viernes, octubre 24, 2008

De buena mañana

Llego hoy livianamente indignado tras haberme cruzado en el portal con una pareja mixta de hermanos púberes. Ellos salían hacia la cercana parada del autobús escolar, y yo entraba a seguir cumpliendo con mi galera perpetua. Ella me devuelve el saludo, muy cortés, y él no. Pero no es algo que me sorprenda a estas alturas de la historia de Occidente; la de la educación -y no hablo exclusivamente entre los jóvenes- es una batalla que yo ya he dado por perdida hace mucho tiempo.

Lo que me ha sorprendido desagradablemente han sido las pintas que se gastaba el niñato. Un pimpollo de apenas 12 años portando el uniforme de su colegio de pago ultrapijo, pero de manera estratégicamente desastrada y con unas greñas impecablemente descuidadas (“... mejor despeinada que nunca...”, que diría Dalí de Gala). Y se desplazaba sobre el mármol del portal con una indolencia y una languidez preocupantes en un chavalillo tan joven. Imaginad a un Bob Dylan o un Serge Gainsbourg (en sus etapas blanquinegras), pero con la vida recién estrenada y muy buenas perspectivas futuras en lo económico (dice su horroróscopo de hoy).

Este mequetrefe pijín quiere usurpar la mirada de unos ojos que ya hayan visto demasiado (y no todo bueno), el caminar errático del que se siente aplastado por el mundo o incluso el universo todo, y una estética que en su momento significó salir de la sociedad y ahora no es más que un auparse al carro de la moda del minuto.

Quizás no esté siendo justo con el chaval y sean los padres los que, contra su voluntad, lo disfrazan a rajatabla de los dictados de lo chic; lo que explicaría esa nausea existencialista que se gasta de buena mañana y tan precozmente. Pero, aún así, está justificada mi indignación: no pueden apropiarse y subsumir impunemente una estética chabacana que es de lo poco que les queda ya a los rebeldes con causa. En un sistema de valores que no acepta descarríos del espíritu, pues coño, que al menos dejen a los parias el subterfugio de desvariar con las pintas, joder, como seña de identidad y de no pertenencia al statu quo, o algo... Pero que no se disfracen de bohemios los que detentan el poder, ni que disfracen a sus chiquillos, porque al final uno se hace un cacaolat mental y ya no sabe a quién arrojarle los cócteles molotov.

En fin, que estoy hecho un abuelo cascarrabias y toda esta perorata es porque el señorito no se ha dignado a saludar al lacayo.

Como prueba de mi defensa y para que esta pataleta resentida se enmarque en su contexto espacial, os cuelgo estas fotitos del edificio en cuyo zaguán ha tenido lugar la lucha de clases de buena mañana. Se trata de la emblemática Casa Carbonell, al interior de cuya espectacular arquitectura modernista puede acudir cualquier pelagatos a prostituir su tiempo productivo, pero donde solo se pueden permitir vivir unos pocos, muy pocos, y muy escogidos. Por mucho que se disfracen.




Ay, si Edgar Allan Poe hubiera currado en *****, qué de relatos escalofriantes nos hubiera podido legar para la posteridad.


jueves, octubre 23, 2008

Mi propuesta

Este fin de semana cambian la hora. La atrasarán, si no me equivoco. Cuando sean las 3, por decir una hora, volverán a ser las 2, con lo que ganamos una horita de sueño (o de juerga, y los que vayan de after-hours se encontrarán una before-hour por la cara).

Pues yo hago la siguiente propuesta para superar esta crisis apocalíptica que nos azuzan desde los púlpitos:

Mañana, cuando sea viernes, atrasemos el calendario para que sea jueves otra vez, y así tenemos un día más para producir bienes y servicios que nadie consumirá.

No resolvería nada, pero tocaría tanto los cojones al personal, que a ver si de una vez por todas espabila y se planta y pone en su sitio a todos los hijos de puta que saben sacar tajada incluso cuando las cosas están mal.

