Esta mañana el cajero automático me escupe otro disgusto en la jeta de la tarjeta: un nuevo embargo (y van…) de 80 y pico euros; del que, por supuesto, no tenía la más mínima información (no digamos ya: notificación formal). Y nueva peregrinación por todos los estamentos del Ministerio de la Usura, cagándome en todo menos en un váter.
Me da a mí, que el gorrino que tenemos por alcalde se ha empeñado en que yo contribuya a pagarle las putas y la farlopa de los pasados carnavales.
Que miren si enterraron bien la sardina, que ya huele demasiado a corrupto por aquí.
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