jueves, agosto 13, 2009

Ya está en casa


... de los De Asís, en el sanatorio de juguetes rotos, esta preciosidad que parece un peluche animado, y a la que es difícil resistirse de comer a besos.
Aunque algún desalmado no debía pensar lo mismo y decidió abandonarla a su suerte. Que ha acabado no siendo tan mala, porque ha venido a parar al dispensario de mimos peludos más entregado que imaginar se pueda.
Tiene 2 meses y ya pesa 10 kilitos, y según el Dr. Fons, cuando se desarrolle del todo puede alcanzar buenamente los 70 kilopondios.
Ay, nuestra añorada Lola, qué buenas migas hubiera hecho con su nueva hermanita. (Se te echa mucho de menos, preciosa. Siempre serás la favorita del Sultán. Espero que te traten igual de bien en el cielo de los perros).


martes, agosto 11, 2009

No te pintes tanto, que me das espanto

Nuestro querido Mr. Celofán lanzaba el guante en su comentario, de si tenemos alguna teoría sobre el porqué algunas mujeres acuden a la playa pintarrajeadas y emperifolladas como si tuvieran una cita con el mismísimo Neptuno.

Y esto me ha recordado a la mujer de un antiguo jefe mío, que un día se pasó por el trabajo a recoger no sé qué, y no se dignó a entrar porque venía de la playa y, según su consideración, iba “hecha unos zorros”. Conociendo lo pija que era, me asomé a la ventana y comprobé lo que me imaginaba: que lo que ella estimaba impresentable, a mí me pareció arreglada para un cóctel. Nada de chancletas y camiseta raída. Pareo y complementos conjuntados, dignos de Stacy Malibú.

Y para estos comportamientos excéntricos sí hay una explicación, que no una teoría, pues se trata más bien de la observación empírica de una perversión evolutiva del desarrollo antropológico de nuestra sociedad. Y es que parte del boato femenino más que artificios de belleza, lo son del estatus. Del poderío económico. Es decir, invierten una considerable carga de trabajo en demostrar (o sólo aparentar, según los casos) que no se trabaja. Que no se necesita trabajar para vivir.

Antiguamente, en los tiempos de María Antonieta (por poner un ejemplo de antepasada y promotora de estas actitudes), los nobles demostraban que eran ricos y que no necesitaban dar un palo al agua, exteriorizándolo con ornamentos aparatosos, que no dejaran ninguna duda de que de aquellas guisas no se podía efectuar esfuerzo alguno. Cuidadas pelucas, zapatones ortopédicos, fajas y refajos, capas y colas, caras empolvadas, perfumes, etc… lo que exhibían realmente era un poder económico que eximía a sus portadores de cualquier tarea física. Y todo este ornato era unisex. Ellos también se enmascaraban enarbolando la bandera de la molicie y el dolce far niente.

Con el advenimiento del capitalismo y el auge de la burguesía, los advenedizos tratan de imitar el modelo aristocrático, pero como ellos (los machos burgueses) sí tienen que currar, aunque sea dirigiendo su empresa o terratenienteando el latifundio, pues desplazan toda esa ostentación sobre sus mujeres, redoblando el esfuerzo plástico. Mientras ellos se visten más "ponibles" para desenvolverse en el mundo empresarial, ellas no sólo no tienen que trabajar sino que además tienen que dejar clarísima constancia de que no lo hacen (ya se sabe que la mujer del César…), porque ahora toda la responsabilidad de la apariencia recae sobre ellas. Así que el mensaje estético femenino se radicaliza llegando al estrambote.

Y qué forma más evidente de demostrar, sin que quepa duda alguna, que una no va a labrar los viñedos, ni al muelle a descargar té, que emponzoñándola con adminículos, apósitos y tramoyas que casi la imposibiliten incluso para la vida contemplativa.

