Hace algún tiempo escuché en algún medio la siguiente historia: un friki ruso había resuelto un dificilísimo problema matemático, pero había renunciado a la enorme recompensa que le correspondía por la hazaña. Recuerdo que me encantó la noticia, pero no pude seguirle la pista al personaje porque no me quedé con el nombre, y me quedé con las ganas de saber más. Como no ejerzo de informable (vamos, que no suelo seguir ningún medio de comunicación y no me entero de lo que se cuece por ahí), no supe que el tipo volvió a ser noticia alguna que otra vez por sus excentricidades y su rechazo de otros premios y medallitas. Lo consignado arriba es todo lo que llegué a conocer del personaje que hoy me ocupa.
Pasado bastante tiempo, ayer leo en una revista de divulgación cient… chico, el Muy Interesante, en un número viejo (febrero 2009) que tenía mi hermano por ahí traspapelado, una breve mención al individuo, acompañada de una foto nada favorecedora (después descubriría que hay poco que favorecer), y, lo más importante, su nombre y apellido. ¡Bingo! Ya lo puedo guglear: a ver ¿cómo se escribe?, sí, Grigori Perelman, es facilito para ser ruso.
Y gugleando, gugleando, descubro una historia preciosa que resumida a mi manera queda así:
Grisha (que es así, por el hipocorístico ruso de Grigori, como se hace llamar en su casa el genio), es un superdotado matemático peterburgués que resolvió en 2002 la conjetura de la geometrización de Thurston, de la cual la conjetura de Poincaré es un caso especial, que también quedaba resuelto, cerrando así casi un siglo (desde 1904) de quebraderos de cabeza y de llenar las pizarras con galimatías que sólo entienden cuatro chalados.
El tipo es un poco excéntrico, que es el adjetivo que la sociedad le cuelga a todo aquel que no pasa por el aro de las verdaderas excentricidades que componen el día a día de las personas normales, y en vez de publicar sus resultados comme il faut, en alguna prestigiosa revista del gremio, los va colgando en tres entregas en una web del ramo y avisa a unos cuantos colegas para que le echen un vistazo.
Pero él ya había advertido a un amigo que la comunidad matemática tardaría entre un año y medio y dos años en llegar a comprender su demostración. Y lo clavó, porque empezaron los calculines que si tal que si Pascual, que no lo veo claro, que yo sí, y al final, pasado el tiempo que pronosticara el sabio, le reconocen la patria potestad del mérito. No sin antes habérsela intentado levantar unos chinos espabilados aprovechando que el bicho raro, de tan raro, parecía tonto. Pero los chinos malos al final reculan ante las presiones de la comunidad internacional y se postran ante el genio.
Ay, pero ya la han cagado, entre los chinos malandrines y los sabios pero no tanto como para entender al requetegenio a su debido tiempo (rechazó uno de los premios alegando que el jurado no estaba capacitado para entender su demostración, y mucho menos para ratificarla), decepcionan a Grisha, que decide mandar a todo el mundo a tomar por culo y se recluye en su humilde casucha de San Petersburgo (que los rusos, para acortar, llaman Peter, como aquí decimos Barna o Castefa…). Allí malvive miserablemente junto a su madre y su hermana, de la pensión materna y de los pocos rublos que cobra a malos estudiantes del barrio por darles clases particulares de matemáticas. Por favor, detengámonos en este detalle: ¿podemos llegar a concebir ponernos en el pellejo de ese pobre crío que le ha quedado mates para septiembre porque se le han atragantado las ecuaciones de segundo grado, y tus padres no tienen idea mejor que apuntarte a dar clases con el mayor genio matemático vivo, como es reconocido unánimemente, que resulta que vive en el mismo bloque? Porque paciencia, que es la madre de la ciencia, y talante moderado no parecen adornar al genio. Dicen que en la universidad de Peter (en aquel tiempo, todavía Leningrado, así que supongo que, abreviado, Lenin), donde entró sin necesidad de hacer examen de ingreso, los profesores le temían porque solía ridiculizarlos con abrumadores despliegues de intelección.
