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jueves, enero 27, 2011

Reencarnación



No era muy alto, pero sí corpulento y musculoso. Su apariencia era fría e inspiraba cierto espanto. Tenía una nariz aguileña, fosas nasales dilatadas, un rostro rojizo y delgado, y unas pestañas muy largas que daban sombra a unos ojos grandes, grises y bien abiertos; las cejas negras y tupidas le daban un aspecto amenazador. Llevaba bigote, y sus pómulos sobresalientes hacían que su rostro pareciera aún más enérgico. Una cerviz de toro le ceñía la cabeza, de la que colgaba sobre anchas espaldas una ensortijada melena negra.

Descripción de Vlad Tepes, el Empalador, por Nikolaus Modrussa, delegado papal en la corte húngara.


jueves, enero 20, 2011

Cortina de humo

Qué hábil este Gobierno que ha logrado el más difícil todavía: levantar una cortina de humo con el propio humo.

Así, mientras la gente se desgañita discutiendo sobre las polémicas que arteramente les van sirviendo los amos, la mierda nos come por los pies, pero, eso sí, en un ambiente sin humo.

Atentos a este vídeo que me han hecho llegar. Al que no le hierva la sangre después de visionarlo es que está política y moralmente muerto:


Arcadi Oliveres / Fragmento de conferencia from ATTAC.TV on Vimeo.

lunes, enero 10, 2011

Sabiduría

Según la Bhagavad-Gita del hinduismo, nuestro cuerpo no es más que una llaga de nueve aberturas y la sabiduría consistiría en sufrir dignamente la humillación que nos infligen nuestros agujeros.

El virus estomacal que hizo presa en mí a finales de año, me lo puso francamente difícil para mostrarme sabio, pues resulta prácticamente imposible mantener la dignidad cuando los asaltos de la humillación brotan simultáneamente por dos de tus orificios y sólo dispones de una bajante.

martes, diciembre 21, 2010

Leal

Aún conservo un curioso recuerdo infantil respecto a esa festividad que se nos viene encima. Por aquel entonces yo todavía era un crío, y uno de los matones del colegio (y no uno cualquiera, sino el auténtico capo di capi de la marrullería de aquel centro) me dejó intrigado cuando me confesó que no le gustaba nada la Navidad porque le ponía muy triste.

No sé a santo de qué, Leal (pues ese era su temible apellido) me confesaba esas intimidades, habida cuenta de que se trata de la misma persona que casi me dejó tuerto apenas unas semanas antes. La agresión se debió a que su dieta básica durante los recreos consistía en quitarle el bocadillo, con malos modos y amenazas, a cualquier pardillo que se le pusiera a tiro. Por lo general yo no entraba en sus objetivos, pues tampoco es que fuera ningún angelito precisamente, y ese prestigio me aupaba un poco en la cadena trófica. Pero un buen día algo debió torcerse en el organigrama porque decidió depredarme. Lo envié a tomar por culo y él envió mi bocadillo contra mi cara, con toda la furia que se podía esperar de alguien tan resentido y atrabiliario. La peor parte se la llevó mi ojo derecho; órgano que aún no me explico cómo no he perdido ya del todo, pues tiempo después me clavaron ahí mismo una espada de plástico durante un desembarco festivo, y posteriormente una gota de ácido decapante vino a sumarse a la corrosión ocular mientras faenaba en una obra. La cuestión es que ya con ese primer impacto de pan con mortadela de olivas casi lo perdí, pues lo que creían era una miga alojada en el globo, que don Vicente se afanaba infructuosamente en tratar de retirar con la punta de su pañuelo, resultó ser una herida bastante chunga que me tuvo parcheado una buena temporadita, y haciendo visitas asiduas al oculista.

Recuerdo que para una de aquellas visitas al oftalmólogo me tuve que ausentar de la clase antes de tiempo. Tocaba geografía y don José hacía un control sobre los ríos de España, preguntando a unos y otros, que se defendían como podían removiendo en su memoria, pues los libros estaban cerrados y debajo del pupitre. Ya he comentado por aquí con anterioridad que, aunque probablemente tenía madera para haber sido un estudiante óptimo, preferí consumir mis años colegiales como indomable zoquete hiperactivo, así que don José me dijo, mientras me contemplaba recoger dispuesto a marcharme: “Micropene, antes de que te vayas, ni me molesto en preguntarte a ti, ¿verdad? Te pongo directamente el negativo como de costumbre y punto”. “Inténtelo”, le respondí. Y lo intentó, y recuerdo, y mira que han pasado muchísimos años de aquello, que le recité de carrerilla y sin titubear todos los ríos y sus afluentes de no recuerdo ahora qué cuenca hidrográfica. Don José no daba crédito a lo que podríamos llamar el milagro del ceporro ilustrado, y la verdad es que hasta yo mismo me sorprendí de la desafiante fluidez de mi recital, así que, una vez finiquitado éste, descolgué mi anorak de la percha y salí, mientras resonaban a mi espalda los aplausos de mis compañeros, entusiasmados con la machada del tuerto.

Pero la nostalgia ha secuestrado el rumbo del recuerdo que dedicaba a Leal. Decía que aquel vándalo execrable me confesó un día, visiblemente consternado, que las fiestas navideñas le entristecían mucho. Le pregunté por qué, y su respuesta nunca la olvidaré: “Porque te pintan un mundo que no es, y que yo sé que no va a ser nunca”. Y yo no quise creerle porque aún éramos muy niños y el futuro podía depararnos tantas sorpresas…

Quién me iba a decir a mí que, tres décadas después, no me queda otra que darle la razón a aquel profeta quinqui.

domingo, diciembre 05, 2010

El Tocomocho

Voy a contar una historia real, que no es reciente, en absoluto, pero es de esas historias que se empeña en pergeñar la realidad en su afán constante por superar a la ficción. A mí me gustan mucho este tipo de sucesos, y por eso debí conservar el recorte que he encontrado hoy por casualidad y del que extraigo los datos que detallo a continuación.

