sábado, octubre 20, 2007
Gran Marrano (7 novias para 7 marranos. Y sanseacabó)
Y llegó la hora de la prueba más chunga (cosa que no sabes hasta que no pasas a la habitación, donde no te puedes ni imaginar lo que te vas a encontrar allí dentro). Pero a esa hora yo ya estaba arrasado física y espiritualmente. Así que, mientras esperábamos un grupo de unas 8 personas en el pasillo, me rendí al cansancio y no se me ocurrió nada mejor que acostarme en el suelo. Y por lo visto, no me bastaba con sentarme y respaldarme en la pared, sino que me tumbé en la moqueta ante la puerta de la habitación, como un perro tirado en un felpudo. Claro, mis acompañantes no podían dar crédito a sus ojos, y uno de ellos llegó a decir en sarasa: “Uy, a éste lo cogen seguro” (volviendo a malinterpretar mis auténticos gestos de desesperación por impostura de cantamañanas). En eso llega una de las titiriteras para abrir el cuarto y al descubrir el bulto sospechoso a sus pies, suelta: “Mira éste que bien se lo monta. ¿Estás cómodo o te saco una manta?”. Capté el mensaje, pero me fue imposible reaccionar y allí me quedé tirado como un muerto hasta que llegara mi turno.
Pero por la pirámide de mis prioridades trepó rápidamente una, que acabó desplazando del primer puesto a la extenuación física: la imperiosa necesidad de mear. Y como no podía aguantar más, estuve tentado de interrumpir lo que fuera que estuvieran haciendo allí dentro y pedir permiso para usar el servicio (cosa que supongo me hubiera costado la descalificación instantánea, pero miraba en mi pirámide de prioridades y no veía la de “concursar en un reality” por ningún lado). Y ya estaba a punto de hacerlo, cuando se abre otra puerta del pasillo y sale una pareja de jubilados guiris cargados de maletas, por lo que deduzco que ya abandonan definitivamente su habitación. Así que me apresuro y les grito que no cierren que ya me encargo yo. Flipan un poco pero acaban dejándome entrar; y no llevaba ni cinco segundos aliviando la vejiga, cuando uno de los aspirantes me avisa apresuradamente de que me están llamando a mí para la prueba. Le digo que tendrán que esperar porque aquello no había ya quien lo parara. Así que, ya más descansado y sin apretones me dispuse a afrontar la siguiente ronda.
Llego a la puerta y la chica de la productora me dice: “Estábamos a punto de descalificarte” y pienso “Uuuuy, qué miedo”, pero pido disculpas. Entro y lo primero que veo es una enorme cámara de televisión (no de ésas pequeñas con trípode, sino de ésas gordotas sobre columna que usan en los platós) con un operador detrás con cascos y todo. Y al lado una mesa con otra psicóloga (aclaración: yo las llamo psicólogas, pero nadie nos confirmó ese dato. Lo digo por la forma en que te analizaban cada mínimo gesto y por las preguntas que hacían, en plan encargada de recursos humanos en una entrevista de trabajo. Pero lo mismo eran sociólogas, antropólogas o cirujanas; o sólo tenían un título de “Francés y mecanografía”).
Esta “psicóloga” tenía en su mano mi texto con la foto grapada, y lo primero que me dijo fue: “¿Todo lo que pones aquí es cierto?”. “Sí. Estuve tentado de mentir un poco pero me di cuenta de que no era necesario”. La verdad es que mosquea mucho un interlocutor que a cada cosa que haces o dices, apunta algo en su ficha. Que si cruzas los brazos o te rascas los huevos, toma buena nota de ello.
La cuestión fue que me dijo que me haría unas preguntas y que debía responder mirando a la cámara, y en ésta se encendió el pilotito rojo. Uno se siente ridículo revelándole intimidades a un aparato eléctrico (al operador ni se le veía detrás del armatoste) y terminaba respondiendo mirando a la chica, que me insistía: “a la cámara”. Y ciertamente en este punto las intimidades eran ya bastante delicadas, haciendo mucho hincapié en tu vida sentimental presente, pasada y –ojo al dato- futura. Pero también había preguntas extrañas como: “¿Con qué concursante de la primera edición te identificas más?”. “Lo siento pero no he visto nunca el programa”. “Entonces, ¿qué haces aquí?”. “Por culpa de Tom Tilét” - estuve tentado de repetir, pero preferí:- “Me han apuntado unos amigos a traición”. Cara de póker y muchas más notas fueron toda su respuesta.
Y lo último que me pidió fue que convenciera a la cámara de que yo era la persona indicada para ganar el concurso. Y le dije a la cámara que no tenía que convencer a nadie de nada, y que ni siquiera sabía lo que había que hacer para ganar el maldito concurso. Y parece que mi argumento sí que convenció a la cámara porque la “psicóloga” indiscreta me dio un nuevo pasaporte a la siguiente fase, la última.
De la criba de la prueba de cámara sólo nos salvamos 4 personas, y nos llevaron otra vez al “aula” de los tests. Nuevos exámenes de conciencia y personalidad. Algunos tests, por ejemplo, estaban destinados claramente a hurgar básicamente estos 3 aspectos de tu carácter, aunque reformuladas las preguntas de maneras distintas y reiteradamente a lo largo y ancho del papel: (1) si aceptas y te adaptas bien a la disciplina y las normas impuestas por otros, o te rebelas ante toda autoridad; (2) si en caso de conflicto te achantas y cedes ante las acometidas, o tienes que acabar imponiendo tus criterios a los demás, aunque sea por medio de la agresividad; (y 3) si pierdes los papeles con facilidad y montas escándalos bochornosos a la mínima de cambio, y puedes llegar a ser violento, o por el contrario eres flemático, conciliador y pacífico.
Vamos, que tanta preguntita era para averiguar si eres manso o gallo de pelea, que es principalmente lo que cotiza aquí.
Finalmente nos hicieron rellenar un extenso formulario con cantidad de información privada; por ejemplo, una lista de 6 familiares con sus números de teléfono, a los que poder llamar para preguntarles cosas sobre ti, otra de amigos y otra de compañeros de trabajo. De esta última creí que me libraba al no tener trabajo en ese momento, pero me hicieron poner al menos 2 teléfonos de excompañeros a los que poder consultar. Por supuesto, después tuve que avisarles a todos de que si recibían una llamada extraña de un programa de televisión haciendo preguntas sobre mi persona, que no se asustaran.
Nos explicaron que seguramente incluirían algún representante levantino, por lo que uno de los cuatro tenía muchas papeletas de terminar alojado en la casa. Y nos dijeron que en caso de ser elegidos nos llamarían antes del 15 de Agosto. Si no te llamaban, podías olvidarte de momento, que no habías sido elegido, y nos pidieron que no anduviéramos dando por culo (se ve que ha habido no pocos precedentes), llamando a la productora con excusas tipo: “No, era por si habías intentado localizarme. Como he estado fuera por vacaciones…”; porque si se decidían por alguno ya se encargarían ellos de localizarlo por todos los medio.
Así que nos despedimos y, cuando ya salíamos los cuatro, me dice un tío de la productora: “Micropene, quédate un segundo, por favor; que quiero decirte una cosa”. Y me quedé un poco sorprendido. Y mis 3 contrincantes más; supongo que pensando: “Ya está. Se jodió el invento. Al final cogen al chalao”.
Y cuando nos quedamos solos me dice muy serio, mirándome inquisitorialmente: “Creo que te has dejado tu mochila en una de las suites”. Y le respondo: “Yo no traía ninguna mochila. Será de otro”. Y él insiste: “Sí, hombre. Tú llevabas una mochila negra y la han encontrado en una de las habitaciones”. Y ahí ya empecé a ponerme paranoico, y después de sufrir todo un día en el que se puso a prueba hasta el rincón más oculto de mi personalidad, pensé que se trataba de algún tipo de prueba final; que ya se habían decidido por mí y ésta era la pregunta que culminaba todo el proceso, y que, dependiendo de mi respuesta, podían enviarme definitivamente a la casa de los horrores de la sierra. Y me asaltó la idea de que quizás la primera “psicóloga” había solicitado esta trampa extra porque: “Si ve cowboys, quizás podamos hacerle creer que traía una mochila”. Yo ya tenía tal cacao mental que creí que me echaba humo la sesera, pero si algo tenía muy claro era que yo no había ido a Valencia con ninguna mochila, macuto ni mariconera. Y así se lo dije. “Ah... perdona, me sonaba que llevabas una mochila... ¿Estás seguro?”. Pero, ¿qué coño pasa aquí? –pensaba yo, con la cabeza a 8000 r.p.m.-¿Qué quieren de mí? ¿Qué emboscada es ésta? ¿Dependerá de mi última palabra, de quizás una respuesta ingeniosa, que me envíen a Guantánamo o no? “Estoy segurísimo, pero si os estorba me la llevo” –fue todo lo que acerté a decir.
Y me fui de allí y pasó el 15 de Agosto y no llamó ni Dios. Y me tragué el primer programa para comprobar si alguno de mis contendientes había sido elegido para la “gloria”, pero no. Y suspiré aliviado de contemplar de lo que me acababa de librar, porque al parecer los concursantes ya entraban resabiados, como espectadores de ediciones anteriores, sabiendo lo que el público espera de ellos, y se comportaban como seres de otra dimensión; tratando de dejar huella desde el minuto uno con esos “carismas” tan peculiares de los que hacen gala todos los que pasan por allí. Y contemplé cosas escalofriantes (y era sólo el primer programa), y tuve muy claro que, de haber entrado, a los cinco minutos habría echado en falta mi machete o una estaca, o mejor un lanzallamas.
