lunes, mayo 16, 2005

Las pequeñeces arruinan los matrimonios

He visto este artículo en IBLNEWS y sé que le sacaréis punta. Sin acritud.

Lunes, 16 mayo 2005 IBLNEWS, DPA

Una investigación metódica acerca de qué es lo que hace fracasar a los matrimonios reveló algo que la mayoría ya sabía: las responsables de las rupturas son las pequeñeces, como escarbarse la nariz, borrar la sintonización de la radio del automóvil o ponerle al otro apodos vergonzantes, informó DPA.

Los malos hábitos que parecen inocuos al principio pueden tener un efecto devastador a través de los años y llevar las relaciones a la ruina, según investigadores estadounidenses que entrevistaron a 160 parejas.

Entre los principales responsables de estas conductas "destructoras del romance" se destacan quienes utilizan sobrenombres vergonzantes o aniñados en presencia de terceros y quienes llevan demasiado equipaje de vacaciones, precisa el informe publicado hoy en el "Sunday Times".

Otros hábitos dañinos son las salidas de compras demasiado largas, las anécdotas inventadas para el lucimiento personal delante de otros, el reírse de los propios chistes y criticar la vestimenta de la pareja.

El director de la investigación, Michael Cunningham, de la Universidad de Louisville, asegura que los pequeños hábitos molestos pueden adquirir con el tiempo la dimensión de una alergia totalmente desarrollada.

Otras costumbres promotoras del divorcio incluyen dejar las toallas usadas sobre el piso del baño, no reemplazar el papel higiénico que se acabó y el temor de algunos maridos a mirar películas de terror en televisión, agrega el estudio.

viernes, mayo 13, 2005

La casa de los horrores

Desde muy pequeño el genial escritor Howard Phillip Lovecraft sufría con frecuencia terroríficas pesadillas que le atormentaban. Pero supo sacar provecho de ese inconveniente y decidió apuntar al despertarse en un cuaderno todos los detalles que lograba recordar del sueño que acababa de sufrir, para luego utilizarlos en sus abracadabrantes relatos de terror.
Eso explica en parte su desbordante imaginación para fabular espantos y su ilimitada capacidad para crear criaturas imposibles. De ahí le vino el sobrenombre de "El soñador de Providence".

Pero Lovecraft confesó que había pesadillas tan estremecedoras que prefería no apuntar en su cuaderno al despertar y olvidarlas cuanto antes, porque le desbordaban incluso a él, al maestro del horror truculento.

Pues estamos de enhorabuena porque anoche Telecinco logró conectar en directo durante un par de horitas, con una de esas pesadillas sobrecogedoras que el genio de Providence no tuvo valor de anotar en su libreta. La experiencia fue espeluznante, no apta para todos los estómagos; sólo los seguidores más curtidos del creador de Cthulu y el Necronomicón podían soportar una experiencia tan extrema.

Todo transcurría en una terrorífica casa en construcción en la sierra madrileña, habitada por unos infraseres abisales en permanente conflicto. Pudimos vivir escalofriantes momentos de tensión protagonizados por unos entes malignos corporeizados en esquizoides, andróginos, autistas, tullidos, posesas, mansos, mandingos, vikingas, paletos, analfabetas, catatónicos, vigoréxicos, recauchutadas y toda una caterva de seres malditos e infelices de la mejor cosecha del maestro.

Como amante del terror más puro y angustioso, gracias Telecinco.

miércoles, mayo 11, 2005

Peligro: Cobra venenosa



El otro día me regalaron un pedal de bombo para la batería. El mítico Iron Cobra de Tama, considerado unánimemente el Ferrari de los pedales. Siempre me ha hecho gracia cuando en televisión o Internet comentan consejos absurdos sacados de manuales de instrucciones de electrodomésticos, etc… pero no pensaba encontrarme personalmente con un caso de estos. Un pedal de bombo no tiene más truco que colocarlo en el bombo, tensar el muelle y tocar, pero no, el Iron Cobra, como manda el buen marketing, viene en un misterioso maletín como los que llevan los asesinos a sueldo en las películas con las piezas del rifle de precisión y la mira telescópica, y viene acompañado de un extenso manual de instrucciones encabezado por una serie de inquietantes advertencias que resultan muy cómicas:

- Muy importante: lea estas advertencias antes de usar el pedal. (¡Uy! que miedoooo…).

