento".

P.S.: Descansa en paz, capitán. Procuraré padrear todo lo posible en tu honor.

sábado, octubre 17, 2009

BOLSA = CACA (ó - BOLSAS = + CAJA)

Vale, bien, si yo no digo que no. Que cualquier iniciativa que le dé un respiro al exánime medio ambiente de este planeta siempre será bienvenida. Pero la vil maniobra de Carrefour de tratar de disfrazar una de sus estratagemas empresariales para seguir obteniendo los mismos resultados en tiempos de crisis, como si les hubiera dado de repente un avenate ecologista, insulta mi magra inteligencia.

Quieren convencernos, y están invirtiendo unos cuantos millones en ello, de que eso de ahorrarse Dios sabe cuántos millones de euros en escatimarnos las bolsas, realmente es por nuestro bien, que ellos ahora están súperconcienciados y que a ver si nos entra ya, de una puta vez, en la cabeza que Bolsa = Caca. Que mira que somos cabezotas. Ellos, que llevan décadas plastificando los campos y océanos con su espantoso símbolo (esa especie de flor de lis enfarlopada), desoyendo las quejas de organizaciones ecologistas y pasándose por el forro cualquier advertencia bientincionada, resulta que una mañana tuvieron un sueño (como el Martín Lutero negro), y ahora son los paladines de la conciencia ecológica y del buen hacer y del respeto con los animalitos del bosque. Vamos ya, cómeme la bolsa.

Porque, por supuesto, y esto no cabe dudarlo de un holding empresarial que lo primero que tiene en mente es el bien del planeta y no su cuenta de beneficios, todo este rollo no tiene nada que ver con la crisis que los asedia; no. Sólo un mal pensado llegaría a imaginar que, debido al descenso de las ventas, la compañía puso a todos sus ejecutivos a estrujarse las meninges para ver por dónde podían recortar gastos para seguir ganando lo mismo (o más) que cuando pastaban las vacas rollizas. Y que algún lumbreras decidió ahorrar no dándonos bolsas para transportar la compra. No y no y mil veces no, sólo una mente febril y enfermiza querría ver algo así tras una sincera conversión a la fe en la madre Gaia.

Pero como no son tontos, y saben que ese tipo de medidas, por mucho que respondan a una franca evolución espiritual, son muy, pero que muy impopulares entre el vulgo, no han tenido más remedio que extender el mensaje y convertir a su causa a todos los clientes mediante una artera campaña de concienciación social (no confundir con publicidad; en todo caso con propaganda). Bolsa = Caca. Menos Bolsas = Más Caja. La fórmula es sencilla, pero mejor obviamos la segunda parte para que no se nos malinterprete.

Pues yo me cago en ellos y sus triquiñuelas, porque si de verdad los moviera una verdadera conciencia medioambiental regalarían las bolsas biodegradables que están facturando a 5 céntimos la unidad. (En este caso la fórmula vuelve a ser + Bolsas = + Caja). Porque resulta que las nuevas bolsas, en vez de tres mil millones de años, o la cantidad que sea con la que tratan de abrumarnos, contamina menos. Porque es bien sabido que nadie recicla las bolsas, ni en contenedores al uso, ni para usarlas como bolsa de basura; todos vamos corriendo a anudarlas en las ramas de un árbol o a asfixiar con ellas a los peces.

Antes de que me echéis los perros diré que ya sé que no es cosa exclusiva de esta cadena, que hay alguna normativa europea en camino y ellos se han limitado a tirarse de cabeza a aplicarla, arriesgando mucho en la intentona. Y sé que lo de las bolsas es un auténtico descontrol, que no todo el mundo recicla y que algo había que hacer al respecto. Todo eso no se me escapa. Pero me quejo de la pátina de buenrrollo que le han querido dar a la jugada. Apesta. Y no cuela. Hace mucho tiempo ya despotriqué aquí contra las campañas de la firma Dove, por lo mismo. Porque no hay que ser muy listo para verles el plumero a la legua. No hay que perder nunca de vista que este tipo de organizaciones, por obtener nuestro dinero venderían a su madre si la tuvieran (en un bolsa de rafia, claro, para no contaminar).

Hoy mismo he estado allí (probablemente por última vez, porque me han tocado mucho los huevos), y cuando mi pareja ha llegado a la cola de la caja me ha encontrado allí descojonado de la risa; cosa -por desgracia- poco habitual en mí últimamente. Se ha sorprendido de verme realmente encanado, y todo porque resulta que cuando me he puesto en la cola me he fijado que a las y los cajeras/os les han cambiado el uniforme de azafata y los han disfrazado de OeNeGeros militantes. Les han encasquetado unas camisetas astrosas (¿también de rafia?), con el eslogan: “Échame una mano con el medio ambiente” o algo así. Sólo les faltaba haber añadido”colega”, para hacerlo más campechano. Por supuesto las letras estaban serigrafiadas en tinta ecológica y en color verde, que para eso ya somos verdes. ¿Pero se creen que somos gilipollas o qué? Bolsa = Caca, Bolsa = Pedo, Bolsa = Pis.

Pues ya que éstos están tan desesperados por ahorrar euros como sea, les voy a dar una idea de mi cosecha:

Para reducir considerablemente gastos de personal, en lugar de tener cajeras por un lado y guardias jurados por otro, que pongan directamente cajeros-jurados. Que coloquen un batallón de prosegures a cobrar en las cajas, y si surge algún follón pues ya salen a repartir mamporros. Mira si te puedes ahorrar puestos de trabajo y sueldos, que con eso compensas de sobra la pérdida en inevitables hurtos. Y si algún indeseable, todavía no concienciado, se presenta en la caja trayéndose de casa las viejas bolsas de toda la vida, ésas tan odiosas que ahora resultan intolerablemente nocivas, pues los mismos cajeros-jurados lo majan a porrazos hasta que se conciencie bien, y todo arreglado.

Venga, esta idea os la regalo, que sé que vais un poco tiesos. De nada.

jueves, octubre 15, 2009

Vía crucis

Por lo visto no se nos piensa ahorrar ninguna estación del calvario. En fin...

Cuando termine todo este horror, pienso exiliarme una buena temporada en la Antitierra que imaginaron los pitagóricos.

domingo, octubre 11, 2009

El pocero

Así me tendrían que apodar a mí también, Micropene el Pocero, o el Micropocero, o algo así. Porque últimamente tengo que descender mucho al pozo para encontrar mi gozo.

jueves, octubre 08, 2009

Bullying

Seño, Seño, que mi destino me está haciendo Bullying. Me putea y humilla sin razón aparente. Intento denunciarlo al director pero nadie responde cuando llamo a su puerta. Nunca. Por lo que estoy empezando a pensar que quizás no exista ese director, que tal vez es una mentira inventada por el ministerio que se encarga de estas cosas, para confortarnos, para conformarnos.

martes, septiembre 29, 2009

Gota fría

Hoy me he levantado tontorrón, como el tiempo. La verdad es que no atravieso un buen momento, así que permitid que me desahogue un poco aquí. Que os abreaccione encima.

Micropene Senior apura sus últimas horas entre nosotros y está resultando un trago duro, largo y penoso. Aunque, por espantoso que resulte, casi es preferible así que una muerte no anunciada. Un colapso fulminante que te impida decir esta boca es mía, atar cabos y saldar cuentas. No poder despedirte y decir esas cosas que, por parecernos tan obvias, nos ahorramos generalmente, dando por sentado que habrá ocasiones mejores para expresarlas. Y que nosotros estaremos ahí para poder hacerlo.

Pero si ya resulta escalofriante conversar con una persona que está más allende que aquende, y que encima lo sabe, pues mientras todo se le rinde, el órgano acorazado le funciona óptimamente (salvo la inevitable zarabanda puntual producto del cóctel de opiáceos y demás naturaleza procesada); si encima es alguien a quien quieres y admiras tanto, como es un padre, la experiencia resulta abominable.