Los mandarines se dejaban las uñas tan largas que casi les inutilizaban las manos, sólo por dejar constancia de que no realizaban trabajo manual alguno para ganarse el sustento. Y uno de mis hermanos, que ha viajado a China seis veces, me contaba que ahora lo que hacen los nuevos mandarines de esa ávida burguesía china es, por ejemplo, ir a pasear o comprar en pijama (no en chándal raro o equívoco, sino en pijama puro y duro y evidente), para dejar patente que en horas laborables (y ya se sabe lo laboriosa que es esta gente menuda), tú te puedes permitir estar en pijama como un Hugh Heffner amarillento.

Así pues, lo que cometen esas mujeres que van incluso a la playa con todo el despliegue cosmético, no es más que una reivindicación de su pertenencia (real o no) a la burguesía. Lo que convierte su gesto en más patético, si cabe.

martes, agosto 04, 2009

Abluciones

[RAE: ablución. 1. lavatorio ( acción de lavar). 2. Acción de purificarse por medio del agua, según ritos de algunas religiones].


Ahora, en plena chochez, le acabo de coger el gusto a eso de ir a la playa. Precisamente ahora, que no estoy para exhibiciones carnales, me ha dado por acudir, en cuanto tengo un rato, a remojarme como Fraga en Palomares.

Y todo porque un día, incidentalmente, me senté en una silla de playa y descubrí un nuevo mundo de placeres. Así que ahora acudo a la llamada del salitre cargado como un elefante maderero: toallas, sillas, nevera, cremas… Y de momento me resisto a la sombrilla, que todo llegará… Cómo será, que ya estoy tramando cambiar la silla por una tumbona.

Esto no es más que otra evidencia de que he pasado a la vida contemplativa. En lugar de llevar una colchoneta o una tabla de surf, para actuar sobre las olas, ahora me llevo elementos de confort para observar cómodamente a los que actúan.

Dado que soy un depredador de realidades (vamos, lo que toda la vida se ha llamado un cotilla), me aposto en mi atalaya portátil y, escudado tras las gafas de sol, escaneo el perímetro; para luego ponerle la cabeza como un bombo a mi pareja con mis elucubraciones y paparruchas derivadas de lo observado. En un grimoso alarde de autocomplacencia, le he llegado a afirmar que tras observar apenas unos minutos las evoluciones de las criaturas veraniegas en derredor, podría deducir cómo continúan sus jornadas desde que los perdemos de vista, equivocándome por muy poco. Ni las parabólicas que usa el SETI para encontrar vida extraterrestre podrían captar tal gama de matices en una simple bronca maternofilial o en el modo chulesco con que enciende su cigarrillo un Pepito Piscinas trasnochado.

Pero, dejándome de tonterías, sí que he empleado esas horas de guardia entrometida para entender y apreciar un bonito fenómeno: a las mujeres da gusto verlas así, en la orilla de una playa. No sólo porque vayan semidesnudas y bronceadas, sino porque van con la cara lavada por el mar y sin artificio ni engaños. Purificadas por el agua salada.

Porque qué son, sino engaños, los tacones (para falsear la altura y el contorno de la pierna), las medias (oscurecer el color de piel y, algunas, remodelar la forma), el maquillaje (enlucir y pintar), la peluquería (tintes y lacas, permanentes, alisados japoneses, extensiones y horquillas), los perfumes (encubridores de los efluvios biológicos), las fajas y wonderbrás, los esmaltes de uñas y las postizas, y toda esa gama de complementos que conforman el imaginario Cosmopolitan, puro falseamiento y disfraz de la naturaleza femenina que se muestra en todo su esplendor al borde del mar. Sin engañifas.

sábado, agosto 01, 2009

Sal gorda

Hay una cosa que llama mi atención. Cuando lees o escuchas alguna entrevista a modelos, misses y demás coristas, guapas oficiales y divinas del coño, al llegar a la pregunta que no puede faltar en esos interrogatorios sobre “cómo te gustan los hombres”, no suele fallar que tras la descripción física (según el gusto), todas insisten en que les gustan los hombres con sentido del humor o que “me hagan reír”.

