viernes, octubre 03, 2008

Tatami de Alberto Olmos

Con este post pretendo hacer un experimento. Usar el blog como una ouija virtual. La Real Academia Española (que, por ser la decana de las academias, no es necesario especificar que nos referimos a la de la Lengua) acaba de incorporar en su diccionario el término güija, pero me parece tan RAE, tan güisqui, que no pienso añadirlo a mi vocabulario. Además, ni güija ni ouija son apropiadas para este caso porque, afortunadamente, el invocado no está muerto; de momento.

Doy por sentado que, Google mediante y espoleado por esa pizca de vanidad que le presupongo a todo escritor, el invocado rastreará esporádicamente la red para comprobar qué opinan de su obra los que estamos del otro lado de su piel.

Por ello, quizás pudiera llegar a interesarle mínimamente la opinión de este lector poco avezado y nada autorizado en la materia. Dicho esto último, vaya por delante que no voy a intentar, ni mucho menos, una crítica literaria, sino simplemente contarle a un escritor cómo es el proceso que convierte a un desconocido en lector de casi todas sus creaciones. Y esta es una de las cosas buenas que tiene este invento del demonio que es internet: que, mediando una afortunada combinación de ceros y unos, podemos llegar a ponernos en contacto con “el más allá”. Pues allá va:

Tiempo ha, en una de mis tórpidas derivas por la red en busca de información sobre ahora no recuerdo qué autor (¿Thomas Bernhard, Pérez Subirana, Fernando Vallejo...?), rebotando aquí y allá, fui a dar con los huesos del ratón en un blog de crítica literaria muy sui géneris. El responsable (disculpad que no dé el nick ni la dirección, pero si él no ha querido asociar ambos nombres, no lo voy a destapar yo aquí) perpetraba (y sigue haciéndolo, pero ahora me estoy remontando a mis sensaciones en aquel pasado concreto) un estilo de crítica muy personal, sin tapujos, divertidísimo y cuajado de constantes destellos de genialidad, tanto en el contenido como en el continente.

Contenido: por muy renombrado que sea el títere a colación, no le tiembla el pulso que sostiene la cachiporra y ya se ha cagado en la puta madre –literal, no literariamente- de Borges, Dostoyevski, Hemingway, Saramago y un etcétera que no puede ser largo (Lázaro Carreter lo oprobia), pero que lo es. Tras tanto palitroque despiadado, que no gratuito, se percibía enseguida una inteligencia penetrante y dotada de un sentido del humor muy particular, fácilmente malentendible pero con el que yo me entendí muy bien desde el primer párrafo.

Continente (bueno, ahora lo llaman Carrefour): un sobrado dominio del idioma de Gabriel Cervantes, un taxista de Almendralejo, le permite tensar la lengua hasta pasársela por los cojones, consiguiendo así inspiradísimos alumbramientos y hallazgos antológicos. Pirotecnia verbal que le viene que ni pintada para el desempeño de su vitriólica misión.

La cuestión es que me enganché a este tipo, y le seguí la pista dentro de lo que mi limitado acceso a la red me permitía (ya me he cansado de lloriquear por aquí que mi única conexión es desde mi puesto de trabajo, por lo que no puedo explayarme como me gustaría, teniéndome que conformar con breves escaqueos furtivos que convierten mi navegación en una actividad intermitente y ocultadora, y en un coñazo de marca mayor). Pero, mal que bien, me mantuve infiel seguidor de su discurso.

Siempre alegra leer de otra mano lo que uno ha pensado en algún momento, pero si encima está mejor expresado, y con las palabras exactas que quizás uno no le supo adjudicar a su pensamiento, pues mierda sobre ojetes. Y más si lo que uno piensa le hacía sentir poco menos que un bicho raro por disentir del criterio generalizado. Si un libro es una mierda, es una mierda lo firme quien lo firme, y eso por sí mismo invalida coartadas artísticas, biográficas, geopolíticas, y de cualquier tipo. Pero eso, por supuesto, no se va a atrever a ponerlo por escrito ningún paniaguado de revista literaria o folletín cultural. Ni a decirlo de palabra cualquiera que tema quedar como un inculto y un berzotas que no tiene ni puta idea de na’.