- Este pedal sólo debe usarse para la interpretación de música. (¿Qué piensan que voy a hacer con él, usarlo como catapulta para lanzarles boñigas a los vecinos o qué?).

- Para evitar lesiones, tenga sumo cuidado: mantenga las manos y los pies lejos del extremo de la lámina, engranajes, cadenas y bisagras. (¿Y cómo coño toco si me mantengo alejado de todos esos terroríficos mecanismos malvados que sólo quieren hacerme pupa?).

- Evite el contacto físico con las zonas en las que el metal esté oxidado o dañado. (¿Por qué no han incluido en el maletín una dosis de antitetánica por si acaso?).

- No haga funcionar el pedal sin el calzado apropiado. (Pero no especifica si puedo o no puedo tocar con las alpargatas del mercadillo).

- Para no mancharse la ropa, no la acerque demasiado a las cadenas, cojinetes u otras zonas engrasadas. (Gracias por la advertencia, estaba apunto de montar el pedal con mi traje de ir a misa los domingos).

- Tenga cuidado de no deteriorar el piso. (?!).

Que conste que son reales y las he transcrito literalmente del manual. Por desgracia, me temo que algunas de estas advertencias se habrán hecho necesarias tras recibir en su teléfono de atención al cliente más de una llamada de algún "premio Darwin" llorando que se ha pillado un dedo con la cadena o exigiendo unos pantalones nuevos porque se ha manchado sus Calvin Klein engrasando el pedal.

Hablando de advertencias útiles, ahora que se acerca la temible "Ola de calor" y porque os aprecio, os adelanto en primicia los prácticos consejos para combatirla que seguro nos va a dar el ministerio de turno, y que a nadie con dos dedos de frente se le habían ocurrido: Id por la sombra, poneos una gorra y bebed mucha agua. De nada.

sábado, mayo 07, 2005

She is like a rainbow


Siempre lo he pensado. Una buena canción puede levantarte un mal día.

En mi vida, he tenido malos días y buenas canciones, buenos días y mejor canciones.

El personaje central de un libro que leí, recordaba las diferentes etapas de su vida por las novias que había padecido y disfrutado. A mi me pasa lo mismo con la música. Y supongo que a mucha gente también.

No soy una sibarita musicalmente hablando, o tal vez sí, pero lógicamente siempre bajo mi criterio. Pero de cualquier forma, no me gusta etiquetar las cosas y por ende tampoco la música.

Descubrí la música como parte importante de mi vida alrededor de los 15 años. Recuerdo un tarde lluviosa en un mes de octubre, en la habitación de un apartamento de una zona turística de playa. Sonaba She is like the rainbow por los Rolling Stones en un disco de vinilo y nosotras estábamos sentadas en una cama aún llena de muñecos de peluche.
Soñábamos ser ese arco iris. Lleno de colores.

Desde entonces hasta ahora, la música me ha acompañado.

Aprendí a conducir con Divina de Radio Futura a volumen 40 para no oírme los latidos del corazón porque me daba pánico tener un accidente. Santiago Auseron me ayudo en el trance.

Enya y el New Age me ayudaron a terminar la carrera consiguiendo relajarme en los peores momentos. Dover, me daba el mínimo punto de locura y rebeldía que podía permitirme entre examen y examen.

Piece of my heart me enseño a sentir y fue entonces cuando me enamore del blues.
Arrojé las primeras lagrimas con Temblando y En la playa de Hombres G.

Sweet Child of Mine de Guns & Roses me hizo sentirme rebelde y distinta (como a miles de personas) en un estadio de Montjuic lleno hasta la bandera.

