… es lo que tenía que haber desayunado hoy para prepararme para el fin de semana que nos espera. Dentro de escasas horas Cripema, servidor y consortes (perdona Gilito por no nombrarte; uy, mira, ya te he nombrado) partiremos a lomos de nuestros borriquitos metálicos a una concentración motera no muy lejos de aquí. Así que tendré que engullir como los gansos para que me quede tiempo para los preparativos del viaje, pues por culpa de mi mala cabeza (que lo dejo todo para el final) no he metido en las alforjas las cuatro mierdas que me voy a llevar (qué sé yo: unas bragas de recambio, los tampax, y la redecilla y los bigudíes para mantener impecable mi cardado alcoyano).
Ayer volví a recoger a la Dolores del taller, y en fin, no la veo yo muy católica todavía. Le han hecho un apaño pero no está la Lola al 100 %. Con decir, que aún tiene el manillar un poco doblado y tengo que ir tumbando como Nieto para tomar curvas a izquierda. Y todo por lo de siempre, porque soy un pelanas y no puedo pagar una reparación en condiciones (al menos hasta que se resuelva mi litigio con la constructora responsable de la obra causante del socavón en la carretera que nos llevó al suelo. Pero ya se sabe que las cosas de palacio van despacio).
Así que Gilito, no corras mucho hoy, que mi señora y yo cabalgamos mula herida y no quiero más sustos.
Y mañana se nos unirán algunos de los ex-Muchachos (¿o qué somos ahora?) para corrernos una buena fiesta.
Cambiando de tema, y perdonad la tontería pero es que lo estoy escuchando en el hilo musical de la oficina y me está crispando: el tipo ese de Café Quijano, ¿todo lo canta igual? O es que es rap y se limita a recitar con desgana. ¿O son siempre remixes del Lola, y suenan todos igual de desvencijados que la mía desde la hostia?.
viernes, junio 29, 2007
jueves, junio 28, 2007
El libro de los putrefactos
Ese es el título del proyecto inacabado que tramaron Dalí y Lorca, y que desgraciadamente nunca llegó a ver la luz porque el poeta no llegó a completar el texto como estaba previsto, a pesar de que el genial pintor sí realizó más de 60 dibujos de putrefactos (que andan dispersos en colecciones privadas por todo el mundo, y que sólo vieron la luz en una exposición antológica que logró reunir muchos de ellos).
“Putrefacto” es un término que empleaba Lorca y que acabó incorporándose al lenguaje privado de la pandilla de genios que confluyeron en aquella Residencia de Estudiantes madrileña (donde, por cierto, tuvo lugar la mentada exposición): los ya nombrados Federico (que lideraba el grupo) y Salvador, más el futuro cineasta Luis Buñuel y Pepín Bello. En su código particular un “putrefacto” era cualquiera que no encajara en la filosofía vital y, sobre todo, artística de la cuadrilla: los retrógrados, los mediocres, los sensibleros, los pedantes, los zafios, los lerdos y todo aquel, o aquello, que resultara sospechoso a sus ojos u oídos de oponerse a la evolución, la vanguardia y la modernidad.
Desde que tuve conocimiento de este concepto tan gráfico y, por qué no, poético, leyendo una inolvidable autobiografía de Dalí, lo incorporé inmediatamente a mi absurda jerga y no es raro que me sorprenda a mí mismo mascullando solo por la calle, cuando deambulo sumido en mis amarguras: “¡Vade retro, putrefactos!” o idioteces sociopatológicas por el estilo.
Pero es que hoy ya se lo he soltado en la cara a una persona. Más concretamente a un agente de la autoridad. Bueno de una autoridad relativa; me explico: para acceder a lugar donde estacionamos nuestros vehículos, tenemos que sortear unas garitas de vigilancia (que harían las veces de una primera aduana, ya que nuestros coches descansan en zona franca), custodiadas la de entrada por un policía portuario y la de salida por un guardia civil. Contra todo pronóstico, a la salida de la zona portuaria nunca he tenido el menor problema; y sin embargo a la entrada sí, por culpa de un exceso de celo de ese cuerpo de seguridad más papista que el Papa, que antes eran los guardamuelles de toda la vida y ahora los han uniformado y les han dado unas porras y se creen el Afrika Korps de Rommel. Y algunos de sus miembros son muy majos, pero la mayoría son unos bordes, y en concreto uno me tiene ya hasta los mismísimos huevos.