Así pues, los que seguís el programa, cuando veáis a esos seres inefables desplegar tal gama de comportamientos extraviados delante de las cámaras, tened muy en cuenta que no están ahí de chiripa, que nadie se les ha colado en un despiste ni han sido elegidos al tuntún; sino que tienen allí expuesta la alineación exacta que buscaban los titiriteros.
jueves, octubre 18, 2007
Gran Marrano (666)
Al poco, llegaron los titiriteros dando instrucciones de lo que teníamos que hacer y dónde nos teníamos que poner. Y dejan flotando en el aire una velada amenaza en forma de consejo: “Y no intiméis demasiado entre vosotros, que ya sabéis que nunca cogemos a dos que se conozcan”. ¡Qué les has dicho! Te los veías alejándose unos de los otros como si tuvieran la peste bubónica, y entraban a la sala donde nos dirigían sin mirarse a las caras.
Yo, que llevaba varios días de fiesta en las espaldas y esa noche no había dormido, pues francamente no estaba para tonterías y me pasaba sus instrucciones por el forro de los cojones: hablaba con unos y con otros y llegaba el último a todo. Quizás algún idiota llegó a pensar que todo aquello formaba parte del personaje que trataba de representar, que iba de guay para llamar de algún modo la atención de los titiriteros; pues nadie podía imaginar que lo que realmente me pasaba es que, una vez pasados los efectos hipnóticos y euforizantes del cóctel que llevaba en la mollera y una vez esfumado el Tom Tilét y todas esas zarandajas, pues me vi allí a punto de hacer el ganso y con ganas únicamente de irme a dormir y perderlos a todos de vista.
Pero en fin, ya que estaba allí, seguiría adelante, aunque sólo fuera para ver cómo se realizaba el escrutinio de las criaturas.
Así pues, nos pasan a todos a una sala y nos dan un contrato con el membrete de la productora, que leyeron entero en voz alta (como hacen los notarios) y que nos hicieron firmar. En él se ponían muchas condiciones, como que la productora se reservaba el derecho de usar como creyera conveniente el contenido de todas las pruebas que nos disponíamos a hacer (incluidas las tomas de cámara, si llegabas hasta ese punto de la criba) y por supuesto se hacía mucho hincapié en que nos comprometíamos a no hacer públicos los pormenores de los procesos de selección. Que es precisamente lo que me dispongo a hacer a continuación.
Tras recoger los contratos firmados nos entregan unos tests de personalidad. Nos apremiaron a responder todas las preguntas en el limitadísimo tiempo concedido, recurso empleado para que no trates de engañar al contestar, pensando qué es lo que ellos esperan recibir como respuesta. Eran de esas pruebas en las que vas marcando casillas con una cruz, y al tener tan poco tiempo para completar los tests (iban cantando cada cierto tiempo cómo corría el cronómetro, para que te agobiaras y dejaras de mentir), y al estar las mismas preguntas repetidas machaconamente a lo largo de la prueba, pero formuladas de maneras distintas para que, si mientes, incurras en contradicciones; pues no había forma de engañarles: nos iban a calar a todos; por mucho que intentásemos representar algún papel, las crucecitas delatoras nos desenmascararían pronto sobre el papel.
Las preguntas iban enfocadas temáticamente (por decirlo así) según los tests, y tened en cuenta que me hinché de hacer pruebas de éstas, porque me pasé todo el día allí metido. Me había decidido a quedarme y probar porque pensaba que sólo iba a ser un ratito, pero entré a las 8 de la mañana y salí del hotel de noche (y era Junio) porque, paradójicamente, cuanto más agotado estaba y menos empeño ponía, más fases de la eliminatoria iba superando. Y esto último debería hacernos reflexionar sobre la clase de perfil que busca esta gente. Pero no nos adelantemos, que la cosa tiene miga.
Tras unas cuantas baterías de tests nos dividen en grupos de unas 8 ó 10 personas y nos llevan ante la puerta de una de las muchas habitaciones del hotel que se acondicionaron debidamente para el casting. Íbamos pasando de uno en uno y dentro nos esperaba una psicóloga.
Cuando llegó mi turno, me hacen pasar y una señorita me escanea con la mirada de arriba a abajo, cada mínimo movimiento desde que entro en la habitación y me siento, mientras anota cosas en mi ficha sin parar. Yo no tenía ni idea de lo que esperaban de nosotros ahí dentro, porque la gente salía con cara de póker y se marchaba a esperar sin soltar prenda. De repente, me suelta muy seria: “Micropene, sorpréndeme”, y se me queda mirando muy atentamente. Y, tras unos segundos de bloqueo tratando de discernir qué podía entender aquella tipa por “sorpresa”, le suelto que para eso podría hacer una cosa que había visto en la tele, en un anuncio de un coche (no sé si os acordáis de ese spot, que se emitía en aquellos momentos y en el que el eslogan era, precisamente, “Sorprendente”; y no recuerdo muy bien la trama pero al final la chica le confiesa algo al chico y éste, en respuesta, se arranca su cara humana, que resulta ser una máscara, y con la cabeza de extraterrestre le confiesa que no se llama noséqué sino que viene del planeta nosécuántos. Vamos una puta mierda, pero es lo único que me vino a la mente), pero que casi mejor, si quería sorprenderse, le contaría qué, o mejor quién, me había llevado hasta allí. Y se lo conté. Y vaya si se sorprendió, que a renglón seguido me dijo que pasaba a la siguiente fase y me dio mi ficha, en la que había garabateado unos signos extrañísimos (luego comparé los jeroglíficos de mi ficha con los de otros elegidos para la gloria (saltándome la norma sagrada de no andar cuchicheando, claro), y no se parecían en nada unos con otros. Eran unas figuras geométricas muy raras a las que le iban añadiendo trazos según avanzaban las pruebas hasta conformar una especie de retorcida radiografía de tu alma). Pero, después de lo que le había contado, no había que ser ningún experto en criptografía para entender que los gurruños de mi ficha decían claramente: "Éste interesa, que está grillao".
(Qué larguito se está haciendo esto. En el próximo lo finiquito, fijo).
miércoles, octubre 17, 2007
Gran Marrano (5 y seguimos para Bingo)
Llevábamos todo el día (literalmente, porque estas farras empezaban a media mañana y se alargaban sine die) bromeando con una chorrada absurda; entre otras muchas paridas, pero ésta en concreto es la que nos interesa ahora. Todo a cuento de que almorzando ese día le había contado a la pandilla una anécdota insustancial pero que resultó hacer mucha gracia al personal:
cuando mi padre era pequeño, en plena guerra civil (española, claro), para llevarles algo de alegría a unos muchachos que se estaban criando entre fusilamientos y bombardeos, montaban de vez en cuando en su pueblo (La Vila Joiosa) un proyector de cine y les ponían algunas películas de cine mudo protagonizadas por un antiquísimo héroe del western cinematográfico llamado Tom Tyler. No hay que ser Shakespeare para suponer que eso se pronuncia “Tom Táiler” o, si uno es de Tejas, “Chom Cháiler”; pero, vete tú a saber por qué, todo el pueblo lo llamaba “Tom Tilét” (con el acento en la “e” y acabado en “t”); pronunciación más asequible para los vileros valenciano parlantes, pero que francamente volvía un tanto cómico el nombre para un pretendido héroe pistolero de la pantalla.
Pues bien, el día de autos locos, venga Tom Tilét por aquí, Tom Tilét por allá, resulta que llegada una altísima hora de la madrugada en que ya daba absolutamente por perdida cualquier opción de asistir a la prueba valenciana; y probablemente favorecida por la confusión mental de tanta traca acumulada en el cuerpo, tuve una especie de revelación mística y se me pareció Tom Tilét en persona (en la persona que yo quise y con las pintas con que me lo imaginaba, claro: cowboy repeinado, en blanco y negro y con cartucheras) y me dijo (y eso que era un personaje de cine mudo): “Micropene, tu destino es acudir a esa prueba”. “Pero, Mr. Tilét, ya es imposible –respondí yo-. Mire Vd. la hora que es, y el estado en el que me hallo, que estoy hablando con el fantasma de un vaquero mudo”. “Para un héroe no hay nada imposible”, me dijo él en un tono tan convincente que, de golpe y porrazo, se me pasó todo el colocón y me puse como un loco a organizar toda la operativa necesaria para lograr estar en apenas 3 horas en un hotel de Valencia.
Ya he dicho que estábamos en medio de una ciudad sitiada por la fiesta, y que yo por aquellos tiempos no tenía coche (cosa no exacta del todo, porque tenía un cacharro indigno del Scalextric Mad Max, tan reventado que en él no hubiera llegado ni a la Font de la Figuera), así que tuve que molestar a esas horas a uno de mis hermanos para que me dejara un Seat León precioso, que acababa de estrenar. Sobra decir que a él no le hizo ni puta gracia tener que dejar su coche nuevo en mis manos en aquel estado, pero es que yo no le podía explicar (porque me hubiera tomado por un loco) que podía estar tranquilo, que Tom Tilét cuidaría de mí y de mi montura, y que era por una buena causa: para prostituir mi intimidad y la de toda la familia en un programa inmundo de televisión.
A lomos de mi León me planté en casa de mis padres para poder escribir e imprimir en el ordenador de mi padre el texto que debía llevar. Pero imaginaos, con la desbordante verborrea que me caracteriza para contar cualquier parida (y éste sería un interminable buen ejemplo), tener que resumir mi vida y milagros en un solo folio. En fin, la cuestión fue que los estados alterados de consciencia debieron ayudarme en el lance, y vete a saber qué coño pondría, pero al parecer mi escrito gustó mucho allí (pero no adelantemos acontecimientos).
Resumiéndolo mucho, que nos van a dar las uvas con esto: imprimí el maldito texto, localicé la puta foto, me bebí un litro de café y me dí una ducha helada para espabilarme, y me fui para Valencia. No me preguntéis cómo coño lo hice, pero juro que logré llegar al punto indicado con tiempo de sobra para aparcar, entrar en un colmado a comprarme una empanadilla y una Cocacola, y esperar tranquilamente a que fuera la hora de entrar en el hotel. Todo eso mientras trataba de poner algo de orden en mi cabeza para no patinar más de la cuenta allí dentro; me refiero a no andar por el hall hablándole a gritos a mi cowboy invisible… aunque visto ahora, quizás ése hubiera sido mi pasaporte seguro para entrar en la casa de locos de la sierra.