¿No querían 65 horas semanales? Pues ahí las tienen.

miércoles, octubre 22, 2008

Cazafantasmas

Definitivamente hay gente que tiene el entendimiento muy cortito. Para emplear un símil cinegético, lo tienen de cañones recortados (como mi polla). Y claro, con eso se puede hacer mucho daño en las distancias cortas, pero no sirve para la caza mayor, para la comprensión de largo alcance, para cazar cosas al vuelo y abatir grandes piezas. Así, a lo sumo, te cobras algún pichón, y tirando desde muy cerca, a quemarropa.

Otros son del tipo francotirador: necesitan apostarse en lugar tranquilo y con buena visibilidad, tomándose su tiempo para apuntar con su mira telescópica, sin la cual no acertarían al blanco porque no les alcanza la vista.

Luego están los del escopetón de precisión. Infalible a cualquier distancia pero muy aparatoso y pesado de cargar a todas partes. Estos no lo sueltan ni se desabrochan la canana, ni siquiera cuando van de juerga, por lo que resultan intimidatorios e incómodos; vaya, un plomo en casi cualquier situación.

Así pues, ahí los tienes a muchos, escopeteando a bocajarro a todas horas y llenándonos al resto de molestas perdigonadas. Daños colaterales lo llaman ahora.

[¡Eh, que hemos subido la cotización! ¿Al final ha funcionado lo de las palabrotas? Caca, culo, pedo, pis. Caca, culo, pedo, pis. Caca, culo, pedo, pis...]

lunes, octubre 20, 2008

Radio noctámbula

En mi pasado cumpleaños me regalaron un reproductor Mp4 (muchas gracias, Raquel/Bienve). Aún no doy crédito a que un aparato tan ligero y minúsculo ofrezca tantas posibilidades técnicas. De hecho, me asusta un poco el cacharrito éste.

Muchas noches lo utilizo para escuchar cualquier sonido que mantenga alejados de mi mente los pensamientos nocturnos, que -al menos dentro de mi cráneo- no suelen ser muy halagüeños. La oscuridad es mala consejera. Y darle al coco con nocturnidad y alevosía es la puerta grande al insomnio.

Así que me pongo mi Mp4 y suelo escuchar archivos musicales (que tuvieron a bien cargarme antes de entregármelo, porque sigo siendo una nulidad tecnológica), pero alguna que otra vez sintonizo la radio.

Pues no sé qué emisora dejaría anoche sonando cuando caí rendido, pero al rato me despertó sobresaltado una algarabía gritando cosas como: “¿le chupaste el coño?”; “le comí la polla”; “enhorabuena por el programa, sois la puta hostia”; “tócate el potorro”; “follamos toda la noche”; y muchas más delicadezas por el estilo.

Pensé que seguía soñando, porque no me cuadraba algo así flotando en la ondas hertzianas que se dispersan sobre esta península, pero luego escuché una cuña en la que se vanagloriaban de ser “el programa que no se atreven a hacer las otras cadenas”. El nombre no lo recuerdo, pero la emisora era Europa, o algo así, y lo presentaban una señorita y un gañán.

No creo que repita esta noche porque ya he dicho que es sosiego lo que busco a esas horas, y con tanto coño y mamada no hay quien se relaje.

¿Qué habrá sido de aquel mítico Hablar por hablar, donde los insomnes y los del turno de noche descargaban sus miserias a un auditorio de noctívagos morbosos? ¿Acaso corren malos tiempos para la lírica?

[Veo aquí arriba que ha bajado nuestra cotización. ¿Cómo va esa mierda? ¿Cuando baja la bolsa nos sube el escroto? ¿O cuantos más tacos escriba, mejor, como en la radio, hostias ya, copón...?]

jueves, octubre 16, 2008

Se vende

Gilito, querido, ¿qué quiere decir esta ventanita que has puesto aquí arriba? ¿Nos piensas vender al Capital?