Porque cómo es posible que una persona que te ve pasar todos los días del Señor dos veces (cuatro si no me quedo a comer aquí); que tampoco somos más de 20 los vehículos autorizados a aparcar allí que hacemos uso diario de ese privilegio; que después de tanto tiempo viéndome, sinceramente no creo que pase muy desapercibida una persona con mi cara de gilipollas, con las pintas que me gasto y tatuado hasta los cojones; cómo es posible, digo, que TODOS los santos días me pregunte que a dónde voy, después de ¡tres años! ya pasando por delante de su narizota. Y TODOS los santos días me armo de paciencia, y para evitar perder un solo segundo más de lo necesario interactuando con este infraser, le respondo con mi mejor cara falsa que a por el coche, que está dentro porque tengo autorización.
Pero hoy se me ha agotado la paciencia y a su monótona pregunta de mono amaestrado, por fin le he dado la respuesta que supongo andaba buscando todo este tiempo:
- “Perdone, caballero, ¿a dónde va?”.
- “Ya te vale, putrefacto”.
“Putrefacto” es un término que empleaba Lorca y que acabó incorporándose al lenguaje privado de la pandilla de genios que confluyeron en aquella Residencia de Estudiantes madrileña (donde, por cierto, tuvo lugar la mentada exposición): los ya nombrados Federico (que lideraba el grupo) y Salvador, más el futuro cineasta Luis Buñuel y Pepín Bello. En su código particular un “putrefacto” era cualquiera que no encajara en la filosofía vital y, sobre todo, artística de la cuadrilla: los retrógrados, los mediocres, los sensibleros, los pedantes, los zafios, los lerdos y todo aquel, o aquello, que resultara sospechoso a sus ojos u oídos de oponerse a la evolución, la vanguardia y la modernidad.
Desde que tuve conocimiento de este concepto tan gráfico y, por qué no, poético, leyendo una inolvidable autobiografía de Dalí, lo incorporé inmediatamente a mi absurda jerga y no es raro que me sorprenda a mí mismo mascullando solo por la calle, cuando deambulo sumido en mis amarguras: “¡Vade retro, putrefactos!” o idioteces sociopatológicas por el estilo.
Pero es que hoy ya se lo he soltado en la cara a una persona. Más concretamente a un agente de la autoridad. Bueno de una autoridad relativa; me explico: para acceder a lugar donde estacionamos nuestros vehículos, tenemos que sortear unas garitas de vigilancia (que harían las veces de una primera aduana, ya que nuestros coches descansan en zona franca), custodiadas la de entrada por un policía portuario y la de salida por un guardia civil. Contra todo pronóstico, a la salida de la zona portuaria nunca he tenido el menor problema; y sin embargo a la entrada sí, por culpa de un exceso de celo de ese cuerpo de seguridad más papista que el Papa, que antes eran los guardamuelles de toda la vida y ahora los han uniformado y les han dado unas porras y se creen el Afrika Korps de Rommel. Y algunos de sus miembros son muy majos, pero la mayoría son unos bordes, y en concreto uno me tiene ya hasta los mismísimos huevos.
Porque cómo es posible que una persona que te ve pasar todos los días del Señor dos veces (cuatro si no me quedo a comer aquí); que tampoco somos más de 20 los vehículos autorizados a aparcar allí que hacemos uso diario de ese privilegio; que después de tanto tiempo viéndome, sinceramente no creo que pase muy desapercibida una persona con mi cara de gilipollas, con las pintas que me gasto y tatuado hasta los cojones; cómo es posible, digo, que TODOS los santos días me pregunte que a dónde voy, después de ¡tres años! ya pasando por delante de su narizota. Y TODOS los santos días me armo de paciencia, y para evitar perder un solo segundo más de lo necesario interactuando con este infraser, le respondo con mi mejor cara falsa que a por el coche, que está dentro porque tengo autorización.