Pero resulta que, como si de un indomable Will Hunting báltico se tratara, tiene a toda la comunidad internacional detrás de él, tratando de entregarle sus medallitas y trofeos, y el tío pasa de sus putas caras como de comer mierda, y los tiene ya desesperaditos. Hasta un millón de dólares que le correspondía por haber resuelto uno de los 7 problemas del milenio, ha rechazado. Y eso que, como ya se ha dicho, pervive con estrecheces de la pensión de su madre y de sus escarceos como profesor particular, en un cochambroso piso en los arrabales de Peter.
Los que le conocen asegura que en su habitación no hay más que una cama, una silla y un teléfono. Ah, y muchos iconos, porque resulta que es una persona de una profunda religiosidad. De hecho, desde que en 2005, agobiado por la perspectiva de convertirse en el mono de feria de la comunidad matemática, le dio la espalda al mundo y abandonó todo trato con las matemáticas, dice su mejor amigo (David, dice Google que se llama el muchacho) y al parecer sin pizca de sarcasmo, que nuestro Grisha está ahora mismo enfrascado en demostrar la existencia de Dios. Ay, las cabecitas…
Lo que más me ha sorprendido de esta historia es la moraleja descorazonadora que encierra. Resulta que, según testigos presenciales, desde bien pequeño Grisha era una personita muy introvertida y huraña. Los que le conocen bien aseguran que es porque el mundo le parecía imperfecto, de ahí que se volcara con todas sus energías en las matemáticas, donde todo al final encaja, y las cosas son o no son; los números no admiten interpretaciones. Pero resulta que cuando llegó el momento de ver recompensado su empeño, la mezquindad humana, por muy matemáticos que sean, con sus rencillas y cheques con muchos ceros, le decepcionaron tanto que le obligaron a desertar también del mundo de los algoritmos.
Cómo será la cosa que sus allegados (supongo que David, que es el que más larga de su amigote a esa prensa que tanto rehúye el interesado), aseguran que habla en un idioma extraño que se ha creado él mismo y que, faltaría más, sólo entiende él.
El tipo asegura ser feliz parasitando a su pobre madre, y dice que lo tiene todo y no necesita dinero, ni bienes materiales, ni gloria, por lo que no sólo ha rechazado el millón de dólares que le correspondían por desentrañar el problema, sino que también les ha dicho a los de la medalla Fields (equivalente al Nobel pero en el ámbito matemático) que se la metan por el culo. Imagino que les habrá dicho: "Como sois matemáticos, sabréis contar. Pues, hala, no contéis conmigo...".
Los del Instituto Clay, que fueron los que decidieron en el año 2000 instaurar una recompensa por resolver alguno de los 7 irresolubles (¡un millón!, cómo se nota que se tiraron el moco pensando que la cosa tardaría todavía algún tiempo en aclararse) se han quedado un poco descolocados al decirle Grisha que no quiere su cochino dinero y sus chanchullos (aseguran que dijo -¿David, tú otra vez?- que ser considerado la persona más inteligente del planeta por una institución privada estadounidense no suponía ningún honor para él), ya que es el primero de los siete enigmas que se resuelve y, por supuesto, no esperaban que el agraciado les saliera tan esquivo, y no saben qué hacer con el cheque regalo, si esperar a que el genio recapacite y se le pase el calentón y acepte lo que le pertenece (a él y a su madre, que no le vendrían mal unos mitones nuevos de cara a este invierno, a la pobre), o en dejarlo como bote acumulado como en el Pasapalabra (en este caso, Pasanúmero, jijiji).
Pero, según nos informa David, nuestro enviado especial al cerebro de Perelman, uno de los verdaderos motivos de su renuncia al tinglado de los numeritos tiene más difícil solución, al menos hasta que aparezca otro espécimen con una dotación intelectual semejante o superior, y es que no soporta que otra persona pueda juzgar su trabajo, ya que se sabe el mejor del mundo en lo suyo. Dijo Sheldon, que diga Grisha.