San Francisco de Scott Mckenzie me evoca una playa, un coche, 20 años y muchas hormonas. No podré olvidar esa canción.

El año pasado conseguí mantenerme en mi sitio y no derrumbarme gracias a Queen. (Momento extremo, tuve que ir sobre seguro)
Bohemian Rhapsody me sigue haciendo temblar.

Bailé con los Chemical Brothers durante dos horas yo sola y junto a otras 20 mil personas, y no había consumido ninguna sustancia.

Descubrí que Leonard Cohen no es ni un triste ni un aburrido y sí una compañía fantástica.
Con Cannon de Pachelbel recuerdo que estoy viva, solo cuando lo olvido...

Y David Bowie siempre me recordara que cuando todo se tuerza siempre estarás para subirme al séptimo cielo.

viernes, mayo 06, 2005

Verdades absolutas

El mando a distancia del coche falla los días de lluvia y/o compras.

En el Belén, los reyes magos se ponen en el puente sobre el río de papel de plata (En Alcoy el negro va en medio y Cripema no puede con eso).

Ella siempre esta guapa. Métetelo en la cabeza de una vez y responde sin dudar.

Nunca ponen nada bueno en la tele y en caso afirmativo ese día no estabas viéndola.

El mejor arroz es el que te hace tu madre.

Nunca pidas arroz el día que comes con tu madre en un restaurante.

Sempre plou quan no hi ha escola.

Los rotuladores gordos de Edding del bote de rotus nunca van (a menos que sean verdes o azules)

Las personas odian reponer el papel higiénico.

Es imposible tener una caja de pinturas de cera Manley sin barritas rotas.

Descargas más música en MP3 de la que puedes oír.

Cuando te mueres de risa con una historia de Micropene, siempre cuenta luego otra mejor.

No tenemos ni puta idea de nada, pero nos defendemos como podemos.

El día que compras un palet de papel higiénico de oferta (48 rollos) te encuentras por la calle con un montón de conocidos que piensan que eres un cagón.

jueves, mayo 05, 2005

Kung-fu II (El regreso)

Sorprendentemente mi actuación les había parecido bastante digna. Supongo que pensaban que siendo novato, simplemente al no haberme rajado y haberme metido en el ring con el búlgaro ya había demostrado agallas. O quizás pensaban que lo mío era una estrategia (como la de Mohamed Ali en su mítico combate contra George Foreman) y que estaba dejando que mi contrincante desgastara su pie contra mi cabeza hasta cansarlo y después contraatacar.
Los otros hicieron más o menos buen papel pero el único trofeo que logró el gimnasio fue un segundo puesto en la modalidad de formas (son como las katas del kárate, una especie de coreografía que se hace delante de los jueces y las hay individuales, a dobles, colectivas y con armas).

En el viaje de vuelta la furgoneta parecía un carro de leprosos, íbamos todos bien jodidos: el que no cojeaba, no podía masticar o tenía los ojos como una brótola. Pero lo gracioso es que el peor parado era el "Nano", que curiosamente no había combatido, sino que fue él quien logró el trofeo en formas. Pero es que a pesar de la dureza de los combates oficiales, los más salvajes de toda Europa se quedaban con ganas de explayarse del todo y por las noches organizaban en un aparcamiento peleas alternativas sin árbitros, sin reglas (aquí valía absolutamente todo) y -lo más importante- sin guantes ni protecciones. Y eso que aún tendrían que pasar todavía algunos años para que se estrenara "El club de la lucha" (incluso para que se publicara el libro). Yo me pasé una noche a echar un vistazo, no sin cierto recelo de encontrarme allí al búlgaro y que se pensara que buscaba revancha y que por algún absurdo malentendido idiomático acabar enfrentándome por segunda vez a King-Kong en un improvisado ring, pero esta vez sin casco. Por suerte no estaba por allí, pero lo que vi me dejó horrorizado: definitivamente algo se ha debido torcer en el camino evolutivo del ser humano para que dos personas que no se han visto en su vida se masacren con tanta furia y ensañamiento.