Las personas con sensibilidad para apreciar lo bueno y bello de la vida, sufren el regalo envenenado de tener esa misma facultad agudizada inversamente proporcional para lo malo y feo. Si te da un arrebato de síndrome de Stendhal al admirar una capilla florentina, espérate a pisar un cementerio o un campo de batalla…

Y así estamos, tropezando con mi ánimo a cada paso. Con el conflicto mental de desear su liberación, asumiendo lo que eso significa.

Joder, qué rara se ve la gota fría a través de las lágrimas.

Lo siento mucho.

jueves, septiembre 24, 2009

Si yo tuviera tetas...

... anda que iba a salir a la calle. Me quedaría todo el día en casa jugueteando con ellas.

¿Qué hombre no ha pronunciado esta frase alguna vez en su vida?

Pues he de deciros que ahora que he engordado mucho y me han salido tetitas (¿una 85?), lo he probado y no es para tanto.

miércoles, septiembre 23, 2009

LeatherFacebook

Hostias, tengo que actualizar mi bodycount*, y ver si Freddy y Jason me han dejado algo en el tablón.

*recuento de víctimas

martes, septiembre 22, 2009

El rey Mi[er]das

Según la mitología griega, el rey de Frigia, Midas, recibió el don divino de convertir en oro todo lo que tocara. Lo que puediera parecer el sueño de cualquier avaro, pronto se tornó pesadilla, y Midas pidió se le librara de dicho don, dado que no podía ni comer pues los alimentos se doraban al contacto. Se le concedió.

Según las leyendas urbanas, el rey Mi[er]das, es un muchacho de nuestro tiempo, rey de Frígidas, que convierte en excremento todo lo que toca. A veces, incluso, le basta con pensarlo, sin necesidad de tocar el nuevo objeto de su maldición.

Y el rey Mi[er]das, monarca de todos los frígidos, mira a lo alto del monte Olimpo (para los escaladores modernos un simple "tres mil") y pide ser librado de ese poder. Y se pregunta en griego arcaico: "Ja està bé, no?".

miércoles, septiembre 16, 2009

Mudanza: el infierno según Diógenes

En cuanto averigüe cuál de las cajas de este caos acartonado contiene el dichoso teclado, volveré a llantear por aquí y a protestar por todo.

Menos mal que el nuevo emplazamiento vale el esfuerzo. Hombre, no es el Baradello, pero vamos ganando altitud. Y, lo más importante, alejándonos de la ciudad y sus moradores.

Como no he conseguido hacer más sensatos a los hombres, he preferido ser feliz lejos de ellos. Voltaire

jueves, agosto 13, 2009

Ya está en casa


... de los De Asís, en el sanatorio de juguetes rotos, esta preciosidad que parece un peluche animado, y a la que es difícil resistirse de comer a besos.
Aunque algún desalmado no debía pensar lo mismo y decidió abandonarla a su suerte. Que ha acabado no siendo tan mala, porque ha venido a parar al dispensario de mimos peludos más entregado que imaginar se pueda.
Tiene 2 meses y ya pesa 10 kilitos, y según el Dr. Fons, cuando se desarrolle del todo puede alcanzar buenamente los 70 kilopondios.
Ay, nuestra añorada Lola, qué buenas migas hubiera hecho con su nueva hermanita. (Se te echa mucho de menos, preciosa. Siempre serás la favorita del Sultán. Espero que te traten igual de bien en el cielo de los perros).


martes, agosto 11, 2009

No te pintes tanto, que me das espanto

Nuestro querido Mr. Celofán lanzaba el guante en su comentario, de si tenemos alguna teoría sobre el porqué algunas mujeres acuden a la playa pintarrajeadas y emperifolladas como si tuvieran una cita con el mismísimo Neptuno.

Y esto me ha recordado a la mujer de un antiguo jefe mío, que un día se pasó por el trabajo a recoger no sé qué, y no se dignó a entrar porque venía de la playa y, según su consideración, iba “hecha unos zorros”. Conociendo lo pija que era, me asomé a la ventana y comprobé lo que me imaginaba: que lo que ella estimaba impresentable, a mí me pareció arreglada para un cóctel. Nada de chancletas y camiseta raída. Pareo y complementos conjuntados, dignos de Stacy Malibú.

Y para estos comportamientos excéntricos sí hay una explicación, que no una teoría, pues se trata más bien de la observación empírica de una perversión evolutiva del desarrollo antropológico de nuestra sociedad. Y es que parte del boato femenino más que artificios de belleza, lo son del estatus. Del poderío económico. Es decir, invierten una considerable carga de trabajo en demostrar (o sólo aparentar, según los casos) que no se trabaja. Que no se necesita trabajar para vivir.

Antiguamente, en los tiempos de María Antonieta (por poner un ejemplo de antepasada y promotora de estas actitudes), los nobles demostraban que eran ricos y que no necesitaban dar un palo al agua, exteriorizándolo con ornamentos aparatosos, que no dejaran ninguna duda de que de aquellas guisas no se podía efectuar esfuerzo alguno. Cuidadas pelucas, zapatones ortopédicos, fajas y refajos, capas y colas, caras empolvadas, perfumes, etc… lo que exhibían realmente era un poder económico que eximía a sus portadores de cualquier tarea física. Y todo este ornato era unisex. Ellos también se enmascaraban enarbolando la bandera de la molicie y el dolce far niente.

Con el advenimiento del capitalismo y el auge de la burguesía, los advenedizos tratan de imitar el modelo aristocrático, pero como ellos (los machos burgueses) sí tienen que currar, aunque sea dirigiendo su empresa o terratenienteando el latifundio, pues desplazan toda esa ostentación sobre sus mujeres, redoblando el esfuerzo plástico. Mientras ellos se visten más "ponibles" para desenvolverse en el mundo empresarial, ellas no sólo no tienen que trabajar sino que además tienen que dejar clarísima constancia de que no lo hacen (ya se sabe que la mujer del César…), porque ahora toda la responsabilidad de la apariencia recae sobre ellas. Así que el mensaje estético femenino se radicaliza llegando al estrambote.

Y qué forma más evidente de demostrar, sin que quepa duda alguna, que una no va a labrar los viñedos, ni al muelle a descargar té, que emponzoñándola con adminículos, apósitos y tramoyas que casi la imposibiliten incluso para la vida contemplativa.

Los mandarines se dejaban las uñas tan largas que casi les inutilizaban las manos, sólo por dejar constancia de que no realizaban trabajo manual alguno para ganarse el sustento. Y uno de mis hermanos, que ha viajado a China seis veces, me contaba que ahora lo que hacen los nuevos mandarines de esa ávida burguesía china es, por ejemplo, ir a pasear o comprar en pijama (no en chándal raro o equívoco, sino en pijama puro y duro y evidente), para dejar patente que en horas laborables (y ya se sabe lo laboriosa que es esta gente menuda), tú te puedes permitir estar en pijama como un Hugh Heffner amarillento.

Así pues, lo que cometen esas mujeres que van incluso a la playa con todo el despliegue cosmético, no es más que una reivindicación de su pertenencia (real o no) a la burguesía. Lo que convierte su gesto en más patético, si cabe.

martes, agosto 04, 2009

Abluciones

[RAE: ablución. 1. lavatorio ( acción de lavar). 2. Acción de purificarse por medio del agua, según ritos de algunas religiones].


Ahora, en plena chochez, le acabo de coger el gusto a eso de ir a la playa. Precisamente ahora, que no estoy para exhibiciones carnales, me ha dado por acudir, en cuanto tengo un rato, a remojarme como Fraga en Palomares.

Y todo porque un día, incidentalmente, me senté en una silla de playa y descubrí un nuevo mundo de placeres. Así que ahora acudo a la llamada del salitre cargado como un elefante maderero: toallas, sillas, nevera, cremas… Y de momento me resisto a la sombrilla, que todo llegará… Cómo será, que ya estoy tramando cambiar la silla por una tumbona.

Esto no es más que otra evidencia de que he pasado a la vida contemplativa. En lugar de llevar una colchoneta o una tabla de surf, para actuar sobre las olas, ahora me llevo elementos de confort para observar cómodamente a los que actúan.