Pero hoy se me ha agotado la paciencia y a su monótona pregunta de mono amaestrado, por fin le he dado la respuesta que supongo andaba buscando todo este tiempo:
- “Perdone, caballero, ¿a dónde va?”.
- “Ya te vale, putrefacto”.
miércoles, junio 27, 2007
Ventosidad inoportuna
Ayer me reí bastante a costa de una tontería. Resulta que mi buen amigo Delrieu (quien ya he comentado alguna vez aquí que es artista) me había traído hace unos días al trabajo el cuadro que pintó como regalo de bodas para mi hermana. El cuadro, que es buenísimo, también es bastante grande, por lo que nunca encontraba el momento adecuado de cargarlo hasta el coche para llevárselo a mi hermana. Así que ayer decidí hacer de tripas corazón y echármelo bajo el brazo. Pero resulta que como buen profesional de lo suyo, Delrieu había protegido las esquinas del marco con unas cantoneras de cartón y sobre éstas había extendido unas bandas de film plástico transparente para evitar arañazos.
Y como precisamente ayer, tras semanas de incesante flama, se levantó bastante viento en esta zona, el aire al golpear las bandas elásticas las hacía resonar como un bordón, produciendo un perfecto ruido de pedorreta. Y justo hacía sonar con más saña la banda inferior, la que quedaba a la altura de mi cadera, añadiendo aún más realismo anatómico a las estruendosas ventosidades. Y mira que intenté acallarlo por todos lo medios, pero no había forma: lo agarrara como lo agarrara el plastiquito de los cojones se las ingeniaba para recibir los golpes de aire, vibrando con su inmejorable imitación de una flatulencia humana.
En un principio me agobié un poco y reaccionaba a cada ventorrillo con esos gestos exagerados que hace uno cuando quiere dejar claro que no ha sido lo que parecía por su sonido; como por ejemplo cuando uno pisa una piedra y suena como un pedo y se gira muy histriónicamente y mira al suelo para que no quede ninguna duda de que la causante del desagradable ruidito ha sido una china del terreno y no las habas del almuerzo. O cuando arrastras ligeramente una silla sobre la que estás sentado, y la pata te traiciona haciendo una perfecta imitación de un cuesco, y entonces tú, creyendo detectar cierta suspicacia en el rostro de los presentes, no puede evitar volver a arrastrarla, pero con más garbo, tratando de reproducir ese sonido para que no sobrevuele la duda de los gases. Pues lo mismo hice yo ayer tras las tres o cuatro primeras ventosidades, que miraba al plástico gesticulando mucho, como regañándole, para que quedara claro a los que me rodeaban que ese incómodo sonido no había salido de mi ano, sino de un poquito más a la izquierda, de una bromista tira de plástico con la complicidad de un viento que soplaba con una fuerza (y una puntería) impropia de estas fechas.
Y encima el recorrido hasta mi coche es bastante largo y en esta época más, pues como ya comenté aparcamos dentro del puerto, y debido a la operación “paso del estrecho” la zona donde estacionamos normalmente está ocupada por centenares de vehículos de argelinos procedentes de toda Europa esperando su embarque en el ferry que los lleve a pasar las vacaciones estivales en su patria nativa. Y allí los tienes a todos, como en un campamento del Frente Polisario, desperdigados por el suelo sobre cartones, matando el tiempo viendo a la gente pasar; cuando cruza su hacinado aparcamiento un ejemplar de varón blanco, cargado con un enorme cuadro bajo el brazo y sin dejar de pedorrearse escandalosamente a la altura de sus cabezas a cada paso que da (en una zona abierta como la del muelle, sin el resguardo de edificaciones, Eolo ya no me daba tregua). Y como quiera que a esas alturas ya se me habían agotado las dotes interpretativas y las ganas de actuar como refunfuñándole al plástico malo por hacer ruidos sospechosos en público, pues decidí disfrutar de la absurda situación que me brindaba la meteorología y empecé a reírme de mis propios petorros apócrifos, e incluso me permití exagerar algún movimiento de pelvis, recreándome en mi flatulento personaje, cuando el vergonzoso redoble se prolongaba más de la cuenta.