El "Nano" debió crecerse al ganar su trofeo y para saciar su ardor guerrero, ya que no combatía en el torneo oficial, se presentó en una pelea de éstas y casi lo matan, literalmente. Por el apodo ya supondréis que el "Nano" no era muy alto (aunque era todo fibra y puro nervio el cabrón), pero es que encima no hay nada como medirse con nuestros vecinos del centro y norte de Europa para darse cuenta de que la raza española no ha mejorado mucho desde Alfredo Landa.
En fin, que volvió con la nariz y la mandíbula rotas y un ojo reventado. Y como el seguro médico excluía explícitamente las lesiones causadas fuera del torneo, nos lo trajimos a España hecho un ecce homo (aunque para lo que servía la asistencia médica: a mí después de las dos coces en la cabeza me llevan muy rápida y espectacularmente en una camilla a la enfermería para "observación". La "observación" consistió en que un médico que inspiraba muy poca confianza me iluminó las pupilas con una luz, me hizo seguir la luz a derecha e izquierda, "¿Cuántos dedos hay aquí?". "Tres". "Vale, para casa").
El "Nano" estaba hecho polvo y como no se podía tumbar en el asiento porque no cabíamos, se estiró en el suelo de la furgoneta, debajo de nuestros pies. Yo no sé si se quedaba dormido o es que perdía el conocimiento, pero de vez en cuando hacía unos ruidos muy raros cuando respiraba, porque llevaba la nariz totalmente rellena de algodones y la boca tampoco la tenía mucho mejor por lo que se pasaba todo el tiempo escupiendo cuajarones sanguinolentos. Otras veces se quedaba totalmente inmóvil y silencioso durante unos larguísimos minutos y yo disimuladamente le daba una patada para asegurarme de que reaccionaba y no estaba muerto. Imaginad el angustioso viaje de vuelta con un semi-cadáver en la furgoneta. Yo comenté un par de veces de parar en algún hospital porque el "Nano" tenía muy mala pinta, pero me dijeron que no, que eso no era nada y que en peores plazas habían toreado (?!).

No hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar la cara de los guardias civiles que nos pararon en la frontera al abrir la furgoneta y verse el percal. "Bajen todos ahora mismo y ya me están explicando qué pasa aquí". Bajamos todos los lisiados y nos hacen pasar al retén. Y allí más caras de sorpresa al vernos entrar a la Santa Compaña cargando el despojo semi-comatoso del "Nano". Os ahorraré las largas explicaciones que se dieron, pero para que se creyeran que veníamos de un campeonato de artes marciales y no de un ajuste de cuentas entre bandas o de una batalla campal entre hooligans, tuvimos que regalarles (al parecer no les bastaba con que se lo enseñáramos) el trofeo que el pobre "Nano" había ganado. Así que nos dejaron seguir. Yo pregunté qué pasaba con el herido, que si no podían enviar un helicóptero a recogerlo o algo, y les faltó poco para descojonarse en mi cara. Así que el "Nano" otra vez al frío suelo de la furgoneta y así hasta Alicante.

Desconozco cómo llegó el "Nano" ya que yo me bajé antes para recuperar mi coche en la gasolinera.

lunes, mayo 02, 2005

Kung-fu a muerte en Portugal

Ya que mi querido amigo Gilito me pedía en un reciente comment que siendo primavera me dejara de miserias y contara anécdotas surrealistas, qué mejor que recordar mi fugaz paso por el mundo de las artes marciales.