(Mañana menos y peor).
martes, octubre 16, 2007
Gran Marrano (y van 4)
Chiringui, lo de la benemérita al final se quedó en un susto. Resulta que como nuestra justicia también se asienta sobre una burocracia lenta, torpe y kafkiana; había por ahí algún asuntillo pendiente desde nada menos que el año 2000. Y resulta que desde hace unos años todos los establecimientos hoteleros tienen la obligación de pasarle a las autoridades al final de cada día una “relación de viajeros”; y claro, a las tantas de la noche les salta la liebre a los picoletos de que el Sr. y la Sra. Micropene están hospedados en tal hotel de tal población (Mojácar) y ordenan a su cuartelillo más cercano (Garrucha) que se persone allí de inmediato (3 a.m.) y nos cite al día siguiente para notificarnos unas chorradas del año el coño. Y lo gracioso es que esta historia (insisto: una gilipollez, pero no puedo entrar en más detalles) se le debió quedar a la benemérita suspendida en algún limbo burocrático, porque para la administración de justicia ese asunto ya estaba zanjado y olvidado, y el expediente bien guardadito en el archivo definitivo del Juzgado de lo Penal de Alicante desde el año 2002. O sea, que el susto nos lo llevamos seguramente por lo mal informatizada que está la T.I.A., que no te enteras tía.
En fin, sigamos con el rollo del programita, que ya empieza a oler. Llega la noche antes del día D, en la que cada hora fue H, porque yo no tenía nada claro que me fuera a presentar a la prueba de Valencia, y a cada ronda que vaciábamos se alejaba aún más esa posibilidad. Y es que nos estábamos pegando un buen juergón (recordad que estábamos en plenas Fogueres de Sant Joan) que prometía ser de ésos que no se olvidan fácilmente; y, la verdad sea dicha, mis amigos no colaboraban mucho (“Que le den por culo al Gran Hermano y ponte otra copa, ¡coño!”).
Pero por otra parte, aún pesaban más los siguientes inconvenientes:
1.- Empezó a preocuparme seriamente la posibilidad de que, por una de esas carambolas nada raras en mi biografía, acabaran eligiéndome para entrar en la casa. Por un lado me tentaban la pasta y las posibilidades de promoción (léase vivir del cuento), pero por otro me espantaba la simple posibilidad de acabar convertido en eso que entendemos por “un famoso”; ya no digamos en un “famosillo” de garrafón o uno de esos exconcursantes grimosos y fronterizos que salían aireando sus trapos sucios (y los de sus familias y amigos) en todos los circos de atrocidades televisados. El que me salieran exnovias y archienemigos (reales o ficticios) de debajo de las piedras, contando en Crónicas Marcianas o en horario infantil que si la tengo pequeña o que me huele el culo. Recuerdo que a todas horas aparecían en pantalla vecinos, antiguos compañeros de trabajo y exparejas iracundas, destapando intimidades y triturando el honor de los protagonistas del espectáculo y de las madres que los parieron. Así que, la simple amenaza de llegar a ver algún día a un familiar lejano o conocido mío haciendo el ridículo por cuatro duros o por un poco de notoriedad, me asqueaba seriamente.
2.- Dejando aparte el circo mediático que rodeaba a estos seres desde que ponían su pie en la casa, estaba el hecho de la fama en sí misma. El que te reconozcan por la calle y te paren en el Carrefour, debe ser un verdadero coñazo, y un poco triste si la fama te la has ganado de esa manera tan poco meritoria: hacer el ganso en público durante unas semanas. Y no lo digo por decir, porque en cuanto se corrió la voz de que yo estaba simplemente en proceso de selección para la próxima edición de tan exitoso programa, tuve mis pequeñas dosis de “infra-fama”, que me resultaron bastante penosas.
3.- Pero el obstáculo más real para que no fuera a esa prueba era de carácter tangible: que debía personarme a las 8 de la mañana en un hotel de Valencia y eran las tantas de la madrugada y estaba en Alicante (toda ella patas arribas por las fiestas), que llevaba una buena cogorza y no tenía intención de interrumpir la marcha, que no había escrito el texto que se me pedía, que no me había molestado ni en mirar en un mapa dónde estaba aquel hotel o cómo llegar, y que ni siquiera sabía dónde había dejado la foto que me proporcionaron Aprilia y Delrieu; y sobre todo el detalle quizás más importante: que en aquel tiempo yo no tenía coche, y aquella noche ninguno de mis amigos estaba en condiciones de llevarme a Valencia (ni siquiera yo mismo).
Pues a pesar de todo lo dicho, acabé presentándome a la prueba, con dos cojones. (Pero ya seguiré mañana).
lunes, octubre 08, 2007
Gran Marrano (3)

The Micropene way of life: del cuartelillo "Todo por la Patria" de Garrucha al penal del sheriff del Texas-Hollywood de Tabernas, y tiro porque me toca.
Dejé mi historia en que, ofuscado por el olor del dinero, acabé entrando en la página web, metí las claves que me dictó mi amigo, y tras rellenar unos formularios con muchos datos personales, finalmente respondí unos cuestionarios muy extraños, en los que al parecer se ponía a prueba la potencial ¿creatividad? de los aspirantes.
Algún tiempo después me llaman a casa de parte de la productora y me dan unas nuevas claves con las que accedí a otro nivel del proceso, donde la cosa empezaba a ponerse seria y los cuestionarios eran más densos y complicados de responder, puesto que las preguntas apuntaban ya hacia ámbitos mucho más personales y comprometidos.
Pasa algún tiempo más y recibo nueva llamada proporcionando más claves para nuevos cuestionarios de internet, con preguntas ya directamente dirigidas a averiguar de qué pie cojeas, si estás sonado y cómo te las gastas en caso de confrontación.
Después de eso, pasó bastante tiempo y ya me había olvidado del asunto, cuando recibo otra llamada que me comunica que he sido seleccionado junto con otros 199 personajes de toda la Comunidad Valenciana para hacer una última criba. Me hacen por teléfono algunas inquietantes preguntas más y me dicen que si sigo interesado en seguir adelante con la prueba, contesto que sí y me dan los detalles de dónde y cuándo tendrá lugar. El lugar: un hotel de la ciudad de Valencia. El problema fue la fecha: no recuerdo qué día exacto fue pero, como bien comentaba Cripema, caía en plenas fiestas mayores de la ciudad de Alicante (o sea, que tuvo que ser entre el 20 y el 24 de Junio). Y en aquellos tiempos (no tan remotos, por cierto) esas fiestas eran sagradas para la Mötley Crüe, que no perdonábamos ni un solo día de festival y habíamos llegado a alquilar para esas fechas una mesa en una de la Barracas (sería muy largo de explicar ahora este concepto), como punto de encuentro y plataforma logística para el avituallamiento de la tropa festereta durante la semana de desparrame.
Así que, a pesar de haber llegado hasta ese punto del proceso de selección, todo hacía presagiar que no acudiría a aquella cita. Además me pedían que llevara una fotografía reciente que yo considerara que retrataba bien mi personalidad y un texto en el que en apenas un folio me describiera a mí mismo: mi carácter, mis preferencias y fobias, y mi vida sentimental (pasada, presente y futura), y donde también debía escribir brevemente sobre mis relaciones con la familia, los amigos, en el trabajo, etc…
Pues bien, lo que en principio no debía suponer ningún problema para una persona normal, es decir: buscar una foto chula y escribir diez o doce líneas sobre su vida y milagros, para mí sí lo suponía. Porque resulta que en estos tiempos hipertecnificados en que cualquier mono amaestrado hace fotos de alta definición con el móvil y tiene en su disco duro 20 gigas de fotos de sus viajes y parrandas, pues este mono nunca ha estado bien amaestrado y las fotos que conservaba de toda su vida se podían contar con sus dedos prensiles de las manos y los pies, por su puta manía de no viajar nunca con cámara (quizás debido al pequeño inconveniente de que no tuvo, ni tiene, ni a este paso tendrá una), y porque ni siquiera se preocupaba en hacerse con una copia de los que sí se tomaron la molestia de portar algún utensilio para inmortalizar los momentos vividos. Así que finalmente tuvieron que ser sus amigos Aprilia y Delrieu quienes rescataran de su archivo personal una foto de un servidor, en lamentable estado de conservación durante una de sus asistencias al temible festival de Benicassim; imagen que ellos consideraron como muy representativa de mi persona por aquellos tiempos, y no les faltaba razón.
Con lo cual, ya tenía solucionado uno de los requisitos. El otro, lo de hacer una redacción escolar sobre mi persona, ni me molesté en cumplirlo porque no las tenía todas conmigo de que me fuera a presentar a la prueba. Pero estaba muy equivocado.
(Y ya seguiré otro día, que esto es conferencia y nos va a costar un riñón).
jueves, septiembre 27, 2007
Gran Marrano (II)
Y no es por ningunear a Vainilla, Xavalín, Próspero, etc… pero son personas con las que tengo trato carnal con mayor o menor frecuencia, a las que puedo contarles en persona (si no lo he hecho ya) mis neuras y ahorrarme el andar aquí en el curro, escribiendo intermitentemente y a traición, eludiendo las tareas que me dan de comer y escabulléndome del jefe (¡cuidado! que viene……………….………. ya está, ya se ha ido. Sigamos). Ni que decir tiene de Cripema, Gilito o Aprilia. Lo de mis queridos Espantos es caso aparte y ya son como de la familia, pero se agradece mucho saber que siguen por aquí. Por todo lo cual, me dejaré de chorradas y pasaré al meollo de la cuestión, pero no sin antes agradeceros a todos los comentarios.