También he de confesar que visto lo visto, de perdidos al río, y aproveché la sonora coyuntura para expeler algún que otro peo de cosecha propia, confundiéndolos con la incesante música escatológica de la banda sonora.
Y como precisamente ayer, tras semanas de incesante flama, se levantó bastante viento en esta zona, el aire al golpear las bandas elásticas las hacía resonar como un bordón, produciendo un perfecto ruido de pedorreta. Y justo hacía sonar con más saña la banda inferior, la que quedaba a la altura de mi cadera, añadiendo aún más realismo anatómico a las estruendosas ventosidades. Y mira que intenté acallarlo por todos lo medios, pero no había forma: lo agarrara como lo agarrara el plastiquito de los cojones se las ingeniaba para recibir los golpes de aire, vibrando con su inmejorable imitación de una flatulencia humana.
En un principio me agobié un poco y reaccionaba a cada ventorrillo con esos gestos exagerados que hace uno cuando quiere dejar claro que no ha sido lo que parecía por su sonido; como por ejemplo cuando uno pisa una piedra y suena como un pedo y se gira muy histriónicamente y mira al suelo para que no quede ninguna duda de que la causante del desagradable ruidito ha sido una china del terreno y no las habas del almuerzo. O cuando arrastras ligeramente una silla sobre la que estás sentado, y la pata te traiciona haciendo una perfecta imitación de un cuesco, y entonces tú, creyendo detectar cierta suspicacia en el rostro de los presentes, no puede evitar volver a arrastrarla, pero con más garbo, tratando de reproducir ese sonido para que no sobrevuele la duda de los gases. Pues lo mismo hice yo ayer tras las tres o cuatro primeras ventosidades, que miraba al plástico gesticulando mucho, como regañándole, para que quedara claro a los que me rodeaban que ese incómodo sonido no había salido de mi ano, sino de un poquito más a la izquierda, de una bromista tira de plástico con la complicidad de un viento que soplaba con una fuerza (y una puntería) impropia de estas fechas.
Y encima el recorrido hasta mi coche es bastante largo y en esta época más, pues como ya comenté aparcamos dentro del puerto, y debido a la operación “paso del estrecho” la zona donde estacionamos normalmente está ocupada por centenares de vehículos de argelinos procedentes de toda Europa esperando su embarque en el ferry que los lleve a pasar las vacaciones estivales en su patria nativa. Y allí los tienes a todos, como en un campamento del Frente Polisario, desperdigados por el suelo sobre cartones, matando el tiempo viendo a la gente pasar; cuando cruza su hacinado aparcamiento un ejemplar de varón blanco, cargado con un enorme cuadro bajo el brazo y sin dejar de pedorrearse escandalosamente a la altura de sus cabezas a cada paso que da (en una zona abierta como la del muelle, sin el resguardo de edificaciones, Eolo ya no me daba tregua). Y como quiera que a esas alturas ya se me habían agotado las dotes interpretativas y las ganas de actuar como refunfuñándole al plástico malo por hacer ruidos sospechosos en público, pues decidí disfrutar de la absurda situación que me brindaba la meteorología y empecé a reírme de mis propios petorros apócrifos, e incluso me permití exagerar algún movimiento de pelvis, recreándome en mi flatulento personaje, cuando el vergonzoso redoble se prolongaba más de la cuenta.
También he de confesar que visto lo visto, de perdidos al río, y aproveché la sonora coyuntura para expeler algún que otro peo de cosecha propia, confundiéndolos con la incesante música escatológica de la banda sonora.
martes, junio 26, 2007
Suerte de baja intensidad
Soy un tipo con suerte. Por lo menos eso me decía Elöy en una especie de mantra etílico durante las pasadas hogueras de San Juan, repitiéndolo hasta el agotamiento (el mío) en esa fase de la borrachera llamada “exaltación de la amistad” no se si previa o posterior a la de”cantos regionales” o “blasfemias religiosas”.La verdad es que esta semana he tenido un montón de suerte, pero de la que yo denomino “suerte de baja intensidad”.