Espera, ¿qué dice ahí...? ¡¿10.000 dólares?! ¡¡VENDE!! ¡¡YA!! No te lo pienses, que ya sabes que está la cosa económica muy tensa por estos bolsillos. Total, luego montamos otro chiringuito de éstos y podremos seguir despotricando on-line de nuestras paparruchas.

¿O se trata de una burda broma? Mira que no está el horno para bolleras, y ya sabes que donde otros sólo ven verdosos rostros de ex presidentes de la Unión, yo creo contemplar el retrato robot de mi tan ansiada libertad.

Véndenos, vende mi alma a Google o a Bill Gates, o a quién coño esté detrás de todo esto, pero por el amor de Dios, no tardes...

miércoles, octubre 15, 2008

Progreso

Ya no respetan las tradiciones patrias. Resulta que hoy nos desayunamos en esta ciudad con la indignante noticia de que han suplantado un bingo histórico del centro urbano por un antro de libros.

Aquel templo del azar remunerado fue testigo de algunos escarceos ludópatas del Trío de los Azotes (Cripema, servidor y el todavía jefe de ambos), cuando su anterior sede laboral quedaba cercana al bingo, después de alguna comida de empresa que degeneraba en cubatas y cartones. Y van y lo tiran abajo para montar una librería… ¡anda ya! Si libros es lo que menos falta hace en estos tiempos críticos. Si al menos hubieran montado en su lugar un peep-show, un lavadero de tunnings o un fumadero de opio…

Ahora en serio, me ha alegrado enormemente saber que la cadena de librerías La casa del libro, ha celebrado el 85º aniversario de la fundación de su primer establecimiento en Madrid, inaugurando una nueva tienda en Alicante (y ya van 20 en toda España, creo). Falta nos hacía un sitio así desde que F-nac Alicante acometió su replanteamiento comercial, a resultas del cual se ha convertido, al parecer del que esto escribe, en un expendedor laberíntico y mal planificado de cultura multimedia.

Yo ya he estado por allí, por La Casa de Putas (Joyas), picoteando esta mañana, alargando más de la cuenta mi media hora de manumisión para el café.

La pregunta obligada es: ¿por qué en una extensión urbanística considerable, con centenas de miles de ciudadanos clamando al cielo por una alfabetización evangelizadora, se apelotonan en un área topográfica de apenas 600 metros las tres grandes (casi únicas) librerías de este bendito Neo-Toquio preapocalíptico?

Sé que los puristas me echarán en cara que la mentada no deja de ser una cadena empresarial, al estilo de la multinacional francesa también nombrada; es decir, despersonalizada, piramidal y con un poder comercial que apabulla cualquier intento de competencia del pequeño comercio tradiconal. Lo sé, y lo siento, pero no puedo evitar celebrar noticias como ésta. Mejor que un bingo, vamos, digo yo...

martes, octubre 14, 2008

Dialéctica pugilística

Hace unos días, asistí con mi pareja a una reunión de vecinos de ésta nuestra comunidad. Una comunidad de vecinos, como muchas otras por estos lares, con gran presencia de propietarios extranjeros, lo que convierte en un fárrago la discusión de cualquier asunto, por sencillo que aparezca en los titulares de la fotocopia del orden del día (hay un belga que ha de ir traduciendo al francés e inglés cada intervención; habilidad ésta que lo llevó a presidir la comunidad hasta hace bien poco).

Las asambleas de este tipo son la demostración empírica de la teoría expuesta por Schopenhauer en El arte de tener razón. [Nótese que últimamente recurro al vil ardid de citar muchas lumbreras, que lleven más de un siglo con tierra encima (como si eso inavalidara los derechos de autor de estos cadáveres exquisitos), para intentar dar algo de empaque a estas cagarrutas insulsas que escribo]. Obra, acabada pero que decidió no publicar en vida, en la que venía a defender que en una discusión los contendientes no pretenden dilucidar la razón objetiva, sino imponer su razón subjetiva y particular (“… generalmente quien discute no combate en pro de la verdad, sino de su tesis,…”), y en la que aporta 38 estratagemas para salir victoriosos, téngase o no la razón de parte de uno. Dialéctica erística lo bautizó él en su jerigonza filosófica.