Bueno, ya confesé el otro día (¡coño! que fue ayer. Qué lento pasa el tiempo y qué larga se me está haciendo esta semanita previa a mi segunda toma de vacaciones), que tanto despotricar de la basura catódica y dármelas de esnob, como que leo libros raros, de los que no entiendo ni papa; y todo para que a la mínima que me surge la remota posibilidad de hacer el ganso en pantalla, en directo para millones de telespectadores, acabe pasando por el aro de un peculiar proceso de selección, que a lo tonto, a lo tonto, casi termina con mis huesos en la casa de los horrores.
Por supuesto, en mi caso, y más por aquellos tiempos, mi único interés era monetario ya que me encontraba desempleado y sin blanca (bueno, esto último no suele estar necesariamente condicionado por lo anterior; ya que se puede dar el caso, pongamos ahora mismo, que por mi particular modus vivendi, sí tenga trabajo pero tampoco tenga un duro).
La cuestión es que, como ya dije, en el año 2.000 (guarismo de resonancias muy futuristas) llegó a este país la 1ª edición cañí del formato Big Brother. Para los que me conocen, no es ninguna novedad que apenas veo la tele (básicamente porque no paro quieto por casa), y ésta no iba a ser una excepción; pero visto el revuelo que armó el programa no me quedó más remedio que echarle un vistazo, si no quería quedar marginado en cualquier tertulia o reunión de amigos, ya que no se hablaba de otra cosa.
Confirmando mis peores pronósticos, el programa me pareció una hediondez y sus protagonistas: infrahumanos; y allí terminó todo mi interés por el invento. Lo poco más que supe del engendro me lo iba enterando en las conversaciones, en las que –insisto- pareció durante un tiempo que no se pudiera hablar de otra cosa.
Debió ser con la 2ª edición, que mi querido amigo Karras y su señora parecieron contagiarse de esta fiebre, y en alguna cena en su casa (yo, como siempre, gorroneando a todo Dios) me obligaron a televisionar el espantajo. No podía dar crédito a mis ojos ni a mis orejas, y empecé a preocuparme seriamente por el futuro de la humanidad, tras la contemplación estupefacta de unos comportamientos aterradores en sí mismos, y francamente preocupantes si se cuenta que aquellos individuos sabían perfectamente que media España (casi literalmente) contemplaba en directo todas sus astracanadas.
Pero lo peor de aquella velada fue que, a través de la niebla alcohólica, me pareció escuchar que mi pareja de anfitriones llegaron a comentar con otros invitados que les encantaría verme a mí allí dentro, que yo estaba zumbado y que seguro (según ellos) daría mucho juego en el programa, con mis chascarrillos y cruces de cables (insisto, siempre según ellos). Por supuesto yo despotriqué lo mío y la cosa quedó ahí. Bueno, eso creía yo.
Hasta que, pasado un buen tiempo, me llama el Karras y me dice que su señora me ha inscrito a traición en el proceso de selección de la 3ª edición del famoso show de realidad, y que por favor me tome nota de unas claves con las que tengo que entrar en la página web del programa y responder unos cuestionarios.
Ya estaba a punto de mandarlo a tomar por culo, pero él muy hábilmente me lanzó la carnaza perfecta cuando pasó a comentarme el dineral que ganaba cada concursante abisal por gandulear unos meses, paseando su zozobra ante las cámaras en un chalet de la sierra. En ese mismo momento se me pusieron las pupilas en forma del signo del eurodólar (como en los dibujos animados de Tex Avery) y ya empezó a interesarme el asunto con una ávida intensidad.
(Mañana sigo, que al final me van a tirar a la puta calle).
miércoles, septiembre 26, 2007
Gran Marrano (¿ I ?)
Una de ellas, se anunciaba en la excelente novela 1984 (altamente recomendable), en la que George Orwell imaginó un futuro (a estas alturas del siglo XXI, ya pasado) en el que El Gran Hermano omnipresente controlaba a los ciudadanos con cámaras y micrófonos twentyfour-seven, como dicen los modernos (o sea, las 24 horas del día, los 7 días de la semana), para evitar disensiones e insurgencias entre sus súbditos. Y cuando alguien patinaba y ya no era del agrado del Gran Hermano, desaparecía sin dejar rastro.
Tan solo 16 años después de lo previsto por Orwell, y 52 después de haberlo previsto, es decir en el año 2.000, el concepto Gran Hermano no sólo se convirtió en distópica realidad, sino que lo hizo en forma de espectáculo televisivo; convirtiendo en algo deseable para el pueblo el participar en un encierro durante el cual serás grabado 24/7 mientras acatas la autoridad caprichosa del Gran Hermano (un ente ubicuo y despersonalizado que controla hasta el más mínimo detalle de lo que acontece allí dentro) y cuando no gustes a los que mandan (supuestamente la audiencia) te quitan de en medio por la puerta falsa y la vida sigue sin ti.
Bueno, pues dicho lo cual y tras toda esta perorata, resulta que el que suscribe debe confesar que, entre las muchas gilipolleces que ha hecho en su vida, estuvo a un tris de entrar en la dichosa casita de la 3ª edición del concurso de marras (la magnitud de ese “tris” deberá juzgarla cada cual después de conocer los hechos).
Pero antes de enredarme en un relato larguísimo y plomizo de los míos, pero necesario para explicar medianamente bien toda la historia (e incumpliendo el contrato que me vi obligado a firmar con la productora, que prohibía en una cláusula de confidencialidad desvelar los pormenores del proceso de selección), me gustaría saber (para ahorrarme el esfuerzo en balde) si realmente a alguien le interesan mínimamente todas estas chorradas mías.
Es más, si alguien nos lee, porque creo que hay un contador de visitas en alguna parte, pero según Gilito la inmensa mayoría son despistados que llegan buscando fotos de gente comiendo zurullos y se encuentran con un relato chusco de coprofilia (palabra clave de búsqueda) amateur y desganada. Vamos, que si ¿hay alguien ahí?
Espero sus comentarios antes de escribir una sola letra más.
viernes, enero 05, 2007
Sus Satánicas Majestades
Allí, tradicionalmente todos los años algunos de los padres se visten de Reyes Magos y les entregan regalos a los niños de la Hoguera. Pero, como quiera que los niños de hoy en día son muy espabilados y no tragan con cualquier cosa, acababan reconociendo los rostros familiares de sus majestades apócrifas o a notar "cosas raras" (como cuando el "Rey" Mago estaba encarnado por una mujer y decían que es que su Majestad estaba afónica por el frío de venir en camello para no traumatizar a los niños con transexuadas reinonas magas). Majestades apócrifas e intempestivas, ya que por los compromisos familiares de los distintos padres la auténtica noche de Reyes (o sea, hoy), este acto se adelanta al 4 de enero alegando razones de exceso de trabajo de sus majestades, que tienen la deferencia de adelantarles a estos niños unos regalos (lo gordo se lo darán mañana en casa como a todo hijo de vecino).
La cuestión es que este año Rishark solicitó a tres de sus hermanos (Feiulle Morte, Ginés y un servidor) que encarnaran a los sátrapas orientales. Y por supuesto no le fallamos (la prueba la tienen aquí abajo):
(De izquierda a derecha: Micro-Gaspar, Melchor-Ginés y Feiulle-Baltasar, rodeados de algunos de los locos bajitos con los que tuvieron que lidiar)
¡Menudo cachondeo nos trajimos! Las risas empezaron ya en casa de Ginés (el hermano submarinista profesional del que ya he hablado alguna vez) vistiéndonos. Nada más salir de su casa y todavía dentro de la urbanización ya tuvimos los primeros encuentros con niños, que flipaban en colores al vernos. Lo que nos vino bien para ir rompiendo el hielo, porque puede parecer una tontería pero estás jugando con la ilusión de los niños, y hay que andarse con mucho ojo de no cagarla con algún comentario fuera de lugar o unas risitas a destiempo.
Ya en el coche (imaginad a sus majestades de oriente que han dejado "aparcados" los camellos y viajan en el monovolumen de mi hermana) íbamos saludando a cuanto chiquillo nos "reconocía", y haciendo más coñas (como la de Ginés, quien al no poder abrocharnos los cinturones de seguridad debido al tráfago de capas y adminículos reales, tranquilizó a mi hermana diciendo que en el código de circulación especifica que los seres mitológicos están exentos de su uso). En una de esa bromas mi hermana detectó que nos apestaba el aliento a cerveza (mientras nos vestíamos nos tomamos unas cuantas; como quitavergüenzas) y nos dijo que no era plan de dejar rubios a los críos con nuestras vaharadas etílicas. Así que nos dio un chicle a cada uno. Y, claro, cuando llegamos, el barbilampiño Baltasar no tuvo problema alguno en deshacerse del suyo, pero, ay, Melchor y Gaspar se las vieron putas con esas pobladas barbas (no os podéis ni imaginar lo molestas que son las jodías). De repente escucho a Melchor estallar en carcajadas, y encanado de la risa le dice a mi hermana que se le ha "perdido" el chicle entre la barba. Al descojonarme yo, también se fue mi chicle a parar a mi densa barba pelirroja. Y allí nos tienes en una esquina tapándonos con las capas mientras mi hermana con unas tijeras recuperaba las gomas mascadas de las matas de pelo.
La cuestión es que nos entran al local por una puerta lateral y nos sientan en nuestros "tronos" (en las fotos puede apreciarse la deficiente ambientación), y empezamos a escuchar una impaciente algarabía en el exterior. La persiana metálica del local (que es un bajo) empieza a agitarse violentamente y uno de los organizadores dice: "Abrid los toriles". Y yo que, asustado por el escándalo, me pensaba que tendría que recibir a la chiquillería a puerta gayola, me sorprendí de que entraran educadamente y se sentaran mansamente, casi temerosos, a esperar pacientemente su turno. Está visto que la imagen de los tres Reyes de la tradición cristiana impone muchísimo respeto a los infantes. Y no es para menos: yo más que un mago de oriente parecía un motero de Daytona (con esa barba y melena a lo ZZ-Top), Melchor parecía un home-less neoyorquino y Baltasar un pandillero angelino de South-Central en carnavales. O sea, que más que tres magos de oriente, parecíamos tres marginales de Occidente. Recuerdo que, rompiendo el protocolo, me levanté de mi trono para coger a un niño que estaba atemorizado y se resistía a acercarse, y casi le da un patatús al pobre, cuando vio esa mole de pelo abalanzarse sobre el como un grizzly.
