Lo que voy a relatar sucedió ayer mismo en el vestuario del gimnasio al que me ha dado por ir ahora. En parte, me lo he buscado yo. Me explico: cuando decidí apuntarme a un gimnasio yo buscaba el típico tugurio tipo "Rocky" con cuatro pesas oxidadas y un botijo para beber, porque creo que allí se va a sudar y no a lucirse. Me fue casi imposible encontrar un local de estas características porque ahora están de moda los macrogimnasios ultramodernos y superdotados de la última tecnología donde van los figurines a lucir el modelito; pero al final di con uno que más o menos encajaba en mi idea. Es el típico gimnasio de barrio obrero, muy austero (casi espartano), donde van los macarrillas a ponerse cachas y a practicar artes marciales para luego ponerlas en práctica en sus peleas de fin de semana. Pero hay una hora crucial, la última de la tarde, en la que se reúne lo peorcito de cada casa. Ya no se ven mujeres embutidas en lycra (porque a esa hora ya no hay clases de aero-step, euro-boxing, super-spinning o cómo se llamen las chorradas esas que se inventan y que toda la vida se había llamado aeróbic), ni currantes poniéndose en forma; a esa hora el ambiente es parecido al del gimnasio del inicio del film "Danko. Calor Rojo". Matones vigoréxicos, moles barriobajeras y carroña patibularia: el primer día que cometí el error de pasarme por allí a esa hora, vi un animal enorme con cara de muy malas pulgas y como si se tratara de una mala película americana se me acercó un bajito muy "salao" que parace que viva allí, porque está siempre (vaya a la hora que vaya), y me dijo: "A éste ni mirarlo. Es el "Tigre". Es portero de un puticlub y acaba de salir del talego por matar a un gitano a hostias" (juro que es verídico). Pues el resto es escoria de la misma calaña. Y claro la gresca está a la orden del día.Pues bien, ayer estoy en el vestuario vistiéndome después de una ducha en la que juro que si se me hubiera caído el jabón no me hubiera agachado a recogerlo (las duchas son como las de un barracón, sin separaciones ni cortinas: cuatro grifos echando agua helada y a funcionar, que para algo somos tipos duros (o ¿no?); cuando escucho a un supercachas increparle a un macarrilla escuálido pero con una cara de hijodeputa que acojonaba, un superchungo pata negra con la "mirada de tigre" que decían en "Rocky":
(Supercachas) - ¿Quién coño te crees que eres para escupir en el suelo del vestuario?
(Macarrilla) - Primero que no he escupido, he tirado un papel que llevaba en la boca (?!), y segundo que tú a mí no me llamas la atención, carapolla.
(SC) - A lo mejor es que estoy gilipollas y no te he visto escupir, o a lo mejor te meto dos hostias y así no me quedo con la duda.
(M) - Dos pajas me vas a hacer. Una tú y otra la puta de tu madre. (Y usándome como herramienta en una maniobra digna de elogio, una estratagema de supervivencia callejera al más puro estilo David contra Goliath, dice): Cuidado, deja pasar al chaval. (El cachas se vuelve para dejarme pasar y descubre que no sólo no voy a pasar, sino que estoy sentado a dos metros de él calzándome las botas. Y antes de haberse vuelto recibe un toallazo seco en el cogote. Pero no un toallazo de hermandad universitaria, sino un auténtico restallido de látigo lanzado muy hábilmente (supongo que la práctica continuada ayuda) que debió picarle lo suyo porque ya se abalanzaba a matarlo, cuando justo entraron al vestuario (se ve que alguna rata veloz tuvo la precaución de avisar de que estaba apunto de desatarse el infierno) el monitor (una malabestia) y el dueño del gimnasio (el mastuerzo alpha de aquel sindiós):
(Dueño) - ¿Quién cojones ha escupido en el suelo?
Y yo, anticipándome a que nadie me tomara de testigo de ninguna de la partes, esta vez sí me abrí paso y me largué de allí con una profunda sensación de asco-pena de pertenecer a la especie humana y más concretamente al género masculino.

















