viernes, diciembre 28, 2007

Bella y bestia son

Al hilo del post de ayer quería compartir unas reflexiones de ésas mías, o sea, cargantes y poco prácticas.

Comentaba cómo muchos machos pierden el oremus en presencia de ejemplares hermosos del otro sexo. Y se da un caso muy curioso: hombres poco agraciados físicamente (incluso callos malayos) que, sin embargo, en el terreno de la atracción se muestran muy exigentes con la apariencia física de sus preferencias (tías buenorras), sin comprender quizás que de esta forma están reforzando un sistema de valores (la exigencia de belleza física para el triunfo social) que ya por definición los excluye a ellos por motivos bien visibles, aquí y en Malasia.

Luego está ese tipo de hembras que han entendido muy bien cómo están las reglas del juego en estos tiempos que nos toca vivir, y si fueron agraciadas en la lotería biológica con un físico contundente, o al menos con buena materia prima que poder potenciar con los actuales trucos a su alcance, pues sacan provecho de esa ventaja innata y su apuesta en la vida será destinar todos sus esfuerzos a mimar y embellecer su envoltura corpórea, como medio para distinguirse de la masa amorfa y destacar así como un blanco inmejorable para los machos depredadores.

Pero muchas de estas mujeres cometen un grave error al destinar la casi totalidad de sus energías en cultivar un bonito continente a costa de descuidar el contenido, que (y mira que detesto los tópicos) suele dejar mucho que desear. Suele ser indeseable en cantidad inversamente proporcional al nivel de exhibición de lo que algunos han dictaminado que debe entenderse hoy por belleza. Y ese error se les hace patente con el paso del tiempo, cuando estas mujeres que apostaron toda su vida al rojo, a mostrarse apetecibles al otro sexo sólo exteriormente, comprueban que esa inversión es al final a fondo perdido y con un plazo fijo (y bastante corto), y cuando se marchitan las cartas (por muy buena mano que se llevara de salida) resulta que aquel sistema de valores en que se habían desenvuelto toda su vida y del que se habían beneficiado y al que habían reforzado con sus comportamientos, ahora las excluye con la misma crueldad intransigente con la que ellas en su pasado lozano miraron por encima del hombro al resto de la chusma horripilante. En ese plano de la realidad ya no se las quiere, porque dejaron de ser deseables; ellas, que antes se desenvolvían en ese mundo que ayudaron a crear, con la seguridad altiva de la que hacen gala los que tienen licencia para portar armas.

Y a resultas de esto se contemplan algunos espantajos murientes, que no es que no acepten que los años no perdonan, sino que no les queda otra que seguir hasta la muerte por el camino que eligieron en su día: el de alegrar la cara a la galería y deslumbrar de puertas para fuera, cuando dentro reinaban las tinieblas. No hace falta dar nombres porque sólo hay que ojear cualquier revista del corazón con esas fotos retocadísimas de actrices alquitranadas de tanto esperar fumando, o esas folclóricas amojamadas que producen chiribitas en los ojos que las contemplan espeluznados.

Recuerdo que alguien comentaba en televisión (creo que Boris), que le impresionó demasiado conocer en persona a uno de sus mitos más sagrados (cierta actriz italiana, que levantaba pasiones (y otras cosas) en sus tiempos mozos de símbolo sexual) porque le pareció estar presenciando un paso de semana santa de carne (poca) y hueso (descalcificado). Tan acartonada por el estiramiento cutáneo y el enlucido cosmético, con un peinado imposible (que necesitaría una capa de ozono para él solo), la aparatosa vestimenta y complementos, y toda la corte de lametraserillos le daban al desplazarse por la estancia todo el aspecto de una virgen en procesión.

Esto es una clara prueba de lo que comento: esta persona midió su propia valía (al igual que la de los demás) por su belleza física y no está dispuesta a dejar que la misma biología que le regaló al nacer el tesoro que la hizo mundialmente famosa, se lo oxide con el paso de las horas. Y hará todo lo que esté en su mano, aunque al resto nos parezca abominable, para perpetuar lo que ella considera su única razón de vivir. Debe ser terrible, para alguien que piense así, enfrentarse al espejo cada día que pasa y que la aleja más y más de su ideal de perfección física.