Bromas aparte, fue una experiencia preciosa. Ahora entiendo a los payasos cuando dicen que no hay nada más grande en el mundo que la sonrisa de un niño, y por eso mismo no me importó hacer el payaso ayer un buen rato. Y hablando de niños, aprovecho la ocasión para comunicar que mi querido Melchor me acaba de hacer tío hace apenas unas horitas. Enhorabuena, campeones.

(Micro-Gaspar entregando un regalo a una preciosa niñita, que un rato después fue ilusionada a enseñárselo a Melchor; y éste le suelta: "A ver qué te han traído". A lo que intervine diciéndole a la niña que Melchor está ya muy mayor y chochea y que ese regalito lo había elegido yo personalmente para ella. Por cierto los niños flipaban de que nos supiéramos todos sus nombres, ajenos a que uno de los organizadores nos los soplaba desde atrás).
jueves, enero 04, 2007
El súper-dopado
Ayer estuve cenando con M.M. (que son las siglas de Mujer Maravillosa, y no de Marilyn Monroe, ni de su tocayo Manson), con la que estoy viviendo un momento dulce, muy dulce… tan dulce que espero que no acabemos empalagados; y no sé a santo de qué estuve recordando una historieta de esas mías de abuelo Cebolleta que, mira tú por donde, me apetece contar ahora aquí también. Y no es otra cosa que cuando yo era pequeño me tomaron una temporadita por un niño prodigio.
Un buen día, Don José (el profesor de dibujo; eso sería en 3º de E.G.B.) estaba recogiéndonos los dibujos que unos días antes nos había mandado pintar en casa como deberes. Y entre los previsibles monigotes toscos, casas con chimenea bajo un sol sonriente y abominaciones monstruosas coronadas con la leyenda "Mi papá" (todas ellas obras de torpes manitas infantiles y tiernos cerebritos párvulos), apareció mi nada humilde aportación: una muy aceptable reproducción a la témpera del cuadro "La rendición de Breda" (a.k.a. "Las lanzas") de Diego Rodríguez de Silva Velázquez.
lunes, diciembre 11, 2006
Lenguas afiladas
Como es "navidá" y es tiempo de buen rollo general se me ocurre proponer un ranking de frases lacerantes, cargadas de hiel y mala leche en general, pero de producción propia y/o/u oidas a los amigos cercanos.
A modo de ejemplo me acuerdo de dos ocurrencias.
Frase 1.
Contexto: Una conversación en la que se citaba a Raquel del Rosario Macías, la cantante de El Sueño de Morfeo y novia de Fernando Alonso.
En eso Micropene espetó: ¿Esa quién es? ¿La putita del Fitipaldi?
Frase 2.
Contexto: Otra conversación sobre el estado de la música actual, se mencionaba a la Oreja de Van Gogh y a Amaral... y Cripema afirma "El target de esa música son las chicas treintañeras solteras que han fracasado en el amor"
Al lado de Micropene y Cripema, el Doctor House es Milikito
viernes, noviembre 24, 2006
La "vernissage" (by micropene & cripema)
Vernissage es una palabra francesa que significa literalmente “barnizado”, pero que se usa también para referirse a inauguraciones de exposiciones, de acontecimientos, etc... Vendría a ser lo que los anglosajones denominan cocktail, y en castizo “sarao”.
Y una gran vernissage es lo que había organizado esta noche en Alicante una de las compañías aéreas más influyentes de este país.
No sé si transgredo algún precepto “bloguero” respecto a la conservación del anonimato, si desvelo que Cripema y yo trabajamos para una multinacional del transporte y la logística internacional; concretamente en su delegación de Alicante. Pero lo gracioso es que ninguno de los dos se dedica al departamento aéreo, ergo no estábamos invitados a la vernissage. Pero como nuestro olfato bizarro nos hacía sospechar que la velada prometía sensaciones fuertes, hemos hecho las gestiones oportunas para colarnos en la fiesta. (Me empiezo a sentir culpable, porque si juntara todas las comidas que me he pegado de gorra en mi vida, sin estar invitado o colándome por la puta patilla, creo que podría alimentar algún país de tamaño medio del tercer mundo durante al menos un año).
La cuestión es que para allá que nos hemos ido con nuestro jefe (y sin embargo gran amigo) y mi hermano mayor, que se dedica también a esto pero en la competencia, y él sí que está en el departamento aéreo. (De hecho fue él quien, años ha, me rescató de la formación profesional, donde me reinsertaba en sociedad estudiando un Ciclo Superior de Automoción (dicho en castizo: “estudiaba pá mecánico”), y me consiguió un trabajito en su empresa. No tardaría demasiado en arrepentirse el pobre...).
Decía que nos hemos plantado allí, y todos han insistido en que hasta que estuviéramos diluidos en la multitud procurara mantener la boquita cerrada. Pues bien, no llevaba allí ni diez minutos, mientras tomábamos unas cervezas que se servían en el jardín del restaurante a modo de recepción, que se me acerca un tipo con aspecto de vietnamita y empieza a hablarme en inglés; pero en un inglés raro, como con acento orco. Y yo que le sigo el rollo y me extiende su tarjeta y resulta que el cabrón era el director general en Luxemburgo de la empresa ésta que organizaba el sarao (¿pero de verdad existe Luxemburgo? ¿No era una leyenda urbana?). Y para una pregunta seria que me hace el tipo voy y la cago. Y no es que tratara de desenmascararme, ni mucho menos (con la pasta que se han gastado en la fiesta, no creo que luego se anden rateando por un invitado más o menos), sino que el tipo de verdad quería alternar un poco con sus “colegas” españoles. La cosa es que me ha preguntado que si mi empresa pertenecía a la "no-sé-qué network" y le he dicho muy convencido que no, que en absoluto, que podía estar tranquilo. Y Cripema, que andaba por allí cerca y se ha coscado de todo, se ha acercado descojonada a echarme un capote y rescatarme de las garras del viet-cong, aclarándome entre carcajadas que por supuesto que pertenecemos a la “Hi-tech Network” (¿se escribe así?), como casi todos los allí presentes. Pues bueno, pues vale, pues me alegro...
En otro descuido de mi benefactora, me ha enganchado una tía muy rara y se ha presentado y me ha dicho muy convencida que venía de Barcelona, y le he contestado algo que vendría a decir: “pues muy bien; así me gusta, que te diviertas”, y la he dejado allí plantada con la excusa de ir a pedirme otra cerveza. Y resulta que luego en el discursito que nos han soltado, la tía coge el micro y se presenta como la directora general de este grupo para toda España y Portugal. Jodeeeer, eso es empezar la noche con buen pie.
Poco después nos han pasado al comedor, que era una especie de jaima gigantesca, y de repente ha sonado música arábiga y han salido unas bailarinas haciendo la danza del vientre (?!). La verdad es que las muchachas eran un espectáculo digno de verse... por lo bien que bailaban, me refiero.
Después una improvisada DJ (era una de las camareras que de vez en cuando se iba a pinchar algún espanto) nos ha estado atormentando con un repertorio que costaba dar crédito a los oídos. Mientras, seguía corriendo la comida y la bebida (más lo segundo que lo primero) y algunos elementos empezaban ya a desmelenarse y a dar la nota.
Y de repente llegó ella: la supermujer de la que hablaba no hace demasiado tiempo aquí, que se dedica a lo mismo que nosotros, pero a otros niveles. Así que tras unos saludos cordiales yo me he escabullido discretamente (este taxi ya está ocupado), cosa que no ha podido hacer la pobre Cripema, a la que se llevaba constantemente de la mano de aquí para allá (ya me contarás de qué hablabais tanto, canalla). Más danza del vientre, pero esta vez una bailarina sola, que le daba sopa con ondas a todo el cuerpo de baile anterior. Y resulta que la danzarina del vientre se ha encaprichado de la supermujer de marras y nos ha ofrecido un espectáculo de insinuación homoerótico bastante inquietante, todo ello ante un público que no salía de su estupor (según Cripema, alguien le ha confirmado después que la del vientre serpenteante era lesbiana. Ya me contarás mañana con calma, que con todo el follón no me he enterado muy bien de la copla).
Después de varios saqueos corsarios al cortador de jamón (pobre hombre, las lonchas no llegaban a tocar el plato; y eso que se daba muy buena maña el tío), y tras incontables rondas de cerveza, se ha realizado una rifa (?!) de unos relojes, unas maletas y unos viajes. Casi me alegro de que no me haya tocado nada, porque me imagino la cara de toda la concurrencia viéndome salir a recoger mi inmerecido premio y preguntándose en silencio: “¿Y éste quién cojones es?”.
Había pululando por la fiesta un fotógrafo que por sus maneras parecía hacer apología de una opción sexual muy concreta, y que parecía tener fijación con el tándem Cripema-un servidor. Deberíamos parecerle muy fotogénicos o yo qué sé, pero nos ha hecho más de 15 fotografías (y no exagero) en todas las posturas y con todas las compañías posibles (sólo le ha faltado pedirnos que le hiciéramos el dragón, como en “Starsky y Hutch”).