Por mediación de un amigo me apunté hace años a un gimnasio de Kung-fu, modalidad Choy Li Fut (o como coño se escriba). A los tres meses de estar allí, el profesor anuncia que pronto se iba a celebrar en Portugal el campeonato de Europa de Kung-fu, y que tras deliberar mucho había suscrito a los 6 que él pensaba que podían hacer un buen papel. De entre los aproximadamente treinta alumnos del gimnasio (algunos con muchos años de práctica y casi todos con cinturones de grados altos) había seleccionado a 2 para la modalidad de formas (que son como las katas del kárate) y 4 para combate. Sorprendentemente, entre estos últimos estaba yo, que llevaba solo tres meses allí y que no tenía ni puta idea de nada. La verdad es que en aquel momento yo hacía mucho deporte y estaba hecho un animal, pero coño, no para pelear en un campeonato internacional de artes marciales. Pero como todos vinieron a felicitarme, entendí que debía tomarlo como un cumplido y no dije nada.

Llegó el día de partir y, a pesar de que había hueco de sobra en la furgoneta y el coche en que viajaban, me empeñé en llevar mi coche (yo ya me conozco y siempre me gusta llevar mi propio coche a todas partes por si me agobio o se me cruza el cable poder esfumarme sin depender de nadie). Lo que pasa es que olvidé decirles que mi coche de entonces era un Suzuki Santana. Así que imaginad el convoy: una furgoneta Mercedes muy potente y un Audi 90 a una velocidad absurdamente lenta por esperar a la tartana, ya que el Santana a duras penas cogía los 100 km/h.
En la primera parada para mear se reúne el concilio de Shaolin y me dicen que me deje de tonterías y me suba al Audi, que si no no llegamos nunca. Dejé en la gasolinera mi coche y pasé mis cosas al Audi, pero en la siguiente parada ya estaba hasta los huevos de escuchar conversaciones tontas y me pasé a la furgoneta.
Mis compañeros de viaje eran unos elementos de cuidado, el profesor incluido. No eran los típicos flipados de las artes marciales tipo "El Malaguita" de Torrente, no. Eran tíos muy broncas y algunos en concreto basura camorrista de la peor calaña. Había uno que daba miedo: era muy alto y musculoso y se parecía increíblemente al actor Dolph Lundgren, tenía incluso la misma mirada despreciativa y el gesto de asco, por lo que le llamaban "El Lúngren".
En la furgoneta la cosa no mejoró demasiado. Un ejemplo de conversación:
- ¡Eh, Micropene! ¿Sabías que el "Lúngren" se folla a su hermana?
- ¿Ah, sí? ¿Y lo saben tus padres?
(Y el "Lúngren" después de atravesarme con la mirada, me responde con una sutil combinación de lógica aplastante y lirismo sobrecogedor, como si el mismísimo Platón hablara por su boca):
- Me suda el nabo. Para que se la folle un puto moro, me la follo yo.

Pues así hasta Portugal...