¿Qué pasa, que las mujeres [guapas que se prestan a interviús; odio las generalizaciones injustas] no tienen sentido del humor y necesitan un bufón que las haga reír?

¿Por qué no se compran un tití, que hace mucha gracia, sobre todo si lo vistes con un tutú de bailarina, y después de las carcajadas no hay que soportarle los partidos de liga, ni andar bajando la tapa del váter porque seguramente mee en un periódico viejo?

O mejor y más barato, ¿por qué coño no se compran un libro de chistes, o una cinta de Eugenio en la gasolinera, y acaban antes? O se suscriben a los canales de televisión terrestre especializados en comedia, o se hacen un pajote, o yo qué sé… Pero resulta sospechosa esa pasividad de princesita de la belleza, que está acostumbrada a que todo su entorno pierda el culo en hacerla feliz y que espera, tras el polvazo (porque en público no refieren nada sobre los atributos sexuales esperables de su bufón, pero seguro que sueñan con gruesos rosbifs), poder ordenar cómodamente: “Y ahora entretenme, payaso”.

Y digo que llama mi atención pero no me sorprende, porque si uno se fija en ese espejo público que pretende ser la televisión, y más concretamente en sus series de humor (ya que hablamos del reír), los protagonistas masculinos pueden ser adefesios degenerados, siempre que resulten graciosos, mientras sus parejas femeninas deben cumplir con el canon de belleza impuesto en, y por, Occidente.

Si el protagonista es un juez negro de Bel-air enredado por un sobrino díscolo llegado de Filadelfia, da igual que sea una montaña de carne oscura, mientras la montaña sea graciosa. Pero su mujer, Vivian, y sus hijas, tienen que estar bien buenas. O si también eres negro, pero en vez de juez te has quedado unos escalafones por debajo en el poder judicial, y eres un policía de Chicago apellidado Winslow, y en vez de un sobrino lo que tienes es un vecino tocapelotas, qué más da que también seas feo, calvo y adiposo; mientras que tu esposa, cuyo nombre recuerda a un caza de despegue vertical, y el resto de hembras del espacio estén de buen ver (al menos para los cánones afroamericanos), si tú eres un crack del humor, todo va bien. Y el gurrumino rapero y el vecinito gafotas son dos claras muestras más de esto que refiero.

Y si eres un Matrimonio con hijos, si te llamas Al Bundy puedes ser todo lo desagradable que quieras física y moralmente, pero si te llamas Peggy no (y esto es extensible también a sus dos vástagos). Y Si te llamas Earl, tú y tu hermano retrasado podéis ser dos monstruitos en busca de líos, pero tu ex mujer y tu amiga latina tienen que estar cañón.

Y en los dibujos animados pasa igual: puedes ser tan poco agraciado física e intelectualmente como Homer Simpson o Peter Griffin, mientras hagas reír a unas estilizadas Marge y Lois. O puedes ser un pizzero tarado pelirrojo que ha viajado al futuro, o un robot broncas, o un viejo, o un crustáceo, pero las féminas -aunque sean amarillas, jamaicanas o tengan un solo ojo- tienen que estar en forma y tener morbo.

Es decir, lo de dar bien en pantalla parece ser cosa exclusiva de ellas.

Si me paro a pensar, ya desde los tiempos de Benny Hill, quien cumplía el canon él y toda su caterva rodeados de bomboncitos ligeros de ropa, la única gorda que ha triunfado en televisión ha sido Roseanne Barr en su serie homónima, y precisamente, y fue un secreto a voces, porque los productores supieron ver un nicho de espectadoras en los millones de obesas mórbidas que habitan la norteamérica real, que se identificaban con su heroína hidropésica.

jueves, julio 30, 2009

¿A cómo está el servicio?