Y de repente, como grand finale (al menos para nosotros, hasta donde hemos aguantado, porque la fiesta seguía cada vez más animada) han vuelto a salir las bailarinas con nuevo vestuario y tras una nueva coreografía sensual, han empezado a sonar los inconfundibles compases de una marcha mora y las sicalípticas muchachas han corrido a pescar “voluntarios” (sólo les faltaba patalear en su resistencia) entre el público para formar un par de largas “filaes”. A ver cómo os explicaría yo a los que leéis esto desde fuera de la Comunidad Valenciana lo que es una “filà” de moros y cristianos, y lo que sentimos los aborígenes de esta tierra cada vez que escuchamos los temibles primeros compases de cualquier pasodoble arabesco. Creo que no hay palabras humanas para describir esa turbamulta de sentimientos desasosegantes y contradictorios, así que “millor deixem-ho estar”. Pero por favor imaginad a esos representantes internacionales de la firma organizadora, venidos de países exóticos, con los mofletes color nazareno por culpa del morapio, intentando bascular siguiendo el ritmo cimbreante de las huríes. Y éstas que se mezclaban en la “filà” con nativos de aldeas y pedanías no menos exóticas a pesar de su proximidad geográfica y estancadas en la Baja Edad Media, donde este tipo de festejos son sagrados; y los veías tomarse el asunto con esa seriedad que ellos consideran necesaria, con el brazo en cabestrillo y un ducados entre los dedos -a falta del puro preceptivo- y mirando al techo para que no les viéramos aflorar unas lagrimitas al recordar los buenos tiempos pasados en sus fiestas patronales. Inolvidable, podéis creerme; ¿estas cosas sólo pasan aquí? (Y eso que no me quiero cebar con el individuo que le ha arrebatado a la bailarina jefa -la bollera- la espada (sí, he dicho espada) y emocionado se ha puesto a dirigir la “filà”, y elevaba la cimitarra con la mirada perdida por encima de nuestras cabezas, como si desfilara por los callejones adoquinados de su villorrio, saludando a sus vecinos y familiares consanguíneos, que aplaudieran desde los balcones de los entresuelos decorados con banderas rojigualdas. El tipo no cabía en sí de orgullo, y en el súmmum de su delirio casi provoca alguna desgracia personal al restregar el sable repetidas veces por el suelo del local, tratando de hacer saltar esas siempre vistosas chispas, quizás olvidando –obnubilado por el alcohol- que pisaba sobre moqueta). Huelga decir que éste que suscribe, en cuanto ha visto horrorizado que las bailarinas arrastraban con ellas a miembros del público para hacer el ridículo más espantoso, ha tramado rápidamente todo un dispositivo de emergencia que evitara tal posibilidad.
Y por fin, después de algunas rondas y malentendidos más, nos hemos marchado de allí cuando la fiesta parecía que empezaba a animarse ya más de la cuenta, y todos empezábamos a decir más disparates de los deseables. Al despedirnos nos han entregado a cada uno un set de regalos cortesía de la compañía aérea, y ya en el coche íbamos con mi hermano comentando entre carcajadas las anécdotas más destacables de la velada. Seguro que yo me he dejado muchas -como la decoración de la jaima, que daría para todo un post-, pero ahí está Cripema por si quiere añadir algo. Me voy a dormir; y hoy mi lecho es terreno abonado para las pesadillas. Ja baixen!
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ACTUALIZACION BY CRIPEMA
Corroboro que nuestro querido micropene (a partir de ahora "Carpanta" ) fue el primero en llegar al evento; como así nos hizo saber la organizadora del evento al jefe y a mi cuando nada mas recibirnos a la entrada nos saludó con un:
-"vuestro compañero está en la barra tomando una cerveza".
Ella no lo sabe, pero a mi me hubiera bastado con la mitad de la frase, (es decir, "vuestro compañero está") para saber que Micro había llegado, que por supuesto estaba en la barra tomandose una cerveza e incluso hubiera podido afinar más adivinando que se estaba fumando un winston y que probablemente ya había interaccionado con algún interlocutor.
La historia de la überfrau la obviaré por retorcida, rocambolesca e incluso absurda, aunque doy fé que se trata de una supermujer y de que también lo era la bailarina exótica arabesca a la que se ligó. (la heterosexualidad (ambigua, eso sí) de la primigenia überfrau evitó que aquello acabara en un mujer contra mujer en toda regla)
Estoy de acuerdo en que la decoración del local daría para otro post, pero por no alargarme y aburrir sólo diré que el encanto del enclave idilico propio de cuento de hadas del local, con sus arboles centenarios en el jardín, quedaba mermado entre otras cosas por el cartel en neón rosa que indicaba donde estaban los aseos. También resultaba "curiosa" la palmera en cuyo tronco había clavados infinidad de alfileres con los que se sujetan los velos nupciales, recuerdos (supongo) de todas las novias que han celebrado allí sus esponsales. Sin desdeñar tampoco el corazon en neon rojo intermitente que presidia la palmera. Pero ya digo, no me quiero alargar.
Fuí rescatando toda la noche a Micro de las garras de despiadadas trabajadoras de la compañía aerea en cuestión (como curiosidad, decir que se trata de una compañía en la que todo el personal español es femenino) que lo unico que trataban de hacer era su trabajo (es decir, agasajar a los invitados al evento y comentar temas laborales en un ambiente distendido). Claro que Micro de aviones cargueros sabe tanto como de informatica, asi que allí estabamos toda la noche pin y pon con frases del tipo: "cuidado a tus 10", "peligro acecha una de las jefas por la retaguardia".
Lo mejor de la noche, sin duda alguna fueron las danzas del vientre de las simpaticas muchachas. Salió en tres ocaciones el mismo grupo de chicas a deleitarnos con sus bailes aunque los hombres de mi alrededor preguntaban cada vez ¿Estas chicas no son las mismas de antes, verdad? Prueba evidente de que se fijaban en los artisticos movimientos y sentido del ritmo de las bailarinas y no en sus caras....
Pero evidentemente lo mas impactante fue cómo tras la danza, formaron en escuadra al son de una marcha mora ante la mirada atónita del chino - camboyano, de un mexicano rubio con ojos azules y de dos o tres de luxemburgo (que al final se unieron a la misma).... mientras que otro invitado de Monovar que estaba a mi lado gritaba insistentemente :
- Paquito el chocolatero! Paquito el Chocolatero!! Que toquen Paquito el Chocolatero!
Fue entonces cuando Micro me miró y me espetó un : Nos vamos, no?
Y decidimos ambos, hacer la romeria de despedida hasta el parking.
miércoles, septiembre 13, 2006
Gambito de rey
A veces la vida es así de extraña. Dos días antes de aquello, el martes 22, esta misma persona propició (juntó a otras muy queridas) uno de los cumpleaños más felices que éste que suscribe pueda recordar; y me hizo un precioso regalo que no olvidaré mientras viva. Y tan sólo 48 horas después nos metíamos cada uno en su coche, rumbo a nuestros respectivos hogares sin la más mínima intención de volver a encontrarnos.
Absolutamente todos mis problemas en el campo de las relaciones con el otro sexo vienen de esa actitud mía que ya comenté en el post aquél en el que hablaba de mi habilidad para la apnea en mierda. Resumiendo venía a decir que, para bien o para mal, uno ha llegado a una edad en la que ya le es prácticamente imposible cambiar ciertos rasgos sustanciales de su carácter y ya no está de humor para bailarle el agua a nadie, “supermujeres” incluidas. (Por cierto, aún sigo sin entender qué cojones ven de interesante en mí este tipo de hembras del género humano. En mi entorno se barajan varias teorías, a cual más extravagante).
Aunque ya en aquella tensa comida de la apnea dejé muy clarita mi postura ante cómo entienden cierto tipo de mujeres (las generalizaciones son muy injustas) que hay que abordar el acercamiento intersexual (lo que se conoce como “la seducción”), de nuevo tuve ese infausto día que explicarme, porque las cosas estaban tomando un cariz que no me gustaba nada. Para ello utilicé un símil, quizás poco acertado pero sí muy gráfico: El ajedrez.
El ajedrez es un juego que para el que lo domine, aunque sea a un nivel de aficionado, debe ser todo un desafío intelectual y un auténtico goce (del espíritu claro, porque aún no entiendo muy bien que esté considerado como un deporte un juego en el que dos cerebritos se sientan durante horas en torno a un tablero cuadriculado a estrujarse las meninges). Y yo entiendo, y hasta envidio, el placer mental que puede deparar una buena partida, pero como resulta que yo no tengo ni pajolera idea de jugar, pues no lo hago; ni se me pasa por la cabeza. No tiene sentido si no has tenido oportunidad al menos de aprender unas nociones básicas, o como mínimo de saberse las reglas del juego para saber a qué atenerte.
Pues si mañana me viene Kasparova y me desafía a una partida, por muy prometedora que sea la recompensa, rechazaré su invitación porque tengo absolutamente todas las papeletas de perder, y muy probablemente encima pasando un mal rato mientras dure el lance, no dando una a derechas y desconcertando a mi adversario, al que le costaría creer que pueda existir alguien tan negado e inútil para lo que él considera pan comido.
Y si encima Kasparova ya cometió la indiscreción de reconocer sentirse muy a gusto jugando porque en todas las partidas que ha disputado previamente ha dominado sobradamente y ha salido victoriosa siempre, pues apaga y vámonos.
Qué manía tienen algunas con la puta “seducción”, con el toma y daca, con dar una de cal y una de arena, con soltar sedal y recogerlo en el momento justo, dar cera y pulir cera... y todas esas chuminadas y pérdidas de tiempo y energía. Lo siento, pero no paso por ahí. Me da igual si me estoy perdiendo algo grande (“Es que todo eso es muy bonito”, me dicen algunas), pero quizás soy una persona excesivamente cerebral para la que un “no” significa exactamente eso: “no”; y nunca puede significar “sí”, por mucho que vaya acompasado de un mohín, una caída de ojos o un arqueo de cejas. Joder, si quieres decir “sí”, di “sí” y punto. El castellano es una lengua muy rica que te permite decir muy aproximadamente, casi exactamente, lo que quieres transmitir. Entonces no puedo llegar a entender qué es lo que tienen de "bonitas" esas crípticas conversaciones telefónicas, plagadas de incómodos silencios (que a lo mejor en ese retorcido código femenino creen estar diciendo mucho, aunque no digan absolutamente nada), en las que se supone que tienes que estar atento a un simple quiebro o inflexión de la voz que podría cambiar radicalmente el significado de lo que se está diciendo literalmente (hay que andar con pies de plomo porque resulta que un “No hace falta que vengas” pronunciado en según que tono, o con según qué cadencia, puede significar justo lo contrario, “Ya estás tardando”). Lo siento pero no juego a eso. No juego al ajedrez. Porque no sé jugar y me da pereza aprender a estas alturas de la película. Y porque no me da la gana, ¡qué cojones!