Estas personas que se preocupan tanto de su superficie acaban resultando superficiales, y cuando rascas un poquito la cáscara te sueles encontrar a solas con un descorazonador vacío; cuando no con temible y absorbente antimateria. Porque Naomi Campbell será una diosa de ébano y todo lo que quieran, y muchos fantasearán con hacerle mil guarreridas sersuales, pero reconozcamos que no invita precisamente (una vez finiquitada la parte puramente carnal, que por muy salido que esté uno tendrá que convenir conmigo que eso no ocupa más que unas pocas horas del día) a tirarse en un sofá con ella, taparse con una manta y ver películas en blanco y negro o contemplar la lluvia a través de una ventana. Y quizás la esté juzgando injustamente, pero a las pruebas me remito, porque fue condenada no hace mucho por golpear con su teléfono móvil a una de sus esclavas blancas (qué paradoja), que la impacientó porque no encontraba los pantalones que se había encaprichado ponerse en ese preciso momento.

Por supuesto, todo lo dicho no debe, ni mucho menos, confundirse con que no pueda haber personas hermosas por dentro y por fuera, que las hay y todos conocemos alguna; sino que si todo lo inviertes en tu fachada, deberás asumir no el riesgo, sino la certeza de que más temprano que tarde ésta acabará resquebrajándose y dejará a la vista de todos que la vivienda no estaba bien amueblada, o ni siquiera tenía tabiques, como los decorados de las películas por los que han paseado su belleza tantos decorados humanos.

jueves, diciembre 27, 2007

...un circo, que alegraba siempre el corazón

Quién me iba a decir a mí, a mis años, que asistiendo en calidad de esclavo paniaguado a una celebración patronal me iba a curar de todo un trauma infantil. Porque a pesar de mis recelos iniciales (al principio de deambular bajo la carpa, la gente me preguntaba constantemente si me encontraba mal, que tenía muy mala cara), acabé disfrutando como un cabrón de la celebración circense.

La verdad es que el evento estuvo perfectamente orquestado y resultó una experiencia inolvidable. Puede que el Barón Ashler, la Bruja Avería o Gargamel, pero ningún ser humano de no-ficción podría sacarle alguna pega a aquella fiesta; o al menos debería rebuscar demasiado para poder encontrarla, porque por desgracia nada es perfecto en el mundo real (según mi descabellada concepción del mundo, el mismo acto de realizar conlleva un alto grado de empobrecimiento y putrescencia de las intenciones primarias y los sueños; pues el tratar de hacer real una idea, invariablemente desluce y entenebrece el modelo primigenio. La realidad cuece, no enriquece).

Y allí estábamos todos cociéndonos de lo lindo, cuando empezaron a florecer esos comportamientos humanos aberrantes tan característicos de este tipo de francachelas a partir de ciertas horas, cuando el despiporre etílico y/o psicotrópico empieza a hacer mella en las corazas de la urbanidad y el sentido común.

Pude ser testigo de excepción de uno de los rituales más llamativos de estos saraos, todo un clásico: el deseperado intento de apareamiento de los machos de buitre común y otros carroñeros con hembras de todas las especies presentes. De haber llevado una cámara encima me habría forrado vendiendo a National Geographic el documental de la agresiva rapacidad de mis congéneres. Y digo que fui testigo de primera línea de fuego porque se da el caso de que dos de nuestras compañeras de la oficina de Valencia son mujeres de físico monumental, una de ellas en concreto es espectacular, y ésta última decidió protegerse bajo mi égida de las embestidas de las bestias calenturientas y no se despegaba de mí en toda la noche.

Siempre he pensado que una mujer bella tiene la obligación moral de aprovechar la generosidad que la biología (tan tacaña por lo general en estos menesteres) ha mostrado al agraciarla físicamente, pero reconozco que debe ser un auténtico coñazo ejercer de mujer cañón entre una piara de energúmenos rebosantes de testosterona mal canalizada. Resulta monstruoso contemplar en directo a respetabilísimos miembros de nuestra sociedad, perfectamente integrados como intachables profesionales y felices cabezas de familia, perder los papeles ante una mujer exuberante; y suplicar mientras babean alcohol puro un poco de atención de una superfémina, tratando desesperadamente de no perder la ocasión de arrimarse con cualquier excusa tonta a una de estas hembras, que por una vez (y sin que sirva de precedente) no les mira desde el papel cuché de un póster desplegable. Bien pensado hubiera hecho mejor negocio enviando copias de la grabación no al National Geographic precisamente.

