Cuando veo a los integrantes de la selección española de fútbol triunfantes tras su gesta sudafricana, no puedo evitar preguntarme qué se debe sentir cuando uno se sabe incontestablemente el mejor en algo. Cuando veo a Gasol, Nadal, Alonso… y no sólo pienso en actividades deportivas, me vale cualquier actividad humana, pienso envidioso que me gustaría probarlo antes de morirme: ganar algo, lo que sea. Porque, quizás cueste creerlo, pero este que escribe no ha ganado absolutamente nada en su vida. Más bien al contrario.
He sido tan mediocre en todo lo que he emprendido que nunca, insisto, nunca, he conocido las mieles del éxito. Nunca he ganado una medalla de nada, ni un concurso de lo que fuera, ni me ha tocado un triste peluche en una rifa (ya no digamos la lotería…).
El otro día lo comentaba en casa y a mi pareja e hijo les costaba creerlo. Pero es verdad. Triste, pero cierto.
Para ser riguroso, debería consignar los dos únicos conatos de victoria que he rozado en mi deplorable existencia. Y ambos acabaron siendo fiascos; uno por cuenta propia y el otro, ajena.
El primero data de mis tiempos de colegial, cuando durante un breve periodo pertenecí al equipo de ping pong. Al parecer, yo, como mecanismo adaptativo de supervivencia anímica en un mundo tan competitivo, embellecí hasta deformarlos los recuerdos que guardaba de un torneo entre varios colegios, en el que participó mi equipo. Creía y contaba que el mismo día de mi comunión tuve que participar en la final del campeonato y que mi victoria agónica en la última partida, nos había dado la copa. Pero en mi fabulación había aspectos de la puesta en escena, la figuración y el
atrezzo que no terminaban de cuadrarme, así pues concluí que no debía tratarse del día de mi comunión, sino la de mi hermano. Pero de lo que no cabía ninguna duda era sobre mi hazaña in extremis (porque mientras yo triunfaba avasalladoramente, mi padre esperaba con el motor en marcha para no cabrear al cura), y mi aclamación como héroe por todo el equipo y parte del profesorado. Pero esa versión de los hechos tampoco aguantaba el análisis más somero, y la falta de una medalla conmemorativa me hizo, pasados los años (muchos) aceptar que tal vez las cosas no fueron como yo las
recordaba. Posteriores averiguaciones concluyeron que sí jugué la final, que sí se celebró el mismo día que una comunión (la de mi hermano), pero que el resultado no fue el que yo había archivado en mis neuronas, sino justo el contrario. Ya me extrañaba a mí que después de aquel
clamoroso éxito no volviera a pertenecer al equipo, ni se volviera a hablar nunca más de aquella
legendaria velada… Prodigios de la memoria selectiva (aunque en este caso habría que hablar más bien de vil manipulación de los hechos para el recuerdo).
El segundo ocurrió en mis tiempos de bachiller. Por motivos ignotos, mi profesora de literatura se empeñó en que me presentara a un concurso literario. Por complacerla escribí una chorrada que pretendía ser de terror, rollo Stephen King, muy pero que muy mala; pero que, contra todo pronóstico, resultó agraciada con el segundo premio. Me dieron 8.000 pesetas (de las de entonces) y una palmadita en la espalda, y con la pasta me compré unos pantalones y una cazadora. Y fin de la historia, y sí que podría anotarme ese éxito en mi palmarés (jajaja) aunque fuera un segundo premio (ya se sabe lo que dicen en sociedades tan competitivas como la estadounidense: que el segundo es el primero de los perdedores; cómo será que allí decir
number two es sinónimo de mentar la mierda). Pero también en este lance había gato encerrado, porque resultó que la profesora se empeñó en que concursara y me concedió ese premio de consolación (el jurado estaba compuesto por ella y otra profesora de la materia), porque estaba enamorada de mí. Sí, sí, así de absurdo como suena. Y no es que me lo invente yo con mi ingenioso procedimiento de manipulación de los recuerdos dañinos, no, sino que ella misma se lo confesó a uno de mis hermanos (4 años menor que yo) cuando en su primer día de clase en su asignatura, ella reconoció los apellidos familiares y se lo llevó aparte para comentarle que –y cito textualmente- había estado loquita por mí (?!). Lo que explicaría el inmerecido galardón.
Así que mis únicos acercamientos a la gloria han estado condicionados por sendos estados alterados de conciencia (propio y ajeno), con lo que a estas alturas de la película sigo sin saber de verdad, sin posibles interpretaciones ni tergiversaciones, qué se debe sentir cuando uno se sabe el mejor/el más rápido/el más listo/el que mejor toca el piano/ o lo que sea en cualquier campo.
¿Qué habéis ganado vosotros? Agradecería que me alumbrarais con vuestros triunfos.