Además ya venía muy escarmentado de mi “partida” con la “supermujer pirenáica”, otra Gran Maestra del tablero. En aquella ocasión cometí el error de aceptar el reto y no sería sincero si no admitiera que sufrí lo mío viéndomelas con toda una Karpova, y perdiendo miserablemente como estaba cantado. (Por cierto, ahora que he dicho lo de la sinceridad, no sé qué cachondeo se trae la gente con ese ente que responde al nombre de Pocholo porque un día calificó a alguien en un plató de “insincera”. Esa palabra es perfectamente correcta, está en el diccionario y significa exactamente eso: lo contrario de sincero, que no necesariamente implica mentir).
Pues ahora parece que Kasparova no se resiste a echar esa partida, y a juzgar por lo escuchado esta mañana piensa jugar fuerte. Para empezar la apertura no puede ser más arriesgada, con un agresivo gambito de rey; jugada ésta muy apreciada en la época romántica, pues se veía aceptable sacrificar uno o dos peones en la apertura, confiando que en el juego medio estas bajas iniciales serían ampliamente compensadas. Hoy en día sólo un/a loco/a la emplearía en un torneo.
"El sobresalir en ajedrez, querido Watson, es indicio de una mente intrigante". (Arthur Conan Doyle, El fabricante de colores retirado)
miércoles, septiembre 06, 2006
Coprofilia
Leyendo el blog del amigo Chiringui, a.k.a. "Trepanador" (inolvidable la foto que preside su blog; pinchen el primer enlace de la columna de la derecha y entenderán a qué me refiero), en el que comentaba la impresión que le causó el visionado de una película de porno extremo, concretamente de coprofilia (ésas en las que se cagan encima y después juguetean con los zurullos; si tras restregárselos los ingieren ya pasan al escalafón superior de la coprofagia [literalmente, comer mierda]); me vino a la memoria mi primera y única, y muy probablemente última, experiencia en ese campo. No se echen las manos a la cabeza, que no es para tanto; que seguro que el que más o el que menos se ha cagado encima alguna vez de pequeño –y no tan pequeño-, y después su mamá le ha metido en la bañera y con agua y jabón todo solucionado; que no se acaba el mundo, coño.
Hace mucho, mucho tiempo en un reino junto al mar vivía una señorita cuyo nombre era Annabel Lee; y resulta que Annabel Lee era una mujer muy abierta de mente en todos los terrenos, con la que tuve la enorme suerte de tener trato carnal. Como resulta que yo soy bastante retorcido en la cama y fuera de ella, pues nos entendíamos muy bien; pero que muy bien. Entre las diversas parafilias que practicamos juntos (a decir verdad, casi todas las que siempre había querido probar) estaba la urofilia (juguetear con el pis) que no urolangia (tragárselo); y de ahí a la mierda hay un paso.
Paso que dimos un día a petición mía.
Al principio Annabel Lee no estaba por la labor (y eso que era la donante y no la receptora), pero tras insistir un poco con esos argumentos tan rocambolescos que me fluyen al cerebro cuando trato de salirme con la mía, accedió a participar.
He de decir que siempre me ha gustado la pornografía extrema; no como estímulo erótico, ya que esas películas te producen sorpresa, estupor, cuando no directamente repugnancia, sino por mi insaciable curiosidad por los elásticos límites del alma humana. Todavía conservo una enorme colección de cintas VHS de contenidos depravados que grabé durante años de películas que alquilaba en los sex-shops mas lúgubres que encontraba (sí, Teddy Bautista, pirateadas y sin pagar canon). La clase de películas que coleccionaba era lo que definió muy bien en la película "Asesinato en 8 mm." el individuo ése al que Nicholas Cage (que va buscando una snuff movie y se mete en una especie de galería del coleccionista pervertido) le pregunta por el tipo de material que tiene y éste le contesta: "Mierda enfermiza". Pues eso. Además algunos amigos que ya sabían mis especiales preferencias en la materia hicieron notables aportaciones a la colección (inolvidable la de Almax tras su viaje por Alemania). Y como llenaba mi cabecita con tantas imágenes desviadas pues culo veo, culo quiero (nunca mejor dicho) y quise probar algunas de las modalidades que más me intrigaban, para tratar de averiguar qué sentía la gente al hacer esas cosas y si de verdad esos excesos eran capaces de provocar una excitación sexual especial y desconocida. Bueno, tras la coartada intelectual (y sin recurrir a Freud, que conste), que nadie habrá creído y que habrá quedado en un "Sí, sí, vamos, que eres un guarro", pasemos ya a los hechos.
Quede claro que era un día cualquiera y que no estábamos borrachos ni nada por el estilo; simplemente surgió. Obviamente para llegar a ese extremo debe haber un calentamiento previo, es decir tienes que estar en ese punto máximo de excitación en el que parece que todo vale. Así que, llegados a ese punto preparamos el escenario (joder, aún me estremezco de recordarlo): pusimos bastantes papeles de periódico en el suelo del cuarto de baño, me tendí desnudo sobre ellos y Annabel Lee se puso desnuda a horcajadas sobre mí, mirando hacia mis pies, con lo que yo podía contemplar perfectamente toda la operación (que se supone que es la gracia del asunto; y, la verdad, resultaba un contraste muy curioso contemplar un culo tan bonito obrando una cosa tan fea). La fuerza de la gravedad hizo el resto.
Aún doy gracias al cielo de que lo que brotó fueran unos pocos zurullos sólidos y apenas olorosos (como los de una cabra, más o menos), que tras impactar en mi vientre rodaron hasta el papel de periódico sin dejar apenas rastro en mi piel; porque una vez finiquitada la excitación sexual (que he de reconocer que fue mucha por lo morboso de la situación) y cuando me volvió de golpe la conciencia autocrítica y miré a mi alrededor y vi en la alfombra de páginas de diario viejo las fotos de anteriores presidentes de gobierno y sumos pontífices medio sepultados por boñigas humanas, salí escopeteado hacia la ducha, donde me froté a conciencia durante un buen rato, mientras Annabel Lee no me quitaba ojo, con una mirada mezcla de morbo por lo que acabábamos de vivir (no todos los días se tiene la oportunidad de cagarle a alguien encima; me refiero físicamente) y de asombro de que hubiéramos sido capaces de llegar a eso. Mirada no exenta tampoco de picardía ("Sí, rasca, rasca, ahora. No haber insistido tanto, capullo…").
En fin, esa es la historia. Los que me conocéis no os debe sorprender por eso mismo: porque ya me conocéis (algunos ya sabíais la historia); y los que no, pues no me lo tengáis en cuenta porque sinceramente creo que si uno tiene curiosidad por probar cualquier cosa, especialmente en el campo de la sexualidad (por supuesto entre adultos consintientes y sin daños colaterales), y tiene la ocasión de hacerlo, que no lo dude porque la vida es muy corta (4 días, y 3 son de mili) y aunque luego la experiencia pueda resultar decepcionante, al menos sirve para echarse unas risas recordándola. He dicho.
martes, septiembre 05, 2006
Zóster
Durante la interminable convalecencia en cama tuve ocasión de comprobar que la oferta televisiva definitivamente ha tocado fondo en este país. Pero he descubierto también que una vez superada la nausea inicial y el asco-pena, uno puede llegar a entretenerse regodeándose en semejante estercolero. Y dado que esas dolencias tan exóticas que he comentado arriba se manifestaban con unos síntomas muy molestos: fiebres altas, migrañas perpetuas, escalofríos, sudores fríos, etc., etc… pues uno no tenía el cuerpo ni la cabecita jaquecosa para nada que exigiera el más mínimo esfuerzo físico o intelectual.
Así que la deprimente parrilla programática matinal y vespertina de nuestras pantallas enemigas servía de fondo idóneo para mis delirios febriles. Esos programas en los que lo mismo te hablan de una chica austríaca que ha crecido en cautiverio retenida por un tarado, que te emiten imágenes de vaquillas corneando mozos en alguna aldea de la España profunda, que te enseñan a cocinar un soufflé de coliflor.
En uno de esos engendros matutinos (no sé si en el que presenta el viejo, o en el del policía, o el del policía viejo) estaban hablando de ese invento de los psicólogos, eso que toda la vida del Señor había sido "la clásica tocada de huevos de tener que volver a currar después de estar todo un mes sin dar un palo al agua", pero que ahora han etiquetado como "Síndrome de depresión postvacacional", ¡toma ya! Y habían enviado a un reportero dicharachero (y odioso como pocos) al aeropuerto de Barajas a preguntarle a la gente que volvía de sus vacaciones si sufrían el dichoso síndrome. Y entre un mar de previsibles respuestas saltó la sorpresa: un ser abisal afirmaba estar deseando volver al trabajo; y el tarugo no bromeaba, que es lo peor. Su argumento era que llevaba un mes entero de vacaciones y ya se aburría…
No se le puede desear la muerte a algo que ya está muerto, ¿no?
martes, enero 17, 2006
La mujer de mi vida
La mujer de mi vida es esta preciosidad de la foto. Esta garota de Lisboa, que sin embargo tiene nombre de gran zarina rusa.Cómo no voy a estar locamente enamorado (Freud debe estar revolviéndose en su tumba) si este ángel de la izquierda me arropaba por las noches de pequeño y tras un cariñoso beso me deseaba "Boas noites" con su cálida voz . (Y en este punto he de reconocer que este post ha sido inspirado tras la lectura en el blog de Chiringui de que tiene la "manía" de arropar a su hijo todas las noches y darle un beso antes de acostarse. Bendita manía. No dejes de hacerlo, compadre, porque seguramente cuando tu hijo tenga mi edad ése sea el recuerdo más bonito que pueda tener de su infancia).