En fin, que todo muy bien y todo muy bonito. El circo no era el del sol, pero era el de la luna, porque iba de ese palo: sin animales pero con llamativas acrobacias y efectos escénicos bastante resultones. Lo peor, como siempre, la metaresaca sabatina.

viernes, diciembre 21, 2007

Había una vez...


Conté no hace mucho la fobia que siento por los circos y cualquier otro espectáculo que transcurra bajo una carpa. Pues bien, en breves minutos partiré con mis compañeros de trabajo (Cripema se libra porque está con Gilito en Londres; luego no queréis que nos llamen pijos bocazas) hacia Barcelona para asistir a uno. Y no es ningún chiste: resulta que nuestra empresa cumplió en Octubre un siglo de historia y lo piensan celebrar por todo lo alto. Y la verdad es que lo han organizado bastante original y, en vez de reunirnos a todos los esclavos en algún salón de banquetes para abochornarnos a discursos y abotargarnos de canapés, nos van a llevar a un circo donde mientras contemplamos el show podremos degustar un exquisito catering entre olor a tigre y bostas de elefante.

Aunque creo que no había necesidad de desplazarse hasta una carpa si lo que querían era ver domadores y payasos.
Pero al menos así me escaqueo hoy de lo que queda de curro para ser llevado en régimen de paniaguado a la gran celebración circense.

jueves, diciembre 20, 2007

Feliz Jánuca

Nacer no tiene ningún mérito por nuestra parte. Todo el esfuerzo lo hace la parturienta y a nosotros nos tienen que sacar a rastras del plácido útero. Cuando no mediante machetazo al vientre. Por lo tanto los anglófonos lo expresan mejor: to be born (ser nacido) y no nacer, porque uno no nace, lo nacen.

Dicho lo cual, no entiendo tanta algarabía en celebrar la natividad del que aseguran ser el hijo de Dios, cuando todo el mérito de este acto en concreto es de la madre, que era virgen para más inri; y eso sí que tiene mérito... Aún habrían de pasar muchos años para que él empezara a meterse en los follones que lo hicieron mundialmente famoso.

Así pues, dado que en estas fechas lo que se loa es un hecho protagonizado por una muchacha judía, os deseo a todos un feliz Jánuca, con un poco de retraso. Y como ahora ya somos todos judíos y no podemos comer nada porcino, he pensado para los que os pensaba enviar estas fiestas un jamón, que mejor os mando el cerdo entero, y vivo, que os entenderéis mejor.

miércoles, diciembre 19, 2007

Lou Lou? Oui, cest moi...

Con la Navidad, esa festividad cristiana que ejerce de puente entre un año y su siguiente, llega también la avalancha de esos llamamientos a nuestro consumismo caprichoso y descerebrado que son los omnipresentes spots publicitarios. Unos cantos de sirena que, como a Ulises y su tripulación, nos resultan irresistibles pero que, en realidad, sólo quieren buscarnos la ruina, al menos la económica. Y ya que estamos hablando de sirenas y de manipular al antojo la realidad, aquí va una observación de enterao repelente: las sirenas eran para los griegos los seres mitológicos con cabeza de mujer y cuerpo de ave. Pero como al parecer éstas no daban bien en pantalla, a partir del Renacimiento decidieron reencarnarlas para sus cuadros y bajorrelieves como mujeres de cuyo cuerpo la mitad inferior fuera una cola de pez. Pero es que eso ya lo habían inventado también los griegos, que las llamaban nereidas. Pero como los artistas renacentistas eran así de caprichosos, hijo mío, pues nada… desde entonces cuando nos mentan las sirenas nos viene a la cabeza Daryl Hannah en Splash. Cosa que, curiosamente, no debería ocurrirle a la propia Daryl, ya que los angloparlantes tuvieron la precaución cuando inventaban su idioma de distinguir una siren de una mermaid; aunque me da a mí que éstos, hoy por hoy, tampoco tienen muy clara tal distinción.