Howard Walsmsley, es un británico que contaba 43 años veranos cuando se empeñó en saltar a la palestra. Pintor en paro que no atravesaba un buen momento en su relación matrimonial, no tuvo mejor idea para tratar de reconquistar a su mujer que llevarla al concesionario Jaguar de su ciudad, Doncaster, y decirle que eligiera el modelo que quisiera, porque a él le habían tocado 8,4 millones de libras esterlinas en la lotería nacional (de su nación). Ese día firmó cheques por valor de 123.000 libras como pago de tres Jaguars de la más alta gama: el de su señora, uno para él y, ya puestos, otro para su hermano. Ninguno llegó a serles entregado porque los cheques fueron devueltos, pero no por la razón que alegaba él de que estaba teniendo problemillas para transferir dinero desde sus cuentas en el extranjero, sino porque sencillamente no le había tocado la lotería. Era una trola, inventada así, de sopetón, en un calentón de impotencia por tener los bolsillos vacíos demasiado tiempo, pero que fue capaz de sostener durante nada menos que dos años y que, sorprendentemente, le permitió vivir como un millonario, basándose única y exclusivamente en su palabra. Lo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que este señor ya había sido encarcelado anteriormente dos veces por delitos de estafa. La tercera, ésta que estoy contando, le costó una sentencia de tres añitos más de sombra.

Dos años mantuvo Howard engañados a bancos y comercios con el trampantojo de sus 8,4 millones de libras fantasmas (libras ¿esterilinas? jijiji), y sirviéndose exclusivamente de su eficiente capacidad para fabular y engatusar a los demás, porque, como es lógico, nunca llegó a presentar el supuesto boleto premiado que presuntamente respaldaba su sueño de grandeza. Y mira que el pobre desgraciado, en su desesperación, se cavó la tumba un poquito más honda gastando todas las semanas cientos de libras en jugar a la lotería para ver si sonaba la flauta de verdad y se salvaba por la campana. Pero no sonaron ni la flauta ni la campana y su nariz de Pincocho siguió creciendo y creciendo, y el enredo se iba embolicando cada día más, deuda tras deuda, porque, liando a unos y a otros, se pegaba la vida que hubiera llevado de tener de verdad esos millones.

Y él tampoco se puede decir que hiciera mucho por evitarlo, o al menos por aminorar las futuras e inevitables consecuencias; más bien al contrario. Parece ser que, como a todo buen embustero, le perdía la boca, así que no contento con comprar una granja del siglo XVII en Derbyshire valorada en 300.000 libras, obligó a los propietarios a trasladarse a vivir provisionalmente a una caravana en su propio jardín para acelerar la venta y así poder empezar él con sus reformas. Que, digo yo, también son ganas de encabronar a tus futuros demandantes, aunque también se puede entender que la urgencia y las prisas fueran parte imprescindible de su modus estafandi, porque el tiempo corría claramente en contra de sus chanchullos. Pero, ojo, que cuando Howard se metía en reformas no estamos hablando de pintar un poco y cambiar los asientos de los inodoros, no, él contrató un arquitecto para que le hiciera el proyecto de ampliación para añadir una nueva ala que albergara un gimnasio, una piscina, una sala de billar y cuatro garajes. Y, ya de paso, hacer la bola de mierda más grande.

Quizás cuando uno es un mentiroso compulsivo y lleva dos años viviendo una farsa permanente, acaba creyéndose un poco su propio artificio, porque si no no se entiende que en el momento de formalizar la compraventa, con un par de cojones de plomo, le presente al notario un cheque por valor de 293.000 libras, que él sabía que -por fuerza- iba a ser devuelto, pero que, como confesó en el juicio, de alguna manera esperaba que la cosa acabara saliendo bien (?!). Bendita necedad…
[Y aquí hago un inciso para reconocer que alguien como yo, aquejado de una razón insoslayable que me atormenta como una almorrana de la fantasía, insobornable aduana a la imaginación, he de reconocer que siento una secreta admiración por indiviudos como éste, capaces de convivir asiduamente con tan extremas cotas de inverosimilitud].

Con tantas deudas acumuladas y cada vez menos excusas que interponer, y con un auténtico récord de cheques devueltos y otros desaguisados bancarios propios de todo castillo en el aire, nuestro protagonista fue finalmente arrestado en 1.999, y condenado a tres años por doce delitos de estafa reiterada y por uno de falsificación de documentos en la apertura de una de sus cuentas bancarias. Pero, ojo, que cuando lo detuvieron aún tenía los huevos de mantener su fantasiosa versión ante la policía, aunque finalmente terminó por rendirse a la evidencia y reconocer el embuste.

¿Su alegato en el juicio? Que lo hizo por amor, para salvar su matrimonio, que es que parece que ya no quede hoy ni una pizca de romanticismo en este mundo. La respuesta de la jueza es digna de ser reproducida: “Usted cameló a sus víctimas pero no camelará a esta corte”. Y eso del amor a su santa esposa tuvo la desfachatez de declararlo a pesar de que en el banco de la acusación había sentadas dos amantes despechadas y estafadas, a las que les había sacado, además de algunas dosis de energía sexual, unos cuantos miles de libras, e incluso a una de ellas el coche de lujo, que es el que le entregó a su mujer a falta del Jaguar que nunca llegó. (Según la prensa, cuando salió a la luz todo el berenjenal que tenía montado el perla, la mujer fue a devolver el coche a su legítima propietaria y le entregó las llaves pronunciando una frase que, de ser cierta, parece sacada de alguna película de Najwa Nimri: “Creo que he estado conduciendo algo que le pertenecía a usted, y usted se ha estado follando algo que me pertenecía a mí”).