Llegamos a la frontera (cuando aún las había) y como antes de salir el profesor pasó revista para asegurarse de que todos lleváramos el DNI para evitar jaleos en la aduana, yo me lo había dejado a mano en un bolsillo de la cazadora. Pero es que ahora la cazadora, como el resto de mis cosas, estaba en el Audi. Bueno -pensé-, ahora cuando lleguen éstos lo cojo y arreglado, pero lo siguiente que escucho es que los del Audi se han desviado para intentar entrar por otra frontera menos estricta porque uno de lo ocupantes tenía algún "problemilla legal" (¿he dicho ya que la mitad eran carroña patibularia?). Pues bien, ahora el que estaba jodido era yo, porque sin DNI no podía entrar en Portugal. Así que no se me ocurre otra idea más brillante que colarme en el país ilegalmente. Les digo a estos que voy a apañármelas para entrar y que luego me recojan en el primer bar de carretera que haya en el camino. Me voy hacia un "guardinha" y le hago ver con gestos que voy a sacar un refresco de una máquina que había en el lado portugués, cosa totalmente absurda porque había otra exactamente igual en el lado español. Me dirijo hacia allí y cuando llego a la máquina echo a correr como un loco. Oigo gritos y un silbato detrás de mí pero sigo corriendo y me salgo de la carretera para correr campo a través. Cuando me aseguré que no me seguía nadie caminé un buen rato por el campo siguiendo la carretera hasta llegar a un pequeño pueblo. Allí cambié las pesetas por escudos y me metí en el primer bar a esperar discretamente a que llegara la furgoneta. Por supuesto la pista secundaria de mi cerebro me martirizaba con la pregunta en modo "loop": ¿Por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?
Después me enteré que una suerte inversamente proporcional a la mía tuvo el "prófugo" del Audi, porque en la otra aduana también los pararon y como éste no podía presentar su DNI, empezó a hacer un poco de teatro y a simular que buscaba su documentación en el maletero para ganar tiempo y pensar alguna treta, cuando (¡sorpresa!) nota que en el bolsillo de una de las cazadoras hay un DNI (el mío). Lo saca y (¡Eureka!) el de la foto se parece razonablemente a él, por lo que se lo enseña al guardia, éste traga, y entra tranquilamente en Portugal. (Cuando me lo contaba, el tipo aún no se podía creer la suerte que había tenido, y no era para menos).
Mientras tanto yo seguía esperando en el bar. Pasa una hora y la furgoneta que no venía y en esa época no había móviles. Pasa otra media hora y yo ya empiezo a pensar que se han pasado de largo o que había otro bar antes que yo desde el campo no podía ver o cualquier otra cosa y que no me iban a encontrar, porque era imposible que tardaran tanto desde la frontera hasta allí. Entonces mi pista secundaria entra de nuevo en acción y empieza a recordarme que he entrado ilegalmente en un país (en ese momento aún no sabía que un falso Micropene delincuente se paseaba por ahí con mi documentación), que estaba totalmente perdido, sin coche, ni ropa y con poco dinero y encima buscado por la policía de aduanas Así que, cuando ya habían transcurrido 2 horas y demasiadas cervezas, decidí salir a la carretera para ver si me cogía la policía portuguesa y me repatriaba o lo que se haga en estos casos. A mí en ese momento ya me daba todo igual, como si me meten en un calabozo como el de "Acorralado" y me pegan cuatro manguerazos.
Ya había anochecido y al poco de estar sentado al borde de la carretera se acerca un vehículo haciendo las largas, y yo pensando que es la policía me levanto y les hago señas, pero para mi sorpresa resulta ser la furgoneta. Como si fuera una misión ninja, en vez de detener el vehículo y yo subir tranquilamente, lo hacen al estilo "Equipo A", es decir reduciendo la marcha sin llegar a parar y abriendo la puerta lateral para que yo salte dentro, pero no salió bien y recordó más al Mossad israelí secuestrando algún vejestorio ex-oficial nazi en Paraguay. Después de abrazarme y vitorearme como si hubiera protagonizado una gran hazaña transgresora, les pregunto cómo cojones han tardado tanto y me explican que uno de los ocupantes era menor de edad (aunque por su apariencia nunca lo hubiera jurado), y que a pesar de llevar el DNI no podía salir de España hasta que sus padres fueron a la comisaría de su barrio a enviar por fax al puesto fronterizo una autorización firmada.

Por fin llegamos a nuestro destino después de muchas peripecias más, ya que viajar con estos elementos era como ir en el autobús de los Ultrassur. El campeonato tenía lugar en Torres Vedras, un pueblo rural bastante bonito, y en el hotel yo exigí una habitación individual, aunque me costó más cara. Se supone que cuando uno tiene que competir al día siguiente su entrenador le recomienda dieta ligera, descanso y concentración en el hotel, y más después de 10 horas de viaje. Pero no, nosotros decidimos que era más sensato irnos a cenar opíparamente y a emborracharnos como cosacos.
Lo de la cena fue delirante, porque en la mesa contigua había un grupo de chicas jóvenes celebrando un cumpleaños y enseguida empezaron a aflorar esos comportamientos lamentables de los hombres en presencia de hembras. Como broche final no se les ocurrió otra cosa que hacer como regalo de cumpleaños a la chica un exhibición de rompimientos. Sí, sí, ni cortos ni perezosos salimos todos al patio del restaurante y "¡Kiaaa!" a romper tarugos de leña a mamporros, ante el numeroso público (a parte de las chicas salieron muchos más clientes a ver aquello con una mezcla de sorpresa, admiración y asco-pena). Con la euforia etílica de las espectadoras más jóvenes, alguno se emocionó más de la cuenta y de los troncos gruesos pasaron directamente a tarugos compactos que costaba horrores partir. Pensé que alguno se destrozaba la mano o el pie, pero después visto con perspectiva igual estaban buscando a posta lesionarse para no poder competir al día siguiente (luego se entenderá por qué).

