Hace unos días, revolviendo papeles viejos encontré un negativo fotográfico. Era el negativo de una sola fotografía, recortado, aislado, suelto en el fondo de una caja, oculto durante años por mil trastos inútiles. Intrigado por el descubrimiento, la llevé a revelar y pude comprobar horrorizado que el de la foto era yo mismo, a los 17 o 18 años de edad. Me recorrió un escalofrío la espalda. No tanto por contrastar el evidente deterioro físico, sino más bien el shock fue comprobar el lamentable deterioro de mi actitud vital con el paso de los años.
Mirando a los ojos de ese Micropene adolescente de la foto, me doy perfecta cuenta de que ya no soy el que era. Esa actitud descomplicada, chulesca, hiperbólica, festiva, ha desaparecido casi por completo. Era cuando aún tenía ganas de comerme el mundo, muy lejos de imaginar que el mundo me comería a mí; y con patatas.
Me pregunto: si hubiera encontrado en esa habitación de mi hermana una bola de cristal y hubiera podido ver en ella mi presente, ¿qué habría hecho?.
Mirando a los ojos de ese Micropene adolescente de la foto, me doy perfecta cuenta de que ya no soy el que era. Esa actitud descomplicada, chulesca, hiperbólica, festiva, ha desaparecido casi por completo. Era cuando aún tenía ganas de comerme el mundo, muy lejos de imaginar que el mundo me comería a mí; y con patatas.
Me pregunto: si hubiera encontrado en esa habitación de mi hermana una bola de cristal y hubiera podido ver en ella mi presente, ¿qué habría hecho?.