Pero lo mejor de todo es que si todo el lío empezó porque quería impresionar a su mujer para volver a despertar interés en ella (aunque, conocido el cuento, ya se ve qué tipo de interés es el que gusta la señora), al parecer lo consiguió porque, a pesar de todo el marrón subsiguiente, de las amantes paganinis, de las miríadas de embustes que le pudo llegar a decir en esos dos años, Mrs. Walsmsley quedó encantada con su Robin Hood y lo apoyó en todo momento durante el proceso. Llegó incluso a declarar que no merecía ir a prisión porque lo había hecho todo por amor. Bueno, se puede llegar a entender que le esté agradecida, porque le permitió vivir como una millonaria durante dos años gracias únicamente al poder de convicción de sus entelequias y quimeras.


miércoles, noviembre 17, 2010

Telépata mala pata

Hace algún tiempo escuché en algún medio la siguiente historia: un friki ruso había resuelto un dificilísimo problema matemático, pero había renunciado a la enorme recompensa que le correspondía por la hazaña. Recuerdo que me encantó la noticia, pero no pude seguirle la pista al personaje porque no me quedé con el nombre, y me quedé con las ganas de saber más. Como no ejerzo de informable (vamos, que no suelo seguir ningún medio de comunicación y no me entero de lo que se cuece por ahí), no supe que el tipo volvió a ser noticia alguna que otra vez por sus excentricidades y su rechazo de otros premios y medallitas. Lo consignado arriba es todo lo que llegué a conocer del personaje que hoy me ocupa.

Pasado bastante tiempo, ayer leo en una revista de divulgación cient… chico, el Muy Interesante, en un número viejo (febrero 2009) que tenía mi hermano por ahí traspapelado, una breve mención al individuo, acompañada de una foto nada favorecedora (después descubriría que hay poco que favorecer), y, lo más importante, su nombre y apellido. ¡Bingo! Ya lo puedo guglear: a ver ¿cómo se escribe?, sí, Grigori Perelman, es facilito para ser ruso.

Y gugleando, gugleando, descubro una historia preciosa que resumida a mi manera queda así:

Grisha (que es así, por el hipocorístico ruso de Grigori, como se hace llamar en su casa el genio), es un superdotado matemático peterburgués que resolvió en 2002 la conjetura de la geometrización de Thurston, de la cual la conjetura de Poincaré es un caso especial, que también quedaba resuelto, cerrando así casi un siglo (desde 1904) de quebraderos de cabeza y de llenar las pizarras con galimatías que sólo entienden cuatro chalados.

El tipo es un poco excéntrico, que es el adjetivo que la sociedad le cuelga a todo aquel que no pasa por el aro de las verdaderas excentricidades que componen el día a día de las personas normales, y en vez de publicar sus resultados comme il faut, en alguna prestigiosa revista del gremio, los va colgando en tres entregas en una web del ramo y avisa a unos cuantos colegas para que le echen un vistazo.

Pero él ya había advertido a un amigo que la comunidad matemática tardaría entre un año y medio y dos años en llegar a comprender su demostración. Y lo clavó, porque empezaron los calculines que si tal que si Pascual, que no lo veo claro, que yo sí, y al final, pasado el tiempo que pronosticara el sabio, le reconocen la patria potestad del mérito. No sin antes habérsela intentado levantar unos chinos espabilados aprovechando que el bicho raro, de tan raro, parecía tonto. Pero los chinos malos al final reculan ante las presiones de la comunidad internacional y se postran ante el genio.

Ay, pero ya la han cagado, entre los chinos malandrines y los sabios pero no tanto como para entender al requetegenio a su debido tiempo (rechazó uno de los premios alegando que el jurado no estaba capacitado para entender su demostración, y mucho menos para ratificarla), decepcionan a Grisha, que decide mandar a todo el mundo a tomar por culo y se recluye en su humilde casucha de San Petersburgo (que los rusos, para acortar, llaman Peter, como aquí decimos Barna o Castefa…). Allí malvive miserablemente junto a su madre y su hermana, de la pensión materna y de los pocos rublos que cobra a malos estudiantes del barrio por darles clases particulares de matemáticas. Por favor, detengámonos en este detalle: ¿podemos llegar a concebir ponernos en el pellejo de ese pobre crío que le ha quedado mates para septiembre porque se le han atragantado las ecuaciones de segundo grado, y tus padres no tienen idea mejor que apuntarte a dar clases con el mayor genio matemático vivo, como es reconocido unánimemente, que resulta que vive en el mismo bloque? Porque paciencia, que es la madre de la ciencia, y talante moderado no parecen adornar al genio. Dicen que en la universidad de Peter (en aquel tiempo, todavía Leningrado, así que supongo que, abreviado, Lenin), donde entró sin necesidad de hacer examen de ingreso, los profesores le temían porque solía ridiculizarlos con abrumadores despliegues de intelección.

Pero resulta que, como si de un indomable Will Hunting báltico se tratara, tiene a toda la comunidad internacional detrás de él, tratando de entregarle sus medallitas y trofeos, y el tío pasa de sus putas caras como de comer mierda, y los tiene ya desesperaditos. Hasta un millón de dólares que le correspondía por haber resuelto uno de los 7 problemas del milenio, ha rechazado. Y eso que, como ya se ha dicho, pervive con estrecheces de la pensión de su madre y de sus escarceos como profesor particular, en un cochambroso piso en los arrabales de Peter.

Los que le conocen asegura que en su habitación no hay más que una cama, una silla y un teléfono. Ah, y muchos iconos, porque resulta que es una persona de una profunda religiosidad. De hecho, desde que en 2005, agobiado por la perspectiva de convertirse en el mono de feria de la comunidad matemática, le dio la espalda al mundo y abandonó todo trato con las matemáticas, dice su mejor amigo (David, dice Google que se llama el muchacho) y al parecer sin pizca de sarcasmo, que nuestro Grisha está ahora mismo enfrascado en demostrar la existencia de Dios. Ay, las cabecitas…

Lo que más me ha sorprendido de esta historia es la moraleja descorazonadora que encierra. Resulta que, según testigos presenciales, desde bien pequeño Grisha era una personita muy introvertida y huraña. Los que le conocen bien aseguran que es porque el mundo le parecía imperfecto, de ahí que se volcara con todas sus energías en las matemáticas, donde todo al final encaja, y las cosas son o no son; los números no admiten interpretaciones. Pero resulta que cuando llegó el momento de ver recompensado su empeño, la mezquindad humana, por muy matemáticos que sean, con sus rencillas y cheques con muchos ceros, le decepcionaron tanto que le obligaron a desertar también del mundo de los algoritmos.