Bueno, pues todo este rollo que he soltado es para dejar aquí constancia de mi consternación al haber descubierto tarde este caso, porque resulta que en mi novelucha aparece un personaje que tiene no pocas similitudes con este caso (superdotado madurito y de comportamiento extravagante que vive con su madre en un ruinoso bloque de suburbio [“pura arquitectura soviética”, tiene cojones la cosa…], que renuncia a las mieles del éxito que su talento tiene asignado en el mundo exterior; en un momento determinado Grigori Perelman rompe las comunicaciones con sus colegas norteamericanos y deja de responder a sus e-mails, y se desplaza más de una delegación a buscarlo para convencerlo y llevarlo consigo a la gloria, pero llegan tarde… ¿de qué me suena a mí todo esto?). Y doy absoluta fe de que no conocía los detalles del caso hasta hoy mismo, que he flipado en colores gugleando.
En fin, que este tipo de situaciones estrambóticas, inexplicables y desbordantes, que me pasan continuamente, aparte de tenerme en permanente estado de estupor, me hacen pensar cosas raras. Y no del todo buenas.
miércoles, noviembre 17, 2010
viernes, noviembre 12, 2010
Black metal
Aprovechando la visita de su Santidad el Papa (cargo que nunca podrá ostentar una mujer porque quedaría un poco raro eso de "su Santidad la Mama"…), desempolvé mis discos de black-metal, de pagan-metal, y, en resumidas cuentas, de rock satánico.
Tras la escucha de apenas tres o cuatro cortes, me pregunto de dónde se habrán sacado estos pintamonas que las fuerzas del Mal elegirían unas voces guturales tan incomprensibles y unas tipografías tan enrevesadas e ilegibles, para difundir sus mensajes.
Que son potencias malignas pero no tontas.
Tras la escucha de apenas tres o cuatro cortes, me pregunto de dónde se habrán sacado estos pintamonas que las fuerzas del Mal elegirían unas voces guturales tan incomprensibles y unas tipografías tan enrevesadas e ilegibles, para difundir sus mensajes.
Que son potencias malignas pero no tontas.
viernes, noviembre 05, 2010
Gemebundo
A excepción de hoy, que ha amanecido un cielo entoldado de nubes, esta semana estuvo haciendo unos días prácticamente primaverales por estos pastos. Y teclear pastos, en mi caso, no es ninguna exageración, porque actualmente vivo lindando con el campo, y más de una tarde interrumpen nuestra siesta los balidos de un enorme rebaño mixto de cabras y ovejas que pace justo debajo de nuestra ventana. La primera vez la cosa tiene su gracia, y te quedas extasiado en la ventana largo rato, contemplando la bucólica estampa (que no puede serlo más, ya que ese adjetivo se refiere precisamente a la evocación idealizada del campo y los pastores). Pero a la tercera sesión pecuaria, ya estás hasta los cojones de chivos, moruecos y cabrones, y sus intrigas rebañegas a la hora de la siesta.
Y este comienzo casa muy bien con lo que pretendía exponer hoy aquí, porque ni siquiera ese sol intempestivo que ha brillado estos días con tanto ardor era capaz de derretir la capa de escarcha con que se empeña mi alma en amanecer últimamente.
Alguien me preguntó no hace mucho por qué estaba tan mustio, y le puse un ejemplo que creo que sigue siendo válido. Le vine a decir que cuando veo a esas adolescentes que pasan semanas acampadas en los alrededores de un polideportivo capitalino, haciendo cola para poder ver desde las primeras filas a sus adorados Tokyo Hotel (por poner un ejemplo), no puedo dejar de compadecerme de que unas muchachas en la flor de la vida pierdan tanto tiempo y tantas energías de su mejor reserva, para obtener a cambio unas buenas vistas de cuatro mequetrefes haciendo el indio durante un par de horas escasas. Pues, para mí, la vida en general viene a ser una vulgar extrapolación de ese campamento de fans histéricas. Si calculas la cantidad de tiempo y penurias que tienes que pasar para echar un ratito bueno, muy de uvas a peras, la verdad es que no cuadran las cuentas en el ábaco vitalicio.