A mí, cuando contemplo estos anuncios navideños, me entra la gran náusea. Especialmente si son de perfumes; quizás porque esos aromas tan empalagosos que prometen me producen arcadas en el alma. Además, ¿qué les pasa en la boca a los que ponen voz a esas atrocidades audiovisuales? ¿Por qué todos estos anuncios acaban impepinablemente con una vocecita ridícula nombrando la marca como si tuviera la boca llena de flemas? A ver si la náusea es lo que les está dando a ellos cuando graban, de decir tantas tonterías; porque es que no hay ni uno en el que hablen normal y digan perfume en vez de pajfum (¿a dónde se irán por estas fechas esos profesionales del doblaje a los que se les entiende todo? A lo mejor es que la gracia creen que está precisamente en eso: en que no se entienda nada y parezca algo como muy exótico, hermético y exclusivo).

Y yo les preguntaría a los creativos de este género tan peculiar que si con esos ambientes fantasmagóricos que muestran en sus creaciones, esos rostros pálidos y vaporosos, y esas conductas tan extravagantes, lo que pretenden es transmitir un aura de lujo imaginable pero inalcanzable; como si en vez de colonia estuvieran vendiendo frasquitos de sinestesia pura: es decir, con su producto ya no sólo no olerás a choto sino que además la fragancia que te embriaga a través de la nariz te hará viajar a mundos que no puedes ni soñar (y por eso ya los sueñan los genios de la publicidad por ti).

Desde que yo recuerde, estos anuncios han sido absolutamente idiotas, pero juraría que ahora, que ya no saben cómo epatar a cualquier coste porque la realidad les pone el listón cada vez más alto a los que se ganan la vida con la ficción, se han soltado la melena en un vale todo de tonterías chirriantes, que da bastante repelús. Hay por ahí una loca que se masturba en un ascensor, que da más miedo que morbo.

Yo prefiero a la motera aquélla con dos cerebros y medio, que en mis tiempos mozos andaba buscando a Jack’s; dónde va a parar… A ésa sí que se le entendían perfectamente las intenciones.

jueves, diciembre 13, 2007

Y no escarmiento

(Zimitrón: gracias por tus comentarios. Aquí tienes para otras 4 horas más, por lo menos).

Comentaba aquí mismo hace algún tiempo (lo siento pero no sé poner enlaces a entradas pasadas. A pesar de que Gilito, haciendo gala de su paciencia franciscana, me lo ha intentado explicar no menos de cinco veces. Sé que ya apesta este rollo mío de analfabeto informático, pero es que es cierto: no hay forma de que logre entender estas cosas. Ni siquiera etiquetas sé ponerle a esto que estoy escribiendo ahora. Por la simple razón de que me domina un racionalismo intransigente que sí me permitió estudiar en su día un módulo de formación profesional de automoción sin mayores problemas de comprensión. Y todo porque la mecánica de automóviles sí respeta las leyes elementales de la termodinámica. Son todo mecanismos de acción-reacción, causa-efecto. Es decir, si yo piso el pedal de freno sé (porque lo he visto y tocado con mis propias manos) que debajo de mi culo hay un circuito provisto de bombas y bombines, colmado de un líquido incompresible, a través del cual se multiplica la leve presión de la planta de mi pie hasta convertirla en una fuerza transversal suficiente para detener la masa acelerada de mi vehículo. Esto lo entiendo, porque no es más que una sofisticación del 2 + 2 = 4. Pero, ay amigos, la informática es otra cosa. Cosa de fe. De brujas, diría yo. Que con un simple click de ratón, y mediante una ingeniosa (y rapidísima) combinación de ceros y unos, estos tontos pensamientos míos puedan ser leídos casi instantáneamente en cualquier parte del planeta que disponga de un acceso a la redecilla del pelo, o de la fibra óptica o lo que cojones sea que transmite tanta información. Y debido a mis lacerantes complejos de inferioridad ya pueden dar gracias de no haber nacido en tiempos pretéritos, porque es muy probable que yo estuviera subido al estrado de algún tribunal de la Santa Inquisición reclamado barbacoa para todos los que sabéis poner un enlace de ésos. Porque ya se ha dado el caso por dos veces de que he puesto en un apuro a informáticos de carrera, que no han sabido dar una respuesta satisfactoria a la siguiente observación que sigue inquietándome aún hoy: cómo leches puede ser que si yo hoy cojo un llaverito USB de ésos y le echo dentro todas mis fotos de Sarajevo, la discografía completa remasterizada de Concha Márquez Piquer y la trilogía cinematográfica El Señor de los Anillos, y guardo el insignificante utensilio en un cajón y me olvido de él; y, pasados seis años, lo encuentro de nuevo y lo conecto a un PC, resulte que toda esa información sigue ahí dentro, sin haberse evaporado ni un ápice del contenido. ¿Cuál es el proceso físico por el que logran imprimir perennemente tal cantidad de datos en un pegote de silicio para que, sin intervención de pilas ni baterías, dentro de muchos años Frodo siga comiendo butifarras dentro de un puto llavero. ¡Que no, que no... que no me convencéis!. ¡¡A la hoguera todos!!). Cristo, cómo divago. Céntrate, coño.