Cómo será la cosa que sus allegados (supongo que David, que es el que más larga de su amigote a esa prensa que tanto rehúye el interesado), aseguran que habla en un idioma extraño que se ha creado él mismo y que, faltaría más, sólo entiende él.

El tipo asegura ser feliz parasitando a su pobre madre, y dice que lo tiene todo y no necesita dinero, ni bienes materiales, ni gloria, por lo que no sólo ha rechazado el millón de dólares que le correspondían por desentrañar el problema, sino que también les ha dicho a los de la medalla Fields (equivalente al Nobel pero en el ámbito matemático) que se la metan por el culo. Imagino que les habrá dicho: "Como sois matemáticos, sabréis contar. Pues, hala, no contéis conmigo...".

Los del Instituto Clay, que fueron los que decidieron en el año 2000 instaurar una recompensa por resolver alguno de los 7 irresolubles (¡un millón!, cómo se nota que se tiraron el moco pensando que la cosa tardaría todavía algún tiempo en aclararse) se han quedado un poco descolocados al decirle Grisha que no quiere su cochino dinero y sus chanchullos (aseguran que dijo -¿David, tú otra vez?- que ser considerado la persona más inteligente del planeta por una institución privada estadounidense no suponía ningún honor para él), ya que es el primero de los siete enigmas que se resuelve y, por supuesto, no esperaban que el agraciado les saliera tan esquivo, y no saben qué hacer con el cheque regalo, si esperar a que el genio recapacite y se le pase el calentón y acepte lo que le pertenece (a él y a su madre, que no le vendrían mal unos mitones nuevos de cara a este invierno, a la pobre), o en dejarlo como bote acumulado como en el Pasapalabra (en este caso, Pasanúmero, jijiji).

Pero, según nos informa David, nuestro enviado especial al cerebro de Perelman, uno de los verdaderos motivos de su renuncia al tinglado de los numeritos tiene más difícil solución, al menos hasta que aparezca otro espécimen con una dotación intelectual semejante o superior, y es que no soporta que otra persona pueda juzgar su trabajo, ya que se sabe el mejor del mundo en lo suyo. Dijo Sheldon, que diga Grisha.

Bueno, pues todo este rollo que he soltado es para dejar aquí constancia de mi consternación al haber descubierto tarde este caso, porque resulta que en mi novelucha aparece un personaje que tiene no pocas similitudes con este caso (superdotado madurito y de comportamiento extravagante que vive con su madre en un ruinoso bloque de suburbio [“pura arquitectura soviética”, tiene cojones la cosa…], que renuncia a las mieles del éxito que su talento tiene asignado en el mundo exterior; en un momento determinado Grigori Perelman rompe las comunicaciones con sus colegas norteamericanos y deja de responder a sus e-mails, y se desplaza más de una delegación a buscarlo para convencerlo y llevarlo consigo a la gloria, pero llegan tarde… ¿de qué me suena a mí todo esto?). Y doy absoluta fe de que no conocía los detalles del caso hasta hoy mismo, que he flipado en colores gugleando.

En fin, que este tipo de situaciones estrambóticas, inexplicables y desbordantes, que me pasan continuamente, aparte de tenerme en permanente estado de estupor, me hacen pensar cosas raras. Y no del todo buenas.

viernes, noviembre 12, 2010

Black metal

Aprovechando la visita de su Santidad el Papa (cargo que nunca podrá ostentar una mujer porque quedaría un poco raro eso de "su Santidad la Mama"…), desempolvé mis discos de black-metal, de pagan-metal, y, en resumidas cuentas, de rock satánico.

Tras la escucha de apenas tres o cuatro cortes, me pregunto de dónde se habrán sacado estos pintamonas que las fuerzas del Mal elegirían unas voces guturales tan incomprensibles y unas tipografías tan enrevesadas e ilegibles, para difundir sus mensajes.

Que son potencias malignas pero no tontas.

viernes, noviembre 05, 2010

Gemebundo

A excepción de hoy, que ha amanecido un cielo entoldado de nubes, esta semana estuvo haciendo unos días prácticamente primaverales por estos pastos. Y teclear pastos, en mi caso, no es ninguna exageración, porque actualmente vivo lindando con el campo, y más de una tarde interrumpen nuestra siesta los balidos de un enorme rebaño mixto de cabras y ovejas que pace justo debajo de nuestra ventana. La primera vez la cosa tiene su gracia, y te quedas extasiado en la ventana largo rato, contemplando la bucólica estampa (que no puede serlo más, ya que ese adjetivo se refiere precisamente a la evocación idealizada del campo y los pastores). Pero a la tercera sesión pecuaria, ya estás hasta los cojones de chivos, moruecos y cabrones, y sus intrigas rebañegas a la hora de la siesta.

Y este comienzo casa muy bien con lo que pretendía exponer hoy aquí, porque ni siquiera ese sol intempestivo que ha brillado estos días con tanto ardor era capaz de derretir la capa de escarcha con que se empeña mi alma en amanecer últimamente.