Pero de eso te das cuenta después, ya de viejo, cuando la vitalidad ya no propulsa tus causas perdidas.
Y este comienzo casa muy bien con lo que pretendía exponer hoy aquí, porque ni siquiera ese sol intempestivo que ha brillado estos días con tanto ardor era capaz de derretir la capa de escarcha con que se empeña mi alma en amanecer últimamente.
Alguien me preguntó no hace mucho por qué estaba tan mustio, y le puse un ejemplo que creo que sigue siendo válido. Le vine a decir que cuando veo a esas adolescentes que pasan semanas acampadas en los alrededores de un polideportivo capitalino, haciendo cola para poder ver desde las primeras filas a sus adorados Tokyo Hotel (por poner un ejemplo), no puedo dejar de compadecerme de que unas muchachas en la flor de la vida pierdan tanto tiempo y tantas energías de su mejor reserva, para obtener a cambio unas buenas vistas de cuatro mequetrefes haciendo el indio durante un par de horas escasas. Pues, para mí, la vida en general viene a ser una vulgar extrapolación de ese campamento de fans histéricas. Si calculas la cantidad de tiempo y penurias que tienes que pasar para echar un ratito bueno, muy de uvas a peras, la verdad es que no cuadran las cuentas en el ábaco vitalicio.
Pero de eso te das cuenta después, ya de viejo, cuando la vitalidad ya no propulsa tus causas perdidas.
lunes, noviembre 01, 2010
Achtung!: paja mental
Anoche, mientras leía un libro sobre cómo funciona nuestro cerebro (bueno, un cerebro promedio humano), me sentí extraño. Empecé a pensar que para entender las descripciones que hace el texto de los procesos que usa el cerebro para entender textos, estaba empleando esos mismos procesos descritos en el texto, y dándome cuenta de ello me adentraba en un desafiante bucle cognoscitivo. Estuve friendo sinapsis entre axones y dendritas para entender las sinapsis, los axones y las dendritas, e hice un esfuerzo activo por desentrañar si los elementos implicados eran capaces de darse por aludidos. Que al elaborar un pensamiento sobre cómo se elaboran los pensamientos se reconocieran en el pensamiento; como si dijeran: “Eh, mirad, estamos saliendo en la tele”. Sólo que en este caso se asemejaría más al guardia jurado que se ve a sí mismo en los monitores que controla.
El metalenguaje es el lenguaje que se emplea para hablar del lenguaje, luego si se quiere, y yo quiero, se podría calificar de metaintelección la capacidad de mi cerebro de comprender cómo comprende la descripción de la comprensión.
El metalenguaje es el lenguaje que se emplea para hablar del lenguaje, luego si se quiere, y yo quiero, se podría calificar de metaintelección la capacidad de mi cerebro de comprender cómo comprende la descripción de la comprensión.
lunes, octubre 25, 2010
Por los aires
Si quieres chequear el estado de tus relaciones sociales y familiares, escribe un libro, o saca un disco, o haz cualquier cosa para cuya distribución se requiera el apoyo de las personas que te aprecian, y sólo entones sabrás cuánto.
Yo no me puedo quejar. De hecho, estoy un poco abrumado por la atención que está recibiendo mi Pudridero. Independientemente del grado de satisfacción o decepción que sus lecturas produzcan, el hecho de cómo se está moviendo todo mi entorno para hacerlo llegar a los destinatarios más insospechados, me resulta emocionante. No hago especial mención de nadie en concreto para evitar injustos olvidos, y porque, en mayor o menor medida, todos están haciendo su pequeño o gran esfuerzo, y eso ya es de agradecer. Miríadas de gracias a todas y todos. Os quiero.