Para poder seguir la juerga por los pubs del pueblo debíamos pertrecharnos según la "tradición" del gimnasio. Descubrí horrorizado que el maestro tenía la estúpida costumbre cuando salían por ahí de obligarles a llevar unos ridículos orinales de plástico en la cabeza, para que nadie se perdiera o por si alguien se metía en algún lío de los habituales poder localizarlo fácilmente y acudir en su ayuda. Repartió los orinales y nos dirigimos a la zona de pubs como si fuéramos la típica despedida de soltero espantosa. Aunque odiaba aquello, yo me puse el mío, por no hacerme el rarito, pero en cuanto pude me deshice primero del orinal y luego de ellos para seguir la fiesta a mi aire.

Al día siguiente durante el desayuno estaban contándose las batallitas de la noche anterior, y por lo que oí parece ser que el "Lúngren" y el "Conguito" (un mulato enorme que además del Kung-fu también era boxeador) habían estado calentando los puños para el combarte. Con esta gentuza no falla, cuando van a algún sitio donde no pueden llamar la atención por sus méritos o virtudes, provocan alguna pelea para poner en práctica su única habilidad.

Llegamos al pabellón donde se celebraba el torneo y había ya algunos combates en marcha. Me quedé helado. Al parecer a alguien se le había olvidado contarme el "pequeño detalle" de que los combates de Kung-fu son (o al menos lo eran en aquel momento, desconozco si ahora eso ha cambiado) parecidos al vale-tudo o al ultimate fight. Es decir, contacto total, pero en el más amplio sentido de la palabra total (sólo estaban prohibidos los golpes en los ojos, tráquea y entrepierna. ¡Absolutamente todo lo demás estaba permitido!). Los combates eran hasta el KO o rendición de uno de los contrincantes, aunque si los dos llegaban de pie al final (cosa que pasaba muy excepcionalmente) se decidía el ganador a los puntos. En el escaso rato que estuve mirando pude observar violentísimos KO's, y al personal sanitario corriendo arriba y abajo porque no daban abasto en semejante carnicería. Me acerco a mi maestro, que estaba charlando con otros maestros, y le comento mi estupor y todos coinciden en reconocer que deberían empezar a pensar en modificar las reglas hasta que la gente cogiera un poco más de nivel porque si no acabaría muriendo alguien. Con estas tranquilizadoras palabras me dirigí hacia el vestuario no sin antes echarle otro vistazo a un miembro del equipo búlgaro que era la comidilla de todo el mundo. El tipo era descomunal, una mole de casi 2 metros de alto, supercachas y con una cara de bestia que acojonaba. Mientras me cambiaba en el vestuario pensaba en el pobre que le tocara vérselas con ese animal. Porque además de su abrumadora presencia física cuando pensaba en Bulgaria me venía a la cabeza un pueblucho triste y gris como el de Pumuky, donde no hay nada que hacer, y al tipo éste en un oscuro sótano entrenando noche y día como Mr.T en "Rocky III".
En esas estaba cuando entran dos de mis compañeros descojonándose. "Díselo tú, jajaja". "No. Díselo tú, jojojo". "A ver, ¿qué cojones pasa ahora?". "Jajaja, Micropene, adivina quién te ha tocado". "¿A mí? ¡Y una mierda!". "Que sí, que sí. Que no es coña, que te ha tocado el tocho". "Pero no puede ser, joder. Si me saca dos cabezas". Pero sí que podía ser, sí. Fui a enterarme bien y por un incomprensiblemente simple reglamento sólo existían tres categorías que estaban basadas únicamente en el peso, y no contaba para nada ni la edad ni el cinturón de los contrincantes. Mi categoría era a partir de 90 kilos y en ese espectro entraba desde un tío como yo con 92 kilos de peso, cinturón gris (en Kung-fu el cinturón más bajo es gris y no blanco como en Kárate) y ni puta idea del asunto; hasta uno como el búlgaro: cinturón negro, 2 metros de altura y 120 kilos en canal que pesaría el bicho. (Joder, ¿por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?).