Alguien me preguntó no hace mucho por qué estaba tan mustio, y le puse un ejemplo que creo que sigue siendo válido. Le vine a decir que cuando veo a esas adolescentes que pasan semanas acampadas en los alrededores de un polideportivo capitalino, haciendo cola para poder ver desde las primeras filas a sus adorados Tokyo Hotel (por poner un ejemplo), no puedo dejar de compadecerme de que unas muchachas en la flor de la vida pierdan tanto tiempo y tantas energías de su mejor reserva, para obtener a cambio unas buenas vistas de cuatro mequetrefes haciendo el indio durante un par de horas escasas. Pues, para mí, la vida en general viene a ser una vulgar extrapolación de ese campamento de fans histéricas. Si calculas la cantidad de tiempo y penurias que tienes que pasar para echar un ratito bueno, muy de uvas a peras, la verdad es que no cuadran las cuentas en el ábaco vitalicio.

Pero de eso te das cuenta después, ya de viejo, cuando la vitalidad ya no propulsa tus causas perdidas.

lunes, noviembre 01, 2010

Achtung!: paja mental

Anoche, mientras leía un libro sobre cómo funciona nuestro cerebro (bueno, un cerebro promedio humano), me sentí extraño. Empecé a pensar que para entender las descripciones que hace el texto de los procesos que usa el cerebro para entender textos, estaba empleando esos mismos procesos descritos en el texto, y dándome cuenta de ello me adentraba en un desafiante bucle cognoscitivo. Estuve friendo sinapsis entre axones y dendritas para entender las sinapsis, los axones y las dendritas, e hice un esfuerzo activo por desentrañar si los elementos implicados eran capaces de darse por aludidos. Que al elaborar un pensamiento sobre cómo se elaboran los pensamientos se reconocieran en el pensamiento; como si dijeran: “Eh, mirad, estamos saliendo en la tele”. Sólo que en este caso se asemejaría más al guardia jurado que se ve a sí mismo en los monitores que controla.

El metalenguaje es el lenguaje que se emplea para hablar del lenguaje, luego si se quiere, y yo quiero, se podría calificar de metaintelección la capacidad de mi cerebro de comprender cómo comprende la descripción de la comprensión.

lunes, octubre 25, 2010

Por los aires

Si quieres chequear el estado de tus relaciones sociales y familiares, escribe un libro, o saca un disco, o haz cualquier cosa para cuya distribución se requiera el apoyo de las personas que te aprecian, y sólo entones sabrás cuánto.

Yo no me puedo quejar. De hecho, estoy un poco abrumado por la atención que está recibiendo mi Pudridero. Independientemente del grado de satisfacción o decepción que sus lecturas produzcan, el hecho de cómo se está moviendo todo mi entorno para hacerlo llegar a los destinatarios más insospechados, me resulta emocionante. No hago especial mención de nadie en concreto para evitar injustos olvidos, y porque, en mayor o menor medida, todos están haciendo su pequeño o gran esfuerzo, y eso ya es de agradecer. Miríadas de gracias a todas y todos. Os quiero.

Cómo será la cosa que ya se está gestando una tercera tirada, que causará la tremenda injusticia poética de que estoy a punto de superar los 70 ejemplares que Nietzsche vendió de la primera edición de su Zaratustra. Parecen pocos 70 ejemplares, pero cuando uno echa cuentas, y teniendo en consideración que no hay más distribución ni publicidad que la que tú te guisas y te comes, y descontados esos familiares y amigos acérrimos que te compran un libro como te hubieran comprado una pulsera si te hubiera dado por trenzar esparto, o se hubieran quedado con cuatro papeletas de tu viaje de fin de curso; restados estos infalibles, digo, resulta un número de personas menos conocidas y otro de absolutos desconocidos que han depositado su curiosidad (y algo de su dinero) en tu obra. Cosa que no deja de asombrarme.

Pero no sólo se cuantifica en ejemplares vendidos el cariño de tus camaradas, sino que también te promocionan para cosas como la entrevista que uno de mis colegas moteros me ha conseguido en un programa cultural de una emisora de radio de ámbito comarcal. Esta tarde la graban y no sé cuándo la emitirán, pero voy a ver si me dan una copia y su permiso para que Gilito (yo sigo siendo un inepto) la cuelgue aquí. Siempre, claro está, esto último condicionado a que no haga un ridículo de esos marca de la casa, y prefiera correrme en un tupido velo para olvidar el asunto…

miércoles, octubre 20, 2010

Buscadores de oro

Cuando tengo que hacer una búsqueda en Internet me pregunto a qué esperan las corporaciones para dejar que los usuarios nos instalemos los buscadores que usan los protagonistas de las películas de terror estadounidenses. Déjate de Google Chrome, ni Mozilla, ni pollas en vinagre, los que usan esos tíos para aclarar sus horrores sí que molan. Son mucho más intuitivos, y sólo tienes que teclear uno o dos parámetros de búsqueda, como premonición, catástrofes, posesión diabólica o combustión espontánea, y en un solo clic tienes justamente la información que buscabas para resolver ese misterio que te trae frito.

Ahí no te salen por defecto en primeras posiciones las definiciones de la Wikipedia o diccionarios raros, ni tienes que descartar no pocos enlaces que no tienen ninguna relación con lo que buscas, aparte de una tergiversación binaria del concepto; no, qué va, esta gente con un solo vistazo encuentra inmediatamente un escaneo de la noticia del pequeño periódico local donde se informaba del suceso que te atañe muy a tu pesar (digo escaneo porque las perturbaciones parapsicológicas suelen haber acontecido mucho antes de que se inventaran las ediciones digitales de los diarios), ilustrada con útiles fotografías del incidente y algún retrato del/la causante del disgusto bastante rejuvenecido/a, pero fácilmente reconocible.

