Cualquiera que haya consumido alguna vez en su vida cocaína sabe que entre sus muchos efectos se encuentra la desaparición por completo del apetito y un bloqueo de la tráquea (la llamada "garganta de pana"), que sólo permite el paso de polvo, líquido y humo hacia el organismo. Esto provoca patéticas escenas en comidas familiares, cenas de empresa, etc... en las que personajes visiblemente inquietos y locuaces remueven la comida en sus platos incapaces de llevarse a la boca una sola cucharada sólida, mientras trasiegan una cerveza tras otra sin soltar el cigarrito. Se escuchan las excusas más peregrinas: "es que ya he cenado antes de venir", "es que estoy un poco pachucho del estómago", "yo ya dije de no venir aquí, que no tienen ni puta idea de hacer el arroz". Los más osados tratarán de disimular, metiéndose en la boca minúsculos trozos de croqueta de bacalao, masticándolos cientos de veces hasta que disimuladamente regurgitan la bola indigerible en la servilleta.
Estoy convencido de que el innovador cocinero catalán, harto de presenciar estas escenas entre los potentados clientes de su restaurante, y apesadumbrado por ver desfilar sus esmerados platos de vuelta intactos a la cocina, un buen día decidió inventar una nueva forma de cocinar: se acabaron los intragables alimentos sólidos, bienvenidos los aires, las espumas, y los glaseados. Ahora sus clientes, por mucha fiesta que lleven en la sangre, pueden degustar fácilmente las carnes y pescados más recios, previamente caviarizados, caramelizados, o reducidos a pulpas, cremas o vapores. Todo ello para facilitar su ingesta incluso en los gaznates más curtidos.
1 comentario:
Viste lo de las esferas de caramelo rellenas de humo de puro?..pero que ascooooooo...y los japoneses flipaos apludiendo...
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