Dado que soy un depredador de realidades (vamos, lo que toda la vida se ha llamado un cotilla), me aposto en mi atalaya portátil y, escudado tras las gafas de sol, escaneo el perímetro; para luego ponerle la cabeza como un bombo a mi pareja con mis elucubraciones y paparruchas derivadas de lo observado. En un grimoso alarde de autocomplacencia, le he llegado a afirmar que tras observar apenas unos minutos las evoluciones de las criaturas veraniegas en derredor, podría deducir cómo continúan sus jornadas desde que los perdemos de vista, equivocándome por muy poco. Ni las parabólicas que usa el SETI para encontrar vida extraterrestre podrían captar tal gama de matices en una simple bronca maternofilial o en el modo chulesco con que enciende su cigarrillo un Pepito Piscinas trasnochado.

Pero, dejándome de tonterías, sí que he empleado esas horas de guardia entrometida para entender y apreciar un bonito fenómeno: a las mujeres da gusto verlas así, en la orilla de una playa. No sólo porque vayan semidesnudas y bronceadas, sino porque van con la cara lavada por el mar y sin artificio ni engaños. Purificadas por el agua salada.

Porque qué son, sino engaños, los tacones (para falsear la altura y el contorno de la pierna), las medias (oscurecer el color de piel y, algunas, remodelar la forma), el maquillaje (enlucir y pintar), la peluquería (tintes y lacas, permanentes, alisados japoneses, extensiones y horquillas), los perfumes (encubridores de los efluvios biológicos), las fajas y wonderbrás, los esmaltes de uñas y las postizas, y toda esa gama de complementos que conforman el imaginario Cosmopolitan, puro falseamiento y disfraz de la naturaleza femenina que se muestra en todo su esplendor al borde del mar. Sin engañifas.

sábado, agosto 01, 2009

Sal gorda

Hay una cosa que llama mi atención. Cuando lees o escuchas alguna entrevista a modelos, misses y demás coristas, guapas oficiales y divinas del coño, al llegar a la pregunta que no puede faltar en esos interrogatorios sobre “cómo te gustan los hombres”, no suele fallar que tras la descripción física (según el gusto), todas insisten en que les gustan los hombres con sentido del humor o que “me hagan reír”.

¿Qué pasa, que las mujeres [guapas que se prestan a interviús; odio las generalizaciones injustas] no tienen sentido del humor y necesitan un bufón que las haga reír?

¿Por qué no se compran un tití, que hace mucha gracia, sobre todo si lo vistes con un tutú de bailarina, y después de las carcajadas no hay que soportarle los partidos de liga, ni andar bajando la tapa del váter porque seguramente mee en un periódico viejo?

O mejor y más barato, ¿por qué coño no se compran un libro de chistes, o una cinta de Eugenio en la gasolinera, y acaban antes? O se suscriben a los canales de televisión terrestre especializados en comedia, o se hacen un pajote, o yo qué sé… Pero resulta sospechosa esa pasividad de princesita de la belleza, que está acostumbrada a que todo su entorno pierda el culo en hacerla feliz y que espera, tras el polvazo (porque en público no refieren nada sobre los atributos sexuales esperables de su bufón, pero seguro que sueñan con gruesos rosbifs), poder ordenar cómodamente: “Y ahora entretenme, payaso”.

Y digo que llama mi atención pero no me sorprende, porque si uno se fija en ese espejo público que pretende ser la televisión, y más concretamente en sus series de humor (ya que hablamos del reír), los protagonistas masculinos pueden ser adefesios degenerados, siempre que resulten graciosos, mientras sus parejas femeninas deben cumplir con el canon de belleza impuesto en, y por, Occidente.

Si el protagonista es un juez negro de Bel-air enredado por un sobrino díscolo llegado de Filadelfia, da igual que sea una montaña de carne oscura, mientras la montaña sea graciosa. Pero su mujer, Vivian, y sus hijas, tienen que estar bien buenas. O si también eres negro, pero en vez de juez te has quedado unos escalafones por debajo en el poder judicial, y eres un policía de Chicago apellidado Winslow, y en vez de un sobrino lo que tienes es un vecino tocapelotas, qué más da que también seas feo, calvo y adiposo; mientras que tu esposa, cuyo nombre recuerda a un caza de despegue vertical, y el resto de hembras del espacio estén de buen ver (al menos para los cánones afroamericanos), si tú eres un crack del humor, todo va bien. Y el gurrumino rapero y el vecinito gafotas son dos claras muestras más de esto que refiero.

Y si eres un Matrimonio con hijos, si te llamas Al Bundy puedes ser todo lo desagradable que quieras física y moralmente, pero si te llamas Peggy no (y esto es extensible también a sus dos vástagos). Y Si te llamas Earl, tú y tu hermano retrasado podéis ser dos monstruitos en busca de líos, pero tu ex mujer y tu amiga latina tienen que estar cañón.

Y en los dibujos animados pasa igual: puedes ser tan poco agraciado física e intelectualmente como Homer Simpson o Peter Griffin, mientras hagas reír a unas estilizadas Marge y Lois. O puedes ser un pizzero tarado pelirrojo que ha viajado al futuro, o un robot broncas, o un viejo, o un crustáceo, pero las féminas -aunque sean amarillas, jamaicanas o tengan un solo ojo- tienen que estar en forma y tener morbo.

Es decir, lo de dar bien en pantalla parece ser cosa exclusiva de ellas.

Si me paro a pensar, ya desde los tiempos de Benny Hill, quien cumplía el canon él y toda su caterva rodeados de bomboncitos ligeros de ropa, la única gorda que ha triunfado en televisión ha sido Roseanne Barr en su serie homónima, y precisamente, y fue un secreto a voces, porque los productores supieron ver un nicho de espectadoras en los millones de obesas mórbidas que habitan la norteamérica real, que se identificaban con su heroína hidropésica.

jueves, julio 30, 2009

¿A cómo está el servicio?

No hace mucho, tuve una revelación que me dejó bastante confuso, pues embiste y tira por tierra algunas de mis creencias más arraigadas. Por vez primera entendí por qué lo primero que hacen los ricos en cuanto hacen fortuna es adquirir sirvientes. Y encima esto ocurrió mientras veía trabajar a nuestro jardinero. (Creo que esto último está pidiendo a gritos una aclaración).

Ya comenté que dedicaba largas jornadas dominicales, y fiestas de guardar, a la jardinería extrema; a tratar de hacer fluir la clorofila en los 600 m2. de parcela que el catastro nos acota en pleno secarral de monte bajo. Pura agronomía desertícola. Una batalla perdida contra la sabana, que se vio precipitada por un nuevo diagnóstico médico a este saco de huesos que me tocó en el reparto de encarnaciones. "Estenosis de canal", me dijo el traumatólogo. En cristiano: inflamación del canal medular, que presiona los nervios que debía canalizar holgadamente, resultando en dolor lumbar.

Esta nueva maldición con nombre griego, se suma a las anatemas de rodilla (osteocondritis) y hombro (ni me acuerdo del latinajo), lo que se traduce en la orden hipocrática de un reposo total que me está atocinando a Mach-2 (decir velocidad Mach es una redundancia, igual que meditación zen, pues zen significa meditación y el número Mach es una medida de velocidad relativa. Fdo.: Don Enteradín; que es el apuntador repelente que hay dentro de mi cabezota, quien, mientras escribo estas chorradas, me interrumpe constantemente, ñiñiñiñí, y secuestra mis dedos y los desvía sobre el teclado, obligándolos a dejar constancia de todas estas gilipolleces, con el convencimiento de que así se las da de listo, y, ya de paso, dejándoos a vosotros como si fuerais unos cretinos desinformados. Ruego sepáis disculparlo).

Al grano: que no puedo hacer grandes esfuerzos porque me deslomo. Así pues, se acabó mi romance con la azada y el rastrillo. Con el resultado desolador de que el jardín de los Monster había alcanzado unas cotas de dejadez que creo que hasta nos llamaron del programa ese de los desafíos extremos pidiendo permiso para rodar aquí un especial en el que el rubio de tendencias suicidas le echaría huevos de llegarse hasta el granado, en plena Zona Cerdo, territorio del cártel de las escolopendras.