Mucho más rápido y efectivo, dónde va a parar.

lunes, octubre 18, 2010

Un año de orfandad

Hace un momento, desparramado sobre la cama leyendo Frankenstein, me encuentro de casualidad con esta preciosa descripción que Mary Shelley pone en boca del protagonista homónimo, rememorando a su difunto amigo Henry Clerval. Y como justo hoy cumplo mi primer año como supérstite (para que no os quejéis de mi léxico pedantorro, os ahorro el viaje al diccionario: supérstite es como se conoce en Derecho a los que sobreviven a un difunto, especialmente referido al cónyuge, pero también aplicable a los hijos), pues me apetece copiar aquí esos dos párrafos de la genial escritora, como humilde homenaje a alguien a quien echo mucho de menos:

“¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser amable y delicado? ¿Ha perecido esta mente, tan repleta de ideas, imaginaciones fantasiosas y magníficas, que formaba un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Acaso existe sólo en mi recuerdo? No, no es así; tu forma, de traza tan divina y rebosante de belleza, se ha desintegrado, pero tu espíritu sigue visitando y consolando a tu desventurado amigo.

Perdone este arrebato de pena; estas palabras baldías no son más que un parco tributo para la valía sin igual de Henry, pero a mí me calman el corazón, rebosante de la angustia que me produce su recuerdo. Seguiré con mi relato”.

Pues nada, yo también seguiré con mi relato; porque si yo fuera Víctor Frankenstein, iba a estar aquí lamentándome… estaría ahora mismo en mi laboratorio trabajando como un cabrón.

viernes, octubre 08, 2010

Pensar con la polla

Francamente, me gustaría tener una concepción metafísica del mundo, pero mi visión es más bien metastásica. Toda esta aflicción agarrada a la mirada como una conjuntivitis, no propicia más que pensamientos aberrantes.

Sin ir más lejos, hoy, en uno de esos aquelarres de futilidad televisados, he escuchado a toda una sibila acusar airadamente a un picaflor de que los “tíos pensa[mos] con la polla”.

Déjeseme aclararle una cosa a esta señorita (y a quien pueda interesar): de ser eso cierto, es decir, que tuviéramos un pequeño seso en el sexo, alojado en el glande, desde donde se nos ordenaran todos esos comportamientos infrahumanos en pos de la coyunda, y que nos reducen en momentos puntuales a poco más que animales semovientes en celo, la cuestión sería mucho más sencilla. Por lo siguiente:

Al igual que el otro, emparedado a oscuras en su cráneo, ese imaginario cerebro fálico estaría confinado a ciegas dentro del bálano; sólo que, en este caso, no podría contar con unos ojos que le informasen del exterior a través de los nervios ópticos. Es decir, estaríamos gobernados por una polla ciega.

Y por lo que respecta al miembro viril, lo que cuenta es el mete-saca, a efectos de tracción, fricción, humedad y temperatura, en una vagina sana y dúctil, independientemente del resto del conjunto.

Por lo tanto, si no median malformaciones ni averías, a efectos prácticos al pene le daría lo mismo refregarse en el coño de Megan Fox que en el de Susan Boyle (con todos mis respetos hacia las dos, pero necesitaba encarnar el ejemplo).

Por lo tanto matizo: tal vez lo que usted, señorita, quiso decir en aquel contexto, fue: “Ojalá pensarais los tíos con la polla”.

He dicho.

lunes, octubre 04, 2010

El primer niño Emo


(Es que ayer vi Valquiria, que la regalaron con el Público, y se me quedó esta cara a mí también)

viernes, septiembre 17, 2010

Estimada Malaputa

Dado que mi querida Malaputa es lo más parecido que tengo a una amiga virtual (mi no menos querido Guile sería el equivalente con polla; no digo cojones porque Malaputa también los tiene, y muy bien puestos. Aunque ahora parece que, según su propia definición, alguien se los tenga bien cogidos. Y yo que me alegro. [Para entender, pinchar en Malaputa de la columna de la derecha]). El resto de nicks que se pasan por aquí son amigos también en el trato de la carne y el hueso. Por cierto de qué va eso, que no me he enterado muy bien, de la carne por puntos... ¿Si no te portas bien con la sociedad, te van quitando puntos, y cuando te quedas sin ninguno, te amputan un brazo?

Y dado que mi amiga virtual parece interesada (aunque me cueste creerlo) en mis mierdas exo-cansinas, me parecería una descortesía no dar cumplida respuesta a su solicitud. (Gracias, de todas formas, Gilito, pero extenderé un poco la explicación):

Desde hace algunos meses colaboro con mis memeces en un portal multimedia alcoyano, llamado Ara Multimedia. Como bien apuntó Gilito, la dirección es www.aramultimedia.com y mis perogrulladas las exponen en una sección llamada Mirades d’Ara dentro del submenú Opinió.

Como se comprobará por los nombres, la web está en su mayoría redactada en la llengua de Ausiàs March, lo que supondría un escollo para mis amigos virtuales (que, si nos los he ubicado mal, son del área de Madrid); pero mis textos y los de algún colaborador más están escritos en la de Cervantes (bueno, en castellano antiguo no; si acaso en la del Yoyas); lo que, en mi caso, tampoco garantiza, en absoluto y por desgracia, su inteligibilidad (cada vez me vuelvo más barroco y menos claro, como si tratara de enturbiar el agua de mi charco para que no se pueda distinguir lo poco profundo que es en realidad. Y todos estos paréntesis son buena prueba de ello).

Allí se firman los artículos con nombre y apellidos (impensables una Malaputa o un Micropene…), y como ya quedó desvelado en el post sobre mi novela, yo soy Fernando Llorca (la ballena asesina).

En la página principal, en la parte superior derecha (del lector que enfrenta la pantalla) hay una lista con las actualizaciones de la sección Opinió, donde se informa de los nuevos textos subidos por los distintos colaboradores.

La única restricción es que, al tratarse de una web por suscripción, la versión en abierto está limitada a las entradas más recientes. El acceso a todo el fondo editorial es una (entre otras) de las ventajas que se ofrecen a los suscriptores.