Allí sí encontré esa disidencia lenguaraz tan necesaria, subjetiva hasta decir basta pero, por encima de todo, sincera. Y tuve que reconocerle razón incluso cuando vapuleaba a escritores que respeto (Zweig, Carver, Palahniuk, Eco, Migoya...), o ponía los puntos sobre las íes a otros que venero, y cuyos apellidos causalmente no contienen ninguna i (Pessoa, Houellebecq, Chéjov, Vonnegut, Conrad, Camus...). Para rematar la oferta, descubro que este señor también admira a Sloterdijk, que bien podría ser un dios de la mitología germana pero que se trata de uno de los filósofos (germano, sí) más interesantes que haya surgido en décadas, y que, con su coleguita Safranski, están poniendo patas arriba la herrumbrosa atalaya europea de las ideas.

Entonces, ¿qué más se podía pedir? Pues lo que pedía yo en silencio, cada vez que acababa de leerlo: ¿por qué no escribirá este hombre un libro? Podría ser muy interesante ver todo este talento vertido en una novela. Esa forma de narrar y todo ese asedio de chascarrillos muy inspirados, pero convertidos en literatura (y no es que desdeñe los blogs como escenario más que digno para la literatura, pero me vais a perdonar, y me podéis llamar obsoleto, pero donde esté un libro de carne y hueso, que se quiten todas estas lumínicas pajas mentales; tan efímeras como las otras, las manuales).

La cuestión, que por qué no escribirá este cabrón un libro, eh, ¿por qué no? Y llega un día, no hace demasiado, tras leer su crítica al libro y autor que titulan este rollo macabeo, sospecho, indago (sin salir de allí) y finalmente confirmo (saliendo de allí, pero no muy lejos) que sí, que este señor es Alberto Olmos, y que Tatami es nada menos que su quinta novela. Y que gestiona otro blog, éste sin ocultarse tras una máscara, desde hace años, llamado Hikikomori.

Y lo quiero leer todo, pero no puedo [ver arriba], y leyendo a hurtadillas descubro por Belén Gopegui, que ese Hikikomori desciende de otro anterior, de no sé qué Coctelera, y me entra ansiedad y pánico y asco. E, impelido por mi impotencia tecnológica, decido centrarme en los libros. Corro como una fan a comprar su último libro, Tatami, pero “aún no ha salido”, así que lo pido como posible regalo para mi inminente cumpleaños. Cripema y Gilito me lo regalan, pero mientras ya me he leído los dos anteriores, Trenes hacia Tokio y El talento de los demás (los dos primeros son inencontrables en esta aldea).

Y así fue.

Alberto/Hikikomori/****, si estás ahí, manifiéstate.

O esfúmate para siempre en la otra dimensión, la de los fantasmas...

EDITADO 28/11/208 Hikikomori se manifestó

5 comentarios:

Gilito dijo...

Entonces , al final, es bueno o malo?

Ah , es un fantasma

Si.., no?

Gilito dijo...

NOTA:
De momento este post está en la posicion 11 de Google cuando buscas "tatami alberto olmos"

No está nada mal, para ser un post tan reciente

Si pones "tatami olmos" sale el 14

Si pones "Alberto olmos" pasa al 32.

Gilito dijo...

NOTA 2: Tenemos 75 euros gastaores patrocinados por Google.

Cripema dijo...

Mi único contacto con este autor ha sido su último libro, es decir, Tatami que leí furtivamente y de golpe en dos horas porque se lo tenia que dar a Micro de regalo de cumpleaños (sí, lo reconozco, te regalé un libro desvirgado y leído) Pensé que si Micro (a quien respeto y admiro entre muchas cosas por su gran gusto literario) queria este libro, debía ser un libro que valía la pena leer....
Y digamos que no es que Micro se haya equivocado, si no que me temo que esta vez nos han timado a los dos.

Gilito dijo...

Más caso similares en el blog de Marta Bernal:
http://www.martabernal.com/2010/06/la-historia-del-publiciario-que.html

(por cierto, trabaja en BUBOK)