El otro día fui a coger las llaves y con mi torpeza habitual (no en vano me llaman el niño langosta, porque en vez de manos parece que tenga pinzas) se me escurrieron de las manos. Las llaves, como dotadas de vida propia, empezaron a hacer una serie de piruetas y rebotes dignos del Circo del Sol y fueron a parar a un hueco inaccesible de la habitación. El escondrijo era uno de esos espacios de tu propia habitación en los que nunca te has fijado (como el Aleph de Borges). Estoy convencido que si el programa "¿Qué apostamos?" me ofreciera 1millón de euros por volver a meter las llaves allí en 1000 intentos, no podría lograrlo.
Esto me hizo reflexionar que los mal llamados objetos inanimados (de ánima: alma), realmente sí tienen alma, y algunos (capitaneados por mi llavero) tienen muy mala leche. Por ello propongo que los llamemos -más correctamente- objetos inmóviles, porque aunque no tienen movimiento por sí mimos, a algunos sólo les hace falta un pequeño empuje para demostrarnos sus habilidades.
2 comentarios:
Querido Mr.Morte, presénteme a ese niño-ameba y juntos, sobre una carreta ambulante, montaremos una exhibición de prodigios de la naturaleza.
Ya lo estoy viendo en letras de neón: el increíble niño-ameba versus el abracadabrante niño-langosta.
Nos vamos a forrar.
Yo lo que creo es que estuviste leyendo "La Nausea" jaja, mira lo que dice Sartre, o estabas muy conectado con él..."Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son útiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable. Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos."
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