Como no podía ser otra manera, mis aportaciones... cómo decirlo... digamos que no levantan mucho revuelo, o ninguno... y mientras las denuncias y agudas observaciones de los otros redactores despiertan encendidos debates en el apartado de comentarios, mis incoherentes marcianadas pasan sin pena ni gloria; y si se deja sentir algún comentario (similar a lo que ocurre aquí) invariablemente provendrá de mi hermano mayor, o de Gilito, o del amigo Xavalín. Reconozco que es comprensible, porque mientras los otros colaboradores ponen el dedo certero sobre la llaga de acuciantes problemas que afectan a las personas en su día a día, o en sus perspectivas de futuro, yo sigo a lo mío, con mis cosas… qué os voy a contar que no sepáis ya a estas alturas…

Montones de ceros y algún que otro uno (que es como compongo yo los abrazos virtuales) para mis amigos cibernéticos.

miércoles, septiembre 15, 2010

Libretas

Me enfrento en estos momentos a una nueva mudanza. Como tengo comprobado que la vida se resiste a concederme mi ansiado sedentarismo kantiano, y me condena a un nomadismo incivilizado, en cada nuevo empaquetado de mis pertenencias hago acto de contrición por la acumulación de efectos personales, y me deshago de un buen número de ellos. En esta ocasión parece que esté tirando la casa por la ventana, casi literalmente (sólo habría que sustituir ventana por contenedores de reciclaje). Me estoy desprendiendo de colecciones enteras de revistas, pilas de documentos, fajos de cartas, y un sinfín de artículos cuya única utilidad sería reactivar los resortes de la memoria de muy largo plazo, en interminables veladas de nostalgia y retroactividad. Que ya no serán.

En anteriores ocasiones movía los fardos de un inmueble a otro, casi sin comprobarlos, ignorando lo que transportaba, y desechando únicamente lo obvio. Pero en este caso, en el que me he asegurado que contaría con mis buenas tres semanas para proceder, estoy inspeccionando maníacamente todas y cada una de mis pertenencias, y sometiéndolas a un somero examen que se resume en la disyuntiva: ¿basura o no? Y de momento gana la basura por goleada. Es tan sencillo como cambiar el chip, ponerse en modo Aligerar equipaje, y, hala, a desintegrar tu bagaje.

Entre otras muchas sorpresas, me he encontrado en una caja un montón de libretitas con una cantidad extraordinaria de idioteces escritas en ellas. Me explico: siempre suelo llevar encima, a todas partes, una libretita y un boli, para apuntar las estupideces que se me vayan ocurriendo. Cierto día, alguien me regaló un par de Moleskines molonas y debí arrinconar las de espiral de toda la vida en aquella caja. Llevo libreta siguiendo esa máxima apócrifa de Einstein, que decía que por qué tratar de retener en el cerebro lo que cabe en un bolsillo (y digo apócrifa, porque después leí en una fuente mucho más fidedigna que, durante un encuentro, el poeta Paul Valéry le preguntó al genio que cómo era que no llevaba encima ninguna libreta para apuntar sus ideas, y Einstein le respondió: “¿Para qué, si se me ocurren tan pocas?”. Aunque olvidó mencionar que esas pocas que tenía cambiaban el curso de la historia).

La cuestión es que me resultó decepcionante comprobar que uno se molesta en apuntar sus paparruchas en una libreta, creyendo que algún día pueden serle útiles para algo, y resulta que amontona libretas y libretas en una caja y las olvida hasta nueva orden de mudanza. De hecho, ni siquiera consulto las anotaciones recientes de la Moleskine que me acompaña ahora mismo. Por cierto, qué puta mierda de Moleskine que se me ha despegado toda, y eso que le doy su buen tute, pero la trato con mucho cariño, y duerme siempre en garaje.

Pero lo más decepcionante del caso ha sido cuando efectivamente he echado un vistazo al contenido de algunas de las libretas. No se me escapa que esas anotaciones fueron hechas a vuelapluma, probablemente en un banco del parque o en un asiento del tranvía, tras alguna observación incitadora; y que lo que se pretende con ellas es capturar el concepto y esbozarlo con unos pocos términos, supuestamente representativos, para que pueda ser desarrollado más adelante con calma indoor. Pero, claro, si ese más adelante, se convierte en un montón de años de olvido en una caja, ¿cómo puedes pretender desentrañar ahora unas notas tan crípticas, caóticas y embrutecedoras?

¿Qué cojones pude querer decir, por ejemplo, con la anotación: “Yuxtaposición de unidades de miseria. (Puercos)”? Porque, claro, aquí hay de todo como en botica. Hay desarrollos de páginas y media; hay párrafos de caligrafía sosegada, donde se permiten acotaciones de situación y tiempo, incluso de ánimo; pero la inmensa mayoría son aforismos y epigramas, cuando no simples combinaciones, pretendidamente ingeniosas, de conceptos. Y aquí la caligrafía, más que de cuaderno Rubio (los de mi quinta entenderán) es de cuaderno Moreno (con perdón).

En contra de lo expuesto, y de la falsa primera impresión, el ejemplo de arriba sí he acabado ubicándolo, gracias a la pista de que no sólo tomo notas propias sino que también anoto frases que me parecen interesantes de los libros que leo. El paréntesis indica, resumidamente, la obra de la que procede la frase. En este caso se trata de un libro que me causó honda impresión cuando lo leí hace años: Vivir y pensar como puercos, del matemático y filósofo francés Gilles Châtelet. Por qué anoté esa frase en concreto de todas las de un libro tan jugoso, y qué pretendía hacer con ella en un futuro, sigue siendo una incógnita.

Si la mudanza me lo permite, y en vista de que esto está muy parado últimamente por falta de ideas*, tal vez recurra a algunas de las muchas gilipolleces que contienen esos cuadernillos.

[* En honor a la verdad, he de puntualizar que si, de un tiempo a esta parte, me prodigo menos por aquí es porque desde hace unos meses colaboro en una web semiprofesional (lo de semi- es porque los profesionales no cobran). Si Gilito tiene ganas de poner un enlace o de explicarlo mejor, que se manifieste].

viernes, septiembre 03, 2010

PaRADIOja

Qué crispantes resultan esas emisoras de radio que no paran de interrumpir su programación musical con el único propósito de recordarte una vez más, que ellos te ofrecen música sin interrupciones.

lunes, agosto 09, 2010

PUDRIDERO. Si te gustó la película, cómprate el libro...