Pues en aquella reunión vecinal, inopinadamente schopenhaueriana, mientras se deliberara sobre un enemigo común e identificado (la promotora, el robo con escalo, el antenista,…), sí parecía haber quórum, y todo apuntaba a un buen término; pero por lo visto la gente se reservó su erística más exasperante para el turno de las escaramuzas privadas. Ahí, la cosa ya se convirtió en un patio de cotolengo, y el sector más hooligan de la colonia británica no llegó a las manos con un señoritingo patrio, por un quítame allí esos dálmatas, porque Dios y la administradora de fincas no quisieron.

Se escucharon propuestas incongruentes del tipo: poner una cámara de vigilancia en la piscina (?!), extirpar quirúrgicamente las cuerdas vocales de los perros poco mordedores (?!!), amenazar de muerte al responsable de la promotora (esta ya no me sorprende tanto), y otros espantos de los que no quiero acordarme. Sin embargo, de los asuntos que verdaderamente necesitaban un debate serio y una pronta resolución (defectos estructurales en la construcción, humedades, plagas bíblicas…) no se aclaró nada de nada. Eso sí, a los morosos se determinó llevarlos a juicio, al no prosperar tampoco lo de las amenazas de muerte.

Nosotros alucinábamos con el espectáculo (y eso que hemos asistido a reuniones comunitarias mucho peores que ésta, no en este vecindario, donde el término más técnico que se podía escuchar era hijo de puta o ladrón), y le rogué a mi pareja que no se le ocurriera participar, a la vista del vapuleo cruel que recibía todo aquel que osaba interceder en la contienda ("Pues yo creo que fulanita tiene razón...", se atrevía alguien a romper tímidamente su silencio. "Pues tú calla, porque si empezamos a hablar del escándalo que montas con la moto y bla, bla, bla...", "Pues anda que tu bebé no da por culo por las noches...", "¿Me vas acomparar un bebé con un chucho?", y vuelta a empezar el fuego cruzado, con un blanco más y algún francotirador espontáneo) .

La razón de nuestro silencio, la misma por la que Arturo (no me apetece escribir otra vez ese apellido tan largo; y para eso escribo este paréntesis que septuplica su extensión) decidió no publicar su opúsculo, y que él explicó mejor que nadie en otra obra posterior (Parerga y paralipómena), donde sí incluyó una decena de sus técnicas de discusión:

“He recopilado y desarrollado, pues, unas cuarenta estratagemas semejantes. Pero ahora me repugna la iluminación de todos esos escondrijos de la insuficiencia y la incapacidad, hermanadas con la obstinación, la vanidad y la mala fe; por tanto, me doy por satisfecho con este ensayo y con tanta mayor seriedad remito a las razones arriba expuestas para evitar discutir con el tipo de gente que suele ser la mayoría”.

Para despedirme, y ya que me ha dado últimamente por suplir mi carencia creativa transcribiendo párrafos enteros de pensadores rimbombantes, aprovecho para añadir este genial epigrama, que viene que ni pintado a lo que acabo de narrar, de Voltaire. Arrevoire.

"Una única cosa le he pedido a Dios, una nimiedad: "Oh, Señor haz ridículos a mis enemigos." Y Dios me la concedió."

jueves, octubre 09, 2008

Conectado

Por primera vez escribo esto desde mi casa (hoy, 9 de octubre, es festivo en la Comunidad Valenciana). Gracias a las gestiones de mi pareja, por fin sé lo que es tener conexión internáutica en casa. Se acabó eso de navegar como los contrabandistas de Tarifa, a oscuras, de extranjis, evitando ser descubierto por la autoridad.