No hace mucho, tuve una revelación que me dejó bastante confuso, pues embiste y tira por tierra algunas de mis creencias más arraigadas. Por vez primera entendí por qué lo primero que hacen los ricos en cuanto hacen fortuna es adquirir sirvientes. Y encima esto ocurrió mientras veía trabajar a nuestro jardinero. (Creo que esto último está pidiendo a gritos una aclaración).

Ya comenté que dedicaba largas jornadas dominicales, y fiestas de guardar, a la jardinería extrema; a tratar de hacer fluir la clorofila en los 600 m2. de parcela que el catastro nos acota en pleno secarral de monte bajo. Pura agronomía desertícola. Una batalla perdida contra la sabana, que se vio precipitada por un nuevo diagnóstico médico a este saco de huesos que me tocó en el reparto de encarnaciones. "Estenosis de canal", me dijo el traumatólogo. En cristiano: inflamación del canal medular, que presiona los nervios que debía canalizar holgadamente, resultando en dolor lumbar.

Esta nueva maldición con nombre griego, se suma a las anatemas de rodilla (osteocondritis) y hombro (ni me acuerdo del latinajo), lo que se traduce en la orden hipocrática de un reposo total que me está atocinando a Mach-2 (decir velocidad Mach es una redundancia, igual que meditación zen, pues zen significa meditación y el número Mach es una medida de velocidad relativa. Fdo.: Don Enteradín; que es el apuntador repelente que hay dentro de mi cabezota, quien, mientras escribo estas chorradas, me interrumpe constantemente, ñiñiñiñí, y secuestra mis dedos y los desvía sobre el teclado, obligándolos a dejar constancia de todas estas gilipolleces, con el convencimiento de que así se las da de listo, y, ya de paso, dejándoos a vosotros como si fuerais unos cretinos desinformados. Ruego sepáis disculparlo).

Al grano: que no puedo hacer grandes esfuerzos porque me deslomo. Así pues, se acabó mi romance con la azada y el rastrillo. Con el resultado desolador de que el jardín de los Monster había alcanzado unas cotas de dejadez que creo que hasta nos llamaron del programa ese de los desafíos extremos pidiendo permiso para rodar aquí un especial en el que el rubio de tendencias suicidas le echaría huevos de llegarse hasta el granado, en plena Zona Cerdo, territorio del cártel de las escolopendras.

Solución: llamar a un profesional, que por un módico precio y con la ayuda del utillaje adecuado, en una sola tarde ha dejado el camposanto en campo a secas (y qué secas). Pero al menos ya podemos acercarnos hasta la barbacoa sin sherpas... sin serpas-to de las llamas, me refiero.

Pero había un problema no menudo. Y por esas estrafalarias asociaciones de ideas que me hago ante situaciones incómodas, a modo de evasión de la terca realidad, recordé lo que Warhol escribió sobre su grave problema con la gente a su servicio. Decía Andy en su excelente libro Mi filosofía de A a B y de B a A que nunca en toda su vida llegó a hacerse la idea de que un ser humano tuviera que servir a otro (él descendía de humildes inmigrantes checos), y nunca se acostumbró a ser atendido por camareros y mucamas. Le violentaban muchísimo esas situaciones, en las que no sabía comportarse. No acertaba cómo mirarlos ni cómo dirigirse a ellos, por lo que esas cuestiones mundanas procuraba delegarlas siempre en sus adláteres. Y él era consciente, y se lamentaba, de que con esa actitud causaba permanentemente la impresión justo contraria de la buscada, quedando como un gilipollas estirado que no se dignaba a dirigir la palabra al servicio, cuando lo que trataba era de evitarse un mal trago, meter la pata o decir alguna inconveniencia por lo nervioso que le ponían esos trances. Paradójicamente, por miedo a no estar a la altura de las circunstancias. Parece una estupidez de divo, pero si te paras a pensar, a nada que tengas un poquito de sensibilidad (de la que Andy debía ir sobrado), ¿cómo debes mirar y tratar a quien te está haciendo el trabajo sucio, únicamente por no haber podido aspirar a la pole position cuando se hizo el casting de papeles para el organigrama?