Por fin sale editado el libro PUDRIDERO de nuestro compañero y sin embargo amigo Micropene. Nos hemos embarcado en una aventura común de autoeditar el libro a traves de la plataforma Bubok, con su ISBN, su código de barras, camisita y canesú.

Lo podeis comprar aquí http://www.bubok.com/libros/187300/Pudridero

De todas formas y para que salga más barato hemos comprado un puñadito y os lo podemos vender directamente con muchos menos costes de envío y zarandajas. Si lo compráis en versión electrónica también seria un detalle.

Micropene (AKA Fernando) no quiere hablar de su libro porque ya sabéis que es muy tímido, raro y tocapelotas, pero si os fiáis de mi criterio Pudridero es una novela que se lee fácil, destila talento, está rellena de referencias, autoreferencias, bilis, humor... los que leéis a Micropene sabéis de qué hablo.

martes, julio 20, 2010

Sueños mojados

Hablé aquí debajo de no conocer el triunfo. Lo que en una sociedad en perenne competencia equivaldría a ser un perdedor.

Pero cuando uno es miserable, su miseria no tiene por qué circunscribirse exclusivamente al mundo consciente. También en el inconsciente, donde no rigen las feroces leyes del mundo real, se puede ser un pusilánime. Resulta que en el anárquico reino de la fantasía uno puede enfrentarse a sus sueños “húmedos” (después se entenderá el entrecomillado) con actitud (iba a escribir mentalidad, pero no creo que ésa tenga mucho peso en los desenlaces oníricos) estrecha y cicatera.

Mi pareja se descojona de mí cuando le cuento mis sueños “eróticos”. Y esa es una de sus peculiaridades: que se pueden contar tranquilamente sin peligro de ofender a quien tiene la exclusiva de tus querencias, por la original manera que tengo de consumar mis fantasías presuntamente sexuales.

Suelen estar protagonizados por señoritas que no encarnan precisamente mi ideal sicalíptico. Nunca he tenido mitos sexuales cuando tocaba, menos ahora, en pleno climaterio. Cuando era joven y mis amigos se ponían burros con mujeres lúbricas como Kim Basinger y Sabrina Boys-boys-boys, mi atención la reclamaban mujeres más bien maduras, con un puntito de complicación en la mirada que transluciera corazones difíciles: Sigourney Weaver, Geena Davis y Mimi Rogers eran santas de mi devoción, pero de éstas no salían pósters para pajearse. Ni falta que hacía.

La cuestión es que en el plazo de unos meses se han infiltrado en mis sueños personajes que veo en televisión, y me plantean unas tramas subidas de tono, de cuya resolución me sorprendo hasta yo mismo.

Pongamos estos tres ejemplos: que Patricia Conde me acosa insistentemente con claras intenciones lascivas, y yo, como creo que harían todos los hombres en mi misma situación onírica, me escabullo indignado y me oculto en una fábrica abandonada, como si fuera un Robocop mojigato.

Otra noche me proyecto dirigiendo una película de zombis en Vermont (sí, sí, no me preguntéis por qué, pero la película se rodaba en Vermont, como queda dicho reiteradas veces a lo largo del sueño, vaya usted a saber por qué), y entre el reparto está Belén Rueda, que en mala hora se planta en mi roulotte con la excusa de tratar no sé qué asunto del rodaje, pero que en un visto y no visto se me despelota allí mismo y empieza a atosigarme con la consabida coreografía de insinuaciones del cortejo intersexual. Y, ¿qué hace el buen señor? Pues lo que haría cualquiera de vosotros (con o final) en esa situación: reprenderla por las marcas del bikini resaltando blancuzcas contra su precioso tono bronceado de piel. Ella arrimándose libidinosamente y yo allí, rehuyéndola indignado, y despotricando porque con ese moreno chapucero me iba a arruinar la escena del precipicio, para la que ya tenía alquilado el helicóptero de los guardacostas (?!). Y eso que me he informado a posteriori y en Vermont no hay costas que guardar... ¿Qué diría Freud de todo esto?

Y por último, el ejemplo que más me descoloca: Paris Hilton (ésta ya si que no entiendo cómo se ha podido colar en el santuario de mis ensoñaciones, porque no la trago aquí, en el mundo exterior), me enreda y me lleva a un tabuco claustrofóbico, donde me engatusa para que le chupe los pies, práctica que asegura volverla loca. Allí estoy yo, llevándome la punta de sus pies a la boca, con costuras de las medias incluidas (se ve que como no veo las cosas del todo claras, no llego ni a desnudarla), y ella pareciendo disfrutar como una posesa, a juzgar por las alharacas con que acoge cada mordisquito y los alaridos tras cada lametón; cuando, de repente, llego al siguiente dictamen sobre la situación que compartimos: pienso para mis adentros “a esta niñata no le pone cachonda el juego sexual, sino la humillación clasista de tener a un plebeyo lamiendo la parte más baja de su anatomía”. Así que, indignado (una vez más; por lo visto no puedo relajarme ni en sueños) arrojo bruscamente sus pinreles lejos de mí y empiezo a cantarle las cuarenta a la pobre niña rica, ante su absoluta perplejidad y sus continuos intentos de reemprender la acción y que me deje de tonterías. Pero no se sale con la suya y así, queridos amigos, es como se convierte un sueño erótico con el símbolo sexual de millares (¿millones?) de individuos en un triste pasquín de la CNT.

Aunque, mirado con otra perspectiva, resultan bastante curiosos estos desenlaces inesperados, y ahora estoy intrigado por cuándo y, sobre todo, cómo será mi próxima incursión en mi peculiar interpretación del sueño húmedo, donde la saliva sólo se emplea para soltar soflamas y reivindicaciones.