Cómo será la cosa que ya se está gestando una tercera tirada, que causará la tremenda injusticia poética de que estoy a punto de superar los 70 ejemplares que Nietzsche vendió de la primera edición de su Zaratustra. Parecen pocos 70 ejemplares, pero cuando uno echa cuentas, y teniendo en consideración que no hay más distribución ni publicidad que la que tú te guisas y te comes, y descontados esos familiares y amigos acérrimos que te compran un libro como te hubieran comprado una pulsera si te hubiera dado por trenzar esparto, o se hubieran quedado con cuatro papeletas de tu viaje de fin de curso; restados estos infalibles, digo, resulta un número de personas menos conocidas y otro de absolutos desconocidos que han depositado su curiosidad (y algo de su dinero) en tu obra. Cosa que no deja de asombrarme.
Pero no sólo se cuantifica en ejemplares vendidos el cariño de tus camaradas, sino que también te promocionan para cosas como la entrevista que uno de mis colegas moteros me ha conseguido en un programa cultural de una emisora de radio de ámbito comarcal. Esta tarde la graban y no sé cuándo la emitirán, pero voy a ver si me dan una copia y su permiso para que Gilito (yo sigo siendo un inepto) la cuelgue aquí. Siempre, claro está, esto último condicionado a que no haga un ridículo de esos marca de la casa, y prefiera correrme en un tupido velo para olvidar el asunto…
Yo no me puedo quejar. De hecho, estoy un poco abrumado por la atención que está recibiendo mi Pudridero. Independientemente del grado de satisfacción o decepción que sus lecturas produzcan, el hecho de cómo se está moviendo todo mi entorno para hacerlo llegar a los destinatarios más insospechados, me resulta emocionante. No hago especial mención de nadie en concreto para evitar injustos olvidos, y porque, en mayor o menor medida, todos están haciendo su pequeño o gran esfuerzo, y eso ya es de agradecer. Miríadas de gracias a todas y todos. Os quiero.
Cómo será la cosa que ya se está gestando una tercera tirada, que causará la tremenda injusticia poética de que estoy a punto de superar los 70 ejemplares que Nietzsche vendió de la primera edición de su Zaratustra. Parecen pocos 70 ejemplares, pero cuando uno echa cuentas, y teniendo en consideración que no hay más distribución ni publicidad que la que tú te guisas y te comes, y descontados esos familiares y amigos acérrimos que te compran un libro como te hubieran comprado una pulsera si te hubiera dado por trenzar esparto, o se hubieran quedado con cuatro papeletas de tu viaje de fin de curso; restados estos infalibles, digo, resulta un número de personas menos conocidas y otro de absolutos desconocidos que han depositado su curiosidad (y algo de su dinero) en tu obra. Cosa que no deja de asombrarme.
Pero no sólo se cuantifica en ejemplares vendidos el cariño de tus camaradas, sino que también te promocionan para cosas como la entrevista que uno de mis colegas moteros me ha conseguido en un programa cultural de una emisora de radio de ámbito comarcal. Esta tarde la graban y no sé cuándo la emitirán, pero voy a ver si me dan una copia y su permiso para que Gilito (yo sigo siendo un inepto) la cuelgue aquí. Siempre, claro está, esto último condicionado a que no haga un ridículo de esos marca de la casa, y prefiera correrme en un tupido velo para olvidar el asunto…
miércoles, octubre 20, 2010
Buscadores de oro
Cuando tengo que hacer una búsqueda en Internet me pregunto a qué esperan las corporaciones para dejar que los usuarios nos instalemos los buscadores que usan los protagonistas de las películas de terror estadounidenses. Déjate de Google Chrome, ni Mozilla, ni pollas en vinagre, los que usan esos tíos para aclarar sus horrores sí que molan. Son mucho más intuitivos, y sólo tienes que teclear uno o dos parámetros de búsqueda, como premonición, catástrofes, posesión diabólica o combustión espontánea, y en un solo clic tienes justamente la información que buscabas para resolver ese misterio que te trae frito.