En fin, decía ayer que ya conté por aquí que en una cena engatusé a mi querido amigo Juanma en un proyecto literario de aspiraciones colosales. Su condición de hombre renacentista y cultísimo, y sus envidiables dotes de escritor hacían imprescindible su concurso en tamaña empresa, que me andaba rondando la cabeza desde hacía tiempo.


Se trataba de darle un repaso a la intocable figura monolítica de uno de los mayores pensadores que ha parido la madre Europa en su ya larga historia. Nuestro enfoque sería arriesgado y desenfadado, sin el encorsetado academicismo (qué remedio) desde el que se ha abordado siempre la vida y obra de este señor.

Por supuesto, pretendíamos ser provocativos pero con fundamento, no arrojar las piedras y esconder las manos, como vulgares gamberros; para lo cual debíamos apuntalar muy bien todas nuestras heterodoxas hipótesis de trabajo con sólidos argumentos. Al tratarse de una obra de historia-ficción, teníamos licencia para fabular libremente situaciones y conductas, pero siempre contrastadas con hechos, fechas y personajes reales y perfectamente documentados. Esto requería una monumental labor de documentación. Así que nos repartimos las tareas y objetivos y nos pusimos manos a la obra. Después de incontables horas de investigación bilateral (lo mío más bien han sido muchas pajas mentales; y de las otras, para qué negarlo) y reuniones de trabajo, que me han robado gran parte de mi ya de por sí escasísimo tiempo ¿libre? (de ahí que me prodigue mucho menos por aquí últimamente), habíamos logrado poner los cimientos de un artefacto muy prometedor (quizás esté mal que yo lo diga, siendo parte interesada, pero, qué coño, lo mío no es la modestia).

Pero hete aquí, que un buen día, no hace mucho, en una de mis derivas por la redecilla (por lo ya expresado arriba se puede colegir que el verbo navegar no se ciñe a mi realidad) descubro que no hace mucho (2006) giró por nuestros teatros una obra cuyo planteamiento era (y, si no han muerto todos los implicados, debe seguir siendo) muy, pero que muy, similar al que nosotros le estábamos dando a nuestra criatura en ciernes. De hecho, en uno de nuestros encuentros habíamos llegado a plantearnos la posibilidad de darle al proyecto forma teatral, incluso cinematográfica (qué bonita es la ignorancia cuando va de la mano de la megalomanía y la ambición de mear demasiado alto para una pilila tan corta). Y lo sorprendente es que ninguno de los dos teníamos conocimiento alguno de que, no muy lejos, alguien ya nos había chafado la guitarra antes de ponernos nosotros a tocar.


La conmoción me dejó dolido porque, aunque la noticia tenía una lectura positiva (si habíamos creído parir una idea que ha funcionado bien en el teatro, es que no íbamos tan mal encaminados), todo el esfuerzo invertido en el proyecto peligraba de irse a pique si no dábamos un oportuno golpe de timón a la nave.

Y como tengo esos arrebatos insensatos que me traen tantos disgustos, y de los que parezco no escarmentar nunca, hice una machada de las mías que, para mi enorme sorpresa y contra todo pronóstico, resultó salir bien y ya está dando sus frutos.