Solución: llamar a un profesional, que por un módico precio y con la ayuda del utillaje adecuado, en una sola tarde ha dejado el camposanto en campo a secas (y qué secas). Pero al menos ya podemos acercarnos hasta la barbacoa sin sherpas... sin serpas-to de las llamas, me refiero.

Pero había un problema no menudo. Y por esas estrafalarias asociaciones de ideas que me hago ante situaciones incómodas, a modo de evasión de la terca realidad, recordé lo que Warhol escribió sobre su grave problema con la gente a su servicio. Decía Andy en su excelente libro Mi filosofía de A a B y de B a A que nunca en toda su vida llegó a hacerse la idea de que un ser humano tuviera que servir a otro (él descendía de humildes inmigrantes checos), y nunca se acostumbró a ser atendido por camareros y mucamas. Le violentaban muchísimo esas situaciones, en las que no sabía comportarse. No acertaba cómo mirarlos ni cómo dirigirse a ellos, por lo que esas cuestiones mundanas procuraba delegarlas siempre en sus adláteres. Y él era consciente, y se lamentaba, de que con esa actitud causaba permanentemente la impresión justo contraria de la buscada, quedando como un gilipollas estirado que no se dignaba a dirigir la palabra al servicio, cuando lo que trataba era de evitarse un mal trago, meter la pata o decir alguna inconveniencia por lo nervioso que le ponían esos trances. Paradójicamente, por miedo a no estar a la altura de las circunstancias. Parece una estupidez de divo, pero si te paras a pensar, a nada que tengas un poquito de sensibilidad (de la que Andy debía ir sobrado), ¿cómo debes mirar y tratar a quien te está haciendo el trabajo sucio, únicamente por no haber podido aspirar a la pole position cuando se hizo el casting de papeles para el organigrama?

Recuerdo que cuando leí aquello me chocó porque a mí de siempre me ha pasado algo parecido, que no me acostumbro a ser servido por otras personas. Y aunque uno acaba aceptando que en la organización jerarquizada de todas las sociedades humanas eso resulta inevitable (al final todo se reduce a cazadores, recolectores, guerreros, brujos y, por supuesto, un jefe), no puede evitar tratar de minorizar el impacto del contrato social. Cuando pago en los bares, me dirijo yo a la barra y procuro llevar conmigo el vaso y/o plato, con la consiguiente respuesta “Chico, no haberte molestado”. No domino el baremo de propinas, con lo que suele acabar pagando mi pareja. Y en los restaurantes, en el transcurso de una comida estándar, puedo repetir las gracias una docena de veces. No consiento que me lleven las maletas, que me lustren los zapatos, ni que conduzcan por mí. No soporto los uniformes de botones o chófer, ni las cofias de criada, y mi conciencia social ha pasado sus peores momentos en las escasa casonas que he pisado atendidas por mayordomo.

Así que imaginad la tarde que pasé con el jardinero allí en casa. Con la flama que caía esa tarde y yo sufriendo por el hombre. Y como no me podía estar quieto bajo el chorro del aire acondicionado, mientras otro ser humano pringaba al sol, que más que un sol era una tómbola de melanomas, para hacerme la vida más cómoda, o más bella, pues salía constantemente a ofrecerle agua y comprobar que no le había dado una lipotimia (y de paso también controlar sus evoluciones sobre los rastrojos, pues cobra por horas).

Pero, ay, amigos, cómo me duele reconocer que ese desasosiego clasista me duró bien poco. Apenas la primera hora de servicio, que a lo bueno se acostumbra uno pronto. Y mi Pepito Grillo sufre trastornos de déficit de atención, y al ratito se le trabucan las desigualdades e injusticias, aunque las tenga sudando al otro lado de la pared.

También traté de autoconvencerme con el argumento de la profesionalidad. Cuando comprobé que este operario con sus conocimientos y experiencia, y ayudándose de la maquinaria apropiada, en apenas 4 horas y casi sin despeinarse (sí, claro), había solventado lo que a mí me había costado una invalidez transitoria, acepté las ventajas de ser atendido por profesionales. Además, prefiero consolarme pensando que cuando uno ha nacido con dos trituradoras en lugar de manos, con aspas en vez de dedos, el método do it yourself le está absolutamente desaconsejado. Si quiere algo, más vale que ahorre y pague a otros miembros hábiles de su manada para que se lo fabriquen. También aplicable para haraganes.

lunes, julio 27, 2009

El regalo

Aqui tenéis el magnífico regalo que me hizo Micropene y Sra. por mi 42 cumpleaños: un Mazinger Z (Oficial Licensed, oiga) que mide curiosamente 42 cm de alto, uno por año.
Como no me cabe en la estantería de los robots lo he puesto en la de "cosas freaks varias" - entre las cuales hay más regalos de Micropene - bajo la atenta mirada de un Darth Vader de Lego, regalo de Cripema en mi 32 cumpleaños.

Cuando me haré mayor?

viernes, julio 24, 2009

Felicidades, camarada

Aunque lleguen con retraso, porque el cumpleaños de nuestro querido Gilito, fue ayer.

Me alegra mucho que sigas cumpliendo años de condena en este planeta. Recuerda que te cayó la perpetua, así que aún te queda mili...

Necesitamos a individuos como tú para sacar adelante esta misión.

Un abrazo fuerte

miércoles, julio 22, 2009

¿Egotista yo? Y una mierda para mí

[RAE: egotismo. Prurito de hablar de sí mismo].

La gente me para por la calle y me increpa: "Micropene, Micropene, que el blog está muy bien y tal, pero, macho, te pasas la puta vida hablando de ti mismo y ya cansas, cabrón. Que podías escribir sobre temas más generales, ¿no?".

Pues no. Yo a estos indigentes mentales les explico que de qué cojones voy a hablar aquí, si no conozco otra cosa que mis penurias. Si vivo encapsulado en mi solipsismo extremo. Que no leo prensa, no escucho la radio, ni veo ni escucho la televisión, y los pocos libros que ojeo suelen ser de gente que lleva la tira six feet under (a dos metros bajo tierra). Y de esto último precisamente quería hablar, pero no adelantemos acontecimientos, que aún tengo que ajustarle las cuentas a estos indeseables (bonita palabra; no me canso de usarla).

Decía que yo no estoy en contacto con la realidad, que he emparedado las compuertas de mi atalaya de adobe, adonde afortunadamente no llegan las paparruchas de los desinformativos, por lo que me entero de todo mal y tarde; y que si lo que quieren leer son chistes sobre cómo Michael Jackson ha llegado a ser el primer presidente blanco de los Estados Confederados de América, pues que se compren el puto Jueves y no me den por culo a mí.

Además esto no es un puta tertulia radiofónica con todos esos enterados grimosos opinando de lo último que la actualidad les ponga sobre el mantel de la mesa camilla, mientras fingen un conocimiento ecuménico y omniabarcante, sin que se les note demasiado que se acaban de aprovisionar en la Wikipedia de lo que están largando con tanta seguridad (más que sentando cátedra, tumbándola), sobre los jemeres rojos, el aceite de colza o la Baader Meinhof.

No, mezquinos, no. Esto es un puto blog, un diario electrónico y público donde expresar las zozobras de mi anarquismo sentimental. Exhibicionismo catártico.

Una vez zanjada la aclaración, resulta que un amigo mío me ha dicho que os cuente… que él resulta que… se ha dado cuenta… Uf, paso.

viernes, julio 17, 2009

A mí que me registren

Querido Harry: al mozalbete lo intitulé Pudridero, y eso ya da una idea de por dónde van los tiros. Qué le vamos a hacer si uno es así de rancio…

Querido J.: no puedo contar mucha cosa sobre el particular, para no traicionar la exigencia de que el texto sea inédito (hoy acabo de recibir carta de la editorial acusando recibo del engendro), pero sí diré que como no escarmiento y siempre me empeño en querer mear demasiado alto para una pilila tan corta, pues me enredé con cuatro historias que pueden estar relacionadas o no entre sí (ni yo mismo lo tengo aún muy claro), contadas cada una de ellas en distintos planos temporales y geográficos, y cada una con una voz narrativa diferente. Para rizar el rizo, subyacen dos infratramas que lo complican todo aún más, habida cuenta de esos finales abiertos 24 horas.