Ahí no te salen por defecto en primeras posiciones las definiciones de la Wikipedia o diccionarios raros, ni tienes que descartar no pocos enlaces que no tienen ninguna relación con lo que buscas, aparte de una tergiversación binaria del concepto; no, qué va, esta gente con un solo vistazo encuentra inmediatamente un escaneo de la noticia del pequeño periódico local donde se informaba del suceso que te atañe muy a tu pesar (digo escaneo porque las perturbaciones parapsicológicas suelen haber acontecido mucho antes de que se inventaran las ediciones digitales de los diarios), ilustrada con útiles fotografías del incidente y algún retrato del/la causante del disgusto bastante rejuvenecido/a, pero fácilmente reconocible.
Mucho más rápido y efectivo, dónde va a parar.
Ahí no te salen por defecto en primeras posiciones las definiciones de la Wikipedia o diccionarios raros, ni tienes que descartar no pocos enlaces que no tienen ninguna relación con lo que buscas, aparte de una tergiversación binaria del concepto; no, qué va, esta gente con un solo vistazo encuentra inmediatamente un escaneo de la noticia del pequeño periódico local donde se informaba del suceso que te atañe muy a tu pesar (digo escaneo porque las perturbaciones parapsicológicas suelen haber acontecido mucho antes de que se inventaran las ediciones digitales de los diarios), ilustrada con útiles fotografías del incidente y algún retrato del/la causante del disgusto bastante rejuvenecido/a, pero fácilmente reconocible.
Mucho más rápido y efectivo, dónde va a parar.
lunes, octubre 18, 2010
Un año de orfandad
Hace un momento, desparramado sobre la cama leyendo Frankenstein, me encuentro de casualidad con esta preciosa descripción que Mary Shelley pone en boca del protagonista homónimo, rememorando a su difunto amigo Henry Clerval. Y como justo hoy cumplo mi primer año como supérstite (para que no os quejéis de mi léxico pedantorro, os ahorro el viaje al diccionario: supérstite es como se conoce en Derecho a los que sobreviven a un difunto, especialmente referido al cónyuge, pero también aplicable a los hijos), pues me apetece copiar aquí esos dos párrafos de la genial escritora, como humilde homenaje a alguien a quien echo mucho de menos:
“¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser amable y delicado? ¿Ha perecido esta mente, tan repleta de ideas, imaginaciones fantasiosas y magníficas, que formaba un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Acaso existe sólo en mi recuerdo? No, no es así; tu forma, de traza tan divina y rebosante de belleza, se ha desintegrado, pero tu espíritu sigue visitando y consolando a tu desventurado amigo.
Perdone este arrebato de pena; estas palabras baldías no son más que un parco tributo para la valía sin igual de Henry, pero a mí me calman el corazón, rebosante de la angustia que me produce su recuerdo. Seguiré con mi relato”.
Pues nada, yo también seguiré con mi relato; porque si yo fuera Víctor Frankenstein, iba a estar aquí lamentándome… estaría ahora mismo en mi laboratorio trabajando como un cabrón.
“¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser amable y delicado? ¿Ha perecido esta mente, tan repleta de ideas, imaginaciones fantasiosas y magníficas, que formaba un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Acaso existe sólo en mi recuerdo? No, no es así; tu forma, de traza tan divina y rebosante de belleza, se ha desintegrado, pero tu espíritu sigue visitando y consolando a tu desventurado amigo.
Perdone este arrebato de pena; estas palabras baldías no son más que un parco tributo para la valía sin igual de Henry, pero a mí me calman el corazón, rebosante de la angustia que me produce su recuerdo. Seguiré con mi relato”.
Pues nada, yo también seguiré con mi relato; porque si yo fuera Víctor Frankenstein, iba a estar aquí lamentándome… estaría ahora mismo en mi laboratorio trabajando como un cabrón.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)