Resulta que como soy tan tremendista para todo, el mismo día que decidí dedicar todas mis energías a este proyecto empecé a hacer acopio de toda la bibliografía relativa al particular. Reuní todos mis libros sobre la materia, que resultaron ser muchos (algunos de ellos me tocó rescatarlos de las manos de amigos que los tenían secuestrados; prestar implicaría su devolución voluntaria y activa sin necesidad de coacciones y amenazas) y adquirí cualquier cosa encuadernada que tuviera relación (aunque sólo fuera tangencialmente) con aquel sabio y su tiempo; siempre, claro, dentro de mis austeras limitaciones presupuestarias (ediciones de bolsillo, librerías de viejo, carnet de la biblioteca municipal; que queda muy cerca de mi trabajo, a la misma distancia aproximadamente que el gimnasio, por lo que muchos mediodías sustituyo mi cita con el acero por un viaje en el tiempo).

Fruto de ese arranque de monomanía, también me suscribí a la publicación de una prestigiosa sociedad internacional dedicada al estudio de nuestro hombre en cuestión. Así conseguí los contactos que propiciaron la salida de tono que comento.


Herido en mi orgullo tras el decepcionante descubrimiento, y en el calor de la reyerta, no se me ocurre otra cosa que escribirle vía correo electrónico una acalorada diatriba a toda una eminencia en la materia (uno de los más grandes en lo suyo), lloriqueando sobre mi caso y arremetiendo sin venir a cuento contra todo el establishment académico.

Y, oh, milagros de la técnica (¡a la hoguera todos!) este galáctico estudioso (reconocido y premiado internacionalmente) se tomó la molestia de responderme. Para que se me entienda, es como si yo fuera un tenor aficionado de fin de semana, y de algún modo consigo la dirección de e-mail profesional de Montserrat Caballé o Plácido Domingo y, ni corto ni perezoso, les envío una pataleta electrónica porque no me dejan cantar en el orfeón de mi barrio el próximo fin de semana, y para mi estupor acabo recibiendo respuesta (cosa que no esperaba en absoluto, ya que la motivación inicial era simplemente tocar un poco los cojones, porque ya me dirás tú qué culpa tiene nadie de que mi idea no fuera original, sino que ya había brotado unos meses antes en otra cabecita. Ay, si pillara yo esa cabecita ladrona... qué cosas no le haría...).

Y no sólo se ha tomado la molestia de escribir unas líneas, sino que en ellas además se muestra accesible, comprensivo e incluso ofrece su ayuda en la lid. Vamos que es como si uno entrenara a los chiquillos del Betis Florida y lograra que el mismísimo Fabio Capello se ofreciera para ayudarle con la estrategia para el partido del domingo ante el Calasancios.


Pues bien, a esa primera toma de contacto le ha seguido mucha más correspondencia digital, y no deja de sorprenderme que una personalidad tan ocupada (publica libros, da conferencias por el mundo y está metido en mil fregados, todos relacionados con el asunto de marras) invierta tanto de su precioso (y carísimo, supongo) tiempo en aguantar mis peroratas y alumbrarme con sus sabios consejos. Según mi pareja, que pudo leer los primeros fuegos cruzados (“mira, cariño, qué cosas más absurdas me pasan”), a este señor le ha llamado la atención mi desfachatez a la hora de dirigirme a él, acostumbrado como estará a que todo el mundo se le acerque con la veneración que muestran los creyentes ante sus figuritas. La verdad es que el toma y daca estaba siendo muy franco y campechano, de tú a tú; aunque yo no hubiera sabido hacerlo en otros términos, y tampoco le hubiera aguantado ni dos asaltos.

Y escribo estaba porque ya se ha roto la línea de comunicación. Mejor dicho, yo la he roto, al menos de momento, forzando demasiado la cuerda y abusando de la confianza (que ya se sabe que da mucho asquito) que él me había tendido.

Ay, Señor, esta boquita mía que no me trae más que disgustos.

martes, diciembre 11, 2007

Baila robot !!!

Para que vayais ensayando para nochevieja y os aprendais la coreografía...Qué tiempos aquellos... cuando éramos jóvenes y robots...

miércoles, diciembre 05, 2007

Programa de protección de testigos

Actualmente vivo en casa de mi pareja en una bonita zona residencial. Y se da allí una curiosísima coincidencia que hace que nuestra calle de la urbanización se parezca a uno de esos complejos donde viven escondidos los testigos protegidos de los grandes procesos contra las mafias, ocultos bajo identidades falsas y nuevos looks (cirugía plástica mediante para quien lo solicite).