La idea era original, pero la ejecución ha resultado un tótum revolútum incognoscible, y un zapping literario bastante mareante. Un Dragon-Khan de celulosa, del que me excuso etiquetándola de novela punk, sin que se me caiga la cara de vergüenza.

A todas/os: gracias por el interés mostrado.

Y lo que voy a contar ahora viene a cuento de la novela. Ya he dicho, por activa y por pasiva, que es una puta mierda, pero es mi puta mierda. Por lo tanto decidí registrarla intelectualmente. Para ello ya me temía el enfrentamiento con la temible horda de los funcionarios y sus dédalos burocráticos; y más cuando divisé, desde mi puesto en la cola, la catadura de los que se parapetaban tras aquel mostrador post-soviético.

Pero me falló la intucición, y la señora, a pesar de su apariencia corporativa, fue impecablemente maja con un servidor (probablemente porque estuviera a puntito de iniciar sus vacaciones en la -entonces inminente- segunda quincena juliana). Incluso se permitió carcajear con una ocurrencia mía: resulta que alguien me había dicho que se pagaba a razón del número de palabras que contuviera la obra registrada. Y la buena señora se descojonó con ganas en mi careto, diciendo: “Mira, al final me he reído y todo” (como si acabara de romper alguna promesa de no hacerlo), y añadió que era la primera vez en sus años de servicio allí, que escuchaba algo parecido. Le respondí que menos mal que había utilizado el contador de palabras del programa informático porque si las llego a contar a dedo, me como a mi confidente. Quien, por cierto, asegura, y no me cabe la menor duda de que así fue, que esa información -aparentemente tan descabellada y risible- se la dio allí mismo, la misma persona que le proporcionó los formularios que hube de rellenar y presentar.

Pero el momento clave llegó un poco después, cuando, tras pagar las tasas, me atiende otra vieja gloria del funcionariado. Este provecto señor me informa que ya me notificarán pasados unos meses (muchos) y yo le pido que por favor me aclare una duda que me corroe la curiosidad: ¿de verdad alguien se leerá este tocho y lo cotejará de algún modo con TODO lo registrado previamente para comprobar que no se den una serie de coincidencias sospechosas, suficientes como para rechazar mi obra como no original? Y su respuesta fue: “No tengo ni idea. Yo me limito a enviarlo a Valencia y no sé más”.

Y ante esa intolerable respuesta, tan sintomática de una absoluta falta de iniciativa y de una inercia procedimental comatosa y anquilosante, yo me pregunto angustiado: ¿de verdad alguien que lleva tantos años desempeñando maquinalmente ese mismo trabajo día tras día, nunca, jamás, aun contra su voluntad, sin él pretenderlo ni esperarlo, durante algún almuerzo con compañeros, o en alguna comida navideña, ha surgido en la conversación, aunque fuera tangencialmente, el tema de qué se hace en Valencia con todos esos cientos de miles de obras que han pasado por sus perezosas manos? ¿De verdad nunca le ha picado la más mínima curiosidad de averiguar qué pasa detrás de la puerta donde termina su responsabilidad? ¿Nunca le ha llovido algún marrón o irregularidad desde la capital del Turia, que lo haya puesto en conocimiento, aunque sea forozoso, de lo que acontece al norte de su desidia?

¿O es que esa respuesta lo que esconde realmente es una estrategia de perro viejo del sector, con demasiadas tablas en la lidia de homínidos, escarmentado en mil batallas, que sabe que si se extralimita un pelo en sus funciones puede salir mal parado? Que quizás, pasado un tiempo, yo pudiera presentarme allí tras un veredicto desfavorable para montar un pollo del tipo: “Pues este señor me dijo claramente que mi obra se la leerían en Valencia, y bla, bla, bla…”.

Es que este tipo de sucedidos me descolocan bastante el orden de las neuronas.

Como aquella otra ocasión que se me encargó comprar cierto periódico en el quisco que hay cerca de casa de mis padres. Uno de ésos quioscos de toda la vida. A mi pregunta de qué día de la semana acompañaba al diario su suplemento cultural, la única respuesta que fue capaz de elaborar esa misma cabeza que día tras días asoma por entre tanto papel cuché desde hace lustros, fue: “No lo sé”. Y yo le reproché, estupefacto, que si de verdad, después de tanto tiempo ejerciendo el mismo oficio, después de tantas horas encerrado en esa jaula de información impresa, nunca, jamás, había tenido noticia del suplemento; o si, simplemente, no había notado que los días X de cada semana esos fardos pesaban más de la cuenta. "No", fue de nuevo su respuesta estólida. Lo miré atónito, como si asistiera a algún fenómeno paranormal, y me marché de allí cariacontecido, asimilando que, definitivamente, la tenia de la curiosidad no parasita a todo la población con la misma voracidad.

[Escribiendo esto me ha venido a la cabeza, vaya usted a saber por qué, que Homero en su Odisea llamaba cabezas sin brío a los muertos que vagan por el Hades].

martes, julio 14, 2009

Yo he venido aquí a hablar de mi libro

Me he tenido que ausentar de aquí una temporadita, pero creo que ha sido por una mala causa: acabar de una puta vez mi libro. Misión cumplida.

Sí, amigos, en uno de mis arranques de prepotencia mesiánica me creí capacitado para escribir una novela. Me proponía crear una obra que desestabilizara el Establishment literario, y ahora mismo ya me conformaría con que estabilizara alguna mesa coja.

Me preguntaban el otro día si sería novela negra, novela rosa… y les dije que la mía era más bien una novela marrón.

Pero bueno, ya está hecha. Menudo parto. Y encima me ha salido la criatura deforme. Y no es por decir, ya que a causa de mi peculiar planificación, los altibajos autoestimativos, el férreo plazo impuesto a mí mismo, y un sinnúmero de gilipolleces concomitantes, el resultado ha sido… cómo expresarlo… digamos que iba para churrigueresco y se quedó en chuchurrido.

Con decir que me pilló el toro (que por algo estamos en sanfermines) y el remate fue un tanto especial. Podría aducir que el ordenamiento de los capítulos se realizó siguiendo el método compositor de la música aleatoria, pero la verdad, como [casi] siempre, es mucho más prosaica: se barajaron al buen tuntún porque me cerraba el encuadernador. Y ahora no me atrevo a releer mi copia para no llevarme sorpresas disgustosas.

Calculo que ya debe haber llegado a las manos que han de juzgarlo severamente (por supuesto, el vil metal esta detrás de todo [esto]), y yo me he quedado como siempre me pasa; que en vez de estar contento de haber escrito un libro, por muy mierdoso que sea, la sensación es de frustrante necesidad de pasar página y no querer saber nada del asunto en una buena temporada, y todo por culpa del chapucero fin de fiesta: las cornadas del tiempo (hay quien dice que mata el tiempo y en mi caso es el tiempo el que me mata a mí), los subterfugios del talento de secano, las improvisaciones, la conspiración de la inspiración, el autoengaño…

¡¡A la mierda!! ¡¡Váyase usted a la mierda!! Ah, no, que ése era el otro…

martes, junio 30, 2009

Mala suerte RAM

Últimamente atravieso una racha complicadilla, [des]gracias a una serie de incidencias tan frecuentes que empiezan a resultar agotadoras.

No se trata de grandes tragedias ni problemones (que también los hay, por desgracia), sino una inagotable serie de pequeños (y no tan pequeños) contratiempos en la operativa del día a día, que acaban mermando mi ya de por sí maltrecha moral semi-alcoyana.

Lo que yo llamo una mala suerte RAM.

sábado, junio 27, 2009

Phileas Garrafogg

Siendo muy pequeño recuerdo que me impactó enormemente leer las manías con que Julio Verne dotó a su personaje Phileas Fogg, el primo literario del leonino Willy televisivo, protagonistas ambos de aquella vuelta al mundo tan fugaz para los medios de transporte de la época. Actualmente perder 80 minutos en el AVE o en el extinto Concorde nos parece un derroche de tiempo inconcebible.