Ahora no hay excusa, ¡a por los 500!

Bueno, no tan deprisa, listillo, y aprende de los mayores:

“Este librito es un experimento. Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr, servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito. Para este propósito no puede contar como pensamiento el mero espacialismo, ya sea de ciencia o de práctica. Tiene que estar referido a la vida, al sentimiento o la alta especulación metafísica. Probablemente, lo primero que descubriré en el intento será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos, que ponerlos por escrito sólo serviría para revelar la pobreza de la tierra”.

(Primera anotación, 8 de enero de 1854, en el Diario de John Stuart Mill, una de las mentes más prodigiosas que ha dado la historia mundial del pensamiento. Según sus biógrafos, su superdotación intelectual desbancaría cualquier ranking de coeficientes actual. Abandonó el diario el 15 de Abril…).

viernes, octubre 03, 2008

Tatami de Alberto Olmos

Con este post pretendo hacer un experimento. Usar el blog como una ouija virtual. La Real Academia Española (que, por ser la decana de las academias, no es necesario especificar que nos referimos a la de la Lengua) acaba de incorporar en su diccionario el término güija, pero me parece tan RAE, tan güisqui, que no pienso añadirlo a mi vocabulario. Además, ni güija ni ouija son apropiadas para este caso porque, afortunadamente, el invocado no está muerto; de momento.

Doy por sentado que, Google mediante y espoleado por esa pizca de vanidad que le presupongo a todo escritor, el invocado rastreará esporádicamente la red para comprobar qué opinan de su obra los que estamos del otro lado de su piel.

Por ello, quizás pudiera llegar a interesarle mínimamente la opinión de este lector poco avezado y nada autorizado en la materia. Dicho esto último, vaya por delante que no voy a intentar, ni mucho menos, una crítica literaria, sino simplemente contarle a un escritor cómo es el proceso que convierte a un desconocido en lector de casi todas sus creaciones. Y esta es una de las cosas buenas que tiene este invento del demonio que es internet: que, mediando una afortunada combinación de ceros y unos, podemos llegar a ponernos en contacto con “el más allá”. Pues allá va:

Tiempo ha, en una de mis tórpidas derivas por la red en busca de información sobre ahora no recuerdo qué autor (¿Thomas Bernhard, Pérez Subirana, Fernando Vallejo...?), rebotando aquí y allá, fui a dar con los huesos del ratón en un blog de crítica literaria muy sui géneris. El responsable (disculpad que no dé el nick ni la dirección, pero si él no ha querido asociar ambos nombres, no lo voy a destapar yo aquí) perpetraba (y sigue haciéndolo, pero ahora me estoy remontando a mis sensaciones en aquel pasado concreto) un estilo de crítica muy personal, sin tapujos, divertidísimo y cuajado de constantes destellos de genialidad, tanto en el contenido como en el continente.

Contenido: por muy renombrado que sea el títere a colación, no le tiembla el pulso que sostiene la cachiporra y ya se ha cagado en la puta madre –literal, no literariamente- de Borges, Dostoyevski, Hemingway, Saramago y un etcétera que no puede ser largo (Lázaro Carreter lo oprobia), pero que lo es. Tras tanto palitroque despiadado, que no gratuito, se percibía enseguida una inteligencia penetrante y dotada de un sentido del humor muy particular, fácilmente malentendible pero con el que yo me entendí muy bien desde el primer párrafo.

Continente (bueno, ahora lo llaman Carrefour): un sobrado dominio del idioma de Gabriel Cervantes, un taxista de Almendralejo, le permite tensar la lengua hasta pasársela por los cojones, consiguiendo así inspiradísimos alumbramientos y hallazgos antológicos. Pirotecnia verbal que le viene que ni pintada para el desempeño de su vitriólica misión.