Me fui a buscar a mi maestro dispuesto a decirle que ni de coña me iba a meter en el ring con esa bestia parda, pero llegué justo cuando estaba arengando a los otros, y sólo me bastó escuchar: "Pero, sobre todo no os rindáis que es un desprestigio para el gimnasio". Así que por esa dislocada concepción que tenemos los hombres del honor y la valentía, me callé como una rata, chocamos guantes y gritamos alguna estúpida consigna entre guerreros: "¡A muerte!".
"Micropene, ¿te has enterado ya?". "Sí, hijo, sí". "Tú no te preocupes. Yo te digo ahora lo que tienes que hacer". (Y yo, cual Karate kid desahuciado, me esperaba alguna trascendental revelación, que me desvelara alguna secreta capacidad mental de la milenaria cultura china que me sacara del aprieto, pero todo lo que recibí fue): "A un tío tan alto métele 4 "lokis", un barrido y en el suelo lo machacas sin piedad". (Os lo traduzco al cristiano porque os puede ser muy útil si algún día os veis, como el que no quiere la cosa, compitiendo en un campeonato internacional de Kung-fu: lo que el llama "loki" es el Low Kick , una patada baja traicionera que se da en el gemelo del rival y que aunque no es especialmente dolorosa, cuando has recibido unas cuantas tu pierna de apoyo se debilita y estás vendido para un posible barrido que te lleve al suelo, donde ya eres carne de cañón).

Lo que mi concepto del honor y la valentía no me impidió hacer fue pedir un casco protector de esos como los del Taekwondo, aunque el reglamento sólo exigiera el uso de protector bucal y coquilla para la entrepierna.

Mientras esperaba que llegara el mal trago, veía de reojo al entrenador búlgaro señalándome y dándole instrucciones a Terminator (cómo si las fuera a necesitar, ¡no te jode!).
Llegó el momento y ni "lokis" ni pollas, al más puro estilo de pelea callejera cutre me fui a por el búlgaro con toda la mala hostia de mi ser, pero no había dado dos pasos y recibo un patadón en la cabeza que me fui al suelo seco. Es que ni la vi venir, fue como un relámpago, y no era una patada como las que se ven en el kárate, que aunque hay algo de contacto es sólo para marcar el punto, esto había sido una coz furiosa. Estaba remoloneando en la lona haciendo tiempo pero vino el árbitro y me preguntó si estaba bien. Y no lo estaba, pero decidí aguantar por lo menos un asalto y luego rendirme. Con mucho pesar me levanté, y escuchaba a mi maestro gritando por detrás: "Loki, loki". (Sí, claro, "loki". ¡No te jode! Ponte tú aquí si tienes huevos y hazlo). Otra vez a la carga con toda mi rabia, y otra vez patada en la cabeza, y otra vez directo a la lona. Sólo que ésta me había dado en plena oreja y cuando me desaturdí tenía un pitido agudo en el oído y no veía nada. Pensé que me había dejado ciego pero enseguida me di cuenta que era el casco que de la hostia se había ladeado y me tapaba la vista. Por suerte no hizo falta que me rindiera porque mi maestro tuvo la compasión de arrojar la toalla, pero el pitido me duró varios días y no pude apoyar esa oreja en la almohada durante semanas. Si no llego a llevar casco, ahora estaría como Van Gogh.

Sobra decir que no volví a pisar aquel gimnasio nunca más.