Y no es que siendo un criajo me leyera la novela de Verne (a pesar de que estaban por casa las obras completas del genial gabacho); yo lo que me leí fue esta maravilla





que a los de mi quinta les debe haber traído grandes recuerdos. Son esas versiones en cómic que publicaba Bruguera y que tantos ratos impagables nos hicieron pasar. Y no sólo las versiones de Verne, aunque creo que éste era mi favorito por su inagotable imaginación.

Recuerdo haber quedado impresionado por las inquebrantables rutinas del caballero londinense. Puntualmente se levantaba, tomaba un baño a una temperatura exacta, desayunaba siempre lo mismo y a la misma hora, compraba el periódico al mismo muchacho de la esquina, y –si no recuerdo mal- justo cuando sonaban las campanadas del Big Ben, a no sé qué hora, él atravesaba el umbral del club social al que pertenecía y donde acabaría haciendo la ridícula apuesta de rodear el globo en menos de 3 meses.

Me llamó mucho la atención esa sistematización de costumbres, y de hecho ensayé una desastrosa recreación a escala de aquella flemática puntualidad inglesa. Pero mis chiquilladas de aspirante a maniático atildado chocaban inmediata y permanentemente con la terca realidad hispana. Esa pegajosa pereza, esa inexactitud e impericia para todo lo que no sea festejar capeas y caminar sobre brasas, aplastaban mis pobres intentos de imponer cierto rigor a mis jornadas infantiles. Cada vez que este Phileas Fogg de garrafón, este Phileas Garrafogg, intentaba recrear la perfección de su pulquérrimo ídolo de papel al adquirir su lectura diaria (que en este caso era semanal y en lugar de un periódico, un tebeo), y se pasaba esperanzado por su quiosco puntualmente todos los miércoles de cada la semana, día en que se suponía se ponía a la venta al público cierto tebeo de tirada semanal de cuyo nombre prefiero no acordarme; y se encontraba con que prácticamente ninguna semana llegaba puntual; que hubo desfases de hasta tres días, y semanas que directamente no apareció sin más explicaciones; pues empezó a sospechar que eso que había leído, esa efectividad en las tareas del día a día, debían ser cosas de Verne, cuentos de viejas, tan de ciencia ficción como los viajes submarinos o al centro de la tierra.

No sólo las esperas del intempestivo tebeo mortificaban a Lord Garrafogg, pues cada vez que quedaba con algún amiguito, la puntualidad y el compromiso parecían significarse para los demás como entes abstractos referenciales, que no había porqué cumplir necesariamente, ni a rajatabla. Podían sonarle las campanadas del Big Ben, allí de plantón, y darle la media, desquiciado, y los tres cuartos, y entonces lo que sonaba en su cabeza era el Big Bang.

Ya con el tiempo, y a base de “donde fueres haz lo que vieres” y “en Roma como los romanos”, a Phileas Garrafogg se le fueron quitando las tonterías y se volvió tan informal y astroso como sus conciudadanos.

Estos recuerdos me han asaltado esta mañana tras descubrir entristecido que el barecito que había descubierto recientemente en el pueblo donde vivo, en el que me gustaba almorzar prácticamente todos los sábados, porque ofrecía el marco perfecto para las extravagancias del resucitado Phileas Garrafogg, a la manera de un Reform Club levantino, pues resulta que ha cerrado sus puertas de la noche a la mañana (de la noche del sábado pasado a la mañana de éste de hoy, por lo que a mí concierne) y sin más explicaciones. Bueno sí, el jardinero municipal que laboraba por allí me ha comentado que se les había cumplido la contrata.

jueves, junio 25, 2009

Muerte laboral

Poco después de mi sepelio profesional, con el cuerpo aún caliente de trabajo, recibo a modo de responso mi vida laboral, que el ministerio competente tiene a bien remitirme por correo (postal).

Abro y leo, atónito, “días cotizados hasta la fecha: 5.873”.

Teniendo en cuenta que buena parte de mis desempeños laborales se han desarrollado en la alegalidad más absoluta, sin altas ni cotizaciones, y que otra buena parte han sido trabajos a media jornada, cuyas jornadas incompletas no puntúan como unidades en ese cómputo; me veo enfrentado a la mareante cifra de miles de despertares abatidos, venciendo a la acedia tras escuchar el maldito despertador, que no es otra cosa que la banda sonora del fracaso.

Ahora, gracias a la inercia de millares de días de esclavitud, no me hace falta escuchar ese electrodoméstico infernal para despertar temprano. Aproximadamente a la hora estipulada durante lustros, se levantan las persianas de mi espíritu sin necesidad de sentir los graznidos abominables de ese enemigo emboscado en la mesita de noche.

Y este Sísifo cañí se pregunta dolido: ¿quién me devuelve a mí esos 5.873 despertares? ¿Quién? Y sobre todo ¿para qué?

lunes, junio 22, 2009

El Corán me alumbra

Y todo porque resulta que cuando estoy en casa de mis padres, como ahora que escribo esto, utilizo para leer una lamparita de mesilla de noche que tiene algún problema de contacto en el interruptor, y sólo permanece encendida si ejerces cierta presión sobre él.

Y como no es plan de estar apretándolo entre los dedos, para ese menester empleo un volumen que pesa lo justo y necesario. Un tochito considerable, teniendo en cuenta que se supone una edición de bolsillo, del Corán. Libro cuya lectura recomiendo, pues aclara algunas cosas a la mirada estupefacta del infiel.

Habiendo significado este libro un considerable avance social para la época en que fue revelado, hay preceptos cuya aplicación actual tan a rajatabla, cuando no tergiversada, nos chirría bastante por estos lares.

Un ejemplo público y notorio han sido las recientes y polémicas elecciones en Irán, a las que podían concurrir libremente las mujeres, pero resulta que finalmente el tribunal islámico no ha considerado a ninguna de las aspirantes “capacitadas moral ni intelectualmente”.

A esa gente que se aferra tanto a la tradición de las cosas primeras, al yo lo vi primero o yo es que estaba aquí antes, quizás convendría recordarles que la primera persona musulmana de la historia fue una mujer. Sí, sí, una mujer. Porque cuando Mahoma tuvo la revelación de la cueva de Hira y llegó a casa temblando de miedo y desconcertado por la experiencia, fue su mujer Jadiya la que lo arropó, escuchó la historia e interpretó el hecho como una revelación divina. Le creyó. Luego Jadiya fue la primera persona mahometana de la historia; la primera conversa al islam.

No digo que la veneren y saquen en procesión, como hacen los otros con las mujeres de su historia sagrada, pero sí pediría que cesara esa interpretación interesada y tergiversada que del papel de la mujer hace la jurisprudencia islámica, para negarle la dignidad que le garantizaba aquel texto hace ya 1400 años: derecho a poseer propiedades, a elegir libremente el cónyuge (y no cesan los matrimonios forzosos entre musulmanes de la península indostánica), al divorcio (que ha sido arteramente casi abolido de la ley islámica) y la satisfacción sexual en el matrimonio, e incluso al aborto en caso de necesidad.

Todo esto se olvida interesadamente y se prefieren las lapidaciones y linchamientos. Así como una interpretación disparatada del impreciso consejo coránico de “vestir con modestia” (para quedar libre de la opresión de la belleza y la moda), ha desembocado en la obligación talibana del humillante burka. O la ablación del clítoris, prohibida expresamente por el islam, que se sigue practicando en su nombre en Sudán o Egipto.

Pero, claro, como las personas del entorno islámico que denuncian esta manipulación del mensaje no están "capacitadas moral ni intelectualmente" para opinar, pues esto es un pez que se muerde la cola.

jueves, junio 18, 2009

Qué injusticia

Escucho en la radio que, según Save the children, a diario millones de niños no pueden asistir a la escuela por culpa de los conflictos bélicos.

Y yo me sé de uno que a diario monta un conflicto bélico por no ir a la escuela.

Dándole la vuelta a la expresión guerrillera: "Qué lástima de balas desperdiciadas"; diré: "Qué lástima de horas lectivas malgastadas". Que no dan en el blanco. Fuego amigo de fogueo.