Así que de parte del hijo que (con diferencia) más disgustos le ha dado: "Muito, muito obrigado, morena".
miércoles, diciembre 14, 2005
Dos hombres sólo se tocan para matarse
Lo que voy a relatar sucedió ayer mismo en el vestuario del gimnasio al que me ha dado por ir ahora. En parte, me lo he buscado yo. Me explico: cuando decidí apuntarme a un gimnasio yo buscaba el típico tugurio tipo "Rocky" con cuatro pesas oxidadas y un botijo para beber, porque creo que allí se va a sudar y no a lucirse. Me fue casi imposible encontrar un local de estas características porque ahora están de moda los macrogimnasios ultramodernos y superdotados de la última tecnología donde van los figurines a lucir el modelito; pero al final di con uno que más o menos encajaba en mi idea. Es el típico gimnasio de barrio obrero, muy austero (casi espartano), donde van los macarrillas a ponerse cachas y a practicar artes marciales para luego ponerlas en práctica en sus peleas de fin de semana. Pero hay una hora crucial, la última de la tarde, en la que se reúne lo peorcito de cada casa. Ya no se ven mujeres embutidas en lycra (porque a esa hora ya no hay clases de aero-step, euro-boxing, super-spinning o cómo se llamen las chorradas esas que se inventan y que toda la vida se había llamado aeróbic), ni currantes poniéndose en forma; a esa hora el ambiente es parecido al del gimnasio del inicio del film "Danko. Calor Rojo". Matones vigoréxicos, moles barriobajeras y carroña patibularia: el primer día que cometí el error de pasarme por allí a esa hora, vi un animal enorme con cara de muy malas pulgas y como si se tratara de una mala película americana se me acercó un bajito muy "salao" que parace que viva allí, porque está siempre (vaya a la hora que vaya), y me dijo: "A éste ni mirarlo. Es el "Tigre". Es portero de un puticlub y acaba de salir del talego por matar a un gitano a hostias" (juro que es verídico). Pues el resto es escoria de la misma calaña. Y claro la gresca está a la orden del día.Pues bien, ayer estoy en el vestuario vistiéndome después de una ducha en la que juro que si se me hubiera caído el jabón no me hubiera agachado a recogerlo (las duchas son como las de un barracón, sin separaciones ni cortinas: cuatro grifos echando agua helada y a funcionar, que para algo somos tipos duros (o ¿no?); cuando escucho a un supercachas increparle a un macarrilla escuálido pero con una cara de hijodeputa que acojonaba, un superchungo pata negra con la "mirada de tigre" que decían en "Rocky":
(Supercachas) - ¿Quién coño te crees que eres para escupir en el suelo del vestuario?
(Macarrilla) - Primero que no he escupido, he tirado un papel que llevaba en la boca (?!), y segundo que tú a mí no me llamas la atención, carapolla.
(SC) - A lo mejor es que estoy gilipollas y no te he visto escupir, o a lo mejor te meto dos hostias y así no me quedo con la duda.
(M) - Dos pajas me vas a hacer. Una tú y otra la puta de tu madre. (Y usándome como herramienta en una maniobra digna de elogio, una estratagema de supervivencia callejera al más puro estilo David contra Goliath, dice): Cuidado, deja pasar al chaval. (El cachas se vuelve para dejarme pasar y descubre que no sólo no voy a pasar, sino que estoy sentado a dos metros de él calzándome las botas. Y antes de haberse vuelto recibe un toallazo seco en el cogote. Pero no un toallazo de hermandad universitaria, sino un auténtico restallido de látigo lanzado muy hábilmente (supongo que la práctica continuada ayuda) que debió picarle lo suyo porque ya se abalanzaba a matarlo, cuando justo entraron al vestuario (se ve que alguna rata veloz tuvo la precaución de avisar de que estaba apunto de desatarse el infierno) el monitor (una malabestia) y el dueño del gimnasio (el mastuerzo alpha de aquel sindiós):
(Dueño) - ¿Quién cojones ha escupido en el suelo?
Y yo, anticipándome a que nadie me tomara de testigo de ninguna de la partes, esta vez sí me abrí paso y me largué de allí con una profunda sensación de asco-pena de pertenecer a la especie humana y más concretamente al género masculino.
lunes, diciembre 05, 2005
Harley-Davidson. La decepción de los momentos perfectos

Por fin ¡ Ya la tengo ¡ Una Harley Davidson Softail Night Train (edición 2006) y se me cae la baba…
Pero, como siempre, hay aspectos decepcionantes:
1ªDecepción: La moto está en rodaje. Claro. Resulta que los primeros 80 Km (50 Millas) no puedes pasar de 80. Del concesionario HD en Valencia hasta Alcoi hay unos 115 km. Os imagináis la cara que se te pone a 80 por hora en una Harley de 1449 c.c. , en una autovia, siendo adelantado por coches, camionetas, camiones, motocarros y ciclomotores?
2ª Decepción: El motor suena a minipimer japonesa. ¿Me habrán colocao otra yamaha? . Pues no, al parecer los escapes tienen amordazado el bonito sonido (que no ruido) característico de las HD. Debe ser algo así como lo que pasa con los reción nacidos, que son feos hasta para los padres,… hasta que crecen un poquito. Todo el mundo me pregunta “Cómo suena?” y yo respondo "Como el culo, pero dale tiempo". En carretera la bestia amordazada aulla quejandose, pero pronto la liberaré, Screamin' Eagle, mediante.
El domingo subimos Cripema y yo al puerto de la Carrasqueña y me hizo la bonita foto que encabeza este texto.
UPDATE: El tema este lleva coleando desde JUNIO 2005
martes, noviembre 22, 2005
Yo soy el sexo débil
Corría el año de gracia de 2005 y la "Mötley Crüe" se desplazó a la hermosa sierra castellonense a pasar un fin de semana en la espectacular casa rural de una buena amiga. El adjetivo espectacular no es gratuito: la casa ha sido rehabilitada personalmente por esta amiga (que es interiorista) y decorada con un gusto exquisito (Gilito lo definió perfectamente cuando dijo: "Esta es la típica casa que ves en las revistas de decoración y piensas con envidia: "¿Quién será el cabrón que viva ahí? Pues bien, ya conocemos a una").
La excusa para la reunión era que esta amiga va inaugurar en breve una tasca en el Pirineo leridano y apelando a nuestra supuesta creatividad convocó un concurso de montaditos, en el que cada miembro de la "crüe" debía inventar 5 montaditos con absoluta libertad creativa. Para no extenderme sólo diré que el concurso nos mantuvo muy entretenidos buena parte del sábado y que la mayoría de montaditos acabó en el cubo de basura intactos; y los que sí llegaron a ser probados francamente tienen muy pocas probabilidades de acabar en la carta de la tasca. Eso sí, reírnos nos reímos un rato.
Después de cenar llegó la amena tertulia en torno a la chimenea regada generosamente con buenos caldos. En un momento dado parte del sector femenino de la "crüe" abordó el espinoso asunto de mi particular concepción de la estética personal. Dicho en cristiano: que por qué voy hecho un guarro. De ahí se fue calentando el debate y se pasó a mayores: 3 de las mujeres habían decidido unilateralmente que estaría más "guapo" sin barba y fui llevado en volandas al aseo donde fui trasquilado como un dócil corderito. Debo agradecer que no me cortaran también la melena, extremo éste que también se llegaron a plantear ante un horrorizado pero rendido Micropene pelele. En mi defensa he de decir que la experiencia de ser afeitado por tres valquirias wagnerianas resultaba altamente morbosa (las valquirias eran las divinidades mitológicas escandinavas que decidían qué héroes debían morir en combate para luego agasajarlos en el cielo. Y una de mis valquirias llegó a definir la experiencia de tres mujeres rasurando a un hombre indefenso como "muy erótica", así que este antihéroe cañí albergó la remota esperanza de ser agasajado en el Valhalla castellonense).
Después de sufrir quemaduras de tercer grado en la quijada (tenía que recordarles constantemente que estaban afeitando a un ser humano y no cortando el césped del Bernabeu), que no se aliviaban ni con las más de diez capas de after-shave que la piel yerma absorbía en décimas de segundo; pude contemplar horrorizado el resultado en el espejo. Cuando un hombre que ha llevado mucho tiempo barba se afeita se producen dos fenómenos curiosos: el primero es que se le ve una cara de pan hinchada, fofa y blanquecina que repeluzna; y el segundo que se le ve cara de malo. Así que mi primera impresión al verme reflejado fue no reconocerme: había pasado de ser el Conde de Montecristo a ser el exministro Corcuera. Y así cada mañana desde aquel extraño día, cuando me miro al espejo recién levantado me llevo una impresión muy desagradable; y uno ya no está para estos sustos.
Juzguen ustedes mismos:
Antes (Instantánea tomada en este planeta)
Después (El temible pirata "Papada Roja" desembarca de su tractor en la sierra castellonense)
lunes, octubre 03, 2005
OTOÑO
No me ha gustado ni un pelo.
Esta tarde, al llegar a casa, he sentido la necesidad de leer algo que aparecía colgado de la nevera en casa de unos amigos, como si de un Tantra se tratara.
Algo que creo ya no está allí. Tal vez en otra estancia de la casa, pero no en la cocina.
Un poema olvidado para mí, que una de aquellas noches leí al ir a sacar una cerveza y que me erizó el alma.
Un poema que me ha apetecido volver a leer y me ha apetecido transcribir, unicamente porque, (como decía Mecano), el invierno viene frío y sólo porque, aún estamos a tiempo de no sentirlo tan gélido.
Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo.
INSTANTES
JORGE LUIS BORGES