La cuestión es que me enganché a este tipo, y le seguí la pista dentro de lo que mi limitado acceso a la red me permitía (ya me he cansado de lloriquear por aquí que mi única conexión es desde mi puesto de trabajo, por lo que no puedo explayarme como me gustaría, teniéndome que conformar con breves escaqueos furtivos que convierten mi navegación en una actividad intermitente y ocultadora, y en un coñazo de marca mayor). Pero, mal que bien, me mantuve infiel seguidor de su discurso.

Siempre alegra leer de otra mano lo que uno ha pensado en algún momento, pero si encima está mejor expresado, y con las palabras exactas que quizás uno no le supo adjudicar a su pensamiento, pues mierda sobre ojetes. Y más si lo que uno piensa le hacía sentir poco menos que un bicho raro por disentir del criterio generalizado. Si un libro es una mierda, es una mierda lo firme quien lo firme, y eso por sí mismo invalida coartadas artísticas, biográficas, geopolíticas, y de cualquier tipo. Pero eso, por supuesto, no se va a atrever a ponerlo por escrito ningún paniaguado de revista literaria o folletín cultural. Ni a decirlo de palabra cualquiera que tema quedar como un inculto y un berzotas que no tiene ni puta idea de na’.

Allí sí encontré esa disidencia lenguaraz tan necesaria, subjetiva hasta decir basta pero, por encima de todo, sincera. Y tuve que reconocerle razón incluso cuando vapuleaba a escritores que respeto (Zweig, Carver, Palahniuk, Eco, Migoya...), o ponía los puntos sobre las íes a otros que venero, y cuyos apellidos causalmente no contienen ninguna i (Pessoa, Houellebecq, Chéjov, Vonnegut, Conrad, Camus...). Para rematar la oferta, descubro que este señor también admira a Sloterdijk, que bien podría ser un dios de la mitología germana pero que se trata de uno de los filósofos (germano, sí) más interesantes que haya surgido en décadas, y que, con su coleguita Safranski, están poniendo patas arriba la herrumbrosa atalaya europea de las ideas.

Entonces, ¿qué más se podía pedir? Pues lo que pedía yo en silencio, cada vez que acababa de leerlo: ¿por qué no escribirá este hombre un libro? Podría ser muy interesante ver todo este talento vertido en una novela. Esa forma de narrar y todo ese asedio de chascarrillos muy inspirados, pero convertidos en literatura (y no es que desdeñe los blogs como escenario más que digno para la literatura, pero me vais a perdonar, y me podéis llamar obsoleto, pero donde esté un libro de carne y hueso, que se quiten todas estas lumínicas pajas mentales; tan efímeras como las otras, las manuales).

La cuestión, que por qué no escribirá este cabrón un libro, eh, ¿por qué no? Y llega un día, no hace demasiado, tras leer su crítica al libro y autor que titulan este rollo macabeo, sospecho, indago (sin salir de allí) y finalmente confirmo (saliendo de allí, pero no muy lejos) que sí, que este señor es Alberto Olmos, y que Tatami es nada menos que su quinta novela. Y que gestiona otro blog, éste sin ocultarse tras una máscara, desde hace años, llamado Hikikomori.

Y lo quiero leer todo, pero no puedo [ver arriba], y leyendo a hurtadillas descubro por Belén Gopegui, que ese Hikikomori desciende de otro anterior, de no sé qué Coctelera, y me entra ansiedad y pánico y asco. E, impelido por mi impotencia tecnológica, decido centrarme en los libros. Corro como una fan a comprar su último libro, Tatami, pero “aún no ha salido”, así que lo pido como posible regalo para mi inminente cumpleaños. Cripema y Gilito me lo regalan, pero mientras ya me he leído los dos anteriores, Trenes hacia Tokio y El talento de los demás (los dos primeros son inencontrables en esta aldea).

Y así fue.

Alberto/Hikikomori/****, si estás ahí, manifiéstate.

O esfúmate para siempre en la otra dimensión, la de los fantasmas...

EDITADO 28/11/208 Hikikomori se manifestó