Dicen que Dios da pan a quien no tiene dientes. Entonces esta Sociedad sería una panificadora para desdentados.

martes, junio 16, 2009

El túnel del terror

Pienso hundir estas teclas de aquí delante en el orden siguiente, en este exactamente y no en cualquier otro posible, porque quiero decir justo esto:

Quiero decirle a la D.G.T. que no se moleste con sus campañas gore veraniegas. No se puede concienciar a quien no tiene conciencia, porque básicamente no tiene cerebro donde alojarla.

Y me limitaré a un sencillo caso práctico que observo casi a diario.
El túnel de El Campello, que debo atravesar para llegar a casa. Un despliegue de carteles bien visibles te advierten a la entrada que la velocidad en el túnel está limitada a un máximo de 80 km/h. (que dicho así suena a poca cosa, pero recorres 80.000 metros en apenas 60 minutos. ¡Hala!… ¡Uau!… 8.000.000 de centímetros...). Y te conminan a no sobrepasarla, informando bien clarito el uso de radares y cámaras de TV para asegurarse que así sea.



Pues bien, no hay forma. Aquello no amedrenta a casi nadie. Entre los que aplican ese 10 % de beneficio de la duda, por la falibilidad de los equipos de medición (“si pone 80, puedes ir hasta 88, que no te multan…”); los que van armados de cacharritos que les chivan qué radares están activados y cuales no; los que no temen las multas (bien por un extraordinario poder adquisitivo, bien por tener algún pariente en las autoridades responsables que las traspapele; si es que no ellos mismos); los vehículos comerciales estresados; y la consabida recua de tuneados descerebelados [el cerebelo es el centro que controla las órdenes que se envían al aparato locomotor]; pues resulta que somos cuatro gatos motorizados los que respetamos esta limitación. Y algunos porque no pueden, porque no les da más de sí el tractor albanokosovar, que si por ellos fuera…

Entonces me pregunto: si la gente -ese ente abstracto, cóctel de incoherencias de indigestión pasiva que quiebra mi economía anímica- es incapaz, incluso bajo coacciones anunciadas, de aflojar un poquito la presión que su pezuña de jumento ejerce sobre el pedal que suministra la gasolina a la mezcla combustible, durante 1.840 miserables metros de túnel; durante los que se le pide, y ordena, que sea responsable, (que te estoy viendo), que por favor tenga dos dedos de frente (útiles, no de terraza), y durante esos escasos segundos (apenas minuto y medio) que dura el trayecto cubierto, sea bueno y afloje un poquito la marcha, porque como la providencia se haya levantado con mal pie y líe la marimorena allí dentro, no nos saca ni Stallone, ni Rambo, ni Zampo... ¿Qué no hará fuera del túnel, lejos de las cámaras?

Así pues, esos –apenas- dos kilómetros de tubo de ensayo vial deberían bastar para hacernos desistir de cualquier esperanza en campañas de concienciación masiva. Dice, o al menos decía, un eslogan bastante orwelliano de la D.G.T.: “No podemos conducir por ti” [...porque si pudiéramos no te acercabas tú a un volante en tu puta vida, desgraciado. Añado yo].

lunes, junio 15, 2009

La mujer invisible

El otro día fui testigo, una vez más, de uno de los superpoderes de mi madre.

La llevé a comprar a una gran superficie, que es como llaman ahora a los “pricas”. Y, aunque hace años -tras un capazo monumental- me juré que no volvería a jugármela, piqué una vez más en su ardid, y asistí a una de sus temibles demostraciones de poder. No deja de sorprenderme esa habilidad tan especial suya. Sólo tiene que recitar el siguiente conjuro: “Separémonos, que iremos más rápidos. Búscame en cinco minutos, que estaré por aquí. Hoy sólo tengo que coger cuatro cosas”, e instantáneamente, en cuanto le doy la espalda le sobreviene el don de la invisibilidad. Desaparece de los radares. Se escamotea.

Después de peinar la zona, (la gran superficie), de cabo a rabo, no menos de 10 rondas, y no exagero, mascullando improperios por los pasillos y maniobrando como un demente cada vez que creía avistarla entre la manolería, llegó el relevo de sentimientos y la indignación cedió su puesto en el alma a la preocupación. ¿Y si se ha quedado encerrada en un probador? ¿O si le ha dado un vahído sobre el lineal del ossobuco?

Así que ya me dirigía al guardia jurado y la princesa prometida que estaban en la entrada, para pedirles el favor de localizarla por megafonía, cuando me chistan como a una cabra por la espalda. Era ella, justo a tiempo de evitar uno de esos ridículos marca de la casa. Y venía hacia mí desplegando ya otro de sus poderes maternos: el escudo inhibidor de reproches. Arcano que se resume en una desarmante cara de preocupación, en esta ocasión era más bien de puro susto, al detectar el cabreo esculpido en mi musculatura facial. Este escudo le permite compungir ipso facto a su víctima y aplazar sine díe las hostilidades.

Cuando seas padre, en este caso madre, comerás huevos. Que nunca he sabido lo que significa, y ni siquiera sé si viene a cuento, pero en fin… FIN.

miércoles, junio 10, 2009

El tío del palillo

Tengo una teoría estúpida. Otra. La llamo “Teoría del tío del palillo”, pero como dicha así suena algo desustanciada y poco científica, aquí la rebautizaré como la “Hipótesis antropocéntrica del hominoideo del mondadientes”. Ah, así sí. Esto ya es otra cosa.

Viene a decir que todos los estamentos, empresas, organizaciones, etc… pero TODOS, tengan la solera y el renombre que tengan, por muy temibles que suenen sus siglas (FBI, CIA, NASA, OTAN, etc…), sus superestructuras recaen siempre, allá abajo al final del organigrama, en el tío del palillo.

Seguro que por mucho que nos quieran convencer en la tele que los agentes dobles deben someterse a una verificación de iris antes de acceder a las instalaciones ultrasecretas, luego tenemos al tío del palillo en los labios, ese espalda mojada de mantenimiento, con su gorra raída y su mono engrasado, que accede a todos los rincones con su manojo de llaves oxidadas.

Me lo imagino perfectamente un 4 de Julio, colando a la familia y amigotes en los silos de misiles, aprovechando que los hombres de negro están todos de barbacoa.
“Pápa, ¿podemos subirnos a las bombas?”.
“Pues claro, pero no me piséis ahí, que acabo de fregar”.
Y el yerno: “¿No se irá a meter usted en un lío por esto, verdad?”.
“¿Quién yo? Tú no sabes con quién estás hablando, mi hijito…”.

Porque por mucha alta tecnología de ultima generación que sea, al acelerador de partículas también habrá que quitarle el polvo, digo yo; y los cerebritos que acceden al CERN con la huella digital, no se van a poner: “Profesor Lichtenberg, usted el Pronto y yo la balleta”. No.

Al final de la jornada, cuando la casta Alfa ya se ha cansado de colisionar hadrones, y se han vuelto todos a casa para ver el programa de Punset, llega la hora del escuadrón Épsilon. Nuestros temibles hombres del palillo. Pero insisto, estoy convencido que éstos no pasan por el arco termográfico, ni el escáner. Estos seguro que entran por la puerta de atrás, la del candado de toda la vida. No hay que olvidar que por muy sofisticado y futurista que sea un centro de operaciones, no se libra de tener su cuartito con escobas y aguarrás. Ni su puerta trasera, ésa que no cierra bien, donde dejan los del palillo el cubo de la basura y la carretilla cuando entran y salen de los centros de poder fáctico.

Si sabemos que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, cualquier organización humana, por hipertecnificada que se crea, será tan efectiva y fiable como lo sea su tío del palillo. Amén.

lunes, junio 08, 2009

Melancholia agitata

Antes de empezar a perorar sobre lo que amenaza el título aquí arriba, debo admitir una fe de errata de mi entrada anterior (cosa absurda porque ese método, el de la fe de erratas, se emplea en medios impresos, cuando el error se detecta demasiado tarde y sólo se puede solventar haciéndolo notar a toro pasado; mientras que esto es un blog interactivo y bien que podría acceder ahí, corregirlo y listo. Pero ya me conocéis, me gusta complicarlo todo).