Recuerdo que cuando leí aquello me chocó porque a mí de siempre me ha pasado algo parecido, que no me acostumbro a ser servido por otras personas. Y aunque uno acaba aceptando que en la organización jerarquizada de todas las sociedades humanas eso resulta inevitable (al final todo se reduce a cazadores, recolectores, guerreros, brujos y, por supuesto, un jefe), no puede evitar tratar de minorizar el impacto del contrato social. Cuando pago en los bares, me dirijo yo a la barra y procuro llevar conmigo el vaso y/o plato, con la consiguiente respuesta “Chico, no haberte molestado”. No domino el baremo de propinas, con lo que suele acabar pagando mi pareja. Y en los restaurantes, en el transcurso de una comida estándar, puedo repetir las gracias una docena de veces. No consiento que me lleven las maletas, que me lustren los zapatos, ni que conduzcan por mí. No soporto los uniformes de botones o chófer, ni las cofias de criada, y mi conciencia social ha pasado sus peores momentos en las escasa casonas que he pisado atendidas por mayordomo.

Así que imaginad la tarde que pasé con el jardinero allí en casa. Con la flama que caía esa tarde y yo sufriendo por el hombre. Y como no me podía estar quieto bajo el chorro del aire acondicionado, mientras otro ser humano pringaba al sol, que más que un sol era una tómbola de melanomas, para hacerme la vida más cómoda, o más bella, pues salía constantemente a ofrecerle agua y comprobar que no le había dado una lipotimia (y de paso también controlar sus evoluciones sobre los rastrojos, pues cobra por horas).

Pero, ay, amigos, cómo me duele reconocer que ese desasosiego clasista me duró bien poco. Apenas la primera hora de servicio, que a lo bueno se acostumbra uno pronto. Y mi Pepito Grillo sufre trastornos de déficit de atención, y al ratito se le trabucan las desigualdades e injusticias, aunque las tenga sudando al otro lado de la pared.

También traté de autoconvencerme con el argumento de la profesionalidad. Cuando comprobé que este operario con sus conocimientos y experiencia, y ayudándose de la maquinaria apropiada, en apenas 4 horas y casi sin despeinarse (sí, claro), había solventado lo que a mí me había costado una invalidez transitoria, acepté las ventajas de ser atendido por profesionales. Además, prefiero consolarme pensando que cuando uno ha nacido con dos trituradoras en lugar de manos, con aspas en vez de dedos, el método do it yourself le está absolutamente desaconsejado. Si quiere algo, más vale que ahorre y pague a otros miembros hábiles de su manada para que se lo fabriquen. También aplicable para haraganes.

lunes, julio 27, 2009

El regalo

Aqui tenéis el magnífico regalo que me hizo Micropene y Sra. por mi 42 cumpleaños: un Mazinger Z (Oficial Licensed, oiga) que mide curiosamente 42 cm de alto, uno por año.
Como no me cabe en la estantería de los robots lo he puesto en la de "cosas freaks varias" - entre las cuales hay más regalos de Micropene - bajo la atenta mirada de un Darth Vader de Lego, regalo de Cripema en mi 32 cumpleaños.

Cuando me haré mayor?

viernes, julio 24, 2009

Felicidades, camarada

Aunque lleguen con retraso, porque el cumpleaños de nuestro querido Gilito, fue ayer.

Me alegra mucho que sigas cumpliendo años de condena en este planeta. Recuerda que te cayó la perpetua, así que aún te queda mili...

Necesitamos a individuos como tú para sacar adelante esta misión.

Un abrazo fuerte