Nosotros vendríamos a ser testigos protegidos de algún gran juicio contra la temible yakuza japonesa, porque si yo ya llevo mis buenas dosis de tinta bajo la epidermis, nuestro vecino colindante y el de un poco más allá son dos cromos barrocos.

El que está pegado a nosotros es un tío muy majo con el que tenemos la relación vecinal perfecta para mi gusto: compadreamos lo justo y todo a través del seto divisorio. Que si su mujer ha hecho una tarta y nos ofrece un trozo para que la probemos, pues se hace la transacción a través de la valla y horas después se le devuelve el plato fregado por la misma vía con un “Gracias. Estaba riquísima” y todos contentos. Y viceversa, pero todo siempre a través del seto. Seríamos como aquel vecino que tenía Tim Allen en una serie en la que [creo que] hacía de carpintero y que hablaba mucho con su vecino, pero siempre a través de una alta valla de madera y nunca se le llegaba a ver la cara en pantalla. El domingo sin ir más lejos nos hizo llegar a través de la pantalla de clorofila que protege nuestras identidades secretas una considerable porción de la cosecha que andaba liado haciéndole a sus preciosas (y numerosas) plantas cannabáceas.

Pues si a todo este misterio extraño que nos gastamos le sumamos que este tío (como he podido comprobar en la piscina comunitaria) tiene gran parte de su piel saturada de tatuajes (sólo su espalda parece la puta Capilla Sixtina), que el vecino de al lado de él (justo la vivienda de su lado no, la siguiente) es un joven holandés que no le va a la zaga en decoración dérmica, y que el vecino de enfrente de los tres pintarrajos marrulleros es madero, pues ya se tiene completo el cuadro. Cualquier día nos pasan a los tres a katana por algún error de cálculo en Tokio.

Y es que encima, para rizar aún más el pelo de los huevos, no muy lejos de todo esto que comento, en la misma calle (pero al principio), ocupa una de las viviendas una panda, o banda, de ucranianos hoscos, que cantan a “asociación ilícita de malhechores” a la legua. Yo ya tuve un rifirrafe con uno de ellos por sus modales de matón arrabalero (¿dónde ha quedado la clase [muy sui generis, pero clase al fin y al cabo] de la cosa nostra?). Además, resulta un poco tenso (aunque los varones presentes parecen celebrarlo con comportamientos nerviosos, miraditas indiscretas y erecciones inoportunas) cuando en verano sacan a tostarse a la piscina a sus esclavas sexuales, vigiladas de cerca por un gorila malencarado de unas dimensiones impropias de un ser humano. Y son los contornos corporales de las muchachas (carne eslava de primera), que apenas quedan cubiertos por sus escandalosos miniquinis, los que traen de cabeza a todo el vecindario masculino, insensibilizado con la evidente desgana que muestran ellas en todos sus actos y movimientos; realizados con la comprensible desidia típica del que no actúa por voluntad propia ni libre albedrío.

martes, diciembre 04, 2007

El destino como aliado

Siempre he tenido una teoría que no suele resultar cómoda a quien se toma la molestia de escucharla. Contrariamente a lo que se piensa de que el carácter se lo forjan las personas a lo largo de su periplo vital, yo creo que la actitud (y aptitud) ante el mundo depende muy mucho de si has tenido la suerte de caerle bien al destino. Tener al destino como aliado, como amiguete que te sigue el juego y te apoya en todas tus iniciativas, o tenerlo en contra, como implacable enemigo que te putea y pone todas las trabas posibles a cualquier proyecto que emprendas.

Luego estarían ésos, entre los que me incluyo, a los que el destino ni los quiere ni los odia; simplemente se los toma un poco a chufla y los trata con el desdén propio de los abusananos. Si un día lo pillas de buenas pues pasará de ti y te dejará llevar a buen término esa chuminada que te traes entre manos, sin echarte ningún cable pero al menos sin interferir con obstáculos que escapen a tu control. Ay, pero el día que tiene ganas de cachondeo te la puede jugar vilmente y con un simple golpe de efecto tirarte por tierra cualquier cosa que te propongas por sólida que pensases que ésta era. Ya puedes asegurarte de atar todos los cabos, que si dice de echarlo al traste, ya te puedes ir preparando para la pataleta, amigo, que ésa será tu única alternativa de reacción.

Siempre he dicho que el destino es un guionista mucho más retorcido que Tarantino, con unos giros del argumento tan inesperados e impactantes que uno no puede menos que maravillarse, aunque lo acaben de hundir en la miseria.

Así que, según esto, realmente la personalidad no se la forja uno, sino que se la forja el destino a base de respuestas positivas, negativas o inestables. Un ejemplo: ¿cómo se forja un manitas? Pues si de pequeño uno tiene curiosidad y desmonta su primer coche de scalextric, y su amiguito el destino está allí encima ayudándole a repararlo y a que después todo encaje y funcione, pues uno recibe una respuesta positiva a su iniciativa y refuerza su confianza en sus capacidades de cara a futuros desafíos que le proponga su curiosidad. Es decir uno gana en aptitud a base de una actitud positiva que se siente recompensada y satisfecha.

¿Y cómo se forja un manazas? Pues si ese uno (pongamos yo mismo), que no sólo no sufre ninguna incapacidad psicomotriz sino que está dotado de habilidad manual para otros menesteres (por ejemplo dibujar o pintar, o cascársela), tiene esa misma inquietud (o necesidad económica) de repararse él mismo sus coches del T.C.R. (¿se acuerdan del Total Control Racing?, mucho más emocionante que el scalextric porque permitía realizar adelantamientos y choques frontales) y resulta que ese día el destino está ocupado en casa del vecino ayudándole a montar el barco pirata de los clicks de Famobil, y no sólo no logra reparar nada sino que al volverlo a montar sobran piezas y las cosas no encajan como deberían, y al final el cochecito acaba en el cubo de basura. Pues pasa que uno mira el tráfago que acaba de montar para, total, estar peor que antes y sabe reconocer la respuesta neutra (la negativa hubiera sido algún cortocircuito que hubiera reducido el juguete a chamusquina) y, aunque no quiera, toma buena nota mental de cara a futuras aventuras mecánicas.

Resumiendo, que el primero se maravilla de lo que es capaz de hacer con sus manos y no duda en seguir intentándolo (en un crescendo de dificultad técnica conforme se suceden las victorias), y al segundo ya empieza a rondarle por el fondo de la mente la odiosa frasecita: “mejor estáte quietecitooo…”, mientras empieza a familiarizarse con el dulzón aroma del fracaso.


Y así en otros ámbitos de la vida. ¿Porque cómo se forja si no un tipo duro? Ésos que se plantan en la barra de un bar con una serie de movimientos que parecen sacados de alguna coreografía de West Side Story y no se cortan en entrarle a la tía más buena del garito con unas frases que dan vergüenza ajena y asco-pena, pero que, sorprendentemente, acaban dándoles frutos. Pues son los que se arriesgaron en su día a jugar a ser un chulo y el destino les rió la gracia, dejó que se salieran con la suya y a éstos ya no hay quien los baje del burro y los devuelva al mundo real de las personas normales.

Pero, ¿qué ocurre si uno lo intenta esa crucial primera vez y cuando llega a un pub decide comerse los cacahuetes no como lo haría un humano o un mono, sino lanzándolos al aire y atrapándolos con la boca como una foca, y ya el primer fruto seco le impacta en el ojo o en un grano; y entonces deja en paz los cacahuetes e intenta encenderse un pitillo al más puro estilo Bogart pero la llama se resiste a salir en cinco o seis intentos a pesar de ser un encendedor nuevo; y cuando se dispone a decirle alguna cosa ingeniosa a la chica bonita que tiene al lado, justo en ese momento se le escapa un atronador peo o se le descuelga una enorme vela de la nariz, o un imposible golpe del aire acondicionado le levanta el peluquín o lo tumba de la banqueta? Pues que ése pobre diablo ya sabe que el destino no aprueba sus payasadas y se lo pensará mucho la próxima vez que se le pase por la cabeza la aspiración de comportarse como un Travolta de pacotilla.


Así que no se hagan muchas ilusiones, que ustedes son lo que han llegado a ser no por sus esfuerzos personales y sus intrépidas iniciativas en la vida, sino únicamente por la respuesta que éstas han recibido del fatum. Porque todo ese rollo del tesón y la superación está muy bien en los telefilms del mediodía, pero todos sabemos que cuando las cosas no acompañan (no están de Dios, que dicen los creyentes) no hay esfuerzo humano que las cambie.