Fe de Rata: la última vez que asomé aquí escribí convalescencia, absolutamente convencido de su corrección (aun conociendo la coexistencia de convalecencia). Pero hoy lo he visto y me ha chirriado. Bien, veamos lo que dice el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE:

Aunque procede del latín convalescere, en el español actual debe evitarse el uso de grafías con el grupo -sc- etimológico, tanto en el verbo como en sus derivados; por consiguiente, no se consideran hoy correctas las formas convalescer, convalescencia ni convalesciente, en lugar de las normales convalecer, convalecencia (‘recuperación tras una enfermedad’) y convaleciente (‘que convalece’).

Dicho lo cual, este todavía convaleciente procederá con su murga habitual.

Como soy la alegría de la huerta, con vistas a mi convales[¡uy!]lecencia me compré un libro muy apropiado: un tochito del intelectual húngaro Lászlo F. Földényi [esto tiene que estar sonando de un petulante…] en el que se da un exhaustivo repaso a la melancolía en la historia de la humanidad. Melancolía, se titula, de hecho, y es una lectura altamente recomendable para todo aquel que quiera conocer mejor ese mecanismo imperfecto llamado hombre, capaz de asumir estados anímicos que atentan contra la 1ª ley de la robótica humana (la 3ª en la robótica a secas, o asimoviana), que es la autopreservación del hardware por muy jodido que crea estar el software.

Yo he creído (¿o querido?) catalogar mi tontuna en una de las categorías que se describen en el libro, y me he adscrito a la melancholia agitata. Es decir, al contrario que el arquetipo de cenizo clásico (el lánguido sufridor en casa de la inhibición psíquica y motriz propia de la melancholia stuporosa), el agitado es aquel que no encuentra su sitio en el mundo, va y viene, hace esto y aquello, empieza muchas cosas pero no acaba ninguna y busca en vano algo que pudiera satisfacerlo. El resultado al final es el mismo que el de los que vegetan ante la chimenea o bajo el busto de Palas: un sinvivir perenne e igualmente improductivo. Si a ese autodiagnóstico le sumamos algunos raptos de melancholia errabunda, pues ya tenemos el cuadro completo: un culo de mal asiento al que nada le apaña.

Resumiendo burdamente la línea argumental del tratado, una persona puede devenir melancólica tras sufrir la insignificante pérdida de un objeto que la enfrente con la transitoriedad de la existencia.

Pues eso, exactamente eso, es lo que me pasó a mí siendo muy niño: la pérdida de una chancla en la corriente de una acequia me convirtió tan prematuramente en el abuelo Despotrique que teclea esto ahora.

Tras trescientas [y pico] tristes páginas repasando la historia de la amargura mundial, cuando llegué a ese punto tuve que morderme el puño y gemir hacia dentro para no despertar a mi pareja. Ahí podía estar la clave de mi zozobra.

Yo debía ser un niño técnicamente feliz hasta aquella infausta mañana de verano. Era muy joven, no recuerdo la edad, pero seguro que no más de 7 u 8 años. Jugaba despreocupado junto a una acequia (me he criado a caballo entre la ciudad –lugar de residencia- y el campo profundo –al que se nos deportaba a la mínima confluencia de más de 24 horas libres de mi padre en su trabajo: fines de semana, puentes, vacaciones…). En un lance del juego una de mis chanclas fue a caer al cauce. La perseguí renqueando, unos cuantos minutos y metros, hasta que finalmente la perdí definitivamente de vista.

Lo terrible no fue la pérdida en sí, el extravío material, que de haber ocurrido drásticamente, pues el agua iba crecida y circulaba con velocidad, quizás hubiera quedado en simple anécdota; pero esa peripatética persecución se vio propiciada por el jugueteo del agua con la chancla, ora aceleraba su curso, ora aminoraba hasta ponerla casi al alcance de mi mano. Cuando ya creía darla por perdida, repentinamente quedaba encallada en unos arbustos. Volvía yo al rescate y justo un nuevo derrote del agua me la arrebataba de las manos y la transportaba hasta la siguiente prueba. Otra trampa en la que, por mucho que me asegurara a mí mismo que no acudiría, acababa picando y corriendo patizambo y desesperado para encontrar el mismo resultado, que en el último momento el agua de la acequia se burlaba de mí y me dejaba con tres palmos de narices, llevándose de nuevo con algún inexplicable requiebro líquido mi tesoro podal.

Aquel incidente anecdótico se marcó a fuego en mi conciencia infantil. No por la pérdida material de la chancla; eso era lo mínimo que te podía pasar en la tundra, como atestiguan no pocas cicatrices en mi cuerpo. Fue como una epifanía, como una revelación, muy gráfica por cierto (gracias), de la monstruosa esencia de la vida. Por muy párvula que fuera mi capacidad de raciocinio, enseguida até cabos: el agua = el río de la vida; la chancla = yo y todos mis iguales.

Ensayé conmigo mismo una dialéctica postplatónica y chapucera:

- "Pero la chancla es un objeto inanimado, no tenía voluntad de resistir el envite del agua. Si hubiera tenido unos bracitos (recordemos que estamos hablando de un retaco que se enfrenta por primera vez a la trascendencia), podría haberse aferrado a algún saliente o arbusto, o intentado nadar contracorriente".

Pero ya era tarde para eso, yo mismo rebatía implacablemente todos los alegatos de la defensa:

- "¿Bracitos?, ¿nadar?, ¿adónde?, ¿al pantano? Noooo, amiguito, noooo. Acabas de asistir a la representación en este pequeño teatro acuático del drama de la vida. No le busques más pies al gato de tu existencia, mequetrefe, este es tu destino: ser una chancla exánime al capricho de una acequia".

Volví a casa aplastado por las circunstancias, y me metí en la cama. Mis padres se preocuparon un poco por mi extraña actitud, y al día siguiente mi madre me compró otro par de chanclas muy parecidas, creyendo que la causa de mi frustración era la pérdida del calzado. Pero ni 3.000 pares de chanclas de oro macizo me habrían consolado en aquel momento decisivo. Cuando uno ha sido testigo excepcional de la licuefacción del nihilismo, ya hubiera dado igual que hubiera acabado recuperando la chancla original, trasmisora de tales verdades. El mal ya estaba hecho. Aquel cerebro prepúber e inocente se pudrió en apenas cien metros nada lisos.

Y así hasta ahora.

miércoles, junio 03, 2009

Colecistectomizado

La ciencia avanza una barbaridad.

Hace apenas 24 horas estaba bajo el hechizo de la anestesia general (es decir, un trozo de carne inerte, sin voluntad, en la mesa de operaciones), y ahora estoy en casita, colecistectomizado, escribiendo esto.

Como todo lo tengo que hacer complicadito, mi vesícula biliar no contenía piedras, como suele ser lo común en estos casos, sino "un barrillo grumoso que estamos analizando", según palabras del Dr. Lloret.

Por no hablar de la panza samoana que he vuelto a cultivar recientemente, que casi impide la moderna técnica laparoscópica, que me permite estar un día después [casi] tan campante.

La única putada de estos avances médicos es que te acortan la convalescencia, privándote de coartada para dejarte mimar por los que te quieren. ["Cariño, ¿le puedes dar al intro para que se publique esta entrada? Que estoy malito..."].

lunes, junio 01, 2009

Vesícula billar

Antes de nada, muchas gracias a todos por los comentarios. Y a Guile: desearle que se mejore de su caída (a poder ser rápido y sin secuelas).

Mañana martes me evisceran.

Pasaré una vez más por quirófano. En esta corrida me extirparán la vesícula billar (la llamo así porque la debo tener como una bola de dicho juego). "Muy castigada..." la definió el especialista.

Ayer domingo hicimos en casa una comida de amigotes para despedirla como se merece, por los servicos prestados al apátrida.

Para esta pieza no hay recambio, así que ya veremos cómo se vive desvesiculado. Con lo atrabiliario que ya vine de serie, que me rezuma la bilis negra por los poros.

De momento voy soltando lastres. Seguiremos informando.