La semana empezó con un par de telepizzas para cenar (digestión pesada asegurada) que mi hermanita, de visita extraordinaria, se empeñó en pedir porque vive en un pequeño pueblo pirenaico alejado de la “civilización” y para ella pedir comida y que se la traigan a casa es todo un acontecimiento entre divertido y exótico.
En la cajas de las cuatro quesos había una promoción de enviar el código del rasca-rasca y te podían tocar televisiones de plasma, playesteisons, emepetreses y descuentos. Envié los códigos con pocas esperanzas y me tocaron seis euros de descuento en “local y recoger” para pedidos superiores a 15 euros y que caducan el 28 de este mes. ¿Qué suerte no?. Pues si, suerte de baja intensidad, porque yo calculo que hasta mediados julio no habré digerido bien la primera pizza, así que esos descuentos caducarán intactos.
El martes recibo un email de Heineken con la información de los conciertos de celebración del Dia de la Música. Varios conciertos simultáneos en las capitales musicales (en Madrid ,Rufus Wainwright y La Habitación Roja) y en Alicante. El cartel de Alicante era aparentemente interesante o, por lo menos curioso: Nacho Vegas (nooooooooo, el de Nacha Pop noooooo, el de Manta Ray) con dos invitados excepcionales: Jota (La voz de los Planetas) y Christina Rosenvinge (la voz…estooo, la mujer de Ray Loriga, coño la de Alex y Christina!!!) Había un concurso en el que se sorteaban entradas dobles para asistir a la fiesta, cuya precio era de 12 euros en taquilla. Pues nada va y me toca una entrada. Fuimos Cripema y yo, y no aguantamos más de 4 temas, esperamos a ver, e incluso a escuchar a la Rosenvinge (que está buenísima pero es tan lánguida…) Un concierto de autor. De autor soso. Me podían haber tocado entradas para el FIB, pero no… sólo es suerte de baja intensidad.
Navegando, no recuerdo como, entro en la web del Espai d’Art Contemporani de Castelló, que es un museo con el valor añadido de que produce y apoya nuevas propuestas artísticas. El caso es que vi una convocatoria de una artista rumana que invitaba a participar a la gente diseñando vestuario que exprese la idea de “Hospitalidad” . El diseño ganador tendrá como premio la confección real y su puesta en la exposición junto con los bocetos y trabajos participantes en la convocatoria. Enseguida me vino a la mente una idea sencilla, la dibuje directamente con el coreldraw (dibujo vectorial) y transformé el archivo en PDF para que pudiera verse en cualquier plataforma, lo envío por email… y… adivinen quién ha ganado.
PD. En la bonoloto me han tocado 88 centimos jugando en Ventura24
viernes, junio 22, 2007
Pasajeros al tren

Dado que para hoy está prevista una buena juerga fogueril, para evitar conducir luego con alguna copa dentro, me he venido a trabajar en un tranvía llamado deseo (llegar vivo). Y la verdad es que la cosa funciona muy bien: puntualidad, refrigeración, gran afluencia de usuarios pero sin amontonamientos ni agobios. Y encima durante estas fiestas ofrecen un servicio especial de 24 h. ininterrumpidas, no sólo en previsión de las razones alcohólicas que comentaba antes, sino también para paliar el caos circulatorio que sufre una ciudad cuyo centro urbano se restringe al tráfico, y que tiene diseminados por todos sus barrios docenas de monumentos de cartón piedra, barracas (recintos vallados que se montan en plena calle, donde se come y bebe, dotados de escenario para las orquestas), puestos de comida y churros, y multitudes viandantes desplazándose espesamente, a causa del calor y la ingesta, convirtiendo las avenidas en sendas de elefantes borrachos.
Caminando hacia aquí, me he cruzado con muchos supervivientes (quién lo diría por sus aspectos) de la noche de ayer, mostrando esos comportamientos tan llamativos que exhiben algunos cuando quieren dejar patente a los que les rodean que están muy borrachos.
Y hablando de comportamientos curiosos, mientras viajaba sobre el ferrocarril (carril de hierro) para evadirme del incesante cotorreo de la pareja de señoras sentadas enfrente (si en crítica artística se emplea peyorativamente la expresión latina horror vacui (miedo al vacío) para definir las obras recargadas en exceso que no dejan ni un espacio libre desaprovechado, creo que le viene al pelo a la señora que llevaba la voz cantante (la otra se limitaba a asentir y matizar con monosílabos) y que no ha dejado ni por un segundo que el silencio flotara entre ellas); decía (que me explayo como el papagayo con cardado) que para abstraerme de la verborrea (qué cantidad de información fútil) observaba el paisaje a través de la cristalera, cuando descubro estacionado en un claro del follaje un BMW tuneado, y a sus ocupantes (una pareja de jóvenes festeros) en el exterior, en pelotas, pegándose un buen revolcón. Y el Neng y la Juani parecían pasarlo muy bien, probablemente por la excitación extra proporcionada por el cóctel del calentón irrefrenable (ay, ese MDMA traicionero) y exhibicionismo, pues era evidente que se les veía desde el tren, que circulaba muy lento ya que se aproximaba aminorando a una estación.
En fin, que mientras unos bajan en transporte público a producir para otros, algunos se retiran a dormir la mona; y mientras unos pegan el que pudiera ser el polvo de sus vidas, otros agonizan en la cama de un hospital.
Como ya dijo el sabio hace miles de años: Nihil sub sole novum ó nada nuevo bajo el sol (Eclesiastés I, 10).
jueves, junio 21, 2007
Empezamos bien
Ayer dieron comienzo oficialmente les Fogueres de Sant Joan, la fiesta mayor de este pueblo que (no) responde al nombre de Alicante (anagrama de “calienta”).
Y nosotros no podíamos empezar mejor la verbena que saliendo mi señora y yo a eso de las 2 de la madrugada del ambulatorio de Biar (villa distante 50 km. de su capital).
Menos mal que sólo fue un susto y lo podemos escribir aquí, pero yo me sé de alguien a quien ya no le deben quedar muchas ganas de juerga.
¡Uy!, que ya son casi las dos. Senyor pirotécnic, pot començar la mascletà!
Y nosotros no podíamos empezar mejor la verbena que saliendo mi señora y yo a eso de las 2 de la madrugada del ambulatorio de Biar (villa distante 50 km. de su capital).
Menos mal que sólo fue un susto y lo podemos escribir aquí, pero yo me sé de alguien a quien ya no le deben quedar muchas ganas de juerga.
¡Uy!, que ya son casi las dos. Senyor pirotécnic, pot començar la mascletà!
martes, junio 19, 2007
Timofónica
Érase una vez, en un reino oligárquico junto al mar, un monopolio de la comunicación a distancia que se revolcaba alegremente en su codicia y nepotismo. Y todos los súbditos del reino tenían que pasar por el aro, si querían comunicarse con sus primos de Badajoz sin tener que recurrir a las señales de humo o las palomas mensajeras (el correo electrónico aún tardaría en inventarse, y del otro, el de papel, mejor ni hablar).
Pero pasaron muchos, muuuuchos años y se les acabó el chollo, porque aparecieron otras compañías muy malas, muy malas que ofertaban parecidos servicios a mejores precios, y encima con otro, digamos, talante (ahora que está tan de moda la palabreja). Pero resulta que los monopolistas no se enteraron, o no se quisieron enterar, del cambio; de que se les acabó eso de comportarse como señoritos por su cortijo, porque ahora contaban con algo tan desagradable para los acaparadores insaciables como la temida competencia. Y no quisieron darse cuenta a pesar de que algunos de esos nuevos competidores empleaban la red de comunicaciones de su propiedad para ofertar sus servicios, a unos precios más asequibles, descubriendo el pastel de que sí se podía dar los mismo, y por la misma red, por menos dinero.
Pero es que resulta que pasan los años, y más años, y los ex-monopolistas parece que no caen del burro, y siguen tratando a sus clientes como escoria y abusando de ellos a la menor oportunidad. Recuerdan a esos pintorescos dictadores de república bananera, que desoyendo el descontento de su pueblo, se siguen comportando como divinidades en la tierra o seres mitológicos con licencia para todo. Los monumentos megalomaníacos ensalzando para la posteridad unas virtudes que sólo puede ver el que las ordenó construir (que siempre es el mismo que aparece inmortalizado) apenas se distinguen de esas mega-campañas publicitarias loando las bondades de esa tenebrosa compañía operadora de telefonía, con esos anuncios tan buenrrolleros y chachipirulis (los que emiten en navidades ya son el acabose), y esponsorizando a escalofriantes bandas de pop ñoño.
En uno de esos spots tan blancos y bienintencionados podrían incluir como decorado alguna de esas amenazantes cartas con las que pretenden extorsionar a los incautos ciudadanos, redactadas por una piara de agresivos abogados (me los imagino vestidos de gris y con gafotas, como los del bufete del Sr. Burns), con las que pretenden cobrar su impuesto revolucionario por servicios que nunca llegaron a ofrecer, precisamente por su torpeza e inoperancia, a pesar de haberse demostrado documentalmente que así fueron las cosas y así se las hemos contado a ellos decenas de veces en surreales conversaciones mantenidas con seres como de otro planeta, dotados del entendimiento de una ameba pero hábilmente adiestrados en técnicas de desquiciamiento de su interlocutor, que se limitan a pedir que te anotes unas extrañas referencias y localizadores de la incidencia, que curiosamente no sirven para nada en la siguiente llamada.
Me vais a embargar los cojones.
Pero pasaron muchos, muuuuchos años y se les acabó el chollo, porque aparecieron otras compañías muy malas, muy malas que ofertaban parecidos servicios a mejores precios, y encima con otro, digamos, talante (ahora que está tan de moda la palabreja). Pero resulta que los monopolistas no se enteraron, o no se quisieron enterar, del cambio; de que se les acabó eso de comportarse como señoritos por su cortijo, porque ahora contaban con algo tan desagradable para los acaparadores insaciables como la temida competencia. Y no quisieron darse cuenta a pesar de que algunos de esos nuevos competidores empleaban la red de comunicaciones de su propiedad para ofertar sus servicios, a unos precios más asequibles, descubriendo el pastel de que sí se podía dar los mismo, y por la misma red, por menos dinero.
Pero es que resulta que pasan los años, y más años, y los ex-monopolistas parece que no caen del burro, y siguen tratando a sus clientes como escoria y abusando de ellos a la menor oportunidad. Recuerdan a esos pintorescos dictadores de república bananera, que desoyendo el descontento de su pueblo, se siguen comportando como divinidades en la tierra o seres mitológicos con licencia para todo. Los monumentos megalomaníacos ensalzando para la posteridad unas virtudes que sólo puede ver el que las ordenó construir (que siempre es el mismo que aparece inmortalizado) apenas se distinguen de esas mega-campañas publicitarias loando las bondades de esa tenebrosa compañía operadora de telefonía, con esos anuncios tan buenrrolleros y chachipirulis (los que emiten en navidades ya son el acabose), y esponsorizando a escalofriantes bandas de pop ñoño.
En uno de esos spots tan blancos y bienintencionados podrían incluir como decorado alguna de esas amenazantes cartas con las que pretenden extorsionar a los incautos ciudadanos, redactadas por una piara de agresivos abogados (me los imagino vestidos de gris y con gafotas, como los del bufete del Sr. Burns), con las que pretenden cobrar su impuesto revolucionario por servicios que nunca llegaron a ofrecer, precisamente por su torpeza e inoperancia, a pesar de haberse demostrado documentalmente que así fueron las cosas y así se las hemos contado a ellos decenas de veces en surreales conversaciones mantenidas con seres como de otro planeta, dotados del entendimiento de una ameba pero hábilmente adiestrados en técnicas de desquiciamiento de su interlocutor, que se limitan a pedir que te anotes unas extrañas referencias y localizadores de la incidencia, que curiosamente no sirven para nada en la siguiente llamada.
Me vais a